Capítulo 18
Elara y Hambre -Parte II
Una historia sobre plantas
—Tienes muchísima, pero en serio muchísima suerte de que hay algo que me gusta aún más que comer.
Y eso es contar una historia... ¿Por dónde iba?
Ah sí, Dalhir Velderlend me estaba humillando.
Se creía la gran cosa con su sombrero gigante y con la ramita de árbol que llevaba, pero... Oye, ¿me estás escuchando?
—Eh, sí, continúa —dijo Elara mientras caminaba y miraba «sus manos». Se sentía muy extraña al escuchar otra voz salir de su boca.
—No te preocupes, pasará. Bueno, ahora sí. Presta mucha atención. Dalhir hizo un movimiento con sus manos y sin darme cuenta me había convertido en una oveja. No podía hablar, me sentía muy degradado, pero el maldito no había terminado. Me puso una cadena y me llevó a un corral.
—¿Por qué siento que falta bastante para que me digas cómo terminaste en una botella?
— Porque así es. Duré mucho tiempo comiendo pasto y siendo la fuente de lana de ese brujo hasta que un día, cuando menos me lo esperaba, Dalhir entró al corral y me cargó hacia su casa.
Ahí estaba yo, en todo mi esplendor de oveja con las patas sucias, esperando a ver qué me haría.
Fue ahí cuando me percaté de que estaba mucho más arrugado de lo que lo recordaba.
El tiempo verdaderamente es inclemente con ustedes. Por cierto, ¿cuántos años tienes, niña?
—Tengo veinticuatro. Bueno, ahora mismo no sé cuántos —dijo Elara refiriéndose a su forma actual.
—¿Solo veinticuatro? Solo son once años más que lo que viví siendo una oveja. Qué lamentable existencia.
—Al menos mis veinticuatro años no han sido en una botella o comiendo pasto.
Hambre miró a Elara con una mirada malévola. Hubo un silencio de unos segundos.
—Supongo que tienes razón en eso.
—¿Qué pasó después?
—Un día Dalhir me llevó adentro y vi su laboratorio.
Estaba lleno de unas semillas extrañas. Me miró un par de segundos, sonrió y volvió a realizar el movimiento extraño que había hecho con sus manos hace tantos años.
Ahí me di cuenta: había recuperado mi forma.
Bueno, casi, porque me había vuelto pequeño.
—Ahí tienes tu forma de vuelta nuevamente, criatura asquerosa.
—Estás muerto —le dije. Inmediatamente fui directo a su cuello. Podía ser pequeño, pero era tan letal como siempre.
—Ese poder. ¿Es el que me acabas de enseñar? —preguntó Elara muy envuelta en la historia.
—¡Ey! —gritó Hambre—. No te adelantes a la historia. Es de mala educación. Bueno, como venía diciendo, «estás muerto», y ataqué. Pero el bastardo de Velderlend me repelió. Tenía algo, una especie de barrera invisible que lo protegía de los ataques.
—Cálmate. ¿Quieres ser una oveja otros quince años? —dijo Dalhir.
—Así que decidí escuchar lo que tenía por decir.
—Me estoy haciendo viejo. Y a pesar de todo mi conocimiento no he podido hacer nada realmente.
He desperdiciado mi tiempo en esta tierra memorizando encantamientos de todos los tipos y siento que ha llegado el momento de retribuir un poco de las bendiciones que he recibido con la gente, con los animales e incluso con monstruos como tú.
—¿Eso qué tiene que ver conmigo? —dije.
—Es sencillo. Tú que has causado tantas hambrunas por tu voraz apetito me vas a ayudar.
En ese momento, Velderlend se dio vuelta, sacó algo de un recipiente de vidrio y estiró su brazo para mostrármelo.
—Estas son semillas de Vile Vine. Solo hay dieciséis en el mundo. Es verdaderamente fascinante.
— La semilla era verde con unos cuantos tonos ligeramente púrpuras. Era muy pequeña y de sus extremos protruían unas enredaderas delgadas.
—Sigo sin entender —dijo Elara.
—Es porque no he terminado —continuó—. El hechicero volvió a colocar la semilla en el recipiente y, con mucha seriedad en sus ojos, dijo:
—Creo que puedo erradicar el hambre de Nygrat, posiblemente el hambre de Bearnia si todo sale bien. Personas, animales y monstruos como tú.
—No entiendo —respondí.
—Claro que no entiendes, criatura tonta. Tu papel solo es degustar los cultivos que mezclé con la semilla de Vile vine para ver si funciona.
—Quieres que coma algo raro que creaste tú fusionando plantas con una semilla rara que sacaste de quién sabe dónde.
—Sí —dijo Dalhir con una sonrisa tonta en su rostro.
—¿Qué te hace pensar que yo comería eso?
—Pues comiste mierda cuando te conocí.
—¡Ey! Eso no es justo.
