El viaje del colibrí Capítulo 24
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Capítulo 24

En las montañas de Morne

I

La caravana avanzaba deprisa por las praderas verdes que rodeaban Orialis, la ciudad más al norte de Bearnia. De ahí en adelante, el paso estaba prohibido. No se observaba nada en el horizonte más que unas grandes montañas nevadas.

—Oye, Polroc. Llevamos cinco horas caminando. ¿Cuánto tardaremos? —preguntó Chavorn desde su caballo.

—El viaje dura unas treinta horas, pero debemos descansar en la noche. Nadie quiere pelear con sueño —respondió Vilhiam, montado en el carro principal.

Una procesión tan grande era difícil de controlar. A pesar del orden inicial y la euforia por alcanzar el campo de batalla, las cosas volvían a su estado natural, y ese estado era el caos.

—No quiero que camines delante de mí, humano —dijo Gorrak, el oso.

—Está bien, me pondré detrás de ti —dijo Jorek, el ladrón.

El grupo avanzó unos minutos más cuando Gorrak nuevamente se volteó y le dijo:

—No quiero que camines detrás de mí.

—¡Matar! —gritó el semirrinoceronte.

Jorek miró al semioso y sonrió.

—No hay problema, me apartaré e iré al final de la fila.

El ladrón dio múltiples pasos atrás y se ubicó junto a los hombres de la Hermandad Escarlata de Tianzhou.

—¿Esa bestia te está dando probremas? —preguntó Kojiro.

—No, está bien, solo quería alejarme del hedor.

—Si ese oso hace argún movimiento sospechoso, ro mataré.

—Hoshikawa, concéntrate en er objetivo. No vinimos aquí a matar semihumanos.

El sol del mediodía golpeaba en la cara a los guerreros. El cielo pronosticaba un clima despejado.

—Phila, ¿llegaremos sin ningún contratiempo? —preguntó Vilhiam.

—Yo... no lo sé. Mis visiones no funcionan como siempre. Es por él.

Vilhiam miró al druida, Melavan. El sujeto no tenía nada físicamente llamativo. Pero un aura de misterio lo rodeaba. Se acercó y le preguntó:

—Bueno, druida, ¿cuál es tu historia? ¿De dónde vienes?

El druida miró a Vilhiam y a Phila y dijo:

—Mi reino no es de este mundo.

—Si no quieres hablar por lo menos haznos un favor, vete al final de la fila.

El druida se arregló la barba y dijo:

—Si no puedes ver bien con dos ojos, no verás bien con un tercero.

Acto seguido retrocedió al final de la fila junto a Enio Rodas, el clérigo.

—¿Mejor?

—Mejor —respondió Phila.

Las horas continuaban pasando. El sol se escondería pronto. La gente seguía el paso. Los paisajes de Bearnia eran hermosos, pero estaban vacíos. Orialis era una de las ciudades caídas. Eso solo podía significar una cosa.

—Oye, Halcón. Tú puedes volar más alto que esos globos y eres más rápido. Necesito que avances y me digas qué ven tus ojos.

Vilehowl obedeció al comandante y se alzó hasta que el viento se volvió helado. Lo único que pudo observar fue un gran incendio forestal al oeste y una montaña muy alta hacia el norte. Luego de pasar un par de minutos arriba, decidió bajar.

—¿Y bien? —preguntó Vilhiam.

—Vi un incendio. ¿No puede ser el dragón, o sí?

—No, no sería posible, esa lagartija no se despertaría ni por un terremoto. ¿Está lejos?

—Bastante.

—No le presten atención. Sigan adelante.

Los nativos de Zahramar, súbditos de Badr Batriq Bassim, iban montados en sus gigantes elefantes de guerra.

Mientras ondeaban la bandera del país de las arenas, los semihumanos afilaban sus armas y los clérigos recitaban oraciones.

Los inventores calibraban sus herramientas desde los cielos en sus globos flotantes.

Todos estaban en el grupo, pero las barreras invisibles podían notarse. Finalmente, la noche cayó.

—Guerreros. Ya se puede sentir la nieve. ¡A partir de aquí estamos en Morne! —gritó Vilhiam.

El grupo continuó unas cuantas horas más.

En la mitad de la noche todos armaron sus carpas.

El campamento de guerra era impresionante.

El ejército reunido por Alezar podría estar formado por varios de los individuos más talentosos de Azur, pero muchos de ellos eran indisciplinados, imprudentes, tontos.

—Enanos, ¿tienen algo de licor? —preguntó Drogvar, el bárbaro.

—¿El rey de Mazavid se acuesta con su hermana? Eso es algo obvio.

—Ja, ja, ja.

Los bárbaros y los enanos siempre se habían llevado bien. Y eso es algo que los nativos de Kala nunca habían podido soportar.

—Entonces me dijo: «Pensé que usarías la cabeza», y le respondí: «Eso hice, solo que no fue mi cabeza» —dijo Drogvar antes de empezar a reírse.

—Ja, ja, ja, ja.

Las carcajadas de los enanos despertaban cada vez a más gente.

—Nunca habría pensado en decapitar a alguien así. Le agradarías al rey enano —dijo Navor.

La gente que despertaba decidía unirse a la fogata.

—Todos aquí, solo quiero que sepan que estoy ebrio y que nada importa porque todos vamos a morir —dijo Zrulgar.

—Yo no voy a morir, ¿acaso crees que el dragón soplará fuego y se cargará a la mitad de este ejército?

—¡Eso es imposible! Podríamos conquistar el país con esta fuerza.

—Ja, ja, ja, ja.

—Oye, preciosa, ¡tráeme una cerveza! —dijo Norik a la misteriosa mujer rubia vestida de negro.

