Capítulo 21
Llegada al castillo
Era un día lluvioso. Vilhiam abrió los ojos y dio un bostezo largo.
El cansancio lo estaba matando. A pesar de dormir hasta diez horas, nunca podía sentirse reparado.
Se levantó de la cama y salió al balcón de su habitación en la fortaleza inmarcesible a tomar aire fresco.
Podía ver cómo algunos de sus compañeros salían a llevar a cabo alguna misión, pero él no tenía que salir.
Luego de un par de minutos, su introspección fue detenida por algo: un ruido en la puerta. Alguien tocaba a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó Vilhiam.
Pero lo único que escuchó fue otro golpe a la puerta.
Desconcertado, se acercó a la puerta no sin antes agarrar una daga con la que siempre dormía por seguridad.
—¿Phila?
Pero nuevamente no hubo respuesta.
Vilhiam agarró con mayor firmeza la daga y se preparó para abrir la puerta cuando escuchó otro ruido.
Toc, toc.
Esta vez el ruido venía de adentro, de la puerta de su baño.
Vilhiam dio vuelta y pateó la puerta del baño, alistó su arma y se preparó para lo peor. Pero no había nadie. Era muy extraño, lo que pasaba no era lógico.
—Perdóname, hijo.
Un fuerte escalofrío pasó por la nuca de Vilhiam. Se dio vuelta y ahí, sentado en el borde de su cama, estaba su padre Aldauren.
—Perdóname, hijo —dijo nuevamente la imagen de su padre, quien empezó a llorar sangre.
Vilhiam frunció el ceño y lanzó la daga directo a la cabeza de su padre, pero este desapareció.
—Tú... Ni siquiera estás muerto, ¿cómo te atreves a espantarme estando vivo?
—Por favor... Perdona... —dijo la voz de su padre haciendo eco en la habitación.
De repente una gran nube apareció en el techo de la habitación y creció hasta tapar toda la luz natural que iluminaba el cuarto del caballero.
—Por favor.
En ese instante, Vilhiam abrió los ojos. Estaba en un carruaje con dos extraños y con Phila. Era de mañana.
—¿Dormiste bien?
—No.
—¿Por qué? —preguntó desconcertada Phila.
Vilhiam no pudo prestarle atención, justo detrás de ella estaba de pie Aldauren.
—Perdóname.
Vilhiam sacudió la cabeza y respondió:
—Ya sabes, lo de siempre.
—Estamos a punto de llegar, abre la ventana —dijo Phila.
En el otro asiento, Dorwhaal sostenía su reloj de plata, perplejo por la precisión de la hora de llegada profetizada por la vidente.
Estaba tan sorprendido que no prestó atención a la belleza y elegancia de las calles de Ambrosía, que hace poco les habían dado la bienvenida o al castillo enorme justo frente a él.
El Castillo de Ambrosía se alzaba sobre la capital como una pequeña montaña de mármol construida por manos humanas.
Su fachada era blanca y brillaba con un resplandor casi celestial bajo la luz del sol de la mañana.
Estaba formado por una torre central de varios pisos rodeada por innumerables estructuras más pequeñas que se desplegaban en perfecta simetría y eran coronadas por cúpulas con destellos dorados.
Frente a la imponente fachada se extendía un patio tan vasto que una pequeña aldea habría cabido dentro de él, adornado con jardines geométricos, fuentes silenciosas y largas avenidas que conducían a la entrada principal.
Todo el recinto estaba rodeado por enormes rejas doradas que se alzaban varios metros sobre el suelo, como si custodiaran el tesoro más valioso del reino.
Nochecantada agarró sus cosas y abrió la puerta del carro. Era como un niño inmaduro que deseaba ser la primera persona a bordo en pisar el suelo de la ciudad.
—Señor, debe esperar a que nos abran las puertas.
—Cierra la boca, conductor. ¿Acaso no sabes quién soy? —dijo arrogantemente Orlan enrollando su rubia barba de chivo y caminando hacia la entrada.
—Bueno, supongo que pueden bajar todos, nadie ha salido y llevamos esperando más de veinte minutos —dijo el conductor.
Vilhiam fue el segundo en bajar. Era muy perceptivo. Había estado muchas veces frente a estas enormes rejas, pero nunca habían tardado tanto en atenderlo los sirvientes.
—Este castillo es como un sueño —dijo Phila.
—¿Lo viste en un sueño? —preguntó Dorwhaal.
—Sí. Pero no lo decía por eso.
—Silencio —dijo Vilhiam—. Miren allá.
Por el largo camino de entrada al castillo un sirviente muy bien vestido bajaba caminando apresuradamente.
Su ropa negra con blanco, clásica de la servidumbre, estaba adornada con algo muy inusual: una máscara que tapaba completamente su rostro, incluso sus ojos, con dos enormes lentes oscuros.
Era evidente que por su atuendo y por su andar tenía calor. Mucho.
—Mil disculpas, su excelencia —dijo el enmascarado.
—¿Qué es esto? ¿Es esta la forma en que me recibes a mí, sangre real? Dime qué sucede, ahora —dijo Vilhiam.
