Capítulo 30
Regreso a Campo Verde
I
Varios minutos después de la pelea, Red se puso de pie y conjuró plataformas de llamas para cruzar lenta pero seguramente al otro lado del río.
La llave, el corazón, el cadáver del monstruo...
no había nada, pero atrás, entre algunos árboles, unas estatuas humanas de hielo decoraban el paisaje. Decidió revisarlas.
Las estatuas eran cinco guardias de Bearnia, uno de ellos, un enano. Sus rostros quedaron petrificados en el momento en el que fueron congelados.
—Están muertos —escuchó Red—. La pregunta es: ¿por qué tú no lo estás? —dijo Hambre.
Red miró al diablillo con alivio. Pudo notar cómo sostenía la llave con sus pies, el corazón con su mano derecha y un caracol en su mano izquierda. Sin decir ninguna palabra aún, se sentó junto a los caballeros congelados a recuperar el aliento.
—Elara, ¿dónde está?
El diablillo se acercó al colibrí y lo miró con impaciencia.
—¡Te hice una pregunta! ¿Cómo estás vivo? ¿Cómo tiraste esas cosas de tus manos?
—Parece que me hiciste dos —dijo Red cambiando de posición sentada a acostada. Tras unos segundos de silencio, Red verificó si el diablillo seguía esperando una respuesta. Aún estaba allí—. No me creerías si te digo lo que vi.
Tras varios minutos de explicación, Hambre arrojó con miedo la aparente llave de la puerta de Azur y Red la agarró, asegurándola.
—¿Cómo esperabas que no fuera a creerlo? Yo no vengo de este plano, imbécil.
—No pensé que los diablillos temieran a Thuron.
—Deberías estar algo más preocupado. Él puso sus sellos en ti. Eres su elegido.
Red resopló con fastidio.
—¿Elegido? ¿Yo?
—Precisamente.
Red rio.
—¿Elegido como en los libros de fantasía?
—Así es.
—Yo no soy el elegido de nadie. No soy parte de ninguna profecía o historia en la cual hay un elegido que debe salvar el mundo.
—Me parece que sí.
—Hago esto porque quiero.
—Seguro... —dijo Hambre burlonamente.
—¡Ey! —exclamó Red con un tono levemente fastidiado y resignado.
—Ahora que lo pienso, no tiene mucho sentido: los únicos elegidos por los dioses nacen, no los escogen cuando ya se echaron a perder —dijo Hambre—.
Quizá es probable que seas una herramienta temporal.
Yo que tú me andaría con cuidado con tu nuevo amigo, y no solo porque pueda deportar a los de mi tipo.
—¿Qué es deportar?
—Exiliar a nuestro plano original. Por lo que me dices conociste a unos cuantos habitantes de otros planos y pudiste comprobar que no son muy amigables.
—¿Ahora responderás a mi pregunta?
—Ah, sí, sí, la mujer de ojos amarillos se tiró al río para escapar de un sujeto extraño.
La expresión de Red cambió a una de preocupación y algo de inquietud.
—¿Escuchaste algo? ¿Cómo era el sujeto?
—No mucho, debo admitir que salí volando apenas apareció el hombre de hielo, pero cuando alcancé a esconderme escuché a la chica decir que eras uno de los suyos, pero luego conjuró una nube de humo y se tiró al agua.
Red se puso de pie.
—¿Qué planeas hacer?
—¿Qué crees? Voy a buscarla.
El colibrí se tambaleaba.
—No me parece que estés en condiciones para ir tras ese sujeto, algo en su aura era... extraño. Apestaba a magia.
—Lo encontraré y lo mataré.
—Oye, relájate, ¿no ves que...?
—¿No veo qué cosa? —dijo Red dándose vuelta para descubrir por qué el diablillo se había detenido.
Hambre miraba directamente una escultura de hielo, la del enano, que sorpresivamente había movido sus ojos por unos segundos un par de veces. Mientras Red se unía a observarlo, sus ojos dejaron de moverse.
