Capítulo 22
Invitados de todo el mundo
—¿Sangre de dragón? ¡¿Estás loco?!
—Es como acabas de escuchar. ¿Tengo que repetirte todo lo que digo?
Phila intentó mirar más allá, buscar un escenario cercano en su cabeza, pero lo único que pudo ver fue llamas y muerte. No había nada, solo caos absoluto.
—Los invitados llegarán en el transcurso de hoy y mañana. Ahora te aconsejo que vayas a descansar, tú también tienes un papel en esta historia, Vilhiam.
Alezar miró a Phila y no dijo nada, se acercó a la jarra de vino y se sirvió una copa entera.
—No hemos terminado, tío. Aún tengo preguntas.
Alezar acabó con la copa en su totalidad e inmediatamente se sirvió otra.
—Preguntas, preguntas. Haz tus malditas preguntas.
—¿Por qué llamaste a un bardo, un aristócrata y un vagabundo aquí?
—Porque estamos a unos días del aniversario de Bearnia. Vienen a la celebración —dijo Alezar tomando nuevamente asiento—. ¿Pero de qué vagabundo hablas?
—No puedes hablar en serio. El reino se está acabando y planeas hacer una fiesta. La bebida te ha podrido el cerebro.
—Vilhiam, no sabes una mierda sobre gobernar un reino. A diferencia de Vlak, Aldir, Kaelthor o la puta de Tianzhou... yo fui elegido por mi gente. Si no celebramos el cumpleaños de Bearnia, tendremos algo mucho peor que una enfermedad.
—¿Qué puede ser peor que el furor ardiente? —preguntó Phila.
—Una muerte económica.
—Es ridículo pensar que una fiesta importa ahora mismo —señaló Vilhiam.
—Nobles de todas partes vienen para discutir sobre cómo su dinero está siendo invertido. Por supuesto que importa.
—Pero qué pas...
—¡Se acabaron las preguntas!
Luego del grito, Vilhiam y Phila pudieron sentir la vibración de sus palabras resonar en sus huesos.
—Ve a conocer a los demás, descansa, visita a tu padre. Haz lo que sea, pero deja de incordiarme, hijo. Estén atentos a más indicaciones —Alezar los miró a ambos, señaló la puerta y se sirvió nuevamente una copa de vino entera.
Tras la puerta de la habitación, Vilhiam y Phila nuevamente fueron recibidos por Cassian, que los llevó hasta la habitación de Vilhiam.
La habitación estaba igual que la última vez que Vilhiam estuvo en el castillo.
Ni siquiera podía observar una partícula de polvo, estaba claro que los sirvientes hacían un excelente trabajo.
Vilhiam fue a buscar a su padre mientras que Phila estaba atenta al llamado.
Máscaras, será una fiesta interesante, pensó Phila viendo el castillo en un futuro cercano.
Phila salió al balcón de la habitación y pudo observar que a pesar de todo lo que sucedía había gente en las calles, algunos con máscaras, otros no se molestaban.
La altura era considerable, pero en la distancia algo o más bien alguien llamó su atención.
Era el extraño vagabundo que rechazó subir al carro.
El extraño estaba sentado con las piernas cruzadas debajo de una elegante fuente de agua y de alguna forma no estaba mojado, parecía estar hablando con un par de locales.
¿Cómo llegó tan rápido?, pensó Phila. —Ese sujeto me pone nerviosa.
La vidente intentó concentrarse en el sujeto, pero siguió sin poder tener alguna visión sobre aquel hombre.
—¡Ah! —exclamó sorprendida al ver cómo el extraño, a pesar de la distancia, giró la cabeza en su dirección.
La vidente se escondió por medio minuto y volvió a asomarse, pero el extraño ya no estaba ahí.
Phila siguió mirando por unas dos horas desde el balcón como si fuera una de las ancianas chismosas de las casas del centro de León.
Mientras pasaba el tiempo pudo ver a muchas personas acercarse a las altas rejas del castillo.
Algunos llegaron caminando. Otros en carros movidos por elefantes o lagartos.
Un grupo de gente llegó en una especie de esfera flotante; pero lo que más llamó su atención fue un tipo que salió de un portal negro en el suelo junto a una mujer rubia.
Ambos vestían ropas oscuras, y el hombre utilizaba una sombrilla rosada.
—No hubo suerte —dijo Vilhiam, luego de abrir la puerta y entrar a la habitación.
Phila se volteó y respondió:
—No puedo ver donde está en mis visiones, pero sé que está aquí. Tu tío te está ocultando algo.
—Gracias por señalar lo obvio —dijo Vilhiam antes de acostarse en la cama—. Claro que oculta cosas. Le oculta a su pueblo que una enfermedad antigua ha acabado con media Bearnia.
—Supongo que te dará las respuestas que quieres luego de que hagamos lo que él quiere.
—Eso me temía. Estoy atrapado con él.
Vilhiam se dio cuenta de que Phila miraba por el balcón y decidió acompañarla.
—¿Has visto algo interesante?
