El viaje del colibrí Capítulo 27
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Capítulo 27

Promesa - Parte II

En la playa

El viento frío acariciaba el rostro de Red. El paisaje había cambiado luego de que el colibrí se diera cuenta de que ya había muerto. Era extraño: la ciudad había recuperado su color, pero no era como la recordaba. En el soleado cielo, una bandada de gaviotas volaba y graznaba.

—Debo estar cerca...

—Lo estás —dijo una voz de mujer, tan suave como un susurro.

Red se dio vuelta, pero no había nadie allí.

El colibrí rodeó una enorme casa noble que ocupaba casi dos calles para encontrarse con la sorpresa de que había llegado al puerto. Se detuvo un momento en los tablones de uno de los muelles y se quitó la coraza de su armadura.

Su pecho estaba lleno de puñaladas que ocasionalmente volvían a sangrar y paraban tras unos segundos. Se quitó las botas y se sentó en el borde del muelle presenciando inicialmente los navíos vacíos atracados y luego el vasto océano, la vasta nada.

Tras varios minutos, se colocó nuevamente la armadura y las botas y saltó del muelle hacia la arena para caminar hasta el otro extremo de la playa.

Sentía en todo momento que estaba siendo observado, pero nada pasó y, cuando finalmente alcanzó el punto más extremo, se decepcionó al ver que no estaba allí.

—Red.

Nuevamente esa voz.

—Si alguno de ustedes, demonios, quiere jugar conmigo, no hace falta que se escondan.

—Te encontré —dijo la voz de la mujer.

Unas manos frías le tocaron la espalda al caballero.

—Lys...

Era ella, en persona. Su cabello rojo como fuego caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando un rostro de porcelana embellecido por unos ojos azules como el mar a sus espaldas.

Lysif vestía un jubón azul bordado en hilos dorados y sobre sus hombros llevaba la capa dorada distintiva de la realeza.

Además, llevaba puesto aquel broche con una piedra roja como la sangre que usó la última vez que Red la vio con vida.

—Red, ¿te pasó algo luego de que nos separáramos en el ala este del castillo? ¿Por qué me ves así? —Lysif hizo una breve pausa y lo miró con preocupación—. Me ves como si no me reconocieras.

—Lysif.

—A veces me preocupas. Será mejor que me sigas.

—¿Seguirte? ¿A dónde?

—Al castillo, tonto.

—No podemos ir al castillo.

Lysif nuevamente lo miró con preocupación y le dijo:

—Por Zhonos... Red, ya te dije que no tengo intenciones de escapar del reino. No puedes convencerme.

—No es...

Lysif lo interrumpió.

—Mi hermano no me intimidará.

—Lysif, haz silencio y escúchame. Nada de esto es real. Tú no eres real. Los dos estamos muertos y tú... tú lo hiciste hace un tiempo.

—No es gracioso.

Red se quitó la coraza para enseñarle sus heridas fatales a Lysif, pero ninguna estaba allí. Lysif lo miró como un cuerdo mira a un loco.

—¿Te golpeaste la cabeza o algo?

Red encendió su mano en fuego y la extendió hacia Lysif.

—Tendrás que intentarlo mejor que eso, demonio.

Lysif gritó y empezó a correr, su comportamiento era de genuino horror. Inevitablemente, ambos terminaron volviendo a la arena.

—¿¡Creen que esto es divertido!? —gritó Red.

Tras unos minutos Lysif tropezó en la arena.

—Siempre pensé en ti como algo más que un asesino a sueldo. ¿Qué te sucede? ¿Has enloquecido? —preguntó la reina genuinamente preocupada.

—Quítate ese rostro, demonio.

—¿Demonio? ¿De qué hablas? No entiendo nada de lo que dices —dijo la reina desesperada entre lágrimas.

—Estamos muertos. Te vi morir con mis propios ojos hace meses. Solo eres una ilusión o un espectro que quiere devorarme el alma.

El colibrí se acercó y la reina empezó a arrastrarse en la arena sin darle la espalda, pero totalmente aterrada.

—Lysif —dijo Red haciendo comillas con sus manos—. Mira a tu alrededor. Somos los únicos aquí.

—No estamos solos.

Red se dio vuelta y vio a una multitud furiosa observándolo con miradas de desaprobación, mientras una enorme cantidad de guardias se acercaba con las armas preparadas para atacarlo.

Los guardias formaron un semicírculo y obligaron a Red a retroceder hacia el agua. Lysif, completamente cubierta de arena, se colocó de pie y retrocedió un poco.

—No lo maten, debe estar bajo alguna clase de hechizo.

—Te superamos en número, canalla.

El más alto de los guardias, probablemente el capitán, fue el primero en lanzarse hacia Red, quien, defendido solamente con su magia de sangre, esquivó el golpe de su lanza y le propinó un proyectil ígneo directamente al casco,

lo que causó que el acero se derritiera en su rostro y que el guardia se retorciera de dolor.

Armado ahora con una lanza, el colibrí empezó a atacar a los guardias.

