El viaje del colibrí Capítulo 16
43%

Capítulo 16

Elara y Hambre

—Está bien, empezaré, así que préstame atención, niña.

Elara levantó su capa negra y tomó asiento en el suelo, recostando su espalda al árbol donde encontró al diablillo.

—Mi nombre es Hambre.

—Mmm, bonito nombre —dijo Elara, saboteando al narrador.

—Es hermoso, después de todo, es mi nombre —dijo Hambre, que no pareció haber notado el sarcasmo en su voz.

—Yo, Hambre, un día cualquiera, hace unos dos siglos aparecí en este plano de la existencia. No recordaba nada, o bueno, sí recordaba un par de cosas. Que debía comer para mantener mis fuerzas y que no quería volver al abismo. No soy una persona de climas fríos. Le hacen daño a mi piel.

El diablillo bostezó.

—Yo era un ser inocente. Lentamente me moví en la dirección en la que sentí la fragancia de la carne. Llegué a un lugar lleno de humanos. Debo admitir que me encantaba oír los gritos de temor de ustedes, especialmente de las hembras.

—¡Nooooo! ¡Aaaah! ¡Molly! —dijo Hambre, intentando hacer su mejor voz aguda.

Elara sacudió un poco la botella luego de ese comentario y, después de un momento de silencio, el diablillo continuó.

—Como sea, en esa aldea me divertí mucho. Pero, al contrario de lo que debes estar pensando, me comí solo lo que llaman vacas, unas ocho, y unas doce ovejitas. Muy buenas.

—¿Solamente ganado?

—Sí, probé un niño pequeño, pero me causó indigestión.

—El asunto es que yo era bastante grande, obviamente no cabría en esta botella tan apretada que estás viendo.

Me encantaba devorar todo lo que se moviera.

Luego me moví hacia otra aldea, volví a hacer de las mías, y me llené la panza.

Y así viví muchos meses. Me hice famoso al parecer.

Porque cuando me acercaba a las aldeas, la gente gritaba:

—Ahí viene Hambre, ¡corran! Ciertamente eran buenos tiempos. De ahí cogí mi nombre.

Elara intentó recordar lo que había leído sobre diablillos, pero sus recuerdos no estaban muy claros. Nunca fue su asignatura favorita.

—Un día, luego de la cena, llegó una muchedumbre con horcas, antorchas, lanzas y otras armas rudimentarias.

Finalmente iban a devolver el golpe. Por supuesto que con el tamaño que había conseguido no fue un problema deshacerme de ellos.

No eran dignos de oponerse a mí. Pensaba que los humanos tenían una ley, la del más fuerte o algo así.

Mientras Hambre seguía contando su historia, Elara agarró la botella y se colocó de pie.

—¿Qué pasó? —preguntó un sorprendido Hambre.

—Tengo que reunirme con alguien, así que iré andando. Tú sigue contando la historia, no pares —dijo calmadamente la hechicera, quien, aunque no quería admitirlo, se había interesado un poco en la historia del diablillo.

—Bueno, como iba diciendo, acabé con los humanos.

Y vaya que fue un error. Porque de ahí en adelante llegaba a las aldeas y un montón de imbéciles me daban la bienvenida con herramientas de granja.

Obviamente no me costaba enfrentarlos, pero era tedioso, yo solo quería comer, cagar y dormir. ¿Es mucho pedir?

—Ellos querían lo mismo seguramente, y tú les quitabas el ganado.

—Era eso o comérmelos a ellos, lo cual eventualmente pasó. ¿A esta región todavía se le conoce como Nygrat?

—Sí.

—Parece que Nygrat entró en decadencia porque a donde iba ya no había nada que comer.

Terminé comiéndomelos a ustedes, los humanos.

Con el tiempo hasta ustedes empezaron a escasear.

Irónicamente, no fue hasta que en una ocasión decidí echar una cagada en un lugar que conocían como Campo Santo que alguien hizo algo respecto a mí.

—Apenas terminé de abonarles las plantas, un hombre salió de algo parecido a un templo y me miró con una cara de desaprobación.

—El viejo vestía con unas ropas blancas, con ornamentos dorados y un sombrero grande puntiagudo. Llevaba un palo de madera para caminar. El condenado alzó la voz y dijo:

—Si te tragas el desperdicio que acabas de dejar en la terraza de la casa de Lun te voy a dejar darte la vuelta e irte con vida.

—¡Ja, ja, ja, ja! —respondí con una carcajada—.

¿Qué podría hacerme este humanito a mí, la personificación del hambre en sus tierras?

Levanté mi gran brazo para aplastarlo, pero el desgraciado detuvo mi ataque con su dedo meñique, dio una rápida vuelta, me agarró por la cola, me levantó y me tiró con una gran fuerza al suelo.

Luego me abrió la boca a la fuerza con su mano y pierna derecha y clavó su bastón entre mis fauces.

—Espera, ¿Tierra de Lun? —preguntó Elara—. Es el lugar que busco.

—Pues es justo donde estás —respondió el diablillo—. No me interrumpas, que voy por la parte en que cambió todo.

Elara empezó a caminar más rápido luego de recibir dicha información y el diablillo continuó hablando.

—¡Te lo imaginas! La humillación que me hizo pasar... Y estaba lejos de terminar. No podía hablar, intenté romper el palo con mis colmillos, pero no pude.

—No existe madera en este mundo más fuerte que la de mi bastón, bestia horrenda.

—El viejo se agachó, agarró mi mierda con la mente y la lanzó directo a mi boca.