—He visto gente montada en una gran esfera de tela, como un saco lleno de aire. Era tan grande como una cúpula de iglesia, que se elevaba en el cielo. No tenía alas, pero parecía que el mismo viento la levantaba hacia el cielo.
—¿Como un ave gigantesca y gorda que olvidó sus plumas?
—Era como un carruaje volador, quizá se trate de algún tipo de magia de aire.
En ese momento la puerta fue golpeada. Era Cassian.
—Amo Vilhiam, por favor, sígame al vestíbulo. Ya están aquí la mayoría de los invitados.
Phila y Vilhiam obedecieron y tomaron asiento en un mueble rojo muy grande.
El vestíbulo estaba totalmente abarrotado, tipos extraños, algunos altos, otros bajos, algunos blancos, otros negros o amarillos; unos delgados, otros gordos o musculosos; algunos bien vestidos, otros apenas con ropa;
evidentemente Alezar no les mintió cuando dijo que tenía invitados de todo el mundo.
—Invitados, sean todos bienvenidos. Me complace recibirlos —dijo Alezar desde un balcón en la cima de las escaleras.
Los invitados tuvieron reacciones muy diferentes. Una gran parte de ellos se arrodilló, pero la cantidad que no lo hizo fue sorprendente. Polroc era un rey, uno escogido por su pueblo, con algunos escándalos encima, pero era un rey.
Entre los invitados rebeldes quien más destacaba era un hombre alto, delgado, vestido con una túnica blanca como la nieve y un turbante rojo acompañado por seis mujeres, todas vistiendo de negro y tapando sus rostros con un velo y un hombre negro muy alto y musculoso,
fácilmente de unos dos metros de altura.
—Alezar, corta las formalidades. Creo que todos queremos saber qué es tan importante para que solicites la presencia de Badr Batriq Bassim, el sabio, a tu castillo impuro —dijo el hombre negro alto.
El hombre del turbante, Badr, no dijo ni una palabra.
—Yo también quiero saber qué es tan importante para llenar un castillo de gente que fácilmente podría acabar con un país —dijo otro invitado. Un semihumano halcón.
—Pues yo creo que es bastante obvio —dijo el hombre de la sombrilla rosa, riendo.
La multitud se empezó a descontrolar y se levantaron.
—¿A quién tenemos que matar? —dijo una mujer de aspecto oriental jugando con un cuchillo.
—Matar. Matar. Matar —dijo un hombre rinoceronte.
—¿Matar? Yo vine a cantar —dijo Orlan.
—¿Y por qué tus sirvientes tapan sus rostros?
—¿Cuánto nos van a pagar?
—Quiero mi pago en esclavas taronianas.
—Nos contrató para matar a Vlak Avid. O eso dicen los rumores.
El ruido se apoderó de la sala, ya no era posible distinguir quién hablaba.
—Silencio —susurró Alezar.
Con solo ese susurro todos en la sala quedaron en silencio y volvieron a arrodillarse. Todos menos Badr y su compañía.
—Voy a decirles todo de la forma más rápida y sencilla posible. El furor ardiente ha vuelto. Nadie sabe por qué. Y la única forma de que Bearnia sobreviva es con un ingrediente específico. Sangre de dragón. Serán muy bien recompensados.
Todos los invitados quedaron atónitos.
—¿De un dragón? ¿El depredador extinto hace ochocientos años? —se escuchó decir en la multitud.
—Los dragones no están extintos, simplemente se esconden porque no quieren nada con nosotros. Somos como hormigas para ellos —dijo el vagabundo extraño al que Phila miraba con mucha atención.
Alezar miraba al extraño sin saber exactamente quién era o si lo había invitado, pero había invitado mucha gente y pensó que simplemente olvidó quién era el sujeto. Además, parecía muy sabio.
—¿Cuánto nos pagarás? —preguntó la asesina oriental
—Todo el que combata contra el dragón será recompensado con diez mil monedas de oro. Quien consiga el objetivo obtendrá veinte mil.
—¿Un dragón? ¿Necesitas mil personas para matar un dragón? Estoy bastante seguro de que nosotros podríamos cargárnoslo —dijo un semioso, quien probablemente dirigía a los demás semihumanos.
—Er cerebro nunca fue er fuerte de ros semihumanos. No tenemos que matarro idiota, soro hacerro sangrar —dijo un hombre oriental con un bigote muy largo.
El semioso se irguió y miró al hombre, la diferencia de alturas era extrema, pero el hombre del bigote lo miró fijamente sin retroceder.
—El señor Badr no está interesado en el dinero. ¿Por qué debería importarle tu trabajo sucio? —dijo el acompañante de Bassim, Olmo.
—Bassim, solo voy a responder las preguntas que tú hagas. No permitiré que tu sirviente me hable en ese tono, de piel —dijo Alezar.
Olmo miró hacia arriba con desprecio al monarca. Pero antes de contestar, Badr habló:
—Muy apropiado de un rey. Burlarse de un sirviente. Está bien, hablaré yo. Ahora responde la pregunta que hizo mi sirviente.
—Sabes muy bien lo que Bearnia significa para tu gente. Como era conocida anteriormente.
