El viaje del colibrí Capítulo 31 #3
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Capítulo 31 #3

El cuarto se vació de gente y se llenó de cuadros y cuando los guardias le indicaron a Orlan que debía salir se dirigió a la puerta tambaleando con cada paso.

—Orlan... —escuchó el bardo, un susurro apenas.

—¿Qué? ¿Quién... quién está ahí? —preguntó Orlan mirando hacia atrás.

—Debe de ser la bebida.

—Ayúdame...

Orlan escuchó la palabra claramente y sintió que había escuchado aquella voz mayor antes.

—¿Quién eres? ¡Déjame en paz!

—Dorwhaal... —susurró la voz antes de volver al silencio.

Orlan buscó el origen de la voz y halló un cuadro cubierto por una sábana blanca igual que muchos otros que ocupaban la habitación y decidido quitó la sábana.

Lo que sus ojos vieron fue un retrato totalmente idéntico a Regis, el hombre acaudalado que conoció en el carruaje. Pero ¿cuál era la explicación de esto? Orlan creyó ver al anciano no hace mucho. ¿Por qué esta imagen suya le hablaba ahora?

—¡Una imagen encantada!

—Ayúdame, Orlan, ¡Sácame de aquí!

—¡Sácanos! ¡Sácanos de aquí! —gritaron varias voces en susurros.

—¿Qué? ¿Qué quieres de mí? ¿¡Qué quieren de mí!? —gritó Orlan.

Tras aquel grito varios guardias de atuendo blanco entraron y sacaron al borracho bardo al jardín excusándose con múltiples invitados nobles explicándoles que el músico había bebido más de la cuenta.

Desde las vigas del alto techo Azam miraba la escena con algo de extrañeza y luego dio un salto hacia el balcón de la habitación real que se alzaba por encima de todo lo demás que formaba el castillo y desde donde se podía ver perfectamente a toda la fiesta.

Azam abrió la puerta que increíblemente no estaba cerrada y entró a la habitación de Alezar. El rey siempre había sido conocido como un excéntrico, pero lo que encontró ahí fue más de lo que esperaba.

La habitación se parecía más a un museo del delirio que a los aposentos de un monarca.

Las paredes estaban cubiertas con tapices imposibles, bordados con escenas donde Alezar aparecía peleando con bestias o siendo glorificado por su pueblo.

El aire estaba impregnado por el olor de docenas de inciensos distintos cuyos olores chocaban entre sí y creaban un olor celestial y mareador.

En el centro del cuarto había una cama redonda de tamaño monstruoso, sostenida por cuatro esculturas de ciervos dorados con los ojos incrustados de gemas verdes y era vestida por sábanas de telas color violeta, turquesa y oro puro, que colgaban hasta casi rozar el piso.

Hacia un lado había un escritorio desbordado de pergaminos que mostraban desde garabatos hasta planes militares y dibujos infantiles del rey montando... un dragón.

Y en el piso de mármol negro se encontraban múltiples máscaras de teatro de animales, como si el rey hubiera decidido a última hora cuál de todas usar.

Sin embargo, lo que más llamó la atención de Azam fue un retrato debajo de una chimenea. Era de un elegante hombre rubio vestido de azul con un bigote muy cuidado. La inscripción decía: «Aldauren Polroc De Fragante».

El hombre vestido de dragón rojo se acercó al cuadro y pudo notar de inmediato que era una de las pinturas de Emily. Sin hacer mucho ruido, la quitó y observó una especie de botón que, al ser usado, abrió una especie de compuerta debajo, en el fondo de la chimenea. Justo como Emily le había dicho.

Al pasar por la compuerta agachándose, Azam fue saludado por un cuarto misterioso lleno de aún más pergaminos y de una especie de platos redondos planos que había escuchado que los enanos habían empezado a producir hace diez años llamados discos.

En una de las esquinas de ese cuarto se encontraba un dispositivo misterioso; era un cofre de madera que sostenía uno de los extraños discos que giraba por sí mismo, como poseído, y encima un brazo metálico bajaba una aguja sobre él,

haciendo que brotaran voces y melodías sin que hubiera ningún músico cerca.

Cualquier persona podría ver el aparato y pensar que encerraba espíritus cantantes desde adentro.

Pero Azam no era cualquier persona y sabía diferenciar entre magia y tecnología.

Pero lo peor era lo que estaba en la otra esquina.

Era el sujeto cuya pintura estaba en la pared tapando el botón y no estaba en buenas condiciones.

Quizá le quede un día o dos más de vida, pensó Azam, quien no le dio importancia y empezó a registrar los discos poniendo uno tras otro en el tocadiscos o, como él pensó que se llamaba, «caja de sonidos».

Tras decenas de discos colocados en los que Alezar decía muchas cosas inútiles o confesaba uno que otro acto totalmente inmoral, Azam encontró lo que había venido a buscar.

—Sobre la hipotética vacuna. Solan, ¿estás escuchando?

—Eh... sí. Los dragones tienen un sistema circulatorio muy complejo, su majestad. Pero más avanzado aún es su sistema inmune.

—¿Qué quieres decir?

—Caldén y Kala escribieron la doctrina dracohémica en el ochocientos cincuenta y tres y mencionaban cómo el estudio de esta llevaría a la creación de una panacea.

