Capítulo 26
Promesa
—Recibí una carta. El nombre en el sobre era Lysif.
El nombre de la reina. Es ridículo, no puede ser cierto, una persona muerta no puede escribir una carta.
La reina fue asesinada en aquel atentado hace unos meses.
¿Entonces por qué me emocioné? ¿Por qué estoy buscándola aquí en Mazavid?
«Búscame en mi lugar favorito». ¿A qué se refiere?
... León, ella amaba a toda la ciudad. Podría ser cualquier parte.
¿Acaso se refería a aquella fuente o la playa?
Me hacía quedarme todo el día de pie detrás de ella mientras miraba el horizonte o mientras leía.
¿Puede ser que realmente esté allí? ¿Viva y esperando por mí?
Red salió de la fortaleza inmarcesible vistiendo su armadura plateada y cargando su espada Ezabell. Tenía un destino. La capital de Mazavid.
Solo serán un par de horas, pensó.
—¿Dónde están todos? Parece que soy el único desocupado.
La fortaleza estaba totalmente vacía, no había nadie ni afuera ni adentro, incluso los establos estaban solos.
—¿Dónde te metiste ahora, Cenizas?... ¿Cenizas? ¿Quién es Cenizas? —Debo dejar de tomar con Ondrej —murmuró Red—. ¡Zio! —gritó esperando la respuesta de su caballo, pero no tuvo respuesta.
Tras pasar un par de minutos buscando al caballo, se resignó y decidió caminar.
El bosque entre Zahar y León no se veía como de costumbre, Red podía jurar que el bosque estaba mal, los caminos eran diferentes y había una gran niebla que no lo dejaba ver nada.
—¿En qué momento el bosque de Zahar se volvió el bosque de los condenados?
Red no le dio importancia y caminó hasta un prado con una bella casa de campo rodeada de girasoles que eran cuidados por una mujer de pelo castaño que vestía una blusa blanca y una falda roja.
—Disculpa...
La mujer saltó del pánico. Ambos se miraron.
—Lo siento, yo solo... yo estaba...
—No te preocupes, no era mi intención asustarte. Es solo que...
Red no quería admitirlo:
—Me siento un poco perdido.
—¿Perdido?
—He tomado este camino muchas veces y juraba que llevaba a León, pero por alguna razón no reconozco nada de esto.
—Es un poco difícil con esta niebla, pero si sigues recto verás un camino de piedra, es imposible que no lo notes.
—Gracias.
—Espera... Creo que deberías mantenerte alejado, hay algo malo con esa ciudad. Se siente...
—Yo trabajo allí. ¿Qué ocurre? ¿Hay algún peligro del que no haya escuchado? —Red se detuvo y dijo—:
—Desperté y no había nadie así que puede que haya surgido una emergencia.
—Es difícil de explicar.
—No te preocupes, mira —dijo Red desenvainando a Ezabell—. Sé defenderme.
—No estoy mintiendo. Es peligroso.
—Te creo. —Guardó su espada—. Es solo que no me importa si es peligroso o no, tengo que ir.
—¿Por qué?
—Estoy buscando a alguien muy importante para mí. Eso es todo.
—Bueno, espero que encuentres a quien buscas. Yo también busco a alguien. Mi... olvídalo.
—Me llamo Red.
—Lily.
—Espero que tú también encuentres a quien buscas —dijo Red, que continuó con su camino hasta que finalmente llegó a la ciudad.
La capital mazaviana en todo su esplendor era tan majestuosa como ruidosa. Era enorme y sus torres eran tan altas que parecía que querían tocar el cielo. El sol bañaba la ciudad hasta las siete de la tarde, pero la luz de luna le daba un brillo que la hacía parecer sacada de un cuento.
Esta no era la León que Red conocía.
—León vacío. Eso es, esto es un sueño, tiene que serlo. Si es un sueño entonces...
Red intentó imaginar a su caballo Zio, pero nada ocurrió.
En su lugar escuchó una especie de siseo a la distancia.
Se sentía... observado. Red corrió y dio varios saltos apoyándose sobre llamas conjuradas bajo sus pies para subir hasta una torre cercana en la cual se escondió por un tiempo hasta que escuchó unas campanadas a lo lejos, cerca de esa fuente...
—Ahora estoy más que convencido, esto es un sueño.
