El viaje del colibrí Capítulo 15
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Capítulo 15

Dal Bredes, el jardinero

—Cuidado con las raíces —dijo Red camino al bosque cercano.

El viento había empezado a calmarse. El clima era disfrutable.

Hacía mucho que Red no tomaba un trabajo remunerado.

Claro que ahora lo hacía bajo una identidad falsa y en una tierra lejana, pero las cosas no iban mal: cabalgaba a su querido caballo en un paisaje verde con el estómago lleno.

El único problema era que no había encontrado a Elara y había decidido completar el trabajo solo.

—¿Desde cuándo mi vida se volvió un completo desastre?

Viajar con piratas, pelear con monstruos y lunáticos asesinos...

Ahora esta anciana loca y avariciosa aparece y me dice: «Cuidado con las raíces»...

Y aun si tengo cuidado, la voz misteriosa me dijo que las cosas no van a salir como yo creo...

Quiero decir... ¿Qué es lo peor que tú crees que podría pasar?

Sus palabras eran escuchadas por Cenizas, que probablemente ya se había acostumbrado a escuchar al jinete hablar solo, pero que, por supuesto, no entendía ni una palabra ni respondería.

El sendero finalmente se acabó y, al final de este, había una pequeña cabaña descuidada, pero que desprendía humo por la chimenea.

Red bajó del caballo, lo amarró y recogió el bolso que siempre llevaba consigo.

Con un breve estiramiento de su pierna derecha, entró a la cabaña, pero no había nadie ahí.

Sin embargo, en la mesa encontró una hoja de papel:

Cebo de Vile vine:

● Vísceras de lobo

● Cuerno de gato-toro

● Sangre de virgen

● Globo ocular.

● Alcohol

Al echar un nuevo vistazo a las paredes de la cabaña, Red observó que había múltiples recipientes de cristal pequeños con un contenido rojo viscoso.

—Dudo mucho que ese «cebo» sirva —murmuró Red—. Pero por si acaso...

Red agarró un tarro de vidrio y salía por la puerta cuando escuchó:

—Alto ahí, rata.

Un hombre delgado, alto, de piel morena, despeinado y con patillas le estaba apuntando con una ballesta oxidada.

El hombre tenía algo que no encajaba, algo que los ojos reconocían antes que la mente.

Sus movimientos parecían demasiado tensos, casi salvajes, y sus brazos, largos y cubiertos por un vello oscuro y espeso, colgaban con una rigidez incómoda.

Incluso su rostro tenía proporciones apenas incorrectas; la mandíbula demasiado marcada, las orejas algo altas, la mirada inquieta de un animal que aún no decide si huir o atacar.

—Explica ahora mismo qué hacías en mi casa. Deja mi cebo en el suelo, las armas y esa mochila tuya, y puede que te deje ir.

Red obedeció a todo lo que el extraño solicitó, excepto por una cosa: no soltó su mochila.

—¿Qué pasa? ¿Qué tienes ahí?

—No es de tu incumbencia.

—¿Ah sí?

El extraño se acercó a Red apuntándole a la cabeza, pero Red no movió ni un músculo, ni siquiera detuvo el contacto visual con él.

—¡Abre la maldita mochila y muéstrame qué escondes o te disparo entre las putas cejas!

—Está bien.

Red abrió la mochila y el extraño pudo presenciar el misterioso color azul de la antigua llave mediana. Fue allí cuando bajó la guardia, y a Red solo le bastó un segundo para desmarcarse y noquearlo.

—Mierda, me pasé.

Un tiempo después, el hombre se despertó atado a un árbol junto al sujeto del cual había intentado aprovecharse previamente y lo encontró sentado en su silla favorita.

—Vaya día —dijo el hombre atado.

—Bonito, ¿verdad?

—Desamárrame más bien, y te dejaré llevarte lo que quieras, hasta el cebo.

