Capítulo 28
Promesa - Parte III
Más allá de la vida y la muerte
I
La figura en el agua vestía una túnica negra y una capucha, ambas con bordados dorados.
Su rostro era difícil de ver, pero la capucha no podía ocultar su largo cabello de color ceniciento.
Era alguien alto y sus pasos eran elegantes, tranquilos, como el agua del mar por donde pisaba.
El farol que sostenía en su mano derecha era más brillante que cualquier estrella en el cielo.
Eventualmente, el extraño alcanzó las arenas de la playa.
Red intentó mirar a la intimidante figura a los ojos. Pero el resplandor en su mano era tan intenso que no podía ver nada. A pesar de la incertidumbre, no se movió ni un centímetro.
La figura se acercó al arrodillado colibrí y con su mano izquierda sacó una bolsa; luego alzó la bolsa sobre la cabeza de Red y vertió su contenido sobre él. Era oro, muchas monedas de oro.
Confundido, Red sacudió la cabeza, dejó caer más monedas y miró hacia la alta figura.
No solo era cabello blanco: era una gran barba, digna del respeto del más racista de los enanos.
La figura era un hombre mayor; sus ojos negros lo miraban con una mirada fría de desaprobación. Y entonces, la figura habló:
—Tus dos mil quinientas monedas de oro.
Su voz era suave, pero profunda; transmitía calma, pero también miedo.
—¿Quién eres? ¿Qué eres?
El extraño se dio vuelta y miró al mar.
—Alguien decepcionado.
—Tú... estás detrás de esto.
—Todavía no tienes ni la menor idea de lo que pasa a tu alrededor. Todavía evades tus responsabilidades. Aún... dudas.
Red agarró un puñado de monedas y se las arrojó al anciano, pero este no se inmutó.
—Quizá me equivoqué contigo.
La figura volvió a caminar hacia el mar sin que sus pies se hundieran en las aguas.
Red se levantó y corrió hacia el agua.
—¡Espera!
La figura siguió avanzando.
—¡Dame respuestas, maldita sea!
La figura cada vez estaba más lejos. Red empezó a nadar fútilmente para alcanzarlo. Unos segundos después, las olas lo sumergieron.
II
¿Otra ilusión?
—Red, ¿qué pasó? —dijo una voz familiar.
—¿Quién?
El colibrí abrió los ojos y pudo ver a la figura femenina de largo cabello negro y ojos amarillos, que lucía un vestido largo de hogar, de mangas largas y abullonadas de color verde y un panel central blanco.
—Elara...
—¿Estás bien? Ayer parecías muy cansado.
Si te preocupaba que los guardias que pasaron por acá ayer te reconocieran, ya no hay nada que temer.
El barón les dijo que hemos vivido aquí desde hace generaciones y que nuestras tierras son de una herencia que recibiste.
No creo que vuelvan a molestarnos, ni siquiera le dieron importancia a que yo tenga los ojos amarillos.
Red miró hacia abajo. Estaba usando una cómoda camisa de trabajo blanco con unos pantalones de lino azules.
—Otra vez... —dijo con resignación.
—¿Qué?
—Están jugando con mi mente. Estoy cansado.
Red volvió a cerrar los ojos, pero esta vez era diferente. Sentía calma. También ayudó que justo después Elara le levantara la cabeza y lo apoyara sobre su regazo.
—Puedes decirme.
—No eres real, nada de esto es real.
Elara levantó una ceja y lo miró con incredulidad.
—¿Yo no soy real?
—No, eres una ilusión provocada por la culpa que siento. Porque estoy en el abismo.
—¡Ja, ja, ja! —rio Elara.
—Admito que cada vez son más creativas.
—Si crees que te vas a escapar de ayudar a Otto con la entrega a la casa del barón, estás muy equivocado. Ahora date prisa; yo cocinaré hoy. No es normal que duermas por la tarde, pero no vayas a estar quejándote luego en la noche de que no puedes dormir.
—Elara...
—¿Qué?
—Eres una pésima cocinera. Eres incluso peor que yo.
Elara lo miró molesta y con la mano apoyada en la cintura.
—Estás muy raro hoy. Tú amas mi cocina. Ayer me dijiste lo mucho que había mejorado y hoy me dices eso. Si así piensas, quizá hoy debas comer en otra parte.
Red abrió la puerta a un lugar desconocido.
En esta ilusión, vivía en un pequeño pueblo ubicado cerca de un viñedo.
Todo lo que sus ojos podían ver eran largas hileras de vides plantadas a lo largo de colinas suaves de un hermoso color verde y en sus hojas, muchas uvas colgaban entre el follaje.
El aire olía a fruta madura y a madera húmeda.
Su admiración por el paisaje fue interrumpida por un hombre local que lo saludó a lo lejos.
—Buenas tardes, Red. ¿Cómo está Elara?
Red bajó la mirada y se preguntó si el extraño al que veía realmente sabía quién era, pero, tras un silencio incómodo, respondió.
—Está bien, gracias.
Su nuevo vecino se acercó, le dio una palmada en la espalda y dijo:
—Vas donde Otto, ¿no es así?
—Eh... sí.
—Vamos, te acompañaré.
Red y el vecino caminaron hasta una bonita casa similar a aquella de la que Red salió, donde vieron a un sujeto de piel oscura jugando a las cartas con un semihumano mitad cocodrilo.
En el trayecto Red aprendió que su vecino se llamaba Jonas y que el bello pueblo donde vivían se encontraba en el reino de Kala y se llamaba Aelthiriel.
