El viaje del colibrí Capítulo 24 #3
59%

Capítulo 24 #3

Las catapultas disparaban a los últimos infectados en la fila. La horda cada vez estaba más diezmada. Los infectados restantes empezaban a reaccionar. De alguna forma, aprendieron a agarrar armas del campo de batalla.

Los miembros de la hermandad escarlata de Tianzhou seguían dejando un rastro de sangre, pero no esperaban que un infectado muy grande, quizá antaño un guardia, agarrara un hacha del suelo y decapitara a Zura.

—¡No! —gritó Hanzo.

El infectado era imponente, podría acabar con los tres fácilmente.

—Hanzo, Kojiro, retrocedan, es una orden —dijo Fushen.

El gigante avanzó hacia ellos, listo para blandir el hacha.

Los de Tianzhou corrieron hasta juntarse con los enanos del clan Nurmak, pero no fue una buena idea.

El gigante cargó y rebanó a Norik y Nembir, pero cuando estaba a punto de matar a Fushen algo pasó.

Del suelo empezaron a brotar raíces y esas raíces atraparon a todos los infectados y los constriñeron hasta la muerte.

—¡Soldados, la batalla acabó! ¡Seguiremos adelante! —dijo Vilhiam cubierto de sangre y tripas.

La caravana siguió las órdenes dadas, dejando atrás una gran pila de cadáveres, aliados y enemigos.

—Comandante Polroc, ¿no vamos a enterrarlos? —preguntó Malrok mientras la caravana seguía avanzando.

Vilhiam lo miró con duda y una sonrisa en su rostro. Al principio pensaba que era una broma, pero cuando vio la cara del sacerdote su sonrisa lentamente desapareció.

—¿En esta tormenta? ¿Con lo que hay en juego?

—Señor Polroc. Estas personas pelearon porque creían que ayudaban a salvar al mundo. No podemos dejarlas aquí congelándose.

—Es precisamente por eso que las vamos a dejar aquí, porque es lo que ellos hubieran querido, padre. Además, no lo vi ensuciándose las manos, extrañamente no tiene ni una gota de sangre en la ropa. ¿Qué piensa hacerle a un dragón? ¿Evangelizarlo? —respondió Vilhiam.

—Vine aquí para hacer sangrar a un dragón. No a esto.

—Si estas cosas te atacan, tú te defiendes. Ahora muévete, no te quedes atrás.

—Estas cosas que mataron no son monstruos, son personas —dijo Malrok avanzando.

—...

El resto del día fue difícil. El grupo estaba agotado. Vilhiam los hizo caminar hasta el anochecer. Lo único positivo fue que mejoró el clima y una hermosa aurora boreal decoraba el cielo nocturno.

—Diez gotas de sangre y dos de vinagre —dijo Renzo.

—Adelante.

Renzo entró y vio a Khessa desnuda, invitándolo a su saco de dormir. Esa noche fue mejor que el alcohol y las drogas para ambos.

—Tenías razón —dijo Khessa.

—¿Sobre qué? —preguntó Renzo.

—Tal vez no haya un mañana.

Nuevamente había una fogata afuera, pero esta era más silenciosa, más... fúnebre.

Siempre recordaré esa vez en la que Norik cazó su primer jabalí de las montañas.

Estaba tan emocionado por llevárselo a mamá y yo fui todo un imbécil y lo cociné mientras dormía.

Me golpeó y me sacó un diente. Luego empezamos a reírnos y nos lo comimos entre los dos, y cuando llegamos donde mamá, prometimos traerle un ciervo para la próxima —Nargun empezó a llorar—.

Ahora nunca habrá una próxima... y Nembir, mi hermano, nadie tomaba como tú.

No por nada te decían el Barril Sin Fondo.

Tú me enseñaste todo lo que sé. Ahora estás tomando con Zhonos.

—Te comprendo, enano —dijo Rakkar el semi lobo, sentado con un aspecto melancólico debajo de un árbol con las patas cruzadas y la mirada perdida en el horizonte mientras su pelaje ondeaba suavemente con el frío viento.

—¿Perdiste a alguien? —preguntó Nuldar.

—A dos de mis hermanos.

