El viaje del colibrí Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Justo en la tienda de al lado, Vilhiam y Phila dormían abrazados, desnudos. Los mechones rubios de ambos se mezclaban. Un caballero colibrí y su compañera. Un vínculo prohibido por el rey. Un rey que ya no vivía. Un vínculo destinado a la muerte.

—¿En qué piensas? —preguntó Vilhiam.

—Pienso en los invitados que no respondieron.

—¿Por qué?

—Siento que están relacionados con ese incendio.

—¿Una visión? ¿Volviste a tenerlas?

—No. Estuve pensando en lo que dijo ese druida. «Si no puedes ver bien con dos ojos, no verás bien con un tercero».

—Ese tipo solo dice patrañas. Nada bueno ha salido nunca de la boca de un druida.

—Pero escuchaste su nombre, ¿no? Él y Regal son los dos mejores. Seguramente no está muerto.

—O simplemente no aceptó la invitación, estoy seguro de que Garrick tiene miles de ofertas de trabajo ahora que no es un colibrí. No como yo.

Phila apoyó su cabeza sobre el pecho de Vilhiam y lo miró a los ojos verdes.

—Estoy segura de que tú también puedes conseguir lo que quieras.

—Fueron meses duros. Nunca pensé que la orden se acabaría. Cuatro meses sin hacer nada.

—Y dos meses corriendo.

—Sí. Y cuando no tienes otro lugar al que correr... corres a casa —dijo Vilhiam levantándose a apagar la vela que iluminaba su tienda.

—Perdóname, hijo —escuchó Vilhiam—. Necesito verte...

La voz era fantasmagórica y le helaba la sangre.

—Vilhiam. ¡Vilhiam!

—¿Qué?

—Te quedaste paralizado.

—Me pasa mucho últimamente, ¿no?

—Vilhiam...

—¿Phila?

—No te lo había dicho, pero sí tuve una visión en ese barco.

—¿Qué era?

—Si peleamos con ese dragón, vas a morir.

II

Cuando era de mañana todos estaban listos para continuar.

El clima era más frío, pero el grupo iba bien abrigado.

A medida que la caravana avanzaba se podía notar la presencia de nieve escasa.

Ashen se levantaba cada hora en busca de obstáculos.

Pasadas unas seis horas el alzarse en el aire le costaba.

Ni siquiera sus plumas y armadura lograban mantenerlo caliente.

La nieve era más abundante y la niebla obstaculizaba su visión.

El semi halcón tenía claro que esta sería la última vez que «exploraría».

Pero algo esta vez fue distinto, aparte de lo exigente que fue. Podía ver algo. No muy claramente, pero lo suficiente para saber que habría problemas. Ashen bajó inmediatamente.

—¿Qué sucede? —preguntó Vilhiam con la barba y cabellos casi congelados.

—Vi muchos puntos rojos. La niebla no permite distinguir.

—Puntos rojos... —Vilhiam abrió los ojos como alguien que recibe malas noticias—. Todos, alisten sus armas.

—¿Qué sucede Polroc? —preguntó Chavorn.

—Pronto estaremos rodeados de enfermos.

El grupo avanzó cautelosamente, todos cargando sus armas listas para el ataque, pero nada pasó. Solo una horrible tormenta de nieve.

—Maldita sea. ¿Dónde está la acción? —preguntó Gloyd el semigorila.

—¡Se me está congelando el culo! —dijo Nergrim, el enano.

—¡Oye, tú! Sí, ¡tú! —dijo Rakkar, el semilobo negro, señalando a Krent—. Te haces llamar «De la Tormenta»; ¿por qué no haces algo con esta tormenta de nieve?

Krent miró al semi lobo y dijo:

—No soy esa clase de tormenta.

Gorrak enojado tiró su enorme hacha al suelo y soltó un gruñido que resonó en Morne.

—¿Ven? no hay nada. Sigan adelante —dijo el semi oso.

—Si vuerves a hacer un ruido tan insoportabre te voy a decapitar, oso de mierda —dijo Kojiro.

Gorrak se volteó y sacó el pecho para verse más imponente.

— ¿Y qué vas a hacer al respecto, humano?

—¡Contrólense! —gritó Vilhiam.

El semioso y el de Tianzhou se encararon. La diferencia en tamaños era abrumadora. La gente, descontrolada, cerró un círculo para ver a los dos pelear.

Gorrak dio un zarpazo que envió por los aires a Kojiro. El semioso alzaba sus brazos en el aire mostrando su superioridad física. Pero fue en ese momento que sintió un fuerte dolor en el brazo derecho. Miró cómo sangraba su muñeca. De alguna forma el humano clavó su espada ahí.

Hoshikawa se levantó y, acrobáticamente, se subió a la espalda del oso, donde empezó a propinarle golpes directos a la cara.

Gorrak sentía los golpes, pero sus brazos no le permitían agarrar al humano en esa posición, por lo cual decidió tirarse de espaldas.

Kojiro reaccionó rápidamente y dio una voltereta para evitar ser aplastado por la bestia de setecientos kilos, pero no contó con que este se levantara rápidamente y le diera otro zarpazo en la espalda.

Gorrak se acercaba lentamente, Kojiro yacía en el suelo.

El semioso alzó su brazo, listo para propinarle el golpe final, pero Kojiro sacó algo de su bota izquierda y se lo lanzó al semioso.

—¡Mi ojo! —gruñía Gorrak de dolor.

Unos doscientos guardias se acercaron y desarmaron el círculo. No hubo ganador.

En el caos de la pelea y la tormenta una docena de figuras rojas humanoides emergieron.

