Capítulo 19 #2
Curiosamente luego del comentario, el monstruo empezó a agarrar más despojos y lanzarlos al otro lado del risco como si sus brazos fueran una catapulta.
—Otra vez la misma mierda. Ondrej, ¿tienes algún plan?
—Necesitamos que venga aquí nuevamente. Distráelo y yo me encargo.
Red miró cara a cara o lo que sea que tuviera el monstruo. No hacían falta palabras. Todo lo que tenían que decirse lo hicieron con la mirada, si es que esa cosa tenía ojos.
Los despojos que caían eran rápidamente quemados por Red. Sin oportunidad de atacar.
Pasaron quince minutos. Red estaba agotado, pero justo cuando se preguntaba cuánto más debería esperar vio al monstruo meterse nuevamente en la tierra.
—No creo que esa cosa se haya cansado. Saldrá en cualquier momento.
Ondrej estaba ocupado rociando su cebo por todo el borde del precipicio.
Sabía que su mejor opción era acabar con la mayor cantidad de despojos al mismo tiempo.
Era crucial para su éxito, en especial para su supervivencia, que Dal pudiera arrojar un fuego tan destructivo que derribara no solo la madera del borde de la antigua estructura que los separaba del monstruo, sino también el mismísimo suelo.
Pero Ondrej no tenía mucho con lo que ayudarse, solo aquella bomba de polvo de humo negro que encontraron antes.
La bomba era fuerte, pero el Vile vine lo era más.
Eran criaturas con una resistencia mágica increíble; sin embargo, había algo que no podría resistir: la gravedad.
Red se sentó para recuperar el aliento. Fue ahí cuando escuchó el batir de unas alas. No eran las alas de un ave, eso era seguro; parecía el sonido de un murciélago al volar.
—Mal, mal, mal, lo estás haciendo todo mal. ¿Qué estás pensando, que le vas a ganar a un Vile vine en una lucha de resistencia?
Red miró al ser que tenía frente a sí, perplejo. Una criatura bastante particular que, además, hablaba y que lo estaba cuestionando.
—¿Qué sucede? ¿Nunca has visto a un diablillo?
—...No.
—Te vi pelear hace un rato y... Espera... umm... tienes un olor extraño.
—Estoy empapado de porquería de gente planta y sudor, pero no esperaba que un diablillo fuera la primera cosa que me lo resaltara.
—No, no, no es eso, hueles a magia, una muy antigua. Viene de... ¡Ahí! Muéstrame tu bolsa. Ahora.
Red miró a la criatura pensando en que obviamente había sentido la energía que rebosa de la llave, pero no tenía tiempo para hablar de eso ahora.
—Te mostraré mi bolsa cuando terminemos aquí.
—¡¿Qué?!
—Ahora fuera de mi vista.
—Ustedes humanos realmente se han vuelto más molestos en los siglos que duré atrapado. Primero esa muchacha arrogante de ojos amarillos y ahora tú.
—¿Ojos amarillos? ¡¿Dónde está?! —exclamó Red mirando en todas direcciones.
—No me digas que se conocen.
—Así es, y realmente me vendría bien su ayuda ahora mismo... Espera un momento, ¿qué rayos hace un diablillo, ser que por cierto no sabía que existiera, en este lugar y momento en específico?
—Vengo a llevarme el corazón de ese monstruo.
Red agarró al monstruo por las alas y con la espada del caballero planta apuntó su hoja al cuello de la criatura.
—He pasado por mucha mierda el día de hoy para llevarme ese corazón y no voy a permitir que una rata con alas venga a robarme mi recompensa.
—Oye, oye, calma, no hace falta ponernos tan agresivos. ¿Qué te parece si hacemos una tregua y colaboramos para matarlo y luego aclaramos todo?
—Mmm. Está bien.
Tras el breve descanso el suelo empezó a temblar, pero no el suelo del otro lado del precipicio, sino el suelo a los pies de Red.
—¡Caballero, salta! —gritó Hambre.
Era demasiado tarde. Del suelo, unas horribles raíces empezaron a brotar, sujetando a Red por la pierna izquierda, la tierra se lo estaba tragando, y el dolor era terrible.
Red gritó de dolor.
Como un acto reflejo Red quemó la raíz que lo agarró y se liberó.
—Vamos, vamos, arrástrate hacia mí —dijo Hambre en la cima de un árbol cercano.
Red se puso de espaldas contra el árbol y le dijo:
—Dijiste que estaba haciendo todo mal, entonces dime cómo hacerlo bien.
—No lo quemes a él o a sus esclavos.
—¿Y entonces cómo lo voy a matar?
—Déjame terminar, ¿quieres? Humanos de mierda... Tienes que quemar el bosque.
—¿Qué?
—Es justo como escuchas: el césped, los árboles, todo forma parte de él. Este bosque no existía hace un siglo.
Red se detuvo a mirar el gran bosque a su alrededor. Su frondosidad rivalizaba con la del bosque de los condenados. Era imposible que un bosque como este no tuviera al menos un par de siglos encima. Era el hábitat de muchos animales, aves, lobos, ciervos, osos, cerdos, entre otros.
