Capítulo 19
Incendio forestal
—Que pase el siguiente —dijo Lobok luego de dar un gran bostezo y tomar una copa de vino.
—El siguiente en la lista es uno joven, no es noble ni siquiera... ¿Qué hacemos, señor?
—¿Cómo que qué hacemos? Hazlo pasar, imbécil.
Detrás de la enorme puerta de la sala del trono un ligeramente nervioso Red ajustó el cuello de su camisa, puso su cara menos hostil posible, cruzó la puerta y caminó hasta el pie del trono de Lobok sobre el cual se levantaba un gran cráneo de un dragón.
—Oye, ¿quién demonios crees que eres, entrando a la sala del trono en presencia del mismísimo Lobok Avid III sin arrodillarte?
Antes de que Red pudiera hablar Lobok interrumpió y dijo:
—Miller, ¿quién te crees tú? ¿Acaso crees que por tener una visión que ha visto mejores días puedes hablarle así a uno de ellos?
Miller avergonzado volvió a inspeccionar al joven visitante, que por su intuición no podía tener más de unos veinticinco. Miró desde su cabello hasta sus botas, pero esta vez no omitió un medallón que colgaba de su cuello con una figura de un ave particular.
Red volteó y observó al sirviente del rey, pero no dijo nada.
—Mi señor, lo siento, me aseguraré de pasar por un sanatorio para confirmar que todo esté bien con mis ojos.
—¡Jah! —rio de la forma particular en la que siempre reía el rey—. Tranquilízate, Miller, solo estaba bromeando.
—Un Colibrí, ¿tan joven? ¿Cuántos años tienes, caballero?
—No lo citamos aquí para eso, solo necesito que me respondas una pregunta, con total honestidad... ¿Qué quieres alcanzar en la vida?
—Quiero una vida cómoda, tranquila.
—Excelente. Este es el que necesito. Suspende la búsqueda.
Red estaba sorprendido. Su estado inexpresivo frecuente cambió por uno de duda y dijo:
—¿Qué tengo que hacer ahora, señor?
—De ahora en adelante serás el guardaespaldas de mi segundo hijo.
Como sabrás, unos asesinos acabaron con mi primogénito hace dos semanas y si mi otro hijo muere no tendré herederos y el parásito de mi hermano que se fue a vivir rodeado de lujos a Kala vendría a colocar a los miserables de sus hijos al poder.
—¿Y cuándo empiezo? —preguntó Red.
—¿Cuándo? ¡Jah! ¡Ahora mismo!
De repente Red parpadeó y ahí estaba, debajo de una multitud de hombres planta que agarraban cada una de sus extremidades y a duras penas le dejaban respirar.
Lo único que podía hacer era mover la cabeza hacia el lado derecho, lo cual fue suficiente para ver cómo el mico que lo acompañó estaba intentando huir del claro como una rata sin brindarle algo de ayuda, aunque claro, nadie en su sano juicio se metería en esa situación.
Los minutos pasaban muy lentamente y Red sentía cómo los despojos del Vile vine intentaban introducir raíces en su piel. Si dejaba pasar el tiempo terminaría convertido en uno de ellos.
—¿De verdad voy a tener una muerte tan mierda? Si no puedo mover las manos...
Red hizo un esfuerzo sobrehumano y a continuación escupió una pequeña llama. No era su mejor llama, era bastante patética, pero era suficiente para que el fuego se propagara por la raíz que protruía del rizoma de un despojo y Red pudiera liberar su mano derecha.
Ahora con más libertad, creó una corriente de fuego forzando a los despojos a retroceder.
—Oye, mico hijo de puta, a la próxima ayúdame o te quemaré el culo a ti también.
—Claro, claro, no te preocupes.
Red tuvo un espacio para respirar brevemente hasta que una nueva oleada de despojos apareció ante él, pero no eran despojos comunes, algunos vestían armaduras las cuales podían observarse debajo de tanto verde y dos de ellos llevaban sombreros particularmente grandes y puntiagudos.
—¿Todavía crees que les ganarías a todos estos? —preguntó Ondrej incrédulo.
—Tengo una idea.
Cómicamente, luego de mencionar que tenía una idea, nuevos despojos empezaron a salir debajo del suelo y uno de ellos agarró la cola de Ondrej.
—Quítamelo, ¡quítamelo!
—¿Así como tú me los quitaste a mí?
—Pues discúlpame por no tirar fuego como tú.
Red creó una daga de fuego en su mano y la lanzó al brazo que agarraba al mico.
—Vuelve al claro. Escóndete junto a esa roca de allí. Voy a despejar un poco el terreno.
Mientras la horda de monstruos seguía caminando hacia él, Red salió corriendo.
—¡Está huyendo! —gritó Ondrej.
Red se movía justo como se espera que una persona que teme por su vida lo haría.
Lo tenía muy claro, ninguna cantidad de monedas de oro serviría si no estaba vivo para gastarlas, así que corrió.
Atravesó arbustos espinosos, esquivó lianas tensas como trampas y cuando por fin cruzó los últimos árboles, el bosque se abrió de golpe.
Frente a él se alzaba un abismo: dos paredes de piedra verticales cubiertas de ruinas de casas antiguas, oscuras y vacías ubicadas en las paredes de las montañas como si hubiesen nacido de la roca.
Varios puentes colgantes cruzaban de un risco al otro.