—Maldición. ¿Estás escuchando lo que sugieres?

—Hemos probado de todo, señor, estamos desesperados... Orialis, Serentia, ahora son gobernados por esa plaga. No sabemos cuánto le quede a Ambrosía, no sabemos si sería buena idea por lo menos en esta ocasión suspender...

—¡POR SUPUESTO QUE NO! —gritó desde el alma Alezar—. ¿Tienes idea de lo que me haría?... ¿Tienes idea de lo que pasaría con Bearnia? Prefiero cortarme los huevos yo mismo antes que dejar que eso pase.

—El riesgo de contagio y la forma de este son desconocidos para nosotros, señor, solo...

—Tendrás... tendrás tu sangre de dragón. Voy a mover algunos contactos.

—Señor, muchísimas gracias, no lo defraudaremos.

—Más te vale producir esa vacuna rápido... porque después planeo recuperar lo invertido.

—Si me disculpa la intromisión, ¿cómo planea hacer eso mi señor?

—Mucha gente vendrá y dejarán sus bonitos navíos atracados en los puertos. Solo es cuestión de tirar un cuerpo infectado o dos en ellos.

—Señor... —dijo Solan con la voz quebrada.

—Vamos a exportar la cura, pero también la enfermedad.

—¿No le preocupa que el foco se centre en usted?

—Usaremos a ese imbécil de Bassim de chivo expiatorio, está tan sucio como yo.

Matará a alguna de sus esposas en la fiesta, el pobre idiota no puede resistirse.

Con las manos en la masa le será muy difícil defenderse y por la reputación de Zahramar nadie creerá ninguna palabra que diga sobre los pobres habitantes de Bearnia o su benevolente rey que han dado todo de sí para que avance la medicina.

—Le pido que lo reconsidere.

La grabación terminó justo ahí. Azam no podía explicarse cómo el rey era tan estúpido como para grabarse diciendo esto, pero su experiencia con la gente egocéntrica le había demostrado que siempre sienten la necesidad de sentirse en control y que muy frecuentemente esa era la causa de su ruina.

Luego de recoger el disco, Azam salió de la habitación secreta y se encontró con la desagradable sorpresa de que un sujeto lo había visto.

El sujeto se volteó y llamó a los guardias, pero apenas volvió a encarar al intruso, este ya no estaba. Los guardias empezaron a registrar la habitación y en cuestión de unos minutos el altavoz sonó nuevamente.

—Atención, invitados: se ha reportado que un intruso ha entrado en la fiesta, si ve a un hombre vestido de rojo, con máscara de dragón, debe reportarlo inmediatamente a la guardia.

Solicitamos que los invitados se reúnan cerca del vestíbulo por su seguridad mientras la guardia se encarga del asunto.

El egreso al jardín también ha sido prohibido mientras tanto —dijo la voz metálica del altavoz.

Tras la información se escuchó a varias voces hablar inconformes.

—¿Es esto parte de la fiesta?

—¡Eso es terrible!

—¡Primero el bardo borracho y ahora esto!

En medio de la congregación de todos los invitados en el vestíbulo los nobles seguían hablando de cuestiones banales y algunos de negocios.

Regis observó cómo un par de jóvenes enmascarados con máscaras de teatro se acercaban a las mesas decoradas con estatuillas de joyas y se las metían a los bolsillos y estos lo vieron algo asustados.

—No se preocupen, jóvenes. El rey es tan acaudalado que no notará un par de baratijas —dijo mostrándoles los bolsillos donde él mismo había escondido unas cuantas.

Los guardias buscaban por todas partes al dragón rojo, con las espadas desenvainadas. Estaban preparados tanto afuera como adentro.

Azam saltaba entre las vigas del techo y las lámparas que colgaban, moviéndose con cuidado. Eventualmente llegó a su meta.

El enano que daba los anuncios por el altavoz estaba tranquilo y a punto de dar una nueva indicación.

— Atención, invitados.

De repente fue interrumpido por el intruso que se lanzó a la ventana de vidrio de la sala de anuncios del cuarto piso causando mucho ruido al hacer su entrada forzada.

La transmisión se fue en corto por unos instantes. Los invitados se alarmaron. Los guardias corrieron hacia la sala de anuncios, pero algo había bloqueado la puerta y esta se resistía a ser tumbada.

Orlan fue empujado por los guardias nuevamente hacia adentro junto a los otros invitados que estaban afuera para contribuir a la búsqueda del sospechoso.

Badr Batriq Bassim junto a sus esposas y Olmo se reunieron en el centro formado en el vestíbulo donde no hace mucho los guerreros se habían congregado a escuchar las palabras de Alezar.

Todos estaban en un solo lugar.

De repente Bassim avanzó hacia adelante, a una posición ligeramente elevada y gritó señalando a un hombre disfrazado.

—¡Es él!... ¡El rey va vestido de oveja!

Los invitados se sorprendieron ante la repentina noticia. El aviso de que un intruso había irrumpido en la fiesta los había hecho olvidar un poco el juego, pero el que alguien tan pudiente como el sabio de Zahramar fuera el ganador del premio decepcionó a muchos.