Capítulo 28 #2
Mientras el sol estaba a punto de esconderse, Elara sostenía un gran racimo de uvas, que agarraba con cuidado y colocaba en una cesta lista para irse a casa, pero por alguna razón no podía evitar mirar al castillo en la cima de la colina.
Regresó a casa y terminó de preparar un guiso de cordero con uvas frescas al vino tinto.
La noche llegó, pero Red no lo hizo.
Elara salió a casa de Greta y Otto, pero los vio discutiendo a través de la ventana, por lo que, en lugar de preguntarles, decidió regresar a casa y cenar sola. De repente empezó a llover.
Una vez se hizo más tarde, Red escuchó el cierre de la puerta de la habitación de Oswin; se quitó los zapatos, se colocó de cuclillas y abrió la puerta de su habitación muy sigilosamente.
El ruido de la lluvia y el sonido de la música del barón ayudaban a camuflar sus pasos.
Necesitaba respuestas. Empezó bajando las escaleras y explorando la primera planta.
Nada fuera de lo común: una elegante cocina, almacenes, comedores y un salón común bien organizado. Ante la falta de hallazgos, volvió a subir a la segunda planta y abrió la única puerta que no era ni la habitación de invitados ni la habitación de Oswin. Era una biblioteca enorme.
Red dio un vistazo a múltiples libros, observando varios como «Una cierta historia del pasado» y «El auge y caída de los colibríes».
Libros de Kala, libros de Taronia... En una estantería casi vacía, en el último nivel de esta, reposaba un libro con cubierta azul lleno de polvo.
Red agarró un banco cercano y se subió en él.
Una vez que tenía el libro en sus manos, lo limpió y sopló para remover el polvo que ocultaba el título.
Recetas de cocina de viejo Aelthiriel.
—Basura —dijo antes de dejarlo en su lugar y bajar del banco—. No hay nada aquí.
Antes de salir, no pudo evitar mirar una carta con un sello que no reconoció en el escritorio de madera oscura.
Red abrió la carta y la leyó vigilando siempre que Oswin no abriera la puerta.
Hermano mío, han pasado milenios desde que nuestras voluntades se cruzaron y el rencor guio tus pasos.
El tiempo para los mortales es efímero; para nosotros solo ha profundizado el silencio que nos separa.
Sin embargo, siento la necesidad de romper esa distancia, no por debilidad, sino porque el peso de nuestra eternidad sigue hiriendo a nuestra creación.
Nacimos de la misma oscuridad primigenia, hijos de aquella madre que es la esencia pura del caos, una entidad sin forma ni voluntad, un torbellino indómito que arrojó fragmentos de sí misma para dar origen a nuestra existencia.
Lo sé en el fondo de mi alma: esa misma esencia nos condenó a esta disputa eterna.
No quiero que me malinterpretes. No te escribo para revivir viejos conflictos ni acusarte por las sombras que creaste. Después de todo, cada uno eligió un camino para lidiar con su herencia.
Escribo esto porque estoy a punto de hacer aquello que no debíamos hacer y sé que me volverás a odiar por ello. Lamento si esperabas una carta más extensa; sabes que siempre fuiste mejor que yo para las palabras.
Con la eternidad como testigo,
Tu hermano
Z
Luego de leer la carta, Red la colocó en su lugar y salió de la biblioteca.
Luego regresó al tercer nivel y abrió todas las puertas. Previamente había entrado a los aposentos reales, pero no tuvo la oportunidad de apreciarlos. Era una habitación impresionante, pero no pudo evitar sentirse intrigado por el lienzo que se encontraba al frente suyo.
Red descubrió el lienzo y retrocedió con asombro.
Un retrato perfecto de él con el título «Lord protector» anotado en la parte de abajo.
Miró de un lado a otro, en busca de más pistas. Caminó hacia otro escritorio donde encontró un colibrí verde disecado y múltiples racimos de uvas.
Al salir de la habitación, Red empezó a sentirse incómodo.
Las armaduras, sentía que lo estaban observando.
Quedaban dos pisos. Antes de volver a subir, Red regresó al segundo piso y agarró la caja de madera de olivo.
¿Por qué este espectro querría semejante baratija? ¿Qué contenía? Era hora de averiguarlo.
Red hizo lo posible, pero la caja no se abrió. Resignado, avanzó hacia el cuarto piso, aún en cuclillas. La música cambió a una tonalidad de re menor, dramática, tensa; la atmósfera de la escena se volvió inquieta, agitada.
—¿Qué?
Red empezó a subir las escaleras ayudándose de las manos para subir más rápido. Por cada escalón que subía, volteaba a mirar a las armaduras. Sentía que algo malo iba a pasar en cualquier momento.
Ya en la cuarta planta, Red abrió las puertas encontrando un mirador acristalado, una sala llena de pergaminos y dibujos extraños y un lugar que apestaba a magia, probablemente una sala de vigía astronómica.
Nuevamente salió y subió por la última escalera.
El aire en el último nivel era más pesado.
La canción cambió a una tonalidad en sol menor, lenta y sombría, que podría hipnotizar a cualquiera.
La música provenía de un salón en el centro de la planta con un marco sobre la puerta que decía: «Plano de Aelthiriel».
Red miró otro par de puertas antes de abrirla, pero todas estaban cerradas.