Red miró el cebo que había dejado descansando en el suelo junto a la silla y nuevamente miró al sujeto.

—Vamos a hacer algo: haremos como si nada de lo anterior hubiera pasado y nos presentaremos. Mi nombre es Dal Bredes, estoy cazando un Vile Vine —dijo Red antes de liberarlo.

El hombre miró a Red con una cara de incertidumbre, pero su mirada no era fija. Intentaba evitar el contacto visual.

—Mmm... eh... Me llamo Ondrej el Mico. Soy el dueño de esta cabaña.

—¿Mico? ¡Ja, ja, ja! ¿Por qué?... Aunque ahora que te veo sí pareces uno. No puede ser —dijo Red—. ¡Incluso tienes una cola!

—Cállate —dijo Ondrej con una cara seria.

—Está bien.

—¿Dijiste que ibas por el Vile Vine?

—Así es.

—Oh, en ese caso, llévate un cebo, pero, siendo honestos, espero que no acabes con él.

Red agarró el cebo y se detuvo.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué no quieres que acabe con él? ¿No temes que te mate un día de estos?

—No, esa cosa no se acerca tanto. Pero dime, ¿quién te mandó a matarlo?

—Una anciana en Campo Verde.

—Espera, espera. ¿Me dices que estuviste en Campo Verde?

—Sí... ¿Qué pasa?

—Qué raro, las malditas esas no dejan entrar a ningún hombre al pueblo.

Quizá no te vieron muy masculino. Antes quería entrar, pero no me hace falta, aquí tengo todo lo que necesito.

Gracias a todos los dementes que vienen a intentar matar esa bestia he ganado una fortuna, pero sí es un dolor de huevos tener que ir a Mystat cada vez que quiero comerciar —dijo Ondrej, que inmediatamente se dio cuenta de que había hablado de más.

—Pues yo entré tranquilamente, quizá no dejan entrar a los feos nada más.

Hubo un breve silencio.

—Pensé que Mystat fue conquistada por criminales.

—Lo fue, pero el rey envió a muchos guardias y aunque «ganaron», incluso ahora siguen combatiendo por el control del pueblo.

Hubo otro breve silencio.

—¿Respecto a esa llave azul?

—Sí, ¿qué pasa con ella?

—¿Qué abre?

—No sé.

—Se ve costosa, no me imagino lo costoso que debe ser lo que esté detrás de la cerradura. ¿Puedo tocarla?

—No.

Nuevamente hubo un último periodo de silencio.

—Bueno, ha sido un placer. Toma el cebo y déjame en paz, ¿quieres?

—Antes de irme quiero saber algo. ¿Este cebo sirve?

—Tiene mi sello de garantía. Te aseguro que sirve.

—Respecto a los ingredientes, ¿de dónde los sacas?

—Las partes de animal las compro en Mystat; los ojos, de los que mata el Vile vine; y la sangre, pues...

En ese momento, Red vio cómo Ondrej ocultó su mano izquierda detrás de la espalda, pero este no fue muy rápido, lo que le permitió apreciar las marcas de múltiples cortes en el antebrazo.

—La sangre de virgen... Claro.

—¡Ey!

—Ja, ja, no me sorprende.

—Está bien, la saco de mí. Eso me ha traído una fortuna. Ya verás que algún día tendré mi propia casa en Rúnica, alguna mujer se antojará y me casaré con ella.

—Un sueño muy bonito el que tienes. Te diré algo. Acompáñame a matar esta cosa y te recompensaré.

—Ehm, ¿qué? ¿Para qué quieres que te acompañe? No sé pelear ni nada de eso.

—Pareces un buen rastreador de esta cosa y se ve que sabes evitarla para buscar los ojos.

—No lo sé... ¿cuánto me pagarás?

—Trescientas monedas de oro.

¿De oro? Maldita sea, eso son como... muchos cebos, pensó Ondrej.