—Perdiste otra vez, Otto. Será mejor que tu triste culo tenga para pagarme —dijo el semicocodrilo entre carcajadas.
—Muchachos, ¿qué pasa? Manteniéndose fuera de problemas, ¿verdad? —preguntó Jonas.
—Ulzak hizo trampa, como siempre.
Los tres nuevos «amigos» hablaron de muchas banalidades, pero la mente de Red estaba en otra parte.
—Ey, ¿qué le pasa a Red? —preguntó Ulzak.
—Está hipnotizado. —Otto movió la mano frente a los ojos de Red y finalmente lo hizo espabilar.
—Elara y él son jóvenes, seguro que han estado muy... ocupados.
—Tenemos que entregarle algo al barón —dijo de repente Red.
La mirada de Otto se iluminó y entró a la casa. Mientras el hombre buscaba el encargo, una mujer enana de pelo rubio salió y saludó a Red, que simplemente asintió a todos sus comentarios sin prestar mucha atención a lo que decía.
Tras unos minutos, Otto salió de la casa con una pequeña caja de madera de olivo.
—Debemos irnos, conversaremos más tarde —dijo Otto al semihumano y a Jonas. Acto seguido, se despidió de la enana, que Red intuyó que era la esposa de Otto luego de que se dieran un beso de despedida.
Otto guio a Red a lo alto de una de las colinas de Aelthiriel, donde se podía apreciar mejor un pequeño pero majestuoso castillo en otra colina cercana, con un estilo tan elegante como melancólico, construido en piedra dorada ligeramente tostada por el sol,
con torres esbeltas rematadas en techos puntiagudos de tejas rojas.
El castillo estaba formado por cuatro torres menores que escoltaban una torre central más alta.
Parecía que el castillo vigilaba el reino entero.
—¿Quién vive allí?
—¿Te golpeaste la cabeza? El barón vive en ese castillo.
—Háblame un poco del barón.
—No tenemos tiempo para bromas, adelante.
Los sucesos actuales eran un misterio. ¿Qué hacía Red aquí? ¿Cuánto tiempo llevaba aquí? ¿Quién era el anciano de la playa? El colibrí solo podía esperar que ese «barón» tuviera algunas respuestas para él.
A medida que se acercaban, Otto notaba que algo extraño le pasaba a su vecino. Su mirada estaba inquieta. Era como si hubiera despertado de un sueño horrible. Una vez junto a la puerta, fueron recibidos por un sirviente en un atuendo elegante detrás de un portón particular.
—Buenas tardes, Oswin.
—¡Oh! Señor Blades, señor Campo. ¿En qué puedo ayudarles el día de hoy?
Otto estiró los brazos y le mostró la caja de olivo al sirviente, que reaccionó con una sonrisa. Acto seguido, se colocó detrás del muro y empezó a mover una palanca hasta que la puerta del portón se abrió completamente.
—El maestro los espera en el tercer piso.
Al ingresar por las grandes puertas de madera oscura reforzada con hierro, los visitantes fueron recibidos por un vestíbulo amplio con columnas de mármol pálido y un techo abovedado y abrazados por la luz de colores proyectados a través de vitrales altos que proyectaban formas místicas sobre el
suelo de piedra pulida.
Desde este vestíbulo, una gran escalera conectaba los distintos niveles.
Sus pasamanos eran impresionantes, hechos de madera oscura tallada con motivos de uvas y de aves colibrí.
Red y Otto subieron al segundo nivel en su paso al tercero.
Por todo el castillo podían apreciarse elegantes armaduras con armas aún más sofisticadas.
Las paredes laterales del castillo estaban decoradas con tapices y retratos de nobles.
Eran caras extrañas no identificadas por Red, pero en el fondo del tercer nivel se podía apreciar un retrato de dos elfos abrazados con un nombre escrito justo debajo. «Oh, mi hermano».
—Ey, date prisa —susurró Otto.
Ya en el tercer nivel, Otto tocó la puerta y esta empezó a rechinar; se abrió sola. Algo nerviosos, los invitados entraron a la habitación, pero no había nadie allí.
—Mis disculpas, señores, el maestro está un poco indispuesto para recibirlos, pues se encuentra a punto de empezar su recital de violín en el quinto nivel.
Por la molestia, sin embargo, me dijo que podían pasar la noche en el cuarto de invitados o claro que también podrían dejar la caja conmigo e irse a sus hogares.
—¿La noche? ¿El barón planea tocar música toda la noche?
—Lo sé, es genial, ¿no? Podrán deleitar sus sentidos con el arte del maestro. No es un honor que se le otorgue a cualquiera.
—No lo sé, le prometí a Greta que volvería hoy —dijo Otto—. Quiero decir, es un honor, pero supongo que será mejor dejar la caja contigo, Oswin... Dale al barón mis saludos.
Otto se acercó a Oswin, pero Red lo agarró del brazo.
—Yo se la entregaré.
Sorpresa era la emoción en la cara de Otto Campo mientras se quitaba con cuidado la mano de Red del brazo y le entregaba la caja.
—Hoy estás en un ánimo terrible, quizá necesites escuchar esa música para calmarte.
Luego de la partida de Otto, Oswin guio a Red al cuarto de invitados en la segunda planta.
Acostado en la cama, mientras observaba por una ventana cómo se escondía el sol, no pudo evitar pensar en la «Elara falsa».
No quería preocuparla incluso en una ilusión.
Sabía que no era su Elara, pero de todas formas eso no iba a impedir que se alterara porque no llegó a casa para cenar.
Absorto en sus pensamientos, una hermosa música empezó a resonar en todo el castillo.