El viaje del colibrí Capítulo 17
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Capítulo 17

Garrick Vinland

Tiempo después de su llamativa entrada por la fuerza a los caminos de Bearnia desde la gran puerta de Rúnica, Garrick encontró una bella casa de dos plantas, rodeada por arbustos y seis grandes árboles.

Garrick se dispuso a entrar luego de ver cómo el rastro de pisadas de un caballo terminaba allí sólo para encontrar dos cuerpos.

—Mmm... A este sujeto no lo mató un humano.

Luego de varios minutos examinando la casa, Garrick escuchó un rugido. Por su experiencia cazando monstruos, le pareció haberlo escuchado antes.

—Skarns. Los primos de los Scarks.

Garrick agarró su hacha y salió de la casa apresuradamente. La bestia estaba de vuelta en la escena del crimen. Pero tenía algo raro, una parte de su pelaje había sido quemada y, además, apestaba terriblemente a magia.

El Skarn se acercó a Garrick, pero este sin mucho esfuerzo lanzó su hacha plateada al cuello de la criatura, acabando finalmente con su vida.

El cazador de monstruos examinó nuevamente la quemadura en el pelaje del ser que acababa de decapitar. Más allá de las heridas mágicas, ningún arma lo había tocado, claro, hasta que él mismo cortó la piel para venderla.

—Estoy cerca.

Sin perder más tiempo, el hombre del hacha continuó su camino hacia una bifurcación con una señal de madera que decía Campo Verde hacia la derecha y Mystat hacia la izquierda.

—Una persona que comete crímenes no podría escoger mejor escondite que un pueblo sin leyes —dijo Garrick dirigiéndose hacia la izquierda.

De esa forma, el hombre caminó por horas hasta que el sol se escondió y finalmente vio a la distancia el paisaje del pueblo de Mystat iluminado por la luz de una gran luna en el cielo. Los caminos y carreteras de repente empezaron a deteriorarse luego de que leyera un cartel que decía:

Está saliendo de Rúnica, vuelva pronto.

En la entrada no hubo ningún tipo de control respecto a su ingreso a la ciudad. Lo primero que observó fue cómo un grupo de jóvenes sin camisa y descalzos se tiraban piedras de manera hostil. Garrick podía jurar que una de las rocas impactó en la cabeza de uno de ellos.

—Vámonos, ¡corran! —gritaron los jóvenes ignorando al forastero.

—¡Ayúdame, por favor!

—No tengo interés en meterme en sus conflictos.

—¡Espera!

Garrick siguió su camino, pero no pudo evitar sentir algo de lástima por el sujeto, así como sentirse abrumado por una música que sonaba intensamente.

¿Una fiesta?, pensó Garrick.

El ruido crecía. Ya no era solo una melodía, no era un solo ruido: venía de múltiples direcciones.

Extrañado, Garrick miró las casas que se encontraban a los lados de la carretera de barro por la que transitaba y encontró varias personas sentadas.

Ninguna parecía molesta por el ruido, pero él tenía que alejarse.

Finalmente, el forastero encontró un gran callejón que lo llevó a una zona menos ruidosa, donde encontró algo más interesante: guardias.

—¿Guardias? Pensé que aquí no había ley.

Los guardias se encontraban atendiendo un altercado entre dos hombres, ambos de piel oscura. Uno de ellos tenía apariencia de indigente y vestía un pantalón corto de un tinte ligeramente azulado; el otro iba vestido de blanco.

El guardia se detuvo, miró a Garrick un segundo y le dijo:

—Oye, tú, esto no es asunto tuyo. Lárgate.

—Tengo unas preguntas.

El guardia miró al hombre e inicialmente pensó en ignorarlo, pero tras ver su aura intimidante, el hacha plateada que llevaba a la espalda y lo que parecía ser la cabeza de un monstruo en una sábana blanca lo pensó dos veces.

—Mmm... Está bien... solo... espera a que terminemos aquí.

—Ey, respóndeme, ¿por qué hueles a mierda? —preguntó el enano que parecía estar a cargo.

—Huelo a mierda porque él me cagó los pantalones.

—O sea que no aguantó la...

—No, no, en serio, es como usted dice, señor enano, no aguantó.

Por eso es que yo quiero lo mío. Yo soy de las calles, señor, por eso es que yo me meto en esta vida.

Me contrató por sexo y no pagó, luego salió corriendo y tuve que perseguirlo.

Me dijo que tenía hasta un novio que podría darme el oro esta semana, pero yo le dije que no, que a mí me paga mis veinte monedas de plata ahora.

El otro hombre vestido de blanco se limitaba a llorar.

—Bueno ya, deja de llorar —le dijo el enano.

—¡Búscame mis veinte monedas de plata! ¡Eso es lo que quiero! —exclamó el otro hombre.

—Ya resolvimos aquí, llévenselo.

Una vez resuelto este altercado, el guardia de antes miró a Garrick y le dijo:

—Eh... Disculpa la espera y la escena incómoda. Ahora sí, dime qué quieres.

—A unas cuatro calles de aquí unos jóvenes apedrearon a otro. Supongo que necesita ayuda.

—Déjame adivinar, eres nuevo por aquí. Eso pasa todo el tiempo.

—Sí, estoy de paso en este pueblo. Me gustaría hacerles unas cuantas preguntas.

—Te voy a pedir que te detengas ahí, no somos un pueblo, somos una ciudad.

—En Rúnica dicen que...

—Me importa una mierda lo que digan en Rúnica —dijo el guardia claramente enojado por la declaración de que el pueblo de Mystat no era una ciudad.