—Pero... y... ¿qué me asegura que tú eres distinto a los otros que lo intentaron?

—Nada.

—¿En serio? ¿Tienes algún deseo de muerte o algo así?

—Digamos que tengo un carisma que quema —dijo Red, encendiendo una llama en la punta de su dedo índice derecho.

—¡Magia! Jueputa, y de fuego. Tenemos a ese bicho. Enseguida nos vamos, nada más déjame buscar algo.

—Espera, ¿puedo dejar mi caballo aquí?

—Eh, claro...

Luego de unos cinco minutos, Ondrej salió de la cabaña con una mochila, la ballesta oxidada y un arma extraña.

Unas tijeras muy grandes. Red había estado en muchas partes y había peleado en varias de ellas, pero nunca vio a alguien usar unas tijeras como arma, aunque claro, este no era un enemigo común.

—Qué tijeras tan geniales —dijo Red.

—Me alegra que te gusten. Tú eres el que las va a usar.

—¿Qué?

—Necesito que practiques con ellas. Tú eres el que las va a usar.

—¿Y para qué?

—Me doy cuenta inmediatamente de que no eres de Bearnia. ¿Acaso sabes qué es un Vile vine?

—Para eso estás tú, para que me expliques todas esas cosas. Pongámonos en marcha.

Red y Ondrej se adentraron más en el bosque. Cada cierto tiempo, el viento meneaba las ramas de los árboles y se veía uno que otro venado. Si pudiera acabar con el monstruo, se convertiría en un pequeño burgués. Podría tener... alternativas.

—Oye, ¿me recuerdas tu nombre?

—¿Qué? ¿Ya se te olvidó? —respondió Red.

—Sí.

—Dal Bredes.

—Ah, cierto, cierto. Bueno, Dal. Te aconsejo que no confíes en mi memoria. Es pésima para la mayoría de las cosas. Probablemente no recuerde esta conversación nuestra en unos meses.

—Me estabas contando sobre el monstruo.

—Ah, sí, los Vile vines son criaturas raras, no son de Bearnia, pero aparentemente esta habita estos lares desde hace siglos.

Me leí tres libros sobre los monstruos y son definitivamente mis favoritos.

Son algo parecido a un hombre planta. He escuchado que, a pesar de que tienen características humanoides, en realidad no son más que una semilla extraña que toma el control de un huésped.

Imagínatelo como si fuera un bicho pequeño que toma un cuerpo como una marioneta.

Pero no acaba ahí, el títere al que llama cuerpo adquiere capacidades especiales, se puede estirar, tiene sentidos mejorados, es fuerte y resiste mucho daño.

—¿La persona dentro sigue consciente?

—No sé. No dice nada en los libros. No querría ser ese pobre demonio, en cualquier caso.

Bueno, ¿por dónde iba?. El Vile vine de por sí es peligroso solo, pero lo peor es su rebaño Y de ahí la importancia de coger los ojos rápido, porque es más fácil quitárselos al cadáver quieto que cuando ya es un títere.

—No me interesan los ojos.

—Habla por ti mismo. Esos ojos me ayudan con el negocio. Pero como estás a punto de clausurar mi negocio no tengo prisa en agarrar ninguno.

—Continúa.

—Bueno, como te decía, son títeres, casi en el sentido literal de la palabra, hasta tienen un cordón.

El Vile vine le teme a algo: los rayos de nuestro sol, desgraciadamente para nosotros, estaremos en el corazón del bosque y, aunque sea de día, puede sentarse y esconderse en una sombra mientras sus títeres te atacan.

Ellos son sus ojos y sus oídos. Si uno te pilla, todos lo harán.

—Mencionaste un cordón. ¿Para eso es la tijera?

—¡Correcto!

—Bueno, creo que sé lo suficiente.

—Dime, Dal, ¿de dónde eres?

—Soy de Mazavid.

—Vaya, la tierra bendita, ¿eh?.

—No tanto.