Capítulo 23
Partida
Vilhiam miró el vestíbulo. Estaba totalmente vacío y apestaba a animal. «Un castillo no es un lugar para un evento así», pensó. Su soledad se vio interrumpida prontamente por una sirvienta, quien dio una reverencia y se dispuso a continuar su camino.
—Alto. Quédate.
—¿Señor? —respondió la sirvienta.
—Ven acá.
La sirvienta hizo lo que le pidió. Estaba asustada, pensó que había hecho algo mal.
Bruscamente, Vilhiam le quitó la máscara negra que Alezar ordenó usar a todos sus sirvientes y la tiró al piso.
—Las máscaras no los salvarán —dijo Vilhiam llevándose la mano a la frente—. ¿Cómo terminaste así? Ocultando tu propio rostro. Mi tío les ha quitado su individualidad.
La sirvienta se inclinó un poco y recogió la máscara del suelo.
—Jah... Realmente no somos muy distintos de las hormigas —dijo Vilhiam.
La sirvienta se quedó quieta mirando a Vilhiam desahogarse y decidió no colocarse la máscara.
—¿Cuál es tu nombre?
—Jesa.
—Bueno, Jesa. Dale un mensaje a todos tus colegas. No oculten sus rostros con esta mierda, ni siquiera sabemos cómo se propaga esto. No dejen de ser personas. Ahora vete.
La sirvienta continuó su camino y fue a entregar el mensaje.
—Muy bonito, ¿eh?, desahogándote con el servicio —dijo una voz conocida.
Vilhiam se dio vuelta y vio a Orlan sosteniendo su laúd sentado en un banco oscuro.
—¿Qué quieres, bardo?
—¿Yo? Quisiera emborracharme con un par de lindas chicas en mi habitación hasta el amanecer... y quizá una semi gata, creo que vi unas cuantas.
—¿Debo reírme?
—No era un chiste. Me preguntaste qué quería y te respondí. Ahora, por otro lado, solo estaba aquí pensando en cómo todos van a morir.
—¿Van... o vamos?
—Vilhiam... ¿Puedo llamarte así? ¿Sí puedo?
Gracias —dijo Orlan sin haber recibido el permiso de Vilhiam—.
Justo eso es lo que estaba pensando. Tu tío, el rey, va a hacer una fiesta —Orlan se detuvo un momento y rio—.
¿Puedes creerlo? Una fiesta mientras envía a un montón de bufones a morir enfrentando un dragón.
—Sé de la fiesta. Me lo contó todo cuando llegamos, pero no sé adónde quieres llegar.
—No sé cuál es mi papel, Vilhiam. Una parte de mí quiere quedarse aquí y emborracharme justo como te dije mientras mi talento y magnífica voz resuenan entre los nobles y burgueses que tu tío invitó a la fiesta. Ciertamente eso me aseguraría algún contrato para otras fiestas. Mi nombre crecería.
—Sería lo mejor para ti. No te imagino corriendo de las llamas de un dragón.
De repente, el tono del bardo se volvió muy serio. Dejó su laúd en el banco y dijo:
—La otra parte de mí sabe que si narro la historia del primer enfrentamiento contra un dragón en siglos seré famoso para siempre. Solo debo ser rápido. Luego mi nombre será legendario. ¿Qué opinas?
—No lo sé, Orlan. Tienes una noche para decidirlo. No quiero manchar mis manos con tu sangre, pensó Vilhiam.
—¿Cuál es tu historia? ¿Qué haces aquí, Vilhiam?
Vilhiam rio.
—Si sobrevivimos, te la contaré.
Mientras tanto, en el ala oeste, Bassim se encontraba meditando.
Mañana era un día importante. Había accedido a prestarle a Bearnia su ejército, pero no sabía cuál era su lugar.
No era un guerrero, por lo menos no uno convencional.
Su puesto era más el de un general o guía espiritual.
Lo único a su favor era la voz del rey, la magia de sangre transmitida a gobernantes por todo el mundo.
—¿Puedo pasar? —escuchó Bassim luego de tres golpes en la puerta.
—¿Señor? —preguntó Olmo.
—Es Alezar. Déjalo pasar —dijo Bassim sin abrir los ojos o detener su meditación.
