Capítulo 16 #2
—Lo siento por esa falta de clase. Es que simplemente no soporto cómo esas alimañas se atreven a poner un nido en la casa del señor.
Elara lo entendió inmediatamente, esta mujer era poderosa, la magia de sangre de trueno era sumamente extraña. Incluso en el pasado, cuando la magia de sangre era enseñada libremente, no había muchas personas que practicaran el ritual adecuado para dominarla.
—Aquí tienes. —Elara se quitó la capa y se la entregó a Isolde, que no tardó en colocársela.
—Esta capa tuya es especial, ciertamente. La tela no parece de Bearnia.
Espero que ahora no se antoje de mi vestido, pensó Elara.
—De ahí viene mi segunda pregunta y quiero que seas sincera si no quieres acabar como ellas. —Isolde señaló a las ratas—. ¿De qué tierra nos visitas?
—Mazavid.
—¿Y qué demonios hace una mazaviana acá? Desde que empezaron a venir los tuyos hay muchos más monstruos en los caminos.
—Es un reino en guerra, así que deberían esperar mucha más gente de allí pasando por acá. Aunque viendo la forma en la que tratan a los visitantes no creo que los monstruos de Bearnia sean el mayor de sus problemas.
Isolde se levantó rápidamente y le dio una cachetada a Elara, que se llevó la mano derecha a la cara para asimilar el dolor.
—Tú limítate a responder lo que quiero. No pedí tu opinión sobre los defectos de mi país. ¿Qué viniste a hacer aquí?
—Vine a visitar un lugar llamado tierra de Lun. Voy a encontrarme con alguien allá.
—¡Silencio! ¿Cómo te atreves a pronunciar el nombre de ese dios falso en la casa de nuestro señor? Debería matarte de una vez.
Elara frunció el ceño.
—¿Qué fue eso? ¿Ira?
—Solo estaba dándote la respuesta que querías.
—Está claro que esto no está funcionando. ¿Sabes qué? Te daré algo de confianza. Puedes preguntarme lo que quieras —dijo Isolde sonriendo y tocando la capa negra.
—¿Por qué todas están embarazadas si no hay hombres?
—Sí hay un hombre, el más confiable de todos. Nuestro dios.
—¿Me estás diciendo que un Dios las embarazó?
—Así es, cariño. Nuestros cuerpos fueron considerados dignos para traer de vuelta su estirpe a la existencia.
—Impresionante —dijo Elara genuinamente sorprendida.
—¿Cuántos meses de embarazo llevan?
—Unos dos meses. No falta mucho.
Elara observó el vientre de Isolde. Era evidente que parecía un embarazo en el inicio de su tercer trimestre. Era... antinatural.
—Lylia obviamente quiere deshacerte de ti, pero yo, como soy buena, te daré otra alternativa.
—¿Cuál es esta alternativa?
—Trae al mundo otro hijo de Thuron.
Elara se detuvo y miró nuevamente la estatua de piedra. Podía jurar que la expresión del tal dios se había convertido en una sonrisa.
—Yo... No, gracias.
—¡Tú! ¿Cómo te atreves a rechazar semejante regalo? Debería matarte de una vez.
Isolde Benéfica se levantó y preparó su mano para lanzar un potente rayo, pero, en el momento menos apropiado, volvió a sentir las fuertes contracciones, que la obligaron a llevarse las manos a su abdomen globoso.
—Tomaré de vuelta esto —dijo Elara agarrando la capa.
—¿Quién mierda crees que eres?
—Yo también tengo mis trucos.
Elara encendió una potente llama que salió disparada con una fuerza desmedida y atravesó el tórax de la mujer, dejando un agujero perfecto.
Isolde no dijo nada. Solo empezó a arrastrarse hacia la estatua de Thuron y apoyó la espalda en ella, pero no fue hasta que su vientre reventó que Elara sintió ganas de vomitar por el desastre que había causado.
Angustiada, y con algunos restos de Isolde encima, Elara se sentó en el suelo y empezó a llorar.
—Eso fue bello, niña —dijo el diablillo.
Elara miró con incomodidad a Hambre y se quitó los restos de carne de Isolde del rostro con la mano limpia. No estaba para nada de acuerdo con el adjetivo que usó para describir la escena del crimen.
—Cálmate. No es para tanto. Ella te habría matado a ti si no hubieras sido rápida. Ahora lo que deberías hacer sería planear cómo salir de aquí. Si te ven saliendo sola como si fuera tu casa, sabrán que algo está mal.
—¿Qué?... ¿Qué sugieres?
—Si quieres salir de esta botella, deberías empezar por sacarme de la mía. Hagamos un pacto.
Elara miró el desastre nuevamente. El cuerpo de Isolde estaba tirado junto a la estatua. El vientre, sorpresivamente, vacío. No había feto. No había nada. Solo un gran cráter en lugar de abdomen y otro en el centro del tórax.
—¿Cómo podría escapar de esto?
—Hagamos el pacto. Te daré poder.
—¿Qué quieres a cambio?
—Me dejarás comer, saciar esta... hambre. Y además ya sabes que no me gusta comer humanos. Digo, solo lo menciono para que tu moral no te impida aceptar semejante trato.
—Quiero algo más, prométeme que no me harás daño, diablillo.
—Lo prometo. Si el pacto es incumplido explotaré como el vientre de esa mujer.
Elara se secó las lágrimas y con determinación abrió la botella.
—Soy libre finalmente. Maldición, por las barbas de mi abuela, qué bien se siente.
Hambre no perdió el tiempo y devoró las ratas que Isolde había matado previamente.
—Mmmm. Creo que esos rayos las cocinaron a un punto perfecto.
—¿Y bien?
—Cierto, cierto, no te preocupes, niña. Toma asiento.
Elara hizo caso al diablillo. Tomó asiento y vio cómo este subía hasta su cabeza y, con magia cruda, empezaba a tallar una inscripción en el cerebro de Elara.
—Listo, ya está. Desbloqueé dos poderosos rituales para ti. Recuerda: el límite es ocho. Así que si aprendes más que esos no vayas a llorarme cuando mueras y termines en el abismo.
—¿Qué puedo hacer ahora?
—Toca a la muerta.
Elara se acercó al cadáver de Isolde y sacrificó sangre para activar la inscripción nueva en su cerebro. Procedió a tocar a Isolde y pudo sentir que su cuerpo era diferente.
Hambre chasqueó los dedos e hizo aparecer un espejo, el cual le mostró a Elara.
—Mírate, te ves idéntica a ella. La magia de sangre perdida del cambiaformas. Sin embargo, no puedo ayudarte con eso —dijo Hambre señalando el vientre de Elara que no había aumentado en tamaño.
—Podría rellenarme el vientre con algún mantel —dijo Elara con la voz de Isolde, acercándose a la mesa a agarrar uno.
—También deberías actuar más demente, solo digo.
—¿Y qué hacemos con el cuerpo?
—Ahí está la parte divertida. Imagina que la cambias a ella para que se parezca a ti.
Elara hizo lo que Hambre le dijo. En cuestión de segundos, el cuerpo en la estatua no era el de Isolde. Era ella.
—Esto se siente muy raro —dijo Elara al ver «su cadáver».
—Te acostumbrarás. Ahora, si me disculpas, me iré a saciar este apetito.
—¿No terminarás de contarme la historia?
—Rayos, es cierto —dijo el diablillo llevándose las manos a la cabeza.
Con una forma ajena, Elara alzó la cabeza y salió por la puerta.