El viaje del colibrí Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Red se levantó de la silla y se dirigió a la salida, pero la anciana se levantó y lo agarró por el antebrazo. Sus manos eran frías y arrugadas, pero el metal de sus anillos era aún más frío.

—¡No, espera! Podemos llegar a un acuerdo.

—Tus manos me muestran que tienes más que de sobra para pagarme.

—¿Por qué pides tanto? Con dos mil podrías comprar una casa en el barrio de los enanos en Rúnica, y ya sabes lo que dicen de los que viven ahí —dijo la anciana riendo con lo último.

—Mis intereses van más allá de eso. Además, los impuestos allí son carísimos y no podría disfrutarla. Cazo monstruos, ¿recuerdas?

—Es un buen punto.

La anciana soltó a Red y le dijo:

—¿Y a qué monstruo has matado tú, grandísimo cazador de monstruos?

—He matado Scarks, duendes, peces gigantes y a varios especímenes del más grande monstruo de todos.

Red hizo una pequeña pausa dramática y agregó:

—Humanos.

—Mmm, muy gracioso. Pero si enfrentaste un peludo de esos puede que seas lo suficientemente ágil.

Red miró a Marie con los ojos bien abiertos y asintió con la cabeza.

—Está bien. Te daré los dos mil quinientos. Pero no es solo matarlo. Quiero algo de la criatura y, si no me lo traes, no verás nada.

Red pensó que la anciana quería conservar algo del monstruo para colgarlo junto a los demás trofeos y dijo:

—Bonito pasatiempo que tienes, ese de decorar... Está bien, ¿qué quieres que te traiga?

—El corazón —dijo Marie mientras bajaba la vista, como si le diera vergüenza.

Red abrió la puerta principal y agregó:

—Es un trato... ¿Tendré alguna clase de apoyo? ¿Los hombres partieron hace mucho?

—¡Jah! ¿Estás bromeando? Tú eres el apoyo, hijo. Si encuentras a alguno en el camino seguro te ayudará.

Red se dirigió a la salida y cuando estuvo a punto de cruzar por la puerta la regente agregó:

—Una cosa más, Dal. Cuidado con las raíces.

Red volteó su cabeza y asintió. Luego se dirigió a donde dejó a Cenizas, lo desamarró y se montó. Avanzó un poco hacia el centro del pueblo, pero Elara no estaba por ninguna parte.

¿Dónde se metió ahora?, pensó Red.

Elara no estaba cerca. Su curiosidad la había llevado a un extremo del pueblo.

En este había un atractivo pero misterioso camino, parecido a uno del que escuchó en una historia donde unos niños se perdían y terminaban en la casa de dulce de una bruja Solo que ella técnicamente era una,

su nariz no era fea y aguileña como la de esa historia y no podían existir las casas de dulce: las hormigas las devorarían.

Al percatarse de lo mucho que se había alejado, la hechicera se dispuso a regresar, pero de repente escuchó unos gritos. No eran gritos de horror, eran gritos de alguien pidiendo ayuda.

—¡Ayúdenme! ¡Que alguien me saque de aquí! ¡Por favor!

Elara volteó la mirada en múltiples direcciones. Lo único que podía ver eran árboles.

—¿Dónde estás?

—¡Ayuuuuda!

Parece que no me escucha, pensó.

El viento soplaba fuerte y las hojas de los árboles sonaban como una canción espeluznante, pero Elara empezó a escuchar más cerca la voz.

—¡Sáquenme! ¡Me portaré bien, lo juro!

Finalmente, Elara llegó a un árbol alto, grueso y amarillo, pero no podía ver a ninguna persona.

—¿Una persona atrapada en un árbol? Esto no tiene sentido. ¿Es magia de sangre?

—¡Ayúdenme, lo siento!

—Esa voz viene de...

En ese preciso instante el viento se encargó de arrastrar una gran cantidad de hojas amarillas que cubrían el suelo y allí fue cuando Elara lo vio.

Atrapado en una botella estaba un ser extraño.

Parecía un diablillo: de piel roja, ojos ámbar grandes, chiquito, algo panzón, de orejas largas y levantadas, dientes afilados, alas medianas y un tamaño lo suficientemente chico para caber en la botella.

La hechicera se agachó y terminó de quitar las hojas de encima.

—¡Sí! Estoy salvado. Gracias, gracias, gracias. Finalmente.

—¿Me escuchas?

—Sí, qué alegría ser salvado por una dama tan majestuosa y amable.

Elara miró su vestimenta: un vestido rojo mazaviano oscuro de mangas largas adornado con bordados dorados similares a ramas de un árbol antiguo que ascendían por la tela.

Era un obsequio de Jeanne, junto con la elegante capa negra ribeteada en oro, encantada para nunca arrugarse y obsequiada por Red.

Las palabras del diablillo, aunque expresadas con una clara intención, solo habían contribuido a que a la joven hechicera se le subiera un poco el ego.

—Dime, ¿llevas mucho tiempo aquí?

—Sí, ha sido horrible, así que vamos, anda, sácame de aquí, te lo pido, por favor.

—Oh, pobrecito. En seguida te saco.

El diablillo pasó sus manos por la cabeza, simulando peinarse a pesar de no tener cabello. Luego lamió sus labios con su larga lengua morada y frotó sus manos, esperando el tan anhelado momento. Pero nada sucedió.

—¿Qué pasa? ¿Por qué no destapas la botella?

Elara rio fuertemente en la cara del diablillo y dejó la botella en el suelo.

—¡Ja, ja, ja! ¡Qué tonto eres! ¿De verdad pensaste que iba a sacarte de allí?

—Pues... sí —dijo el diablillo.

—Eres un diablillo. Seguramente alguien te encerró ahí porque te lo mereces. Si algo me enseñaron es que no vaya por ahí liberando a cualquier diablillo sospechoso que me encuentre en una botella.

—No, yo... no soy un diablillo. Soy un genio. Si me liberas, te concederé dos deseos.

—Los genios dan tres.

—Mierda.

—Veamos, cuéntame qué hiciste para estar encerrado ahí —dijo Elara antes de tomar asiento debajo del árbol.

—Sácame ya, maldita perra.

—Vaya, ¿qué pasó con lo de dama majestuosa?

El diablillo gruñó.

—Déjame adivinar: soy la única que ha pasado en años con las suficientes cualidades mágicas para escucharte y por eso tienes taaaanto miedo de que te vuelva a enterrar bajo ese árbol.

—Sí... —dijo el diablillo con una cara extremadamente triste, emoción sorprendente de ver en un diablillo.

—Entonces empieza, quiero toda la historia.