Alezar entró con cautela y miró a Olmo, que le dio una mirada que hubiera acabado con él, si las miradas mataran.
—Badr, me complace hablar contigo personalmente.
Bassim no respondió. Seguía de espaldas.
—Respecto a mañana... Espera, ¿estás rezando? ¿Aquí? ¿Ahora?
—Siempre se puede rezar más, ser más sagrado.
—Me parece curioso que digas eso. Considerando lo que sabemos. ¿Podríamos hablar a solas?
—Olmo, ve a dar un paseo.
El esclavo obedeció y se marchó.
—Mis esposas se quedan, no harán nada y siempre han estado al tanto.
—Bien —dijo Alezar.
—Esta reunión tuya, ¿se llevará a cabo?
—Hay cosas más importantes que enfrentar la extinción, Badr. Hay cosas más importantes que Bearnia.
—¿Ella vendrá?
—Aún no lo sé. Pero las señales son claras.
—¿Entonces qué va a pasar?
—No solo invité a guerreros, ladrones y asesinos, también invité a muchas personas influyentes de todo Azur. La madre estará complacida.
—Eres un mal andante, Alezar. Dime, ¿cuántos quedarán?... No es seguro afuera, no es seguro adentro. ¿Cómo sé que no me apuñalarás por la espalda y serás el único que sepa qué pasó aquí?
—No me vengas con eso ahora, no después de todos estos años, tienes las manos tan sucias como yo, quizá más.
—Y quizá me ensucie las manos con sangre real este año —dijo Bassim, quien se puso de pie, se dio vuelta y miró a Alezar directo a los ojos.
—¿Ah, sí? ¿Te crees muy superior a mí, Badr? A mí me parece que estamos bastante parejos en este momento. —Alezar se acercó.
—Tu pueblo te eligió. Sí, claro, no me hagas reír. Solo eres un pusilánime con corona.
—¿Y qué te hace mejor que yo? ¿El que un negro de dos metros y seis putas te sigan a todos lados? ¿Acaso es porque cada dos meses matas a una de ellas y la reemplazas? Alezar rio.
—¿Crees que nadie se va a dar cuenta porque les pones a todas ese velo estúpido??
—Así es. Me gusta diseccionar mujeres. Soy un maldito psicópata malvado —dijo Bassim dando un paso hacia adelante.
La discusión estaba a punto de volverse una pelea. Ambos podían notarlo. Las esposas de Bassim podían notarlo.
—No voy a decir más nada hoy, pero puedes estar tranquilo. No haré daño a tus sirvientes o a ti. Pero si me hundes... me aseguraré de que te ahogues conmigo. Duerme bien, Badr.
—Una cosa más, Alezar. No quiero tener cerca ni a diez metros a esa pintora.
Alezar tenía su mano en el pomo de la puerta, giró su cabeza hacia Bassim, asintió y se fue.
El resto de la noche fluyó con normalidad. Aquellos que irían al pico de Morne se emborracharon y comieron más allá de la saciedad. Al día siguiente, a plena luz del sol, en la puerta del castillo, todos se preparaban para salir.
La caravana estaba formada por múltiples carros, catapultas y cerca de tres mil soldados, principalmente humanos y enanos.
Muchos de ellos eran jinetes. Al final de esta se erigían unos globos flotantes equipados con grandes balistas.
Además, se podían observar los estandartes de Mazavid, Zahramar e incluso Kala.
Todos habían aportado algo, menos Taronia.
—¡A quien nombre dará un paso al frente y se dirigirá a la caravana! —exclamó Junan, un sirviente del rey.
—Aeyla Blackridge, la inventora.
—Ahkan Flame.
—Alenwyn Velorojo, arquero maestro.
—Amara, la pálida. «Sin respuesta».
—Ashen VileHowl, el semi halcón.
—Bako el errante.
—Bela Noche Buena. «Sin respuesta».
—Branek Hollowthorn.
—Chavorn Hughhar, el comandante de la cuarta legión de Mazavid.
—Cuerno de guerra, el Semi Rinoceronte.
—Dal Bredes el cazador de monstruos. «Sin respuesta».
—Damien Astaroth.
—Dorla Gale, la asesina de hombres.
—Drogvar el bárbaro.
—Durm Salmander.
