El viaje del colibrí Capítulo 31
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Capítulo 31

La última fiesta de Alezar

En el jardín del castillo de Ambrosía plenamente iluminado por grandes faroles esféricos, de un blanco cálido y brillante que contrastaba con la oscuridad absoluta de la ciudad tras las altas rejas doradas, un grupo de nobles conversaban.

—Entonces, como te decía, el rey Alezar tuvo una manada de degenerados en el castillo y los envió a Morne. ¿Puedes creerlo? Los pobres tontos estaban convencidos de que podrían acabar con un dragón —dijo un hombre vestido con traje el cual utilizaba una máscara de sapo dorada.

—¿Es cierto que metió a esas bestias semihumanas en el castillo? Beth dijo que era verdad, pero si así fuera, debería oler a zoológico —dijo una doncella vestida de blanco con una máscara de gato.

—Fue todo verdad, te lo juro por Zhonos. Quizá ya no huela porque partieron temprano por la mañana.

—Desearía encontrar personal de limpieza tan bueno como el de este castillo si así fuera el caso —agregó otra mujer vestida de azul la cual usaba una máscara de elefante.

—Se está mejor adentro, creo que ya deberíamos entrar —dijo el hombre.

La mujer vestida de blanco sacó de su cartera la invitación, pero una ráfaga de aire se la arrebató de las manos haciéndola volar fuera de los entornos del castillo.

—¡Se fue mi invitación! —exclamó la mujer dispuesta a perseguir el papel.

—Maddie, déjala, no sabemos qué hay a la vuelta de la esquina. La ciudad ya no es segura.

—De verdad que no entiendo qué pasa con el mundo —dijo la noble fastidiada.

De un portal en el suelo, una mano con guantes agarró la invitación perdida y procedió a emerger completamente.

Se trataba de una elegante figura masculina vestida totalmente de rojo que luego de sacudir su traje se acercó a la entrada del castillo Polroc y sin decir ninguna palabra extendió la invitación.

—Oh, señor Hall, alguien se ha hecho pasar por usted. Adelante, no se preocupe por nada, los guardias tenemos los ojos bien abiertos —dijo uno de los guardias quienes también llevaban una máscara negra similar a la de los siervos.

Los nobles de antes vieron al sujeto de rojo con máscara de dragón entrar con algo de disgusto, pero Maddie, la mujer de blanco quien luego de las explicaciones de su acompañante de máscara de sapo logró entrar, no pudo evitar sentirse interesada por el misterioso sujeto.

—Oh, me encanta tu máscara. Es algo aterradora. ¿Cómo hiciste para que te ilumine los ojos de ese color?

—Tengo el mejor de los sastres —respondió el sujeto de forma cortante y con poco interés dirigiéndose a la entrada, pero, para sorpresa de múltiples invitados, el hombre se desvió y se acercó al jardín al este del castillo, cerca de las rejas de oro,

debajo de unos preciosos árboles amarillos y morados.

Cuando nadie más estuvo cerca para observarlo, el extraño vestido de rojo sintió una presencia incorpórea y segundos después escuchó las palabras de un viejo rival, conocido, o quizá incluso amigo.

—¿Vas a una fiesta, Azam? ¿Eso era lo que anhelabas todos esos años ocultándote de mí como una rata en el reino de Mugre?

Mujeres hermosas, lujos, riquezas, estatus, risas, vino de Taronia, ¿drogas?

¿Y qué hay del anfitrión? El rey Alezar Polroc...

He visto qué pasará mañana y sé que tú tendrías algo que ver...

Mira amigo mío, mira esta ciudad con luces apagadas, los habitantes de Ambrosía escondidos con las ventanas abarrotadas y las puertas trabadas deben poder ver la luminosidad de este castillo y seguramente desearían estar dentro de él.

¿Acaso vas a echar a perder esta velada?

De todos modos, es la última fiesta de Alezar. Me encantó saludarte.

—...

En ese instante, Azam sintió a su antiguo patrón desvanecerse y no pudo evitar preguntarse por qué su esencia se sentía tan fuerte en el reino de Bearnia.

Acto seguido, entró por la puerta principal donde cientos de sirvientes con máscaras y disfraces de distintas aves repartían comida y bebida a los invitados.

Limpiaban desastres y esperaban instrucciones nuevas constantemente.

El primer piso del castillo había sido reacondicionado para acoger a la mayor cantidad de visitantes posible.

Sus baldosas eran de mármol blanco y estaban decoradas con elegantes alfombras de Zahramar, varias mesas repletas de platos preparados por los mejores cocineros de Azur, una en particular con un pez flor de Tianzhou, cortado en varios trozos llamó la atención del extraño,

que volvió a concentrarse tras ver las decenas de retratos colgados en las paredes del castillo.

Cerca, en unos muebles hechos con piel de oso rojo de Ravania, Azam observó a un sujeto peculiar que no llevaba máscara.

Se trataba de un bardo rubio con barba de chivo que bebía una botella de champaña alto Mazaviana, valuada en mil monedas de oro, él solo, mientras unas mujeres enmascaradas reaccionaban con risas a sus tontas palabras.

—Entonces le dije al señor Vilhiam: «Usa esta daga que conseguí de aquella vez que enfrenté yo solo al dragón invernal de Khorvalen, te traerá buena suerte para que regreses sano y salvo».