Uno de ellos, con armadura de explorador, decidió embestirlo y empezó a propinarle múltiples golpes.

Red estiró su mano intentando alcanzar la espada bastarda del guardia que colgaba de su cinturón, pero este continuaba golpeándolo.

Los refuerzos se acercaban mientras una preocupada Lysif les gritaba que se detuvieran sin éxito.

—¡Basta!

Esta vez fue diferente, Lysif, al igual que todo soberano que se respete en Azur, también contaba con «la voz del rey».

Los guardias se tambalearon, algunos cayeron en la arena y en ese breve momento Red alcanzó la espada bastarda que colgaba del cinturón del guardia y con ella le atravesó el cuello.

De repente algo muy extraño ocurrió. Los guardias se colocaron de pie y empezaron a pelear entre ellos como si fueran controlados por algo o alguien.

—¡No! ¡No, no! ¡Lysif!

Red sintió escalofríos recorrer todo su cuerpo. Los guardias estaban, como aquella vez, listos para atacar a la reina. Igual que hacía ocho meses, intentó avanzar, pero eran demasiados para llegar hasta Lysif.

Cubierto de sangre y arena empezó a reventar los cadáveres de los oponentes fallecidos con la esperanza de abrirse paso. Decenas de guardias y una figura vestida de negro bajaban unos escalones que conectaban la playa con la costanera y Lysif empezó a huir de esta.

—¡Red, ayúdame!

Antes de que se repitiera el pasado, una gran ola golpeó la playa, arrastrando consigo a todos los presentes, incluso a los civiles que miraban asustados desde lejos.

Luego, un gran grito resonó en la playa. Era espantoso; ningún oído humano debía escuchar semejante ruido infernal. Red recordaba ese ruido: aquella vez en el bosque, cuando encontró a Cenizas.

El día perfecto había acabado, ahora una fuerte tormenta enviaba por los aires a todo y a todos.

Mientras se incorporaba, notó cómo uno de los barcos atracados caía encima de un faro cuyos escombros acabaron con la vida de muchos.

Inicialmente, corrió hacia los cuerpos para asegurarse, pero la figura negra ya no estaba.

Luego se acercó a Lysif y la cargó sobre su espalda, pero otro barco cayó justo al frente, obligándolos a regresar a la playa.

Allí, del agua, un extraño caballero deforme, con un tercer brazo protruyendo desde su pecho, vestido con una armadura hecha de huesos, emergió y conjuró una espada en cada brazo.

Era corpulento y triplicaba a Red en altura.

Empapados de lluvia, la reina y su protector miraron a su enemigo.

—Retrocede, Red. Podemos buscar otro camino.

El protector real volteó la cara hacia Lysif.

—Este es el único camino —dijo antes de sacar una elegante espada larga de acero del pecho de un soldado muerto.

El caballero deforme se lanzó hacia Red y lanzó una sucesión rápida de ataques, primero su brazo izquierdo, luego tres golpes con su brazo derecho y una estocada con su brazo central. Parar estos ataques le causó un terrible dolor hasta los huesos a Red.

El caballero empezó a realizar remolinos con sus dos brazos laterales y su brazo central realizaba ataques oblicuos.

Sus brazos eran tan largos que era difícil pegarle en el cuerpo.

Red nuevamente bloqueó los ataques, pero no esperaba que al final el caballero rematara con un ataque retardado del brazo izquierdo, que alcanzó a desviar en último momento al costo de quebrar su espada.

Red empezó a lanzarle fuego al caballero, pero la fuerte lluvia jugaba en su contra. El caballero se quedó quieto y con su brazo derecho señaló al cadáver del guardia explorador que Red había derrotado antes.

—Parece que no quiere pelear contigo desarmado —dijo Lysif.

El protector caminó hacia la espada del guardia y la empuñó con ambas manos, listo para intercambiar ataques con el caballero deforme.

El caballero abisal empezó a lanzar estocadas con todos los brazos, pero después empezó a incluir tajos verticales, horizontales y oblicuos. Era rápido, incansable, no le daba a Red un respiro.

—Suficiente. —Red evadió hacia la derecha y rodó bajo las piernas del caballero.

Ubicado a su espalda, dio un salto y lo apuñaló seis veces en el hombro derecho hasta que el caballero se tiró al suelo con la intención de aplastarlo, pero Red se lanzó a tiempo.

El caballero empezó a sangrar, pero continuaba peleando, ahora enojado.

Algo está claro, si dejo de moverme moriré... otra vez, pensó el colibrí.

Los ataques eran fuertes y veloces, la velocidad del caballero obligó a Red a ser aún más rápido.

El caballero dio un salto directo a su oponente, pero Red lo esquivó.

Antes de reincorporarse, el caballero ya estaba dando otro salto.

Fueron en total seis saltos que tuvo que esquivar Red.

Parecía que se estaba burlando de las puñaladas.

Agotado, empapado y cerca del borde de la playa, con olas que golpeaban la arena con la furia de un animal herido, Red se realizó un corte desde el antebrazo izquierdo hasta la mano e invitó al deforme a acercarse.