Red saltó entre los tejados de la capital de Mazavid hasta llegar a una gran plaza del barrio de los nobles. En su centro había una gran fuente de agua, famosa en todo Azur. «El pozo de las promesas». Pero Lysif no estaba allí.
De repente, Red sintió unas pesadas cadenas moverse y a pesar de estar bien cubierto un frío intenso lo envolvió.
—Carneeee.
Algo en Red reaccionó y de repente sintió un gran dolor en su pecho, en su corazón. Se lanzó a otro edificio próximo a la fuente y vio cómo unos seres llevaban en cadenas a varias personas.
Hay algo en Mazavid. Algo que no es de este mundo, pensó Red mientras veía que cientos de seres espectrales habían esclavizado a los ciudadanos del reino.
El dolor se intensificaba, ahora lo sentía en todo su cuerpo, como si hubiera recibido cientos de puñaladas.
Sin saber qué pasaba, se quitó la coraza de su armadura y vio que estaba empapado en sangre Estaba sorprendido, estaba mareado.
La comprensión lentamente llegó a él; perdió el equilibrio y cayó del tejado directamente hasta el agua del pozo de las promesas.
Red rio.
—Maldita sea, estoy muerto —dijo resignado mientras flotaba en el agua cuyo color ahora se había tornado escarlata.
—Carneeee.
Red sacó la cabeza del agua e inmediatamente varios espectros lo agarraron y le pusieron unas cadenas. No se resistió.
Los espectros le quitaron su espada y lo llevaron hasta una especie de fortaleza junto a la playa, la cual estaba seguro de que nunca había estado ahí.
Un piso de piedra y un intento de petate hecho de heno eran su nueva casa. Lo sabía después de que los espectros lo tiraran allí.
En aquella celda, Red conoció a otra alma desafortunada: un joven delgado de cabello rojizo.
Quizá ya se habían conocido antes. Red podía sentirlo.
Pero no podía recordarlo. Varios días pasaron sin que intercambiaran palabras.
Los días se volvieron semanas y las semanas se volvieron meses.
Red había intentado usar magia contra la reja, pero por alguna razón nada ocurría.
Hasta que un día se colocó de pie, cansado de lo que fuera aquello, y empezó a sacudir las rejas de la puerta.
—Basta —dijo el joven.
—Así que puedes hablar.
—Simplemente prefiero no hacerlo.
Ambos estaban acabados, con el pelo y la barba muy largos. Ya no sabían cuánto tiempo había pasado desde que estaban allí.
—¿Cuál es tu nombre?
—No me recuerdas, ¿no es así, Red?
—A decir verdad, no. Pero está claro que tú me recuerdas a mí.
—Nos atacó un centenar de duendes, tú estabas ahí cuando yo morí. Junto al comandante.
—¿El comandante?
El joven señaló otra celda afuera de la jaula. Red intentó ver al sujeto en la otra celda, pero cuando lo hizo un espectro se acercó y lo empujó. Era el observador.
—¡Seaghhhh! —siseó el espectro.
—Será mejor que no lo intente otra vez si no quiere terminar en una celda peor —dijo el joven.
—¿Cuál es tu nombre? —insistió Red.
—Mathias... creo.
—Sigo sin recordarte.
—Entonces no llevas muerto lo suficiente.
Otro par de días pasaron y Red seguía pensando en todo. Intentando recordar.
—No parezco el tipo de persona que rompe una promesa —dijo Red.
Mathias abrió los ojos.
—¿Qué dijiste?
—Tú me dijiste eso, cuando fuiste a llevarme la comida aquella vez. La noche en que moriste. Fuiste un buen soldado.
Mathias rio.
—Todo aquello para nada.
—Mi promesa. La rompí... O quería hacerlo... En aquel entonces te mentí.
—No importa, hombre, estamos muertos.
—Sería genial que tuviéramos unas cartas o algo para entretenernos.
—Que recuerdes todo no cambia nada.
—Siempre me asustó el pensar en que hubiera una vida después de la muerte.
—¿Por qué? ¿Porque sabías que irías directo al abismo?
—¿Qué sentido tiene? Si eres bueno, vivirás rezando el resto de la eternidad; si eres malo, serás castigado. Las dos son una completa mierda. Es solo que no pensé que sería así. Eso es todo.
—¿Y cómo pensaste que sería?
