Capítulo 20
¿El viaje del colibrí?
—¡Finalmente, aquí estamos! —fueron las palabras que despertaron a Vilhiam de su viaje de setenta y siete días en barco, el caballero se levantó lentamente y estiró cada una de sus extremidades.
Se apoyó sobre la baranda del barco y miró asombrado la gran muralla oriental de Bearnia.
Vista desde el mar, podía apreciarse su verdadera majestuosidad y belleza.
Además, a diferencia de la alocada puerta occidental de Rúnica, no era la puerta de ingreso de turistas pues solo las personas especiales o miembros de la iglesia tenían el derecho de cruzarla.
—¿Estás bien? —preguntó Phila a Vilhiam.
—Estoy... bien, solo necesito bajarme de este barco y estirar las piernas.
—Yo solo quiero alejarme de ellos —dijo Phila señalando a un grupo de monjes de la iglesia del sol verde—. Van dos semanas que se han tomado la cubierta para hacer sus extrañas reuniones.
—No es difícil pensar que si el viaje hubiera durado un mes más habrías sido ofrecida como sacrificio.
—Muy gracioso. Vámonos.
La gran embarcación atracó en el puerto oriental y en una fila cada uno de sus pasajeros descendió a tierra firme.
—Papeles —dijo un enano obeso sin siquiera molestarse con mirar a la cara a Vilhiam.
—Mmm...
—¿Pasa algo?
—Vilhiam Polroc De Fragante III, no esperábamos invitados tan especiales.
El enano rápidamente buscó en un cajón de su escritorio un sello especial con el cual marcó los papeles de Vilhiam.
—Adelante, bienvenido a Bearnia.
—Y tú, mujer, papeles.
—Tranquilo, viene conmigo.
—Pero necesito una identificación, mi señor.
—Es mi esclava, no tiene identificación, ahora déjanos pasar —mintió Vilhiam.
Luego de poner todo en orden, unos guardias vestidos en armaduras de color rojo y oro escoltaron a Vilhiam y a Phila a un carruaje arrastrado por dos lagartos trotones gigantes de Taronia.
En este se encontraban sentadas dos personas: la primera, un hombre sumamente delgado vestido con ropas finas y una cantidad excesiva de joyería encima; la segunda, un hombre con cabello rubio corto y un laúd en su espalda, con una ropa que gritaba a los cuatro vientos «Soy un bardo».
La pareja tomó asiento, y ahora solo una silla estaba desocupada.
Phila se asomó por una de las ventanas del carruaje de lujo, donde vio al último invitado: un hombre de cabello largo negro y barba de media longitud, vestido con una túnica blanca, con un manto de color marrón en la cabeza y sandalias.
El sujeto, sin embargo, miró el carruaje y para sorpresa de todos los pasajeros dijo una única frase.
—Prefiero caminar.
El conductor se subió al carruaje e inició el trayecto hasta Ambrosía, el lugar más prestigioso de toda Bearnia, donde viven «las personas decentes».
Unas horas luego de subir al carruaje el bardo empezó a tocar una melodía en re mayor:
Theresa, tan dulce y serena,
brilla más que el astro en el cielo gris,
su risa calmada, su piel de arena,
una flor que nadie más vio abrir.
Cada paso suyo era una melodía,
un eco suave en la bruma fiel,
como un fantasma en la lejanía,
tejía sueños con su risa de miel.
Oh, Theresa, ¿a dónde fuiste?
¿Quién robó tu risa y tu calor?
Aquí en la plaza yo cantaré,
por la dama que en el tiempo se perdió,
Oh, mi Theresa, Ambrosía te ve,
como un sueño que nunca murió.
Oh, Theresa, mi canto es para ti,
que encuentres la paz que no hallaste aquí.
—¿Qué fue eso? —preguntó el hombre delgado.
El bardo lo miró con indiferencia y respondió:
—Arte.
—No, no, no me malinterpretes, es una buena canción... pero no sé si es una historia alegre o una triste. Su letra es evidentemente triste, pero la melodía es alegre.
El bardo esta vez sonrió y dijo:
—De eso se trata. Es lo que quiero plasmar en mi música: un estilo único. La vida es como la historia de Theresa.
—¿Es una historia real?
—Por supuesto. Aunque algunos la han olvidado. Theresa desapareció hace mucho, mucho tiempo. Los detalles se han perdido con el tiempo.
El viaje continuó y el bardo seguía hablando con el hombre delgado. Eventualmente, el hombre delgado preguntó:
—¿Quiénes son y cómo terminaron aquí?
Vilhiam lo miró y rápidamente respondió:
—Sería lo correcto que la persona que hace la pregunta sea la primera en responder.
—Claro, no hay problema. Mi nombre es Regis Dorwhaal, soy investigador de ruinas de la edad dracónica. A su servicio —dijo Regis inclinando su cuello y su brazo derecho, como si fuera a realizar una reverencia, pero sin la más mínima intención de ponerse verdaderamente de pie.
—Yo soy Orlan Nochecantada, poeta, aprendiz de mucho, maestro de nada, salvo del canto... Y de saber cómo tratar a las mujeres —dijo el bardo mirando a Phila con una sonrisa en el rostro.
—Mi nombre es Phila Nova, soy vidente, y ten por seguro que no te veo en mi futuro —dijo Phila con una mirada fría dirigida a Orlan.
—Y yo soy Vilh.