—Enio Rodas, el clérigo.
—Fushen, Bigote Largo, de la Hermandad Escarlata de Tianzhou.
—Fiona Blackridge, inventora, y sus seis máquinas. No hace falta mencionar que no serán recompensadas porque no están vivas.
—Garrick Vinland, «sin respuesta».
—Geiser, el maldito.
—Gloyd, el semigorila.
—Gorrak dientes grandes, el oso.
—Haruko Baoshin, la domadora de Scarks.
—Hanzo Kagemori, de la Hermandad Escarlata de Tianzhou.
—Iltha del valle de los lamentos mudos.
—Izen el invisible.
—Jarn, a secas.
—Jorek el ladrón.
—Kaelin Ember.
—Kaor y Keor, los gemelos Nube de hierro.
—Khessa la venenosa.
—Kojiro Hoshikawa, el asesino de semihumanos.
—Krent De la tormenta.
—Lady Elwenna de Kala.
—Liaron de Marceval.
—Malrok, el devoto.
—Melavan, el druida.
—Melina Desrosieres.
—Minral Raíz de cueva.
—Muoren Espina Doblada. «Sin respuesta».
—Naeya, la hechicera.
—Norm Daggerfall.
—Los diez hermanos enanos del clan Nurmak: Nargun, Norik, Nuldar, Nergrim, Navor, Nembir, Narak, Nalgrom, Nirdrak y Nuzrak.
—Orun Meihua. «Sin respuesta».
—Phila Nova.
—Rakkar Garras Sangrientas. El semilobo negro y cuatro semilobos de su manada.
—Renzo Duvall.
—Riga De Rune.
—Ser Dareth Loncair, caballero de Kala.
—Ser Harlund Bevrin.
—Ser Tristán Veldor, caballero de Kala.
—Shana Velvet. «Sin respuesta».
—Thurnak el caudillo.
—Vilhiam Polroc De Fragante III.
—Zio el herrero.
—Zrulgar, hijo de Rulgar.
—Zura Hion de la hermandad escarlata de Tianzhou.
—Esos son todos.
La multitud se dirigió a la caravana. Todos estaban a punto de partir cuando el rey Alezar se colocó frente a todos y empezó a hablar.
—Nadie en Azur es ajeno a la guerra. Nuestro mundo fue construido en torno a ella.
Es parte de nosotros. Ahora mismo hay guerras en oriente, en occidente, en el norte y el sur.
En algún punto, luchamos no por oro, no por religión ni por honor, sino por supervivencia.
Todo cambiará si no encontramos una cura para esta maldición ancestral.
Todas nuestras vidas e incluso esas batallas sin sentido actuales no podrán ser libradas porque la humanidad, los enanos y las bestias nos extinguiremos, a menos que hagamos algo que no se ha hecho en cientos de años: hacer sangrar a un dragón.
No es tarea fácil, lo sé. Un dragón no es una criatura, es una fuerza de la naturaleza...
pero es él o nosotros. No tenemos otra alternativa: ¡atacar!
Lo digo nuevamente, no será fácil. Si queremos sobrevivir y vivir para reunirnos con nuestros seres queridos, enamorarnos, tener hijos, ver el paso de los años o disfrutar su futura riqueza,
tenemos que atacar a ese dragón iremos a esa montaña donde se esconde y se pavonea de su inmunidad al tiempo y a las enfermedades, y lo haremos sangrar.
¡Hoy romperemos sus escamas! ¡No solo eso, estoy seguro de que incluso lo mataremos!
La multitud estaba descontrolada por la emoción. Todos levantaban sus armas, motivados por las palabras del rey.
—No estaré presente en el campo con ustedes por ciertas cuestiones políticas, pero envío a mi propia sangre, mi sobrino amado Vilhiam Polroc, antiguo caballero de los colibríes.
Les aseguro que están en las mejores manos.
¡Hoy corregiremos el curso de la historia!
¡Hoy aseguraremos la supervivencia de Azur!
Guerreros, ladrones, clérigos, bestias: hoy todos somos hermanos... ¡Vayan a Morne a salvar al mundo!
Los guerreros estaban eufóricos justo al final del discurso. Su sangre hervía. Al unísono se escuchó un fuerte grito de batalla.