Algunos aún enteros, otros pendiendo por una cuerda como huesos rotos.
En el fondo, un río de aguas bravas rugía como una bestia hambrienta y a los pies del río se extendía una gran plataforma de piedra
Red no dudó. Subió al primer puente.
—¿Ahora hacia dónde? —murmuró Red.
El primer puente se veía destartalado y estaba justo encima del caudal. Quizá podría atravesarlo, pero tendría problemas si múltiples despojos subían en él al mismo tiempo y, para su infortunio, luego de su lesión de rodilla en Belén, mantenerse saltando por el aire no era tan sencillo.
—A la mierda —dijo antes de poner pie en el primer tablón que inmediatamente empezó a quebrarse.
Por su parte, los despojos no se detuvieron. Red iba a la mitad cuando por lo menos una docena de ellos subió y el puente rápidamente empezó a caerse.
Red dio un golpe al puente e inmediatamente saltó en el aire sosteniéndose con una llama bastante débil que solamente fue suficiente para permitirle llegar a otro de los puentes de abajo.
—Les venía bien un baño a esas plantas —exclamó mientras veía cómo la fuerte corriente del río se llevaba a muchos hombres planta—. Por ahora estoy a salvo.
Desafortunadamente para Red, los despojos que no subieron al puente se tiraron de cabeza al nivel en el que él se encontraba. El puente empezó a tambalearse. La historia del otro puente se repetiría.
—No pasa nada, solo tengo que usar el terreno a mi favor. —Se secó el sudor de la frente y miró en todas direcciones, incluyendo debajo de él, y se dio cuenta de qué tan alto estaba—. Si me caigo de aquí, ¿sobreviviré?
El puente seguía tambaleándose, los despojos seguían avanzando.
—Llegaré al otro lado del risco y cortaré el puente mientras ellos cruzan.
Red alcanzó el último tramo del puente colgante con los pulmones ardiendo. Las tablas húmedas crujían bajo sus botas y las cuerdas tensas gemían sobre el abismo. Detrás de él, la horda de hombres planta avanzaba entre los árboles como una marea de ramas y hojas susurrantes.
Entonces algo se movió al otro lado. No fue un paso. No fue un rugido. Fue como si una parte del bosque hubiera decidido levantarse.
La criatura emergió de entre la maleza. Al principio parecía un enorme montículo de musgo y raíces enredadas, pero aquella masa respiraba. Las raíces se arrastraban sobre la tierra con lentitud, reptando entre las piedras como serpientes.
Su cuerpo carecía de una forma definida.
Era un amasijo colosal de troncos retorcidos, lianas y raíces tan gruesas como brazos humanos, todas entretejidas en una maraña imposible.
Del centro de aquella montaña vegetal sobresalía un rostro tallado por la propia madera que era alargado, anguloso y antinatural, como una máscara olvidada por algún dios del bosque.
La criatura tenía dos ojos rojo-anaranjados ardiendo en la oscuridad de sus cuencas, los cuales lo observaban con una inteligencia hostil.
Las ramas que formaban su cabeza se extendían hacia arriba como una corona de astas deformes, mientras incontables raíces colgaban desde su cuerpo hasta tocar el suelo, arrastrándose y dejando surcos en la tierra con cada movimiento.
Y con cada paso se producía un crujido profundo.
—Te encontré Vile vine. ¿O tú me encontraste a mí?
El Vile vine bloqueaba por completo la salida del puente. Y finalmente Red comprendió que los hombres planta no estaban persiguiéndolo. Lo estaban empujando hacia él.
El colibrí encendió una llama que moldeó para convertirla en una de sus armas favoritas, un arco, y le propinó una buena flecha ígnea en el rostro que ciertamente le dolió, pero el Vile vine no ardió.
Inmediatamente después un par de despojos lo atrapó y las tijeras gigantes cayeron al agua, pero mientras la bestia se retorcía por el fuego, golpeó el puente haciendo que colapsara.
Red cayó en otro puente, cada vez más cerca del nivel del agua, se golpeó fuertemente la espalda y prendió fuego a sus dos captores.
Uno de ellos eran los restos de un caballero de quién sabe qué época y el otro llevaba un vestido andrajoso que indicaba que quizá era una mujer de Campo Verde.
Adolorido, Red se levantó y miró cómo seguían cayendo despojos.
—Es como si estuvieran lloviendo.
El Vile vine seguía observándolo desde arriba mientras estiraba sus raíces para alcanzarlo sin éxito.
—Tengo que devolverme —dijo Red, agarrando la espada del caballero despojo que acababa de incinerar.
Empezó a escalar la montaña volviendo en la dirección donde abandonó a Ondrej con ayuda de pequeños saltos impulsados por llamas y al subir nuevamente se tiró al suelo.
—¿Cansado? —preguntó Ondrej escondido encima de un árbol.
—Bastante.
—Me subí aquí para ver el espectáculo que diste más de cerca, debo decir que ver cómo caías de puente en puente fue... demasiado divertido, merecido por querer irte luego de tirarle una piedra al avispero.
—¿Sabes qué es más divertido? Que tú y yo vamos a morir y nuestros cuerpos serán transformados en despojos porque esa cosa... es resistente al fuego.
—Entonces usa más fuego.
El Vile vine seguía mirando a Red desde el otro lado del precipicio. Obviamente resentido por sufrir quemaduras tras su ataque.
—Al menos aquí no puede alcanzarnos.
—Sí...