—Ja, ja. Pero en serio, ¿cuántos años llevas comiendo pasto? Dale una oportunidad. He usado muchos tipos de magia para asegurarme de que sepa rico.
—Está bien —respondí—. Luego de que la alianza se hiciera oficial, Dalhir estaba tan alegre que empezó a lanzar fuegos de muchos colores de sus manos. Todo iba bien.
—¿Y en qué momento te enseñó a cambiar de forma? —preguntó Elara nuevamente mientras continuaba caminando.
—Ya basta. No más interrupciones. Así Dalhir y yo empezamos a pasar mucho tiempo juntos.
Él cruzaba frutas, tubérculos y otras cosas con la jodida semilla esa.
Debo admitir que no mintió: sí sabía... rico.
Con el tiempo me volví herbívoro. Los años pasaron y Dalhir empezó a regalar fruta a las personas de los pueblos cercanos a Campo Santo.
También fue ahí cuando todo se fue a la mierda.
—¿Qué pasó?
—Un día llegamos al templo de Velderlend y había sido saqueado.
Podría jurar que se llevaron hasta los calzoncillos del viejo.
Y no solo eso, había fuego por todas partes.
Alguien quería hacerse rico con la semilla de Vile vine.
Ese fue el comienzo del fin de Dalhir. Vi cómo se adentraba entre las llamas, pero cuando salió no era el mismo. Su preciada semilla no estaba.
—Escóndete —susurró Elara interrumpiendo la historia.
Inmediatamente, Hambre se transformó en una ardilla y subió a un árbol.
—Hermana Isolde. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué no estás en el santuario con la prisionera? —preguntó una bruja del pueblo.
Elara hizo su mejor esfuerzo para permanecer en el personaje, adoptó una expresión arrogante digna de la difunta Isolde y respondió.
—Me hizo enojar y me deshice de ella. Pero mira, me quedé con su preciosa capa: alta costura de Mazavid.
—Eso no era lo que se suponía que hicieras. La maestra Lylia quería sacarle información.
—Y eso hice. No tenía mucho que decir.
La bruja miró a Elara con una ceja levantada. La tensión aumentaba y una gota de sudor caía por la frente de la camuflada hechicera.
—Agh. Siempre todo es así contigo. Debí pensarlo. Querías interrogarla tú para quedarte con su maldita ropa —dijo la bruja, dándose media vuelta y caminando de vuelta al pueblo.
Eso estuvo cerca, pensó Elara.
—Bravo, bravísimo —dijo Hambre, nuevamente en su forma auténtica—. Me sentí como si estuviera en el... ¿Cómo es que le dicen ustedes? Ah, sí, el teatro.
—No estamos a salvo aquí.
—Niña, no hables en plural. Si siento el peligro, me convertiré en un cuervo o algo y te dejaré.
—Vaya, gracias por tu honestidad.
Elara caminó junto a Hambre por unos minutos hasta que llegó a un camino en el extremo del pueblo. En el suelo podían verse huellas de caballo que, considerando lo poco transitado de la región, solo podían ser de Cenizas.
—Vamos en… el camino... correcto —dijo Elara antes de caer al suelo.
—Ya me preguntaba yo cuándo pasaría —exclamó Hambre.
—Qué... ¿qué me está pasando?
Elara estaba tumbada en el suelo. Su visión estaba borrosa, no tenía fuerzas. Levantó una de sus manos y la pasó por una de sus fosas nasales, empapando su palma de sangre. Ante lo que estaba ocurriendo, Hambre decidió pararse al frente de Elara, dio un gran bostezo y dijo:
—Tienes que detener el polimorfismo o no podrás escuchar el final de la historia. Concéntrate muy fuerte en volver a tu forma original. Esto te ayudará.
Hambre entrelazó sus manos y empezó a levantar los dedos en un orden determinado, lo que Elara se limitaba a imitar. Una vez terminada la secuencia, Elara era otra vez ella misma.
—Sabías que esto podía pasar y querías dejarme sola antes.
—Ay, por favor, ¿qué esperabas, niña? Es magia de sangre profana. Pensé que una hechicera de sangre como tú sabría lo que pasa si la usas continuamente.
—Ese no es el punto.
—Claro que lo es. Parece que te sobreestimé.
—Basta. Termina la historia para que puedas dejarme e irte a causar alguna hambruna global o algo.
—Oh, eso no suena nada mal. Bueno, luego de que Dalhir perdiera el sueño de su vida lo acompañé unos cuantos años más. Puede sonar raro, pero lo llegué a considerar mi amigo. Un humano y un diablillo, ¿puedes creerlo?
—No.
—Era una pregunta retórica. Él, obviamente, no volvió a ser el mismo, pero creo firmemente que tenerme a su lado le hacía bien.
Él se volvió a encerrar en su magia, pero esta vez decidió enseñarme un par de trucos.