El sirviente enmascarado no habló. Por lo menos no verbalmente. Su lenguaje corporal dejaba claro que estaba inquieto.
Vilhiam se acercó y lo agarró del cuello del abrigo y lo miró directo en los dos lentes oscuros que ni siquiera mostraban sus ojos.
—Quítate eso ahora mismo.
—Señor... lamento no poder obedecerlo. Su majestad lo prohibió.
Vilhiam lo soltó percatándose de su actuar y sacudió sus palmas en su pantalón.
—Ahora, por favor, síganme.
Los invitados y el sirviente se pusieron en marcha.
—¿Por qué no entra el carro hasta la puerta? —preguntó Phila.
—Órdenes de su majestad.
—Oye, Dorwhaal —susurró Orlan.
—¿Qué?
—¿No te parece extraño?
—¿Qué cosa?
—El Polroc se enojó por la máscara, ¿Por qué?
—Quién sabe. Quizá se toma en serio la apariencia de los sirvientes.
—No creo, mírala a ella vistiendo esa túnica barata, he visto mujeres mejor arregladas en tabernas comunes y corrientes.
—Cállate.
—No creo que nos escuchen.
—La pregunta no es si nos escuchan, la pregunta es si la mujer ya sabe que tuvimos esta conversación. Ahora calla y camina.
Al llegar a la puerta enorme del castillo Vilhiam y los otros pudieron escuchar una hermosa sinfonía que extrañamente no podía atravesar las paredes.
El interior del castillo era cálido y envolvente, contrastando con la fría opulencia del exterior.
El vestíbulo era enorme y el piso estaba impoluto.
Los amplios salones estaban revestidos con altos paneles de madera oscura bañados por la luz ambarina de lámparas ornamentales.
De los elegantes techos colgaban pesadas cortinas de seda que caían en pliegues sobre los suelos aportando un aire de teatralidad al ambiente y en sus paredes había muchos cuadros pintados exquisitamente tanto de personas como de paisajes.
Era un espacio diseñado para el exceso aristocrático. Cada rincón tenía una inconfundible mezcla de elegancia decadente y misterio. Sin embargo, lo más particular era que todos los sirvientes usaban la misma máscara con lentes negros.
En un momento determinado, una sirvienta apareció e hizo una reverencia.
—Amo Vilhiam, bienvenido, está en su casa.
—Sí, gracias.
—Estimados y apreciados invitados, síganme, los guiaré a sus aposentos —dijo la sirvienta llevándose a Regis y a Orlan.
Phila y Vilhiam siguieron caminando por los grandes pasillos del castillo Polroc guiados por el sirviente.
—¿Y bien? ¿Qué sucedió allá afuera? —preguntó Phila a Vilhiam.
—No sé a qué te refieres.
—Sabes muy bien a qué me refiero.
—Alezar sabe muy bien lo que me molesta.
Soy de la realeza. ¿Por qué mi llegada no es especial?
¿Por qué, de todos los miembros de la familia, incluyendo esos con sangres más diluidas que el elixir de los viejos reyes que probamos hace un año, debo ser yo quien reciba a un tipo enmascarado y no un desfile con elefantes?
—¿Desfile con elefantes? ¿Eso te importa? —preguntó Phila.
—Por favor perdóname —Escuchó nuevamente Vilhiam.
Vilhiam miró a todos lados, había cientos de sirvientes, pero no pudo ver de dónde venía la voz de su padre.
—Supongo que no debería... —respondió finalmente a la pregunta de Phila con un tono apagado.
—Sirviente.
—¿Sí, su excelencia?
—¿Cuál es tu nombre?
—Cassian, señor.
—Deseo ver a mi padre Aldauren, llévame a verlo.
—Nuevamente lamento no poder cumplir su orden, amo Vilhiam. Fui indicado por su majestad a llevarlo ante él en cuanto llegara.
—...
Phila miró a Vilhiam consternada, jamás actuaba así, parecía uno de esos viejos nobles estereotípicos de las fiestas que se celebraban en el castillo de Mazavid tras una conquista o victoria.
Solo le faltaba un poco para que empezara a mirarla por encima del hombro.
Pero algo más llamaba su atención: los cuadros en las paredes tenían algo.
¿Sus colores, quizá? ¿Sus trazos? No, los cuadros desbordaban sentimientos.
Alguien había dejado el alma en el pincel. Era simplemente magnífico.
Cassian abrió la puerta e hizo una reverencia.
—Su majestad, he traído a...
—Muchas gracias, Cassian, puedes irte.
El rey Alezar Polroc era un hombre de altura promedio y piel blanca.
Sus ojos eran marrones y su cabello, negro y corto.
Lucía un rostro afeitado de cualquier vello facial, cuya característica principal era una monoceja y su mentón partido.
Sus prendas eran color blanco con azul y no iba a ningún lado sin su corona real.
—Vilhiam, mi sobrino, ¿cómo estás? —preguntó el rey.
—Quitando la bienvenida de mierda que recibí, estoy bien. Podría estar mejor.