—Eres bienvenido a tomar todo lo que desees.

Mientras los enanos y bárbaros tomaban junto al semi lobo, Riga, Dorla, Jarn, Ser Tristán, Jorek e Iltha se unieron a la fogata.

—Caballero de Kala, no esperaba volverte a ver por aquí —dijo Norik—. Hoy no tenemos ruido, puedes dormir tranquilo.

—Pásame un poco de esa orina de perro, enano. Hoy sí voy a tomar —Tristán agarró el jarro y bebió ávidamente—. Ser Harlund nunca volverá a ver la belleza de Kala... Y ni siquiera llegó a encarar al dragón. La vida no es justa.

Jarn seguía contemplando a Iltha, pero incluso en esta noche seguía sin soltar palabra alguna.

—¿Qué le ves a la muda? —preguntó Dorla—. Es bastante linda, ¿no crees?

—Lo es.

—Pues eres muy malo escogiendo mujeres, ¿no ves que es una monja? Claro que no lo ves. Maldito pervertido.

—¿Y a ti qué te importa?

Dorla se levantó y le susurró algo al oído. Después, ambos fueron a la tienda de Jarn. Luego de ese día nadie volvió a ver a Jarn.

—¿Saben qué falta aquí? —dijo Jorek.

—¿Qué? —preguntó Riga.

—Un bardo. No puedo creer que no tengamos ni uno.

—Yo vi uno, pero el muy cobarde se quedó en el castillo —respondió Navor.

—No lo culpo, ¿qué va a hacer contra un dragón? ¿Cantarle hasta la muerte?

—Seducirlo.

Ahí, en la melancólica fogata, hubo una carcajada. El aroma atrajo a Alenwyn a la fogata y se sentó junto a Iltha y empezó a fabricar flechas.

—Cuéntanos tu historia, arquero —dijo Rakkar.

—Soy un mercenario de Khorvalen, mi padre mató a mi madre y yo lo maté a él. Tengo seis hermanos menores que dependen de mí. Vine aquí con mis amigos Liaron y Muoren para «hacernos ricos»... pero Muoren nunca llegó y Liaron está muerto. Me estoy jugando la vida aquí.

—Por todos los que no llegaron hasta aquí —dijo Zrulgar levantando su jarra.

—Salud —dijeron los demás.

—Si no ganamos, ¿vamos a convertirnos en esas cosas? —preguntó Navor.

—Ustedes sí. No vi ningún semihumano entre esa horda —dijo Gorrak caminando por el campamento, ahora sin un ojo.

El grupo de la fogata miró al semi oso, todos nerviosos.

—Mira hombre... oso, no queremos problemas.

Gorrak miró a Rakkar y con disgusto en su rostro dijo:

—Un semilobo entre humanos en una fogata. ¿Qué eres? ¿Su perro? Debería darte vergüenza.

Rakkar se levantó y enseñó los dientes.

—Acabo de perder a dos de mis hermanos, ¿me oyes? ¡Mis hermanos! Tú y tu maldito complejo de inferioridad pueden irse a la mierda.

—Bien, mascota —dijo Gorrak alejándose de la fogata.

—¿Crees que sea cierto lo que dijo ese oso? ¿Que ustedes son inmunes? —preguntó Drogvar.

—No lo sé, pero espero que no tengamos que descubrirlo.

Un par de horas antes del amanecer, Vilhiam salió buscando al druida. Sabía que lo había visto junto al clérigo, así que lo buscó en el campamento de los soldados de Bearnia.

—Estoy buscando al clérigo, Rodas, creo.

—Por allá, comandante —dijo un soldado de Bearnia señalando la tienda del clérigo.

—¿Hola? —dijo Vilhiam.

—Pasa, te estaba esperando —respondió Melavan.

Vilhiam pasó y tomó asiento en una vieja silla de madera.

—El de las raíces fuiste tú, ¿cierto?

—Sí, fui yo.

—Es obvio que sabes más de lo que estás contando. Quiero respuestas.

—Vilhiam Polroc, tendrás tus respuestas. Solo hay algo que debemos hacer: hablemos con el dragón, tú y yo.

—No sabía que el dragón hablara en Azur.