—Está vivo.
Con llamas escasas, Red derritió la escultura de hielo, pero el enano no respondía.
—Estará bien, está respirando. Es un guardia, así que lo mejor será que lo dejemos aquí —dijo Red agarrando la mochila de uno de los guardias y guardando la llave dentro.
—¿Y si un animal salvaje aparece y se lo come?
Red miró hacia todos lados y solo vio los restos congelados y ardientes del bosque.
—Me parece que tú eres el único animal salvaje en todo el bosque.
—Bien —dijo Hambre con fastidio.
Red intentó subir nuevamente a la cima del risco, pero se había quedado sin energía. Tras varios intentos de conjurar plataformas de llamas, empezaba a darse por vencido.
—¿Necesitas que te ayude, caballero? —preguntó Hambre sarcásticamente.
Presa del ego y del orgullo, Red apuntó con su dedo índice y disparó un proyectil mágico a una de las cuerdas que sostenía uno de los puentes colgantes, el cual cayó y quedó perfectamente acomodado, como si de una escalera se tratara.
—Como si fuera a aceptar que un diablillo me ayude.
Mientras escalaba, Hambre presumía sus alas volando cerca de él. Una vez en la cima, Red presenció la verdadera escala de la destrucción que el miembro del escorpión y él habían creado.
—Pensé que íbamos a buscar a la chica. Debías tirarte al río.
—Voy a buscar a mi caballo.
—¿Un caballo? ¿En serio? No creo que haya sobrevivido a… esto.
Por un momento Red contempló la posibilidad de que verdaderamente su fuego haya acabado con su caballo, pero decidido, caminó. El trayecto de vuelta a la casa de Ondrej estuvo lleno de preguntas de Hambre sobre la experiencia de Red en el mundo de los muertos.
—¿De qué conoces a Elara? —preguntó Red.
—Le conté una historia muy larga a cambio de que me liberara de una botella —respondió vagamente el diablillo.
—No suena como algo que ella haría, quizá le gustó el color de tus ojos —dijo Red mirando a los ojos color ámbar de Hambre.
—Puede ser. No la culpo. Mis ojos son majestuosos.
—Los de ella son más radiantes —agregó Red.
Cuando ambos iban a mitad del camino, conversaron sobre el corazón del monstruo y la razón por la que lo deseaban. Red se mostró reacio a cederle el trofeo al diablillo, pero, como muestra de gratitud por salvar la llave, accedió.
Cuando se encontraban al final del camino, Red finalmente le preguntó:
—¿Y qué es ese caracol que tienes ahí?
—No me creerías si...
—Espera... —interrumpió Red.
La cabaña de Ondrej el mico, o sus restos, podían apreciarse ya en la distancia. Apresurado, Red corrió al lugar donde amarró a Cenizas, pero no había nada. La falta de restos le daba algo de esperanza: quizá el caballo escapó de alguna forma o alguien se lo llevó.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Hambre.
—Tú tienes lo que quieres, no creo que debas preocuparte, puedes irte.
Hambre lo pensó por un momento. Podía irse y de alguna forma llegar a la academia de magia de Kala, podía contar la historia de Dalhir, pero su instinto le decía que aprendería muchas cosas si acompañaba al hombre que acababa de conocer, cosas sobre la misma esencia de su ser.
—Decidí que te voy a honrar con mi presencia por un tiempo. Así que hazme el favor y guarda el corazón en esa mochila, ¿quieres? Estoy cansado de sostenerlo.
Red y Hambre continuaron caminando por varios minutos. La destrucción del bosque había alcanzado la cabaña de Ondrej, pero el resto del camino estaba en perfectas condiciones. Finalmente estaban a la entrada de Campo Verde.
—Ah cierto, me ibas a decir sobre el carac...
El colibrí se desplomó.
