Capítulo 28 #3
¿Cuáles eran sus nombres? ¿Ivar, Mathias...
? ¡Mis caballeros no pueden sufrir de algo tan banal como culpa del sobreviviente!
Red se levantó y retrocedió para llegar a la puerta, pero la habitación no tenía fin por mucho que retrocediera.
—Pudiste con el vigía. Eso me impresionó...
El vigía no es un espectro cobarde, como el observador.
Decidió curar tus heridas antes de manifestarse, pero pensaste que estabas en otra ilusión.
Y la pobre reina Lysif. ¡Ja, ja! Hay algo que debo confesar.
Yo la coloqué ahí —dijo el barón con mucho énfasis en el yo—.
Lo hice para motivarte, porque ciertamente lo necesitabas.
No, no era una ilusión. La arrastré del otro lado hasta ti y fue muy divertido ver cómo intentabas matarla.
Red se enojó y empezó a caminar hacia adelante.
—Te encuentro en un estado deplorable y resignado, arrodillado en la playa, y cuando finalmente te doy un merecido descanso, irrumpes en mi hogar y husmeas toda la noche buscando respuestas. No creas que no lo sabía —dijo el barón con una voz cada vez más perturbadora.
Red encendió una llama y la disparó al frente, pero se apagó antes de tocar el suelo.
—¿Entonces quieres respuestas? No, no estás en otra ilusión. Es el mundo que pudo haber sido tuyo si hubieras seguido mis reglas.
De repente, un torbellino rojo apareció frente a Red. Estar cerca de este era doloroso. Red podía sentir que le costaba permanecer de pie o respirar. Podía sentirlo: era el anciano.
—Así que te irás y seguirás comportándote como un obediente siervo del barón... y le pedirás disculpas a tu «Elara falsa» porque, una vez más, ¡te equivocaste!
—¿No es otra ilusión? ¿Qué eres? —preguntó Red con esfuerzo tras cada palabra.
—Un dios verdadero es un estado del ser y su existencia misma altera la realidad según sus deseos.
Red abrió los ojos y ató los cabos.
—Tú... Tú eres Thuron —respondió Red mientras seguía avanzando a rastras hacia el torbellino.
—¡Cuánta determinación!
El torbellino rio y dijo:
—Levántate. Te la ganaste.
Al levantarse, Red estaba de vuelta en la playa, caminando en las aguas del mar junto al anciano, quien iluminaba el camino con su farol.
III
Convicción
Red caminó junto a Thuron durante lo que parecieron horas. En el camino, ninguno de los dos dijo ninguna palabra. Eventualmente, el sol empezó a salir. Era un sol brillante, con una luz verde como la de las historias de antaño. Red se había dado cuenta de que la historia no eran solo patrañas.
—¿A dónde me llevas?
Thuron no respondió. En su lugar siguió caminando hasta que a Red se le cansaron las piernas.
Eventualmente se acercaron a algo bastante peculiar. Una gran puerta blanca en la mitad de las aguas.
—¿Alguna vez te preguntaste por qué el protagonista no muere en la obra? —dijo finalmente Thuron.
Red guardó silencio.
—El protagonista debe tener la mejor protección. Una armadura de trama.
Red giró la cabeza en duda y preguntó:
—¿Qué quieres decir?
—Te salvé en el castillo. Te salvé en el bosque, en el foso y en Belén.
¿Por qué no me volviste a salvar ahora?, pensó Red.
—Sé lo que piensas: ¿por qué no te salvé ahora? Mi influencia sobre tu mundo es pobre, no es mío para controlarlo. Era de mi hermano. No puedo interferir cada vez que algo te pasa y sin duda no volveré a intervenir por ti.
—¿Tu hermano?
—Zhonos siempre pensó que toda creación debía ser culminada. Es como un pintor que finaliza un retrato y deja de retocarlo.
—Zhonos el creador... —dijo Red en voz baja.
—Y Thuron el destructor —respondió Thuron—. Ustedes ciertamente son muy creativos con los sobrenombres. Se trata de más de lo que creen.
Red y el dios se acercaron a los pies de la puerta iluminada por el furioso sol verde.
—En tu castillo vi una puerta que decía Plano de Azur.
—Tu mente no puede comprender ese concepto, Red Blades; va más allá de la vida y la muerte. Siguiente pregunta —dijo Thuron contundentemente.
—¿Qué hacemos aquí?
—En este lugar harás una nueva promesa.
Antes de dar una respuesta, algo en las aguas empezó a moverse hacia el norte.
Era absurdamente enorme, no era una ballena, era algo que superaba en creces el tamaño de múltiples especímenes de la ballena más grande de todas.
Su cola, al salir del agua, provocó tal fuerza que muy seguramente ocasionaría un tsunami en la otra dirección.
—¿Qué fue eso?
—El leviatán —respondió Thuron, tranquilo—. No te preocupes. Acá no puede acercarse.
—Ahora bien, ¿en qué estábamos?
—La promesa.
—Red Blades, me prometerás que abrirás la puerta de Azur.
—Espera, ¿cómo que puerta de Azur? ¿Dónde queda eso?
—Ni siquiera yo sé dónde está.
—¿No podrías decirme dónde está para ir a buscarla de una vez? ¿Esta puerta me llevará de vuelta? ¿Por qué no la cruzas tú?
—Solo mi hermano sabe su ubicación y no sé nada de él desde hace ochocientos años. Yo no puedo cruzarla. Está en tus manos buscarla y abrirla. Sé mis ojos.
—¿Y qué pasa si fallo?
Thuron cerró los ojos unos segundos y lo miró.
—Red... el camino a seguir no será fácil. Necesitarás convicción. Deja el pasado atrás y abre esa puerta.
—Lo prometo.
Luego de estas palabras Thuron estrechó la mano de Red.
—Una cosa más —dijo Thuron.
Lo arrodilló y realizó una inscripción sobre su cabeza, justo como aquella vez que Elara lo marcó.
—Lo necesitarás para cuando despiertes. Estaremos en contacto muy pronto.
Inmediatamente, la puerta en el mar se abrió y Thuron lo empujó de vuelta a la vida. Cuando se encontraba solo nuevamente, el dios sonrió satisfecho.