—Señor Nochecantada, antes había dicho que nunca había estado en Khorvalen.

El bardo, con algo de presión, se meneó la barba de chivo e improvisando algo rápidamente respondió:

—Oh, cariño, la bestia voló al sur de Mazavid, pero gracias a mi valor se fue con la cola entre las patas a su país nuevamente. Y otra cosa, puedes decirme Orlan.

Azam vio fijamente al bardo y Orlan no pudo evitar sentir la mirada del hombre de rojo con máscara de dragón.

—No se preocupe, amigo, solo peleo contra dragones que miden más que un edificio y no tengo nada contra los dragones rojos.

Las mujeres junto a Orlan rieron frente a la actitud del clásico tipo que es el alma de la fiesta, pero el bardo notó que el dragón rojo no se movió.

Decidió mirarlo fijamente y pudo sentir la mirada penetrante de los ojos amarillos debajo de la máscara del sujeto.

A Nochecantada se le formó un nudo en la garganta.

—Eres un bardo, ¿no? Entonces canta algo.

Casi como si sintiera un puñal en el cuello, Orlan Nochecantada se puso de pie y comenzó a cantar:

En Ambrosía brilla el oro,

más que el sol de Zhonos quizá,

pero el oro no da consuelo,

si el vino no sabe igual.

Las copas tintinean suaves,

susurra mi laúd en menor,

y el rey sonríe entre sus aves,

bendiciendo el viejo licor.

Brindemos, por lo que no fue,

por los sueños que el alba dejó.

Brindemos, señores, que nadie ve,

que del placer jamás nadie se quejó.

Que Ambrosía recuerde esta noche sin par,

que su música nunca termine,

que el mundo se queme si quiere girar,

mientras el vino nos redime.

Los héroes cabalgan al norte,

tras dragones, honor y metal,

más nosotros vencemos la muerte,

con un beso y un brindis final.

Oh, nobleza divina,

reímos temiendo llorar,

mas si el alma es copa vacía,

llenémosla y que siga el vals.

Brindemos, por lo que no fue,

por los sueños que el alba dejó.

Brindemos, señores, que nadie ve,

que del placer jamás nadie se quejó.

Y si el dragón ruge allá afuera,

que ruja también nuestro amor,

pues el fuego que al alma libera,

arde más fuerte que ese rojo furor.

La multitud aplaudió a Orlan encantada por su canción que representaba lo que muchos de los presentes pensaban.

Había una enfermedad allá afuera, pero no por eso debían tener las caras largas.

El bardo se distrajo viendo cómo todos lo aplaudían, luego volvió a mirar hacia el hombre con máscara de dragón, pero ese ya no estaba ahí.

Después de la breve escena, una voz casi metálica resonó en el vestíbulo del castillo.

—Atención a todos los invitados: el rey está a punto de hacer su aparición. Igual que el último año, no se revelará cómo va disfrazado; el que descubra su identidad se llevará un premio.

Los invitados reaccionaron con la sorpresa correspondiente al anuncio que salió de los altavoces colgados en lo alto de varias paredes.

Muchos habían escuchado de la magia enana que repetía canciones, pero la invención de algo que reprodujera voces era algo que se creía solo era posible en los salones más opulentos de Khorvalen.

Todos estaban pendientes de buscar a cualquier sospechoso que pudiera ser el rey entre ellos, pero era más complejo de lo que parecía, aparte de Orlan pocos eran los que no usaban disfraz.

¿Dónde se metió ese tipo?, pensó el bardo antes de sentarse en el elegante mueble donde estaba antes.

Bah, no debería entrometer... Orlan volteó hacia su izquierda y sus pensamientos fueron interrumpidos cuando vio cómo el sujeto vestido de dragón rojo estaba del otro lado del gran salón que no era para nada pequeño. ¿Cómo llegó hasta allá tan rápido?

Las puertas principales del castillo se abrieron y una elegante mujer vestida totalmente de blanco entró junto a múltiples guardias del castillo también vestidos de blanco. Nadie sabía quién era, pero ciertamente por su entrada era importante. La mujer llevaba una máscara curiosa, era un espejo.

—Atención a todos los invitados. Demos la bienvenida a la excelentísima Lady Emily Arkwell de Khorvalen. Pintora real. Lady Arkwell procederá a iniciar con sus famosos retratos invaluables en unos minutos. Por favor no se desorganicen —dijo el altavoz.

Regis Dorwhaal dejó el delicioso postre de cereza que comía en la mesa apenas escuchó el anuncio y aunque no quería dejar en evidencia que se moría de ganas por tener uno de los retratos pintados por Lady Arkwell, su prisa lo delataba.

En el largo pasillo que se extendía a la izquierda de la entrada principal, en un amplio salón adecuado especialmente para la pintora, una larga fila se había formado y Dorwhaal estaba por lo menos entre los primeros quince.

Emily Arkwell se había convertido en una celebridad conocida por todo Azur.

Era tan conocida y respetada que incluso algunos habitantes de la salvaje, aislada e inconquistable Taronia sabían quién era.

La pintora era capaz de retratar a alguien con hasta el más mínimo detalle en unos cinco minutos.

Se había vuelto una atracción recurrente en las fiestas de Bearnia.

Muchos nobles odiaban tratar con Alezar, pero aceptaban la invitación por tener el honor de conocerla.