El caballero respondió a su burla corriendo como un toro hacia él, pero Red lo sorprendió lanzándole su espada al hombro derecho y esquivó hacia ese mismo lado. Su rival, incapaz de frenar a tiempo, terminó en el agua.

Finalmente, Red pudo recuperar el aliento, pero no por mucho, el caballero volvió a emerger y procedió a arrancar su brazo derecho con los brazos restantes.

El caballero hizo desaparecer sus espadas y conjuró una maza.

Estaba claro que lanzaría todo lo que tenía.

Saltó desde el agua hacia Red, pero esta vez apenas aterrizó lanzó una estocada que golpeó a Red en el pecho, rompiendo exitosamente la coraza de su armadura.

—¡Red! —gritó Lysif.

El protector estaba en el suelo y el caballero aprovechó para patearlo y colocarlo boca arriba.

Lo que siguió fue inesperado, el caballero se removió el yelmo y mostró su horrible faz.

Era una cabeza sin ojos con un agujero en el medio, repleto de colmillos y pelos. Se acercó a Red y soltó un alarido.

—Almaaaas.

Con determinación, Red aprovechó el acercamiento para introducir su brazo izquierdo en la boca de la criatura y encenderlo desde adentro gracias a la potencia agregada de la hemorragia que se había autoinfligido antes.

La cabeza de la criatura estalló, pero parecía que aún se retorcía del dolor.

Red se arrodilló, agarrándose el pecho, y observó a la criatura agarrar su maza con los dos brazos, pero cuando estaba a punto de atacar se desplomó.

Fue extraño: la lluvia se detuvo inmediatamente, las olas se calmaron y la tormenta había pasado.

La reina caminó hacia Red y lo recostó sobre las escaleras que llevaban a la costanera.

—Lo hiciste, Red. Me salvaste.

—Sí, esta vez sí...

—¿Recuerdas la última vez que vinimos aquí?

—No mucho, querías hablar... sobre... un libro.

—El de los dos aventureros. ¿Lo leíste? —preguntó Lysif recostándose también en las escaleras.

—Sí, era interesante. Me hizo preguntarme: ¿De verdad esos personajes eran amigos? Yo... Jamás le haría eso a un amigo.

—Lo eran. —Lysif miró su collar rojo y se lo quitó—. Siempre leíamos una historia y luego opinábamos del final. Hagámoslo otra vez.

—Lys... Aunque el final diga que nunca volvieron a hablarse, quizá es porque el protagonista quería ser escritor y para cuando terminó el libro no había vuelto a hablar con su amigo. Quizá el amigo leyó el libro y sí volvieron a juntarse.

Lysif miró a lo lejos una ballena encallada en el otro lado de la playa. Agarró su cabello, lo exprimió y dijo:

—Te equivocas.

Red vio sus heridas fatales nuevamente en su pecho, sangrantes.

—¿Qué? ¿Por qué?

—El final explica el concepto de lo efímero.

Todo es efímero: las cosas, las relaciones, la vida.

Puedes hablar con una persona un día y quizá al día siguiente muera.

Puedes tener una casa elegante y grande que, con un incendio, desaparezca para siempre.

Los dos personajes jamás volverán a hablarse porque lo dice el libro.

—¿Y qué hay de los reencuentros?

Lysif sonrió, lo miró a los ojos, lo besó con sus fríos labios y le dijo:

—También son efímeros.

—Yo lo recordaré por siempre.

Luego de la charla, Red se colocó de pie y subió a la costanera.

—¿Qué esperas? Ve al castillo, yo te sigo.

Red notó que Lysif había cambiado. No sabía exactamente qué pensar. Sus heridas estaban de vuelta, los civiles nuevamente habían desaparecido, así como la figura negra, la tormenta había pasado, pero Lysif seguía ahí.

—¿Te pasa algo? Vámonos.

—Tenías razón.

—¿Sobre?

—Quizá soy... un demonio o una ilusión. Los guardias actuando como títeres, la figura oscura. Recuerdo que... Quizá... Yo...

—No, no lo eres. Ven, sigamos adelante buscando respuestas.

—Red... Tengo miedo —dijo Lysif, mirándolo directamente a los ojos. Algo en la reina había despertado, la certeza de que ya estaba muerta.

De repente, de su cabeza empezó a brotar sangre.

—La llave... Tú me hiciste una promesa —dijo la reina antes de caer en la arena.

Red corrió hacia ella y le levantó la cabeza.

—¿La llave? ¿De qué hablas? —Red fingió ignorancia.

—Abre la puerta, Red... Los muertos... no olvidamos.

Después de decir esto, Lysif se desvaneció.

Red cayó de rodillas. No lloraba, aún no. Solo permaneció quieto. No había sol, arena, olas. Solo ese instante suspendido en una herida abierta. Finalmente, llegó la noche y, cuando las lágrimas empezaron a brotar, el petrificado colibrí observó a alguien con un farol caminar sobre las aguas.