Yo era muy buen aprendiz. Él lo notó y un día me sentó en la base de un árbol talado y empezó a hacer inscripciones mágicas en mi cerebro.
—Este es el legado de mi maestro: la magia del cambiaformas. Fue expulsado de la academia de Kala por aprenderla. No puedes permitir que muera —me dijo Dalhir.
—¿Qué pasa, Dalhir? ¿Sientes el peso de los años otra vez?
—Podría decirse.
—¿Por qué no usas la magia del cambiaformas y te conviertes en alguien joven o en tu yo joven?
—Ojalá funcionara así. Ja... Hambre, ha pasado tanto tiempo desde que te humillé frente a mi templo.
—No me gusta cuando hablas así, humano.
—Quiero que me prometas algo.
—Esto no me gusta...
—Prométeme que encontrarás esa semilla, la pondrás en un frasco y la enviarás a la academia de magia de Kala para que alguien continúe mi proyecto.
—No creo que...
—Por favor —dijo seriamente Dalhir, ya un anciano.
—Haré lo que pueda, amigo —le dije.
Hambre se tomó unos segundos en los que Elara pudo ver una lágrima brotar de su ojo izquierdo.
—Y ese es el fin.
—¿Qué? ¿En serio? Ni siquiera explicaste cómo terminaste en una botella. No puede terminar así.
—Ojalá terminara así —dijo Hambre mientras se secaba la lágrima.
—¿Qué pasó después?
—No me siento muy orgulloso de lo que pasó después.
Pero está bien. Te mereces el final. Después de todo, eres la primera persona que escucha esta historia —dijo Hambre antes de tomar aliento y hacer una pausa—.
Un par de años después mi espíritu salvaje no podía aguantar más, ni mi apetito.
Me había quedado con Dalhir por lealtad, pero la lealtad no te llena el estómago.
—¿Qué hiciste? No me digas que te comiste al viejo.
—¿Qué? Por favor, soy un diablillo, no un monstruo —dijo un ofendido Hambre.
—Perdón.
—Empecé a devorar todo lo que estaba a mi alcance.
Fui a una aldea cercana llamada Mystat y arrasé con su ganado y sus cultivos.
Cuando volví al templo, Dalhir estaba tan molesto que me metió en aquella botella mágica.
Pasaron varios días en los que estuve colgando en el laboratorio del viejo hasta que, un día, un muchacho golpeó la puerta y le dio una noticia.
—Señor Velderlend, hemos recibido un reporte de que en el bosque cercano han visto plantas humanoides. Todo encaja.
—Gracias. Muchas gracias. Sabía que Lun no me abandonaría.
—El visitante se fue luego de darle la noticia a Dalhir y este empezó a prepararse para salir. Lo vi por última vez colocarse su sombrero puntiagudo, esta vez para tapar su calva cabeza, y agarrar su bastón. Tenía una sonrisa en el rostro.
—¿Te vas? —le pregunté lo obvio.
—Es mi última oportunidad. No te preocupes, volveré y una vez tenga la semilla podremos iniciar tu rehabilitación.
—Si me dejas aquí y te vas, me matarán. Lo sabes, ¿no?
—Y estarían en todo su derecho.
—Dalhir...
—Maldita sea. Está bien.
—Entonces Dalhir me llevó hasta el árbol donde me encontraste y me dijo que volvería pronto. Pero nunca volvió. Y yo esperé...
—Deberías escribir un libro. Aunque no creo que la gente apruebe a un diablillo como autor.
—Y eso es todo, niña. Espero que lo hayas disfrutado. Ha llegado la hora de que me vaya —dijo Hambre alzando el vuelo.
—¡Espera!
El diablillo se detuvo y descendió brevemente.
—¿Ahora qué? Necesito comer.
—Cuando hicimos el pacto dijiste que habías hecho dos rituales. Quiero saber cuál es el segundo.
—¿No es obvio? Uno era cambiar de forma tú. El otro es cambiar a los demás.
—¿En serio? Pensé que eran uno solo. Me siento estafada.
—No hay devoluciones.
Elara empezó a mover sus manos y miró a Hambre imaginando cómo se convertía en una oveja.
—Oye, no es gracioso —dijo Hambre tras cambiar a su forma original.
—¿Por qué no me cansa haber convertido a la bruja en mí o a ti en una oveja? ¿Cómo es posible que Dalhir haya mantenido ese hechizo sobre ti por tantos años sin desangrarse?
—Digamos que ambos hechizos se rigen por leyes diferentes. Ahora me marcho. Buena suerte en lo que sea que quieras hacer.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Primero, a encontrar algo para comer y luego, quién sabe, quizá me dedique a cumplir una promesa que le hice a un viejo amigo.
Tras este último intercambio de palabras, Elara y Hambre tomaron caminos separados.
El camino de Elara terminó llevándola a una cabaña llena de tarros de sangre y, en uno de sus extremos, se encontraba Cenizas, esperando amarrado.