La mujer rio y sorpresivamente no se molestó, en su lugar abrió una especie de portal en el cual metió una mano, sacó una cerveza en un frasco con tapa y luego se la arrojó al enano que a duras penas la agarró.

—Me gustan las mujeres como tú. ¿Cómo te llamas?

—Riga.

—¿Me cuentas tu historia?

—No la entenderías.

Riga se quedó quieta, sentada sobre el árbol caído que los borrachos tomaron como silla, y hubo un silencio incómodo.

—Yo sí te contaré la mía —dijo Norik llevándose la cerveza a la boca—.

Mis hermanos y yo somos los Nurmak y viajamos en busca de tesoros, de peleas, romance, licor y hazañas.

Esa debe ser la vida de un enano, no como la de ese caballero de allá que no duerme pensando en honor o alguna de esas estupideces.

—Ser Tristán de Kala, el caballero impoluto, para ti, enano, y no duermo por su parloteo incesante.

—Lo que sea, caballero, únetenos.

—No pienso beber esa orina de perro que llaman cerveza.

—No tienes que hacerlo. Solo cuéntanos tu historia.

Ser Tristán se acercó y se sentó al lado de Riga.

—En Kala, ser un caballero es el máximo honor, enanos, pero las cosas no terminan allí. Si quieres una doncella a tu lado, debes superar a los demás caballeros en aptitudes y en hazañas. No es secreto para nadie que no hay mayor hazaña para un caballero que pelear contra un dragón.

—¿Entonces haces todo esto por una mujer? —preguntó Riga, quien se había mantenido en silencio.

—Por supuesto.

Riga se llevó la mano a la boca y soltó una carcajada. Luego los enanos y luego los bárbaros.

—Rían todo lo que quieran, pero cuando yo sea el barón de Elthorn, seré yo quien lo haga.

Las risas seguían despertando a más personas que veían la reunión y se unían.

—¿Matarlo? ¿Por qué quieres matar un dragón? —preguntó Durm Salmander, un caballero de armadura pesada a Drogvar, que inesperadamente se puso serio.

—Me convertiré en el dragón. Abriré su pecho y me comeré su corazón, y así su esencia pasará a mí.

Los demás presentes lo miraron raro. Se hacía evidente que muchos de ellos no regresarían con vida.

—Tú, ¿por qué estás aquí? —preguntó Jarn a Iltha, por quien sentía una gran atracción.

—…

—¿Qué pasó? ¿No quieres hablar de ello?

—…

—Pierdes tu tiempo. Escuché su introducción. Viene del valle de los lamentos mudos. No escucharás una palabra salir de su boca —dijo Bako el errante, un misterioso hombre de cabello blanco.

La noche transcurría y el alcohol empezaba a hacer efecto en los presentes. Los carros estaban parqueados, los globos se encontraban en tierra y los ladrones tenían su propia reunión en una tienda dentro del campamento de soldados de Bearnia.

—¿Y bien? —preguntó Renzo Duvall, arqueando una ceja.

—No estoy de humor hoy —respondió Khessa la Venenosa fríamente—. Diecisiete horas caminando, ¿no pudiste conseguirnos un caballo al menos?

—Por eso mismo necesitamos esto.

—Tal vez mañana —dijo Khessa.

—Mañana. Tal vez no haya un mañana, Khessa.

—Vístete.

Mientras Renzo se vestía, alguien entró en la tienda que se encontraba a oscuras. Renzo agarró un cuchillo y tomó una posición defensiva.

—Soy yo —dijo Jorek.

—Acordamos decir la contraseña cada vez que entráramos.

—La olvidé.

—Diez gotas de sangre y dos de vinagre.

—¿Por qué debemos tener una contraseña nada más para que uno entre mientras ustedes dos tienen sexo?

—Sabes muy bien que no es para eso —dijo Khessa.

—¿Entonces vamos a hacer esto? ¿Vamos a robarle al dragón?

—Claro, Jorek. No te veo muy convencido. ¿Acaso crees que este ejército tiene alguna posibilidad? —respondió Renzo.

El joven Jorek era el más novato de los ladrones de Mazavid, muy hábil abriendo cerraduras y robando bolsillos, pero no muy ambicioso.

—Sé lo que vamos a hacer, pero no veo cómo podemos escapar.

Diez gotas de sangre y dos de vinagre —dijo otra voz, una voz rasposa, mayor.

—Adelante.

La figura llegó sosteniendo una vela.

—Veo que ya estamos todos —el hombre miró a sus compañeros: el novato, la mujer y el hombre sin camisa colocándose los pantalones—. Si se detuvieron por mí, no hacía falta.

—No detuviste nada —dijo Khessa.

—¿Vamos a repasar el plan? —preguntó Renzo.

—Las bestias y los bárbaros atacarán directamente al dragón. Este, enojado, contraatacará y se cargará a muchos soldados. Mientras eso pasa habrá caos. Ahí es donde entro yo.

Izen era el segundo ladrón más hábil de Mazavid. Solamente era superado por Belethor Cromwell, su primo hermano. Su destreza era legendaria, pero su magia de sangre que lo hacía invisible lo era más.

—¿Podrás ocultarnos a los tres? —preguntó Khessa.

—A los tres no. Me llevo al muchacho. Ustedes se encargan de robar un bonito globo flotante. Jorek y yo cargaremos todas las joyas que podamos en estas bolsas y nuestras manos.

—Sabes que, aunque seas invisible, no eres inmune al fuego, ¿verdad? —respondió Renzo.

—Obviamente. Por eso debemos ser rápidos.

—¿Por qué un dragón tiene oro y joyas? —preguntó Jorek.

—Son seres avariciosos. Lo que les atrae no es el oro, es saber que ese tesoro no está en nuestras manos mortales —respondió la ladrona.