La música se volvió más apasionada y desgarradora. Los trinos del violín sonaban como un delirio, como si el violinista estuviera poseído por una fuerza que va más allá de lo humano.
Una última puerta yacía al lado de la puerta de donde provenía la música. El marco sobre dicha puerta decía: «Plano de Azur».
El colibrí abrió la puerta y le dieron ganas de vomitar. En ese segundo, miles de visiones de muerte y destrucción pasaron por su mente.
El violín empezó a llorar, a rugir, a suplicar.
Red revivió su muerte en ese instante y no solo la suya. Luego de ello cerró la puerta y recuperó el aliento brevemente. Había estado pendiente de las armaduras todo este tiempo, pero ninguna se movió.
Se levantó lentamente, se acercó a la puerta de «Plano de Aelthiriel» y la abrió. Detrás de la puerta, un anciano continuaba tocando el violín sin importarle su presencia.
Era el hombre del farol, aquella figura de la playa. Un anciano delgado, de cabello blanco largo y barba blanca, vestido con una túnica oscura con bordados dorados y con un rasgo único: un par de orejas afiladas.
Poco después, la música paró con un final ambiguo.
—¿Te importa? —dijo con la misma voz suave de la última vez.
Red, en silencio, estiró las manos con la caja de madera de olivo.
—No te hubieras tomado la molestia. Tampoco debiste interrumpirme —respondió mientras agarraba la caja.
El anciano se colocó de pie y caminó hacia la ventana.
—Es una vista impresionante, ¿no es así?
—Tú... me debes un par de respuestas.
El elfo anciano exhaló y respondió:
—Si eso te hace feliz... Te espero en el tercer nivel... Colócate unos zapatos, maldición.
Luego de bajar nuevamente a la habitación de invitados y colocarse los zapatos, Red entró con el anciano en la habitación del tercer nivel y tomó asiento como le indicaron.
—Empieza. Tienes hasta que salga el sol.
—¿Qué es esta ilusión?
—Esto no es una ilusión, Red Blades.
—No me vas a engañar otra vez.
—Te he estado vigilando. Sé de tu encuentro con el observador y el vigía.
—Me doy cuenta —dijo Red señalando su retrato—. ¿Eres un elfo? ¿Por qué eres anciano entonces?
—Puedo manifestarme de otra forma si esto te disgusta.
En ese momento el extraño cambió de forma, convirtiéndose en el rey Lobok, luego en Charlos, Otto, Oswin, incluso Elara. Finalmente volvió a su forma de elfo.
—Estoy harto de los juegos, dime la verdad.
—La verdad es que estás muerto, Red. Bien muerto. Y es una lástima. Tenía muchos planes para ti.
—¿De qué hablas?
El anciano agarró la caja y la abrió revelando una familiar llave azul de vertestita.
—No puedes levantarte, no te quedan aliados, lo perdiste todo, pero acabas de ganar una conexión conmigo. Quiero que me busques. Ve a la tierra de Lun en Bearnia y nos pondremos manos a la obra.
Red reconoció aquella voz: era la voz incorpórea que escuchó un par de meses atrás en Belén y luego en Campo Verde la noche antes de su muerte.
—¡Eres tú!
—¡Bravo, Red! —exclamó sarcásticamente el anciano—. Ahora tú me responderás por qué no me hiciste caso. Preferiste enfrascarte en una batalla inútil por dos mil quinientas monedas de oro.
Red guardó silencio.
—Querías ese oro para desaparecer y botar la llave que tu preciosa reina te encomendó.
—El anciano hizo una pausa y luego continuó—.
Aunque yo siempre tengo un plan de respaldo.
Uno que había dejado olvidado hace mucho.
Solo necesitaba que les entregaras el corazón de la criatura para continuar con él, pero ni siquiera eso conseguiste.
Ahora no tenemos ni la llave ni el corazón y solo hay alguien a quien culpar.
Red siguió en silencio, como un joven que está siendo regañado por su padre.
—Oh, pobre Red Blades, siempre evitando hacerse responsable. Debí dejar que te mataran en Belén.
—¿Y qué demonios esperabas que hiciera? Yo no pedí esto.
—Por supuesto que no lo pediste. Desearías despertarte y que todo fuera como antes, viviendo en una fortaleza y siendo alguien respetable. Pero las cosas no funcionan así.
—¿Por qué estoy aquí, si estoy muerto? ¿Estoy pagando por mis pecados? ¿De eso se trata?
—Una vez que moriste, atrapé tu alma y evité que pasaras del otro lado. Quería darte una última oportunidad.
—Derroté a esos malditos espectros y te derrotaré a ti.
En ese momento las velas de la habitación se apagaron y el cuarto quedó completamente a oscuras.
—Oh, Lord protector, yo no soy un espectro.
La voz del anciano resonaba en toda la habitación haciendo que fuera imposible identificar de dónde provenía.
—¿Una ilusión? No son de mi gusto. Luego de que te petrificaras y te resignaras en aquella playa, te hice avanzar. Te hice avanzar a esta vida pacífica para que por fin descansaras y sigues incordiándome.
Red prendió una pequeña llama en su mano para iluminar la habitación, pero inexplicablemente se apagó de inmediato.
—Pero debo admitir que tus pruebas fueron un reflejo de quién eres —suspiró la voz—: un cobarde que sigue pensando en dos personas insignificantes que murieron en el bosque hace dos meses.