El viaje del colibrí Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Orlan sintió que el foco de atención había cambiado y ahora él, aun sin máscara, ya había dejado de serlo.

Decidió que se había aburrido de estar en el mueble y a pesar de estar ebrio salió a estirar las piernas, no sin antes mirar una última vez hacia el otro lado del salón para notar que el dragón rojo ya no estaba allí.

Diálogos sobre aburridos negocios, ropa cara, embarcaciones y otros lujos.

Eso era todo lo que escuchaba. No podía evitar pensar en lo que cantó antes: Los héroes cabalgan al norte, tras dragones, honor y metal, más nosotros vencemos la muerte, con un beso y brindis final, mientras la orquesta tocaba una hermosa pieza en Re mayor.

Orlan no dejaba de darle vueltas a que había tomado la peor decisión de su vida al no ir con el grupo.

El decaído bardo agarró de la mesa un plato que no se conseguiría por menos de doscientas monedas de plata y caminó hasta una ventana que daba un vistazo al jardín trasero del castillo.

Nuevamente se encontró con una escena bastante peculiar.

—Señor Badr, se pasa bastante mejor adentro —dijo Olmo.

El viento movía ferozmente los velos que tapaban los rostros de las esposas de Batriq, quienes miraban al sabio de espaldas contemplando la oscuridad de Ambrosía. Igual que Orlan, Badr Batriq Bassim se había rehusado a usar una máscara. Al de Zahramar le bastaba con su turbante.

—Iremos dentro más tarde —dijo Badr tranquilamente, tras lo cual Olmo asintió.

Unos segundos después un par de enmascarados se acercó con un cofre largo pero pequeño. Uno de ellos llevaba una máscara de perro y el otro una de gallo. Bassim recibió una carta de parte de ellos y procedió a abrir el cofre.

—Elegante —dijo frotando lo que sacó del cofre—. ¿Cómo les llaman aquí, Olmo?

—Le llaman pistola, señor. Han empezado a crearlas en masa.

Badr apuntó el arma hacia el suelo y luego se dio vuelta para inesperadamente dispararle a una de sus esposas, justo cuando una corriente de fuegos artificiales llegó a los cielos.

El bardo miró desde la ventana la escena y aterrado se lanzó al suelo. Las demás esposas del Zahramarí no se inmutaron y tras un movimiento imperioso de sus manos la recogieron y se la llevaron lejos.

—Se pueden retirar, caballeros.

Acto seguido el sabio de Zahramar entró al castillo y caminó con determinación, como si tuviera un lugar que visitar. Fue tanta la prisa de Batriq y de Olmo que no notaron al aterrado bardo que vio algo que no debía ver.

Lady Emily pintaba los retratos excelentemente.

Tras cada pintura, entregaba a uno de los guardias que la acompañaba el cuadro acabado, quien luego mostraba brevemente el resultado y le explicaba que pronto enviarían el cuadro a su hogar.

Faltaba solo que una persona saliera para que Regis fuera retratado y aunque ya era el primero en la fila el anciano no se había despegado de su reloj de plata contando los últimos minutos lo cual lo hizo recordar a la vidente Phila que le había mencionado el retrato en su futuro.

¿En qué estarán esos dos ahora mismo?, pensó, pero sus pensamientos fueron interrumpidos cuando un grupo que se tomaba muy en serio lo de atrapar al rey pasó a su lado causando un pequeño estruendo.

—Debe ser él. ¡El rey usa la máscara de cerdo!

—No, eso es ridículo, debe ser el de la máscara de águila.

—Ustedes vayan por allá y nosotros subiremos al balcón para tener un mejor panorama.

Regis miró al grupo animado y en voz alta dijo:

—Hijos de nobles, supongo.

—Qué falta de modales tienen. ¿No cree? —respondió una señora mayor pero elegante que igual que Regis se había rehusado a usar máscara. Estaba tras él en la fila.

Mientras los dos hablaban alguien se había colado en la fila. El hombre de la máscara de dragón. Azam.

—Señor, está en una fila y debería respetarla —dijo Regis Dorwhaal molesto tras lo cual otros nobles en la fila también agregaron sus propios comentarios, algunos groseros.

Azam se volteó y con la mayor educación en su voz respondió:

—Estimadas damas y caballeros, no hace falta que se preocupen por mí, no voy a pedir que me retraten. Solo voy a decir unas palabras a una vieja amiga y saldré de inmediato.

La gente miró los ojos amarillos y la máscara aterradora del hombre y ninguno deseó llevarle la contraria. Si lo pone de ese modo, pensaron varios de los presentes para autoconvencerse.

Lady Emily observó al hombre entrar y de inmediato ordenó a los guardias salir.

Ahora, solos, Azam se quitó la máscara y reveló su rostro.

Era apuesto. No aparentaba más de cuarenta años a pesar de su edad real.

Tenía facciones finas, pero igualmente masculinas, cejas fuertes igual de negras que su cabello el cual le tocaba los hombros.

Su piel era blanca pálida como la de todos los portadores de esos ojos malditos y lucía un bigote fino curvado que se complementaba perfectamente con una elegante barba de chivo aristocrática que le daba un aspecto afilado a su mentón.