—¡Oye! ¿Qué te sucedió de repente?
Red no podía moverse, no podía hablar, solo podía ver a Hambre volar de lado a lado como intentando llamar su atención, pero, en un punto, empezó a observar destellos que obligaron a la criatura alada a abandonarlo.
En ese instante, Red quedó inconsciente.
II
Cálida bienvenida
—Creo que lo vi moverse —dijo una voz femenina con acento extraño.
—¡La maestra tenía razón! —dijo una segunda mujer con voz aguda.
—Sabía que Dios no nos dejaría desamparadas. Es una lástima que la hermana Isolde enloqueciera y nos dejara antes de verlo.
—Isolde era una perra de todos modos —respondió la mujer de voz aguda.
—¿Qué? —Red se movió y se dio cuenta de que tenía los ojos vendados.
—Oh, tranquilo, tranquilo, has pasado por mucho, ¿no es así? —dijo otra mujer, de voz suave, sobando la cabeza del antiguo caballero.
—Tengo que irme.
—Oh, pobre hombre, pobre y tonto. No puedes irte en esa condición. Eres un desastre. Tienes suerte de que Laura y yo te encontráramos en el bosque y no una criatura salvaje.
Red escuchó a la mujer acercarse. Luego sintió sus manos pasar por su pecho descubierto, acariciándolo completamente hasta llegar a su cuello y luego hasta la cara.
Finalmente, la mujer le quitó el vendaje de los ojos, con lo cual Red finalmente pudo ver su rostro.
Era una mujer joven, bella, vestida de blanco; su pelo era castaño y sus ojos grises y, a diferencia de las otras mujeres que había visto en la aldea, no estaba en estado de embarazo.
Era la mujer que le recomendó tomar el contrato para cazar al monstruo.
—Llegaste justo a tiempo, en una pieza. —La mujer sonrió; las demás hicieron lo mismo.
Red miró hacia abajo y notó que estaba lleno de vendajes y trapos húmedos. El dolor, aunque presente, había mejorado.
—Tú eras Lylia, ¿no es así? ¿Cómo terminé aquí? —dijo Red fastidiado.
—Shhh. Debes descansar. Te han pasado muchas cosas, ¿no crees?
Red sentía el ambiente pesado, las mujeres que acompañaban a Lylia salieron de la habitación tras el sonido de dos intensas campanadas.
—Duerme bien y te prometo que te esperará un delicioso desayuno.
Lylia salió de la habitación también e inmediatamente las velas que iluminaban el lugar se apagaron con una fuerte corriente de aire.
Luego del inesperado despertar, el colibrí se levantó y buscó sus pertenencias, pero no encontró nada.
Se encontraba vestido con un pantalón negro de una tela sorpresivamente fina y con el torso cubierto de vendajes.
Agarró unas botas de trabajo oscuras que habían dejado en la mesa de noche y decidió salir a buscar lo que verdaderamente le importaba.
¿Cuánto tiempo perdí aquí?, pensó para sí mismo.
Antes de salir de la habitación, se dio vuelta una última vez y notó que la cama en la que estaba acostado estaba llena de flores: rosas negras.
—No estás a salvo aquí —dijo una voz infantil.
Luego de eso, sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo. Buscó el origen de la voz, pero no encontró a ningún niño.
Tras salir de la habitación, pudo notar que estaba en la posada que quedaba al lado de la que escogió Elara cuando llegaron a la aldea. Las velas estaban apagadas, las paredes emitían susurros, el piso de madera crujía con cada paso que daba y el viento aullaba fuertemente.
La oscuridad del lugar era un obstáculo. Decidido, intentó encender una llama para iluminar su camino, pero esta se apagó de inmediato como aquella vez. En aquel lugar.
Tras varios intentos fallidos, Red abandonó el lugar resignado.
Parece que la magia de sangre no funciona. Buscaré a la anciana y le pediré explicaciones, pensó antes de abrir la puerta.