Antes de terminar su presentación, Regis lo interrumpió diciendo:
—Escuchamos tu nombre en el puerto. No todos los días compartes carruaje con un miembro de la dinastía Polroc.
—No creo que sea algo a lo que mucha gente aspire —exclamó Vilhiam.
Posteriormente hubo un silencio incómodo de poco más de medio minuto.
Orlan decidió aliviar el ambiente diciendo:
—Señor Vilhiam, si me permite preguntar, ¿a qué se dedica una persona de su clase? Ciertamente no se dedica a la política, ya que es la primera vez que lo veo o que escucho su nombre en mi vida.
—Me dedicaba a la guerra, pero por ciertas circunstancias, estoy sin empleo.
—¿A la guerra? ¿Es usted un soldado? —preguntó Orlan.
Vilhiam metió su mano en el cuello de su camisa y les enseñó a los dos hombres un medallón con la forma de un colibrí.
En esta ocasión, el silencio fue incluso más largo.
Regis ajustó el cuello de su elegante camisa y nuevamente reanudó la conversación.
—¿Vienes de Mazavid? He escuchado que ese reino está con las «patas parriba» y que la nueva gestión ha dejado mucho que desear.
—Sí —respondió fríamente Vilhiam.
—Señor, si me disculpa el atrevimiento, y la intromisión, ¿puedo preguntar por qué su orden de caballeros fue disuelta?
Vilhiam, aún con el medallón en sus manos, cerró su puño fuertemente y dijo:
—Dicen que uno de nosotros mató a la reina, y se robó una parte del tesoro real.
—Quien quiera que sea ciertamente debe haber sido muy hábil para escaparse, pero sobre todo muy tonto —agregó Orlan.
—Los caballeros colibríes no siempre son personas educadas y prestigiosas como usted, he escuchado que incluso había muchos criminales hábiles en sus filas que aprovechaban la posición para salirse con la suya —dijo Regis.
—Puede que tengas razón, pero no estoy aquí para recordar eso —dijo Vilhiam algo cortante—. Phila, ¿cuánto tardaremos en llegar?
—Unas 16 horas, 2 minutos y 26 segundos.
Regis miró con incertidumbre a la vidente, sacó de su abrigo un reloj de plata y se aseguró de grabarse muy bien la hora exacta a la cual la mujer había dicho que llegarían a su destino. ¿Por qué esta pretenciosa vidente contó incluso los segundos? ¿Estaba tan segura de sus talentos?
El resto del viaje fue muy tranquilo. Vilhiam se sentía extraño al regresar.
Algo en sí podía sentir que ni siquiera el viento era igual.
¿Podía ser que soplaba en otra dirección completamente opuesta?
O quizá el azul del cielo se notaba algo descolorido.
No podía identificarlo. Estar de vuelta era como si después de mirar una bella pintura tuviese la oportunidad de adentrarse en ella y notar las pequeñas imperfecciones del hogar que antaño idealizó.
Era diferente, pero no por eso era malo.
Si por algo eran conocidos los lagartos trotones gigantes de Taronia era porque, al ser domados, podían ser mejores que los caballos: eran más fuertes, más rápidos y, por ser alimentados, obedecían todas las órdenes a la perfección.
El viaje fue tan tranquilo que Orlan y Vilhiam tomaron una siesta.
El sol empezó a esconderse y los ronquidos de Orlan resonaban en el carruaje.
Regis intentó mantener los ojos bien abiertos.
No paraba de mirar la hermosa puesta del sol en la mitad de dos montañas gemelas y de echarle ocasionalmente un vistazo al reloj de plata y a Phila.
—¿Por qué no te duermes? —preguntó Regis.
—No tengo sueño.
—¿Hay algo que perturbe tu mente?
—Pensaba en el otro sujeto, ya sabes, ese que decidió no subir al carruaje.
—¿Qué tiene? Debe ser otro invitado excéntrico, Polroc sabe mucho de eso —dijo Regis señalando con su cabeza y ojos al roncante bardo.
—Siempre he tenido visiones. Al ver a una persona por primera vez, siempre suelen aparecer en mi mente una o dos. Pero con él... nada.
Regis se frotó las manos con algo de incomodidad y preguntó:
—¿Qué visiones tuviste de mí?
Phila sonrió y le respondió:
—Te vi sorprendido sosteniendo un reloj de plata.
Regis levantó una ceja y, con algo de vergüenza, ocultó el reloj. Lanzó una risita incómoda y dijo:
—¿Algo más?
—Veo una pintura, es un retrato tuyo. Uno bueno.
Esta vez Regis sonrió. Sabía que, en algunas ocasiones, algunos afortunados invitados eran retratados en los banquetes por los pintores más prestigiosos, no solo de Bearnia, sino del mundo.
—¿Qué hay de ti? ¿Qué ves en tu futuro?
—Nada, no puedo verlo.
—Eso es... desafortunado.
—No, es mejor así.
Por un par de segundos hubo un silencio incómodo entre los dos, decorado por los ronquidos de Orlan. El sol había terminado de ocultarse totalmente y la oscuridad prontamente se apropió del cielo.
—Bueno... Ahhhg. Buena charla y... Ahhg, buenas noches —dijo Regis entre bostezos.
Pero Phila no podía dormir, el peso de tantas visiones en su mente mientras más se acercaba a Ambrosía era insoportable.