—No pensé que te vería allí, ni a él —dijo Red señalando la celda del frente. La celda de Ivar.
—¿Por qué no?
—No esperaba que a los buenos también los trataran así. —Red hizo una pausa—. ¿Por qué estamos juntos? No parece ser una coincidencia.
—Quizá tú también debiste morir en el bosque. Te habían guardado un lugar.
—Yo no... —Red se detuvo al ver pasar al observador. Lo había pensado hace varias semanas y sabía que estaba listo. Una vez que pasara frente a su celda, metería el brazo entre las rejas y le robaría la llave.
El observador pasó y Red hizo lo suyo. No muy lejos, en diagonal a su celda, pudo ver cómo un hombre de piel oscura lo notó y le hizo una seña para que mantuviera silencio. Por fortuna, el sujeto pareció perder el interés poco después.
—¿Qué haces?
—Voy a salir. ¿Vienes? —le dijo Red a Mathias tras abrir la puerta.
—Esto es una mala idea.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Quedarme toda la eternidad quieto?
Mathias se colocó de pie después de lo que sentía que habían sido años y siguió a Red, que lo primero que hizo fue acercarse a la celda del frente y abrirla.
—Amigo, vámonos de aquí. La puerta está abierta.
Ivar no reaccionó. Solo se quedó mirando la pared.
Red empezó a sacudir a Ivar hasta que lo miró a los ojos.
—¿Red?
—El mismo.
—Qué bueno verte, o más bien, qué mal verte.
—Luego nos ponemos al día. No tenemos mucho tiempo.
Ivar se colocó de pie con dificultad y salió junto a Red de la celda. Red intentó abrir las otras celdas, pero ninguno de los prisioneros quiso salir.
—¿Qué estamos haciendo? Si alguno de los guardias nos ve, seremos castigados —dijo un preocupado Mathias.
—Entonces procuremos no ser vistos. Pero si nos ven, voy a pelear.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Ivar.
—Quiere escapar del abismo. ¿Puede creerlo, comandante?
—Siempre supiste cómo divertirte. Por eso me uní a ti. Guíanos.
El grupo avanzó con cautela hasta encontrarse con varios espectros. Los espectros vieron al grupo y empezaron a sonar campanas. Red decidió silenciarlos. La magia de sangre todavía funcionaba aquí.
Ivar le robó el arma a uno de los espectros y empezó a cortarlos en trozos.
Tras avanzar por varios minutos, derrotando a numerosos espectros, Red podía notar que Mathias estaba más animado, casi convencido de que lo lograrían.
Sin embargo, ninguno de los tres esperaba que, justo en la última puerta, con la libertad en la punta de sus manos, el observador apareciera y, al sonar una campana, nuevamente los devolviera a sus celdas.
—¡Te dije! Es imposible salir de aquí. ¡Estaremos aquí toda la eternidad!
—Mathias...
—¡No vuelvas a dirigirme la palabra!
Red notó que, de alguna forma, la celda ya no tenía rejas. Era un cuarto sin puertas.
Luego de un par de horas, por alguna razón, Red miró a Mathias y desconfió. Algo estaba mal.
—Mathias.
No hubo respuesta.
Red decidió lanzarle una bola de fuego al joven y pudo ver cómo pasó de gritar de dolor a reír. La piel de Mathias se cayó y reveló un ser grotesco formado de ojos: era el observador.
—¿Por qué hiciste eso? ¿Estás loco? —dijo el observador antes de darse cuenta de que su piel se había desprendido.
—Me parecía que era mi única opción.
—Me preguntaba cuánto tardarías en darte cuenta —dijo el ser con un tono perturbador tras reír un poco más.
—¿Qué es esto? ¿Una especie de ilusión?
—Ilusión... sí, podría decirse.
—Termínala —dijo Red, apuntando su mano en llamas al monstruo.
El ser se levantó y acorraló a Red hasta la esquina.
—No tengo por qué obedecerte... Aunque... —El ser retrocedió—. Me divertí mucho mirándote. Pero creo que llegó la hora de dejar que otros también lo hagan.
Red parpadeó y se encontró nuevamente en la fuente. No había nadie. Su ilusión había terminado. Salió empapado del pozo y se tiró un rato afuera. Tras procesar lo que había vivido, se colocó de pie y se dispuso a encontrar la playa.