Nuevamente, del suelo empezaron a brotar raíces, esta vez, Red a duras penas logró aferrarse al tronco del árbol donde Hambre estaba.
—El bosque está rechazando tu presencia. No dejará de esparcir raíces hasta que te consuma.
Lleno de determinación Red se bajó del árbol.
Red vio la cantidad de cuerpos en el suelo, la vieja estructura a sus espaldas, los puentes derruidos, rastros de que una civilización habitó el bosque, y pensó en el paso del tiempo y en cómo cualquier rastro de sus vidas fue eliminado hasta dejar solo títeres hechos con sus cuerpos.
Pero también había vida: aves, mamíferos, insectos; la criatura convivía con ellos.
—Siempre podrán volver a sembrarlo —dijo Red antes de alzar ambas manos y formar llamas desde sus palmas. Pero no eran ataques planeados como antes, eran ataques al azar, con el objetivo de que el fuego lo consumiera todo.
El bosque ardía. A lo lejos, Elara, cabalgando a Cenizas, sintió el indistinguible olor de la leña ardiendo. El fuego avanzaba en su dirección. Cenizas estaba tenso, no respondía bien a sus indicaciones. El fuego lo asustó y Elara cayó al suelo.
—Oye, Cenizas, vuelve aquí. ¡Traidor!
Elara se detuvo y observó el gran incendio forestal que consumía todo lo que estaba a la vista, los animales huían despavoridos y estaba claro quién podía ser el responsable.
—Red... ¿Qué estás haciendo?
Ondrej estaba desconcertado al ver cómo todo a su alrededor se sumía en llamas. En ese momento, llevar encima una bomba de polvo negro no era la situación más reconfortante en la que pudiera estar.
—¡¿Bredes, que mierda haces?!
La temperatura del bosque subió. El calor insoportable obligó al Vile vine a asomar su cabeza en la zona en la que Ondrej derramó el cebo, pensando que aparecería justo debajo de él. Red le lanzó llamas sin parar, que le dieron en todo el rostro y lo enfurecieron aún más.
El Vile vine empezó a germinar totalmente del suelo, acompañado de una decena de despojos. Pero la corriente de llamas los hacía retroceder hacia el borde del precipicio.
—¡Ahora, sin parar! —gritó Hambre.
—Espera, ¡funciona! —dijo el mono moviendo la cola—. Sigue atacándolo, ¡hazlo retroceder!
El Vile vine y sus despojos seguían retrocediendo, habían alcanzado el borde del precipicio.
—¿¡Es suficiente para ti!?
—Lo es, ¡corre y tápate los oídos!
—¿Qué? ¿¡Por qué!?
—¡Hazme caso!
Ondrej lanzó la bomba de humo negro y cuando Red la vio en el aire retrocedió corriendo como alma que lleva la muerte y se tiró al suelo detrás de un árbol, tapándose los oídos en el proceso.
La bomba entró en contacto con las llamas y el sonido que produjo fue comparable al de un gran trueno. El borde del acantilado se desprendió y el Vile vine salió volando por los aires.
—¿La bomba de humo negro? ¡¿Quieres matarme, mico?! —gritó Red, enojado con Ondrej.
—Calma, ¿funcionó o no?
Red miró por el precipicio y vio a la criatura sin cabeza tirada en la plataforma de piedra que se encontraba en el fondo de las ruinas que había observado previamente.
—Vamos por ese corazón.
¿Qué fue ese ruido?, pensó Elara corriendo hacia la fuente del sonido.
Red y Ondrej empezaron a descender de puente en puente y Hambre los alcanzó al fondo.
—¿Qué es esa cosa? —preguntó Ondrej señalando a Hambre.
—Me llamo Hambre. La pregunta es quién eres tú, imbécil.
—Silencio —dijo Red.
Red alzó la espada del caballero y cortó la región que correspondería al tórax. Ahí estaba, un corazón de Vile vine. Aunque su aspecto era más como una semilla.
—Bien, me extraña que esté en una pieza y no lo hayas calcinado —dijo Hambre.
De repente, el cuerpo del Vile vine, sin cabeza, se movió una vez más, agarrando a Hambre y Ondrej con raíces y con una gran espina perforó el corazón de Red.
—¡Tienes que estar bromeando! —gritó Ondrej.
Sorpresivamente Hambre devoró las espinas y se liberó.
En la cima del precipicio, Elara, recién llegada, observó la escena y, llena de agonía, arrojó una gran lanza de fuego que le dio el golpe de gracia a la ya muy debilitada criatura.
Inmediatamente después, la hechicera descendió con sus plataformas llameantes, corrió apresuradamente hacia Red y lo cargó entre sus brazos.
—Je, llegas tarde como siempre... —dijo Red moribundo mirando el hueco en su pecho.
—¡No! Nada puede derribarte, no así, no... no te puedes morir —exclamó Elara entre lágrimas, con sus manos bañadas en sangre.