Capítulo 24 #4
—No lo hace. Por eso debes dejarme ir contigo.
En ese momento Vilhiam recordó la visión de Phila. «Si peleamos con ese dragón, vas a morir». ¿Era posible conseguir su sangre sin pelear? ¿Había realmente una forma de salvarse?
III
Al día siguiente, la caravana llegó a su destino.
El pico de Morne, a pesar de su nombre, no era una montaña empinada.
Había montañas en Morne, pero esta no era una de ellas.
Era una especie de edificio ubicado en el centro de todas las montañas de Morne, rodeado de pilares. Parecía un santuario gigante.
—¡Muy bien, escuchen todos! Melavan, Hughhar, Aeyla, Fushen y yo entraremos primero. Bajo ninguna circunstancia debe entrar alguien más hasta que salgamos nosotros. Es una orden —dijo Vilhiam.
—Ser Vilhiam, me parece justo que, ya que tiene representantes de Mazavid, Tianzhou y Khorvalen, debería dejar que yo, Ser Tristán Veldor de Kala, lo acompañe en representación de mi patria.
—Está bien, nadie más —dijo Vilhiam queriendo evitar más discusiones políticas.
El grupo de Vilhiam entró al pico de Morne.
La pesada puerta de oro y las paredes cubiertas de joyas le indicaban que las leyendas eran ciertas: a los dragones les gustan los metales preciosos.
El santuario estaba bien conservado y a pesar del paso del tiempo estaba iluminado.
El fuego no era fuego común. El grupo avanzó por el interior del santuario hasta alcanzar una gran escalera que descendía en espiral hasta el nivel inferior.
El grupo descendió por unos diez minutos. Nada pasó hasta que alcanzaron el fondo.
En ese momento a todos se les paralizó el corazón.
Un dragón en carne y hueso, durmiendo profundamente sobre una pila de oro, joyas y reliquias.
Su piel negra como la noche más oscura. Su enorme tamaño: fácilmente podía medir los setenta metros de largo.
Las leyendas dicen que doscientos años para un dragón es dormir una siesta. Estaban a punto de comprobarlo.
Vilhiam reunió a los representantes políticos y les explicó. Melavan debía ir solo. Ser Tristán miraba las paredes desconcertado: figuras antropomorfas con rasgos dracónicos. ¿Acaso podría existir tal cosa como un semidragón?
Melavan realizó un rezo rápido y se acercó a la criatura.
—Vourdalak, drakon. Isti mel aith
La criatura abrió los ojos. Los humanos estaban paralizados de miedo.
—¿Drakonit? —preguntó la criatura entre ruidos que parecían bostezos.
—Zah, matr a la tiev —dijo Melavan dando una reverencia.
Los demás del grupo miraron la escena aterrados.
—Vourdalak. Mi lak da nim Mur’min. ¿A ty comt?
—¿Num Parlik human? —preguntó Melavan—. Mi lak da nim Melavan.
El dragón estiró las alas y tomó una postura más relajada.
—Mi parlik human mait mi nuva Parlik ces lank.
—Zaa, mmm.
—¿Qyn quun Vur?
—Nus son net um pueu tes sanguine.
El dragón rio.
—Otra vez, los humanos alterando el orden natural de las cosas —dijo el dragón.
Vilhiam estaba impresionado, el dragón hablaba la lengua de Azur.
—¿Ez bia?
—¿Yhein va mi git um peue de mi sanguine?
—Si li vur se —dijo Melavan postrándose ante el dragón.
De repente el grupo escuchó un fuerte ruido. Venía desde arriba. Escombros caían, algo muy malo había pasado.
—Vur zont Dizer nata de sanguine human.
Luego de lo anterior, el dragón se alzó en vuelo y partió el techo del santuario. Se detuvo un momento en el aire y vio al ejército. Sabía que venían listos para quitarle su sangre si decía que no, o para intentarlo.
—¡Human zon Dez Mak!
El grupo, por órdenes desconocidas, había disparado al santuario y ahora no había vuelta atrás.
—¡Abran fuego!
Las balistas, las catapultas, los globos, los soldados... todos dispararon contra el dragón.
El dragón esquivó una gran parte de los proyectiles, pero recibió múltiples impactos que lo hicieron tambalear.
La lluvia de proyectiles era impresionante. Los soldados a pie y los guerreros corrían hacia el dragón. Phila corría hacia el santuario.
—¿Human son Zhar’kal? ¡Hah!
El dragón se reía del ejército.
Los carros lanzaban proyectiles distintos: no eran flechas, eran redes. Los globos no lanzaban ninguno de los anteriores, lanzaban gas.
En tierra, los soldados de Bearnia, Mazavid y Kala gritaban. Algunos atacaban al ser mítico con arcos y ballestas.
—¡Fuego!
El dragón nuevamente se tambaleó en el aire. Las redes y el gas lo hicieron caer, pero, aunque los guerreros se montaran en su pecho a apuñalarlo, su coraza era impenetrable.
—¡Fuego!
El dragón dio un coletazo y se llevó a cientos de soldados entre los cuales se encontraban Bako el errante, Dorla Gale, Kaor y Keor, Lady Elwenna de Kala, Melina Desrosieres y Zrulgar, hijo de Rulgar. Después de eso se alzó nuevamente en el aire.
—¿Human son Zhar’kal?
Esta vez el dragón esquivó todos los ataques volando y se colocó justo detrás de la caravana.
Todos los presentes lo vieron, era imposible no implorar a Zhonos, a Lun, a Thuron, a cualquiera de los dioses, pero no había tiempo de rezar.
—Yo soy Mur’min. ¡Yo soy el fuego, yo soy su perdición!
El fuego de Mur’min se llevó a la mitad del grupo. No hubo tiempo para correr.
Miles de voces, silenciadas en unos segundos.
Acto III