La pintora se levantó para acercarse a él, le dio un fuerte abrazo y le dijo algo en un susurro. Azam miró hacia el rostro de ella, pero solo se veía a sí mismo por la máscara de espejo que llevaba puesta. Se limitó a devolverle el abrazo y tras susurrarle algo de vuelta al oído salió.

Regis ingresó y uno de los guardias, quienes también habían ingresado de nuevo, le indicó cómo debía colocarse. Minutos después el cuadro ya estaba listo y era impecable, pero Dorwhaal se sentía diferente, algo más ligero.

—Muchas gracias por el honor —dijo Regis intentando conversar con la pintora, pero esta no habló, solo se limitó a mirarlo fijamente haciendo que su reflejo se le devolviera. A pesar de eso Regis abandonó el salón contento.

Orlan tenía una botella de espumoso de Bearnia para él solo y la tomaba con avidez, el bardo sentía que había visto cosas que no debía, las cuales más adelante lo iban a afectar de alguna forma.

La fiesta estaba totalmente arruinada para él, pero hizo el esfuerzo para tocar un par de canciones más incluyendo una que le encantaba tocar, El cielo invernal.

Tocar le animó un poco el ánimo, pero no podía evitar preguntarse si el zahramarí de verdad había matado a aquella mujer. ¿Qué era esa cosa que agarró de todos modos?, pensó para sí mismo.

Mientras el bardo estaba sumido en sus pensamientos una curvilínea mujer semi gata con unos preciosos ojos verdes se le lanzó encima y aunque inicialmente lo repentino de todo el asunto lo sorprendió,

bastaron segundos para que Nochecantada la siguiera a una habitación extremadamente lujosa justo al lado del taller de pintura donde otras personas tenían intimidad, pero extrañamente nadie parecía importarle lo que hacían los demás.

Orlan se quitó la camiseta y lanzó a la semigata a la enorme cama con sábanas púrpuras. Había olvidado completamente lo que había visto, o quizá era uno de esos casos de amnesia selectiva que su mente involuntariamente había hecho en situaciones similares previas.

La semigata estiró las piernas intentando agarrarlo y consiguiéndolo con éxito, ambos estaban revolcándose sin pensar en si habría un mañana.

Orlan estaba en el paraíso, aunque el bardo siempre consideró que preferiría irse al abismo al morir por que eso de rezar por toda la eternidad en la otra vida y dejar atrás el placer nunca fue lo suyo.

La semigata, cuyo nombre ni siquiera preguntó, empezó a frotarse contra su pecho y agarrarle las partes nobles.

Orlan no entendía muy bien su técnica, pero no podía negar sus resultados.

La semigata se colocó arriba de Orlan y empezó a ahorcarlo.

Orlan empezó a agarrarle los senos y antes de que pudiera quitarse los interiores la semigata se detuvo súbitamente.

—Dame un segundo, cariño.

Orlan la vio caminar hacia una de las mesas de la habitación y agarrar dos botellas de vino de Kala.

La gata no demoró mucho pero ese corto instante sin producir placer hizo que Nochecantada mirara hacia su derecha y pudo notar cómo un sujeto sin piernas, por su vestimenta un noble, disfrutaba de ver a un enano forzarse dentro de un jabalí.

Asqueroso, pensó Orlan dirigiendo su mirada hacia la izquierda, donde una mujer complacía con la boca a uno de los guardias del castillo, quien al notar la mirada de Orlan lo miró con molestia.

La gata saltó repentinamente en la cama con una botella y bañó a Orlan de vino, luego lo empezó a arañar. Nochecantada se cansó de los juegos y se colocó arriba. La gata se dejó guiar por él y lo estaba esperando, dispuesta.

En ese momento la puerta se abrió bruscamente y múltiples guardias con atuendos blancos, como los que entraron junto a la pintora, empezaron a colocar cuadros apoyados contra la pared.

—Atención invitados, debido a un inesperado número de solicitantes, varios cuadros de Lady Emily serán almacenados en el salón cascada púrpura de Orialis.

Todos los invitados que se encuentren en el salón deberán salir y buscar nuevas habitaciones, además Lady Emily tomará un descanso de treinta minutos.

Disculpen la molestia y esperamos que sigan disfrutando de la fiesta —dijo la voz que venía del altavoz.

—¡Hombre, vamos! —gritó frustrado viendo cómo el salón se llenaba cada vez más de cuadros y los guardias empezaban a sacarlos a todos.

Orlan se vistió rápidamente y agarró la mano de la semi gata.

—¿Vamos a continuar esto en otra parte? —preguntó.

—Dorian DiaEntonado... ¿En serio hace falta que preguntes? —dijo la gata en un tono seductor.

—¿Dorian? —preguntó Orlan.

La semigata lo miró confundida.

—¿Quién mierda es Dorian? —respondió indignado el arrogante bardo—. ¿DiaEntonado? ¿Osas confundirme con un músico cualquiera? ¿Acaso no reconoces al bardo más apuesto y talentoso de Azur? ¡Mi nombre es Orlan! ¡A mí nadie me confunde! ¡Podrás ser una semigata, pero eres toda una perra!

La semigata agarró la botella de vino restante del suelo y se la vació totalmente en la cabeza al bardo y abandonó el salón dejando a un empapado Orlan, quien se había dado cuenta de que perfectamente pudo llamarse Mazav Avid hoy y a ninguna mujer le habría importado.