—¡Alto! —gritó Vilhiam—. ¡Miren al frente, manada de idiotas! ¡Tenemos un verdadero enemigo!

Alenwyn Velorojo agarró su gran arco y disparó a la figura, la cual dejó un rastro de sangre en la nieve.

—¡Es el furor ardiente! —gritó el arquero.

El grupo se organizó desorganizadamente. Los semihumanos y los bárbaros se posicionaron en la primera fila.

Los soldados de Mazavid, armados con grandes escudos y lanzas, cubrieron ambas bandas. Haruko se acercó al final de la fila y abrió la jaula de dos de sus Scarks. Kaor y Keor agarraron sus martillos y Naeya agarró su báculo.

Las figuras avanzaron. Eran humanos, o lo habían sido. Ahora solo eran seres sedientos de sangre, seres bastante veloces.

Cuerno de guerra se lanzó y mató a diez.

—¡Muerte!

El grupo empezó a combatir al furor ardiente. Las figuras no eran más de cincuenta.

Naeya disparó una gran bola de fuego calcinando a un par. Gloyd, Kaor y Keor se encargaron de tres cada uno y los Scarks se dieron un festín.

Los infectados no eran una amenaza en grupos pequeños.

Pero por alguna razón no dejaban de venir.

Al cabo de un tiempo fácilmente eran más de quinientos.

Kaelin Ember peleaba valientemente contra la horda, pero no contaba con que una docena de infectados se abalanzara sobre ella y la devorara.

Branek Hollowthorn usó su guadaña y segó la vida de más de treinta infectados.

Pero no contó con que un infectado tirado en el suelo siguiera con vida.

Los infectados seguían llegando. Finalmente, superaron el millar.

Chavorn retrocedió hasta llegar con sus hombres, los soldados de Mazavid eran muy efectivos. Sus bajas eran mínimas. Los semihumanos arrasaron con los números enemigos. Gorrak y Cuerno de Guerra eran imparables.

Vilhiam defendía el frente, armado con su estoque y las predicciones de Phila.

—Derecha, arriba, izquierda, izquierda, derecha, derecha, derecha, izquierda, retrocede, arriba, derecha, izquierda, abajo, arriba, abajo, izquierda, izquierda, retrocede —indicaba Phila.

Cada dirección era una muerte. Vilhiam era muy rápido, fácilmente podía seguir todas las indicaciones de su compañera. Su aluvión de embestidas era legendario y fue el que le dio el apodo de «Vilhiam el Mil Puntas» entre los colibríes.

El grupo se defendía exitosamente del ataque, pero los infectados no paraban de venir. Los soldados de Zahramar soltaron a los elefantes, quienes aplastaron hasta la muerte a muchos de los infectados y a los desafortunados Liaron de Marceval y Norm Daggerfall.

Entre el caos de la batalla, un cansado Kojiro se levantó cubierto de nieve y se preparó para lanzarse hacia Gorrak el oso y propinarle múltiples puñaladas en la espalda, pero alguien lo detuvo.

—Concéntrate, Kojiro —dijo Fushen.

Ambos compatriotas retrocedieron y se formaron junto a Zura y Hanzo. Los miembros de la Hermandad Escarlata de Tianzhou acabaron con cientos de infectados en una perfecta coordinación. Era como presenciar una obra de teatro.

Mientras tanto, los caballeros de Kala, liderados por Ser Tristán Veldor, blandían sus alabardas montados en sus caballos mientras sus impecables armaduras plateadas se coloreaban de rojo.

Pero los infectados seguían llegando, su número fácilmente había llegado a los dos mil.

En el aire, dentro de los globos, Aeyla Blackridge, de los inventores de Khorvalen, miraba la batalla tranquila, segura. Era entretenido para ella. Pero algo no estaba bien, sentía una presencia que la forzó a darse vuelta.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

—Lo mismo que tú —dijo Damien comiéndose una manzana.

—Bájate ahora mismo, solo los inventores tenemos permitido subirnos a los globos. ¿Cómo llegaste aquí de todas formas?

—Déjame en paz. Solo quería ver la batalla antes de que las cosas se pongan interesantes.

Aeyla se dio cuenta de que el sujeto no era alguien normal. Podía sentirlo, su sed de sangre.

Damien aplaudió y, de repente, empezó a llover, pero no era una lluvia convencional: era una lluvia de piedras durante una tormenta de nieve.

La lluvia de piedras acabó con casi la mitad de los infectados, pero también se llevó a unos doscientos soldados de Bearnia y los desafortunados Minral Raíz de Cueva y Ahkan Flame.

El grupo se sorprendió ante tal poder destructivo, la batalla era ganable.

—Zhonos, sálvanos. Zhonos, sálvanos. Bendito sea todo lugar en el que se pronuncie tu nombre. Concédenos tu bendición tanto en esta vida como en la otra y aparta nuestra alma del pecado —dijo repetidamente Malrok, el devoto, a quien extrañamente nada le pasaba.

—¡Hoy es un buen día para morir! —gritó Thurnak.

—¡Argh! —gritaron Drogvar, Kaor y Keor.

Drogvar estaba totalmente cubierto de sangre, habría sido difícil diferenciarlo de un infectado, de no ser porque blandía dos hachas y no se detenía por nada.

Los infectados, de alguna forma inexplicable, empezaron a juntarse, haciendo más difícil de combatir a los restantes.

—¡Guerreros, juntos! —gritó Vilhiam.

Ambos bandos corrieron directamente hacia el otro. Era una masacre. Por lo menos trescientos soldados perdieron la vida, entre ellos, Ser Harlund Bevrin de Kala, Varkhal y Mirrenok, semilobos de la manada de Rakkar, y Durm Salmander.