—No te voy a responder ni una maldita pregunta, tengo que irme al cuartel a llenar papeles del caso.

El guardia se acercó al enano. Ambos se disponían a irse cuando escucharon el sonido de una cadena. Se dieron vuelta y vieron a Garrick mostrar un medallón. Una vez lo vieron, sabían que, por su bien, debían responder las preguntas.

—Tú eres... un... —El guardia tragó saliva y terminó lo que quería decir—. Eres uno de ellos.

—Así es. Veo que nuestro nombre sigue pesando aquí a pesar de los últimos acontecimientos.

—Discúlpenos. ¿En qué podemos ayudarle?

—Llévenme a su cuartel. Quiero que me respondan todas las malditas preguntas que tengo para que lo más pronto posible me pueda ir de este apestoso, maloliente, podrido y vomitivo pueblo. Agh, les juro que si paso un día aquí tendré dolor de cabeza el resto del mes.

Garrick guardó el medallón nuevamente en su bolsa. No le gustaba admitirlo, pero, cuando lo enseñaba, podía conseguir lo que quería la mayoría de las veces.

Los guardias estaban molestos, pero, por precaución, decidieron escoltarlo hasta un viejo cuartel que parecía estar cayéndose a pedazos. Sabían que ese tipo de gente significaba problemas y preferían ayudarlo a irse pronto y evitarse las molestias.

Dentro del cuartel no había muchos guardias: podían contarse al menos una docena. Todos estaban ocupados afilando sus armas o escribiendo pergaminos.

—Señor... este, no sabemos su nombre —dijo un guardia, que aparentaba ser el más joven del cuartel.

—Garrick Vinland —dijo el enano antes de que el mismo Garrick pudiera responder por sí mismo.

Luego de pronunciar su nombre, las expresiones de los demás guardias cambiaron de precavidas a aterradas.

—No pensé que fuera tan famoso.

—Por favor, tu nombre era cantado en las tabernas. Se contaba tu historia a los niños hace unos diez años. El guerrero que mató un dragón… Pero a mí no me afecta, me limpio el culo con tu nombre y con tu título —dijo el enano escupiendo en el suelo.

Garrick estiró sus brazos y tronó su cuello y, como si estuviera en su casa, decidió sentarse en un pequeño banquito de madera al cual le faltaba una pata. Miró al enano con una sonrisa sutil y dijo:

—No era un dragón, solo era un basilisco. Los bardos exageran cualquier cosa para ganarse el pan.

—Tiene sentido, no he visto un dragón en siglos. Aunque dicen que uno vive en el norte, en Morne. Pero es solo una leyenda.

El enano se rascó la gris y larga barba, agarró una taza de su escritorio y le dijo:

—Alto capitán Thrain Forjamontañas, ese es mi nombre. Ahora dime, Vinland, ¿qué preguntas tienes?

Durante todo el tiempo que Garrick había seguido a los guardias, aún podían escucharse los distintos ruidos fuertes en las calles, por lo que su primera pregunta fue:

—¿Qué demonios es todo ese ruido ahí afuera?

Todos en el cuartel se echaron a reír del supuesto «matadragones». Parecía que había contado un chiste, uno muy bueno.

—Disculpa, disculpa —dijo Thrain.

Garrick los miró a todos con una expresión dudosa y aprovechó para quitarse el sombrero y dejar la cabeza del Skarn en el suelo.

—Respóndeme.

—No es más que un hechizo musical muy fuerte. Llegaste al final de la semana y la gente siempre tiende a conjurar música de todos los tipos mientras se emborracha hasta el amanecer, una tradición copiada de los enanos, si me lo preguntas.

—Utilizamos el pico de aves cantoras y un mago enano se encarga de conjurar canciones que recuerde haber escuchado para que las repita una y otra vez.

—Naturalmente, como esos barbones viven mucho, tienen un gran repertorio —replicó otro guardia.

—¿Fueron a atender al herido por la piedra que les dije?

—Envié a dos guardias, pero te juro por mi barba que ya debe estar muerto. Si entras a ese barrio en la noche, te van a tirar piedras. Todos lo saben.

—Pensé que Mystat no tenía guardias, que era una cloaca sin ley.

—Lo era, hasta que el rey Polroc me envió aquí. Pronto no será tierra de nadie, será otro pedazo más de tierra para los Polroc.

—Polroc... ¿El terrateniente corrupto?

—Ese mismo, no nos quejamos, roba, pero hace. Una vez esto sea de él, es probable que se construyan carreteras.

—¡Y parques!

Nuevamente todos los del cuartel soltaron una carcajada.

—¿Por qué los enviaron aquí? ¿Qué busca Polroc en estos lados?

—Estamos peleando contra una criatura, un Vile vine que vive en un bosque entre Mystat y Campo Verde.

Los Vile vine no eran muy frecuentes en el mundo. La mayoría de los avistamientos habían sido descritos en Tianzhou. Garrick estaría encantado de agregarlo a su lista de bajas. Pero no era lo que había venido a buscar a esta tierra perdida.

—¿Tienes más preguntas? Sabes muy bien que el crimen no descansa.

—¿Me darían algo por ese? —Garrick señaló la cabeza del Skarn.

—Solo las gracias. Mira este cuartel, se está cayendo a pedazos.

—Un pueblo que tiene para alcoholizarse hasta el amanecer al final de cada semana, pero no puede aportarle a la guardia para mantener en pie su cuartel. Lo he visto todo.

—Son tiempos difíciles, las cosas están duras.

—Siempre lo están.