Alezar se colocó de pie y caminó por unos segundos. Dudó un segundo, pero decidió acercarse a una mesa y servir dos copas de vino alto. Alzó la cabeza y miró hacia Vilhiam tras lo cual nuevamente miró hacia la mesa y sirvió otra copa.
—¿No me vas a presentar a tu invitada?
Phila miró a Vilhiam y esperó a que la introdujera, pero no parecía que fuera a pasar.
Vilhiam avanzó, agarró la copa de vino y se sentó varios puestos lejos de su tío el rey.
—Ella es Phila Nova, vidente, y amiga.
—Oh, encantado, de verdad. Toma asiento.
Phila obedeció y tomó asiento.
—Escuché lo que pasó en Mazavid, un loco decide asesinar a la reina y los deja a todos sin empleo, una tragedia de verdad, ¿cómo está Jorik?
—Muerto.
—Oh, es una tragedia —dijo Alezar mientras tapaba su cara con la palma y a la vez evitaba que la corona cayera de su cabeza.
—¿Pero no me invitaste para hablar de eso o sí?
—Sobrino, no solo estamos aquí por mí, está claro que alguien quería ver a su padre y por eso decidió venir.
—¿Está aquí?
—Lo está, creo que no se ha muerto, no paso por ahí hace un par de días.
—Tío, dime qué es lo que quieres.
—Mi bella Ambrosía, no, Bearnia... sufre, hijo, se desangra, colapsa desde adentro.
—¿Tiene que ver con todos tus sirvientes usando máscaras?
—Siempre fuiste muy perceptivo.
—Hace unas semanas, algo vino, no sé cómo describirlo de otra forma... Algo empezó a matar a la gente en Bearnia. Es invisible, el aire quizá. Es extraño, como... un tipo de enfermedad.
—¿Por eso están haciendo tan difícil entrar por Rúnica?
—Hemos regulado la cantidad de gente que entra, y la cantidad de gente que sale. Acceder a Bearnia es complicado ahora mismo, por mí dejaría a todos afuera, pero sabes que los negocios no se detienen.
—¿Y por qué tú no usas máscara?
—Apenas salgo. Si todos los demás la usan no necesitaré usarla yo.
Phila escuchaba callada. Mientras los dos hablaban, solo podía ver en su mente a un hombre encapuchado con un hacha y una extraña arma a distancia que entraba por la puerta occidental a la fuerza.
—¿La gente lo sabe?
—Claro que no. Sabes el daño irreparable que eso le haría a nuestra nación: el turismo, el comercio. La gente viene aquí a olvidarse que sus países son una mierda y que se encuentran en guerra.
—¿Qué regiones se han visto afectadas?
—Perdimos Orialis, Eldris, Rivivon, Orica y Serentia.
Vilhiam quedó boquiabierto. Era prácticamente Bearnia oriental en su totalidad.
—Las personas sufren fiebre, luego enloquecen, dicen disparates, se atacan entre ellos, se vomitan y se cagan encima, pero eso no es lo peor.
—Se les desprende la piel —dijo Phila con una mirada y tono de voz frío.
—Así es.
—Algunos libros de hace varios siglos hablan de una enfermedad similar. El furor ardiente —dijo Phila—. Dudo mucho que una máscara sirva.
—Mejor estar preparado en caso de que sí —dijo Alezar.
Vilhiam se levantó y caminó hacia el fondo de la habitación y miró a través del gran vitral que iluminaba el lugar las solitarias calles de Ambrosía.
—¿Llegó hasta aquí?
—Sí.
—¿Y qué has hecho al respecto? ¿Quedarte en tu trono todo el día, rascándote los huevos?
—¡Silencio!
Con un fuerte grito Vilhiam fue forzado a arrodillarse.
—Mi querido sobrino, no olvides tu lugar, no olvides quién soy.
Phila sentía el peso de la gravedad, era como si sus palabras tuvieran el mismo peso.
—No fuiste el único llamado.
—Llamaste a un tipo rico, un bardo y un vagabundo que prefirió caminar a utilizar tu carruaje y que seguramente debe haber muerto en el camino.
—He buscado ayuda en todas partes, todas: mercenarios, bárbaros, ladrones, semihumanos, incluso la iglesia. Sí, sí, estoy seguro, Zhonos se apiadará de nosotros, Vilhiam. No podría dejar morir a su pueblo.
—¿Y qué planeas? ¿Los vas a enviar a matar a los infectados? ¿A tu pueblo?
—Algunos morirán, pero es un sacrificio que estoy dispuesto a aceptar.
—Me ahorro mis palabras —dijo Vilhiam levantándose a la fuerza y evitando mirar a su tío.
—No te atrevas a irte, muchacho. No te atrevas.
—¿O qué?
—No sin escuchar mi otro plan.
—Te escucho.
—Solan, mi hechicero de la corte, cree poder conseguir una cura. No restaurará a los enfermos, pero detendrá la transmisión. Solo hay un pequeño problema. Necesita un ingrediente.
—¿Qué necesita? —dijo Vilhiam con el ceño menos fruncido.
—La sangre de un dragón.