—¡Ja, ja! Ahora era él quien se reía de mí. Estaba... derrotado.

—Para más humillación, quitó su bastón y con toda la paz del mundo dijo:

—Me llamo Dalhir Velderlend.

—Mi cuerpo sabía que no podía ganarle. Este humano era especial. Desprendía algo, no sé qué era.

—Cállate un momento —dijo Elara ocultando la botella tras su capa.

Elara llegó nuevamente a Campo Verde. Pero para su nula sorpresa, ni Red o Cenizas estaban cerca.

No me esperó. Bueno, supongo que es mi culpa por distraerme escuchando la historia de cómo un mago forzaba a un demonio a comer su propia mierda, pensó Elara.

—¡Oye! No he terminado —dijo Hambre detrás de la capa.

Elara notó que en la aldea no había ningún hombre, justo como cuando llegó con Red. Algo parecía estar cocinándose en las calles. Mujeres de todo tipo habían formado un gran círculo. Lo único que todas compartían era un gran vientre; tenían que estar alrededor de los seis meses de embarazo.

Algo no cuadra, pensó Elara. Ninguna estaba así cuando llegamos.

De repente, una de ellas, que curiosamente llevaba puesto un gran sombrero puntiagudo de color negro, alzó la voz:

—Hermanas mías, el señor Thuron nos ha sonreído hoy.

Hemos sido bendecidas por su eterno resplandor.

Saben que él me ha hablado antes, que comparto su visión para estas tierras olvidadas.

Él es el único rey que necesita nuestra gente.

Conocerán el castigo los impuros, los herejes, los infames y los ignorantes de su gracia.

Después de esperar tanto tiempo, ha enviado a su campeón, como lo prometió.

El hombre que cabalga a lomos de un caballo plateado y apesta a magia que mencionó.

—Maestra Lylia, ¿está segura de que es el campeón?

—Entiendo que tengan sus dudas, pero conseguir el corazón de esa criatura es una tarea que ningún mortal común superaría. Si regresa, lo hará con su marca.

Las mujeres se miraron unas a otras asintiendo.

—Y con la marca y el corazón tendremos a nuestro hermoso niño, nacido de la sangre —agregó Lylia.

¿Hablan de Red?, pensó Elara.

—Oye, déjame ver —susurró Hambre.

—Cállate —respondió Elara escondiendo más la botella dentro de su capa.

—Hermana, acércate —exclamó una mujer bastante alta al escuchar a Elara e inmediatamente después los ojos de todas las mujeres que formaron el círculo se posaron sobre Elara.

—Estás muy alejada a pesar de semejante suceso.

—No la reconozco —dijo otra mujer en la multitud.

—Maestra Lylia, ¿la conoce?

Lylia volteó sus ojos grises hacia Elara y dijo:

—No lleva el regalo en su vientre. No es una de nosotras.

Elara se quedó petrificada. En Mazavid se la llamaba bruja, pero, comparándola a ella, una estudiosa hechicera de una gran ciudad, con unas fanáticas religiosas de los rudimentarios campos de Bearnia, aquí podría considerársela un cordero listo para ser sacrificado en un altar.

—Llévenla a la capilla —dijo imperiosamente Lylia—. Escuchó demasiado.

Inmediatamente, la mujer alta se dispuso a atarle las manos a Elara. Pero otra mujer, con un cabello excesivamente largo, le hizo una seña.

—Déjeme llevarla a mí, maestra.

Por alguna razón, cuando la mujer abrió los labios, todas se mostraron incómodas.

Si me atrapan podría simplemente quemarlo todo. Pero necesito respuestas, pensó Elara.

La mujer de pelo largo se acercó a Elara y dijo:

—Sígueme, y no intentes nada gracioso.

Elara acompañó a la extraña hacia una capilla de múltiples pisos, muy bien cuidada, sorprendentemente vacía y silenciosa, y se detuvo en el centro del primer piso, donde había una estatua grande de un hombre delgado con orejas puntiagudas que extendía la mano.

—Muy bien, empecemos con lo más básico. Toma asiento.

Elara se sentó cuidadosamente para que no se cayera lo que sujetaba en su mano izquierda. La silla, a pesar de ser muy elegante, no era nada cómoda.

—¿Qué... necesitas saber?

—Las personas educadas empiezan con su nombre.

—Amara Redinton, sanadora.

—Mucho gusto, Amara. Mi nombre es Isolde Benéfica —respondió sonriendo—. Antes de que sigas, esa capa tuya es muy elegante. Creo que luciría mejor si la portara una mujer con clase como yo.

Elara no respondió. Aparte de su valor sentimental, la capa no era especial.

Sí, era mágica, pero solo para ser muy resistente y no arrugarse.

Para cualquiera solo era una simple capa negra para abrigarse y que cubría su vestido rojo casi completamente.

Pero en ese preciso instante era el material perfecto para esconder al diablillo de la botella.

Tenía que pensar rápido en algo antes de que Isolde se la llevara.

—Vamos, dámela.

Justo entonces, un pequeño grupo de ratas salió de la puerta que llevaba al sótano. Huían como si la presencia de un depredador hambriento estuviera debajo de la sala.

—Malditas, asquerosas, no se me escaparán de nuevo —dijo Isolde y se volteó por un momento.

Elara aprovechó ese milagro inesperado para colocar la botella debajo de su falda y pudo ver cómo el diablillo sonreía al verla en una situación difícil.

Por su parte, Isolde parecía haber perdido toda la calma y para sorpresa de Elara empezó a lanzar relámpagos desencadenados de sus manos, eliminando a las tres ratas inmediatamente.