—Craaa… craaa… —graznó un cuervo.
Tras un par de minutos caminando, escuchó un coro de voces alzarse en una clase de rezo o plegaria.
—Que la savia de la tierra alimente nuestra sangre, recibe nuestras ofrendas, toma la carne, toma su aliento y que los hijos que traemos al mundo caminen bajo tu sombra por siempre.
—¿Ofrendas?
Red se acercó a las voces hasta que finalmente encontró a una gran multitud de mujeres embarazadas desnudas dando de comer trozos de carne unas a otras.
En el centro, una gran mesa de piedra sostenía un cuadro de un elegante elfo de ojos negros caminando sobre las aguas rodeado de cabras muertas y, a los pies del cuadro, un niño con los ojos sin brillo, inmóvil y con las tripas afuera. Una ofrenda.
Asqueado, Red retrocedió por un momento y se escondió detrás de una casa local, hecha de piedra.
—Ulma —dijo Marie, la anciana con los dedos llenos de anillos.— Trae al siguiente.
De una casa del fondo, dos mujeres mórbidamente obesas trajeron a un niño. Red lo reconoció. Era el único otro varón de la aldea al que pudo ver cuando llegaron.
El niño lloraba y pataleaba. Sabía que algo malo le iba a pasar. Las mujeres lo arrastraban al altar donde pronto sus entrañas serían repartidas a todas las demás.
—¡Mamá! ¡Mamá! —sollozaba el niño.
Las mujeres siguieron arrastrándolo hasta que una de las presentes se levantó y corrió a abrazar al niño.
Las mujeres gordas soltaron al niño y la mujer lo abrazó por lo menos durante medio minuto.
Una mujer delgada, la joven de antes, Lylia, se colocó frente a la mujer y esta ubicó al niño detrás de sí misma.
—Lylia, por favor, perdona a mi Hugo, te lo suplico.
La mujer joven de ojos grises se acercó aún más a la madre y, penetrando con la mirada en sus ojos, le dio una fuerte cachetada.
La anciana con los dedos llenos de anillos también se acercó y en un tono frío dijo:
—Te preocupa el niño. ¡El hijo de un granjero! —dijo sonriente—. No es una niña, no puede servirle a nuestro señor así... Piénsalo, serás la madre del hijo de un Dios. —La anciana hizo una pausa y miró fijamente al chico—. Es un sacrificio necesario.
Inmediatamente después, Lylia jaló al niño de la mano y le lamió todo el cachete derecho.
Red intentó conjurar un arco de fuego, pero no fue posible. Nuevamente se desvaneció. Decidido a intervenir, agarró una horca cercana y cuando estaba listo para salir vio cómo Lylia ya lo había apuñalado con un cuchillo ceremonial.
—A comer —dijo fríamente con las manos cubiertas de sangre.
Red volvió a esconderse intentando idear un plan, pero, harto de todo, decidió dar la cara con la horca en las manos. Sin embargo, el repentino aumento del vientre de las mujeres lo tomó por sorpresa.
Por Zhonos, pensó.
Era el corazón. De alguna manera las mujeres, no, las brujas, lo estaban usando para crear algo antinatural, algo profano, algo que cargaban en sus vientres.
—Oh, Dios, tus hijos estarán aquí en un día. Por la noche.
En ese momento, las brujas empezaron a besarse unas a otras. La escena era asquerosa. Todas estaban revolcándose entre ellas, agarrándose del cabello, de los senos, compartiendo la carne de muchos inocentes.
—Huye —escuchó Red. Nuevamente, una voz incorpórea. Fantasmal.
Decidido, sin magia de sangre, sin armadura, vulnerable, avanzó con la horca en sus manos, pero algo le tocó el hombro.
—Creí decirte que durmieras bien —dijo Lylia.
Al verla repentinamente, todo se puso negro una vez más.