—Lo sé.
—Sabes cómo le dicen. Dilo.
Badr frunció el ceño y dijo:
—La tierra de Lun.
—Bearnia es el legado de Lun. En ella queda el jardín paradisiaco descrito en su palabra. Y yo y mi familia lo hemos regado por generaciones. Siempre hemos rendido homenaje a su voluntad. Siempre nos mantuvimos neutrales. No necesito que pelees, solo que me prestes tu fuerza.
—Mi... ejército —dijo Badr, no convencido.
—Alto, alto —dijo Chavorn Hughhar, un caudillo de Mazavid vestido con armadura negra oscura—. ¿Lun? ¡Blasfemia! No pienso compartir el campo de batalla con un lunita. El único Dios en la tierra. Se llama Zhonos. Y no pienso discutirlo.
La Iglesia del Sol Verde miraba y asentía a todo lo que decía el caudillo.
—No creo que llegues al campo de batalla —respondió Badr.
—Me importan una mierda tus amenazas. Viva Zhonos el benévolo, Zhonos el creador, Zhonos el trabajador. Zhonos fue el que expulsó a Thuron y sus dragones para que tuviéramos un futuro en esta tierra.
Vilhiam miraba decepcionado cómo, incluso enfrentando la extinción de una isla, o más bien continente, tan importante para el mundo, las personas no podían dejar de pelear por religión.
—No me interesa mucho el dinero —dijo el extraño vagabundo—. He vivido una buena vida en la naturaleza, soy un druida. Mi nombre es Melavan.
Cuando Melavan habló, todos escucharon atentamente.
—Hoy estamos aquí por algo más importante.
Los druidas siempre ponemos la naturaleza por delante de nosotros, siempre predicamos el balance.
No intervenimos. Pero en algunas ocasiones el balance lo requiere.
El último brote de furor ardiente fue hace siglos y acabó con la mayoría de las civilizaciones.
Cuando esta peste acabe con Bearnia, no duden que consumirá Azur en su totalidad.
—El druida tiene razón —dijo Vilhiam—. Es momento de unirse o el furor ardiente arrasará con todo.
—Yo quiero dinero —dijo el semi oso.
—Queremos la liberación de Belethor Cromwell, gran maestro del gremio de ladrones de Mazavid.
—Nosotros queremos lo que nos prometió. Acceso a la biblioteca de Rúnica sin restricciones —dijo una mujer bien vestida, del grupo de personas que llegaron por el aire.
—Todos tendrán lo que deseen. Solo bríndennos su ayuda.
—Yo soy Tristán Veldor, caballero de Kala, y tiene mi espada, su majestad —dijo un caballero rubio, alto y vestido con una armadura plateada brillante.
—Puede contar con ra hermandad escarrata de Tianzhou —dijo el hombre de bigote largo.
—¡Matar! —gritó el Semirrinoceronte.
En ese momento hubo un golpe en la puerta. Cassian corrió a abrirla para averiguar de qué se trataba cuando un enfermo con la piel roja saltó sobre él y mordió su brazo.
Cassian estaba gritando, retorciéndose del dolor. Los invitados miraban la escena desconcertados. Pero inmediatamente el hombre de la sombrilla rosa conjuró una piedra que lanzó directo a la cabeza del enfermo, acabando inmediatamente con él.
Los demás sirvientes se acercaron a ayudar a Cassian, pero antes de que pudieran, el hombre lanzó otra piedra a la cabeza de Cassian, eliminándolo también.
—Quemen a ese sujeto antes de que propague la enfermedad —dijo el asesino.
Nadie se opuso. Estaban a punto de hacer lo mismo.
Vilhiam miró al asesino y lo reconoció. Damien el Vacío le decían, y quien lo acompañaba era Riga la Guillotina. Eran tiempos desesperados, pero no le agradaba pelear junto a dos criminales buscados en Mazavid.
—Tienes mi apoyo, Alezar. Erradica esta plaga en diez días. Mi barco se irá después de ese tiempo —dijo Badr—. Ahora consígueme otro de tus sirvientes que me lleve a mi cuarto junto a mis esposas.
—Combatiremos, pero esto no acaba aquí —dijo Chavorn, casi como si hubiera accedido solo para que no pareciera que Bassim era mejor que él.
—Todos los guerreros se alojarán en el ala este del castillo. Mañana partirán al pico de Morne, donde encontraremos al dragón. A mis otros invitados los espero en el tercer piso —dijo Alezar visiblemente triste por la muerte de Cassian.
Luego de las indicaciones del rey, el vestíbulo se quedó vacío
—Te viste muy hábil ahí. Lanzando esa piedra afilada directo a las cabezas de esos inútiles. El señor Azam estaría orgulloso. ¿Nos quedaremos? —le dijo Riga a Damien en susurros mientras caminaban con la multitud.
—Nuestro amigo pirómano no está aquí, supongo que seguiremos en este juego hasta que aparezca.
—¿Crees que aparezca? —preguntó Riga.
—Si no lo hace estaré muy decepcionado.