Capítulo 14
Campo Verde
I
Cenizas avanzaba lentamente. Cargar a dos personas y su equipaje era bastante para él, pero, cuando escuchó la palabra «llegamos», el animal sintió alivio, casi como si entendiera que podría descansar y comer.
Campo Verde era un pueblito precioso, lleno de árboles y flores, pero además tenía un poco de estilo urbano.
En el centro del camino, Red y Elara se encontraron con una gran plaza con un pozo en la mitad y una iglesia grande, demasiado grande para un pueblo tan remoto.
Las casas construidas a base de madera de fresno daban un ligero toque de historia de cuento de hadas al lugar y, desde la plaza, tres caminos apuntaban en distintas direcciones.
—¡Red, mira!
Red volteó su cabeza hacia la izquierda, donde Elara apuntaba a un colibrí verde que se movía sobre múltiples plantas.
—Bonito, ¿verdad?
—Sí. Creo que llevaba meses sin ver uno.
En la plaza caminaban varias mujeres: unas sostenían cestas de ropa o llevaban cestas de alimentos; algunas recogían agua del pozo; otras caminaban sin ninguna preocupación aparente.
—Anochecerá pronto. Deberíamos buscar dónde pasaremos la noche —dijo Elara a Red que no respondió.
—¿Red?
—Hay algo raro aquí.
—¿Qué cosa? Yo veo todo muy normal.
—Fíjate otra vez.
Elara empezó a analizar nuevamente la imagen que estaba ante sus ojos y se dio cuenta: no solo era el hecho de que todas las mujeres parecían estar embarazadas, sino también el hecho de que, excepto por un niño que jugaba a la distancia, no había ningún hombre en todo el pueblo.
—Ya veo.
El dúo llegó al centro de Campo Verde y, de repente, una mujer cuarentona, de talla baja, los saludó con una reverencia.
—Saludos, viajeros. Bienvenidos. Los invito a pasar la noche en mi posada. Les aseguro que no hay una mejor.
Inmediatamente, otra mujer, alta y con una cara ya arrugada, les dijo:
—No, vengan a la mía, es mejor que ese potrero que Nayka llama posada.
Luego, otra mujer, delgada y de cabellos rojos gritó:
—Cállate, Myriam. Tu posada es peor que un potrero. Parece una mazmorra.
—¿Cómo te atreves, maldita? —dijo la mujer que respondía al nombre de Myriam antes de propinarle una cachetada a la mujer de cabello rojizo.
Red y Elara permanecieron en silencio hasta que un niño escuálido de cabellos rojos, que no aparentaba más de diez años y vestía muy elegantemente, se acercó corriendo.
—¡Hugo! —gritó una mujer—. Te dije que tienes que estar impecable para la ceremonia. ¡Vuelve aquí!
Red miró a Elara con incomodidad y un poco de gracia en sus ojos Dio un pequeño movimiento a las cuerdas de Cenizas para que se moviera y dejaron atrás a las tres mujeres, que, al parecer, se habían olvidado del motivo principal de la pelea.
—¿Y qué opinas?
—No está tan mal —respondió Elara—. Pero no está en el mapa.
—Vharkol tampoco estaba en el mapa —dijo Red.
—Escojamos esa —dijo Elara señalando la posada mediana.
Red amarró a Cenizas y, tras descargar sus pertenencias, la pareja de forasteros entró a la posada.
—¿Por qué la mediana? Debimos averiguar cuál era la más barata.
—Porque tiene una ventana que apunta al este y me gusta despertarme con el sol pegándome en la cara.
—Podíamos escoger la barata y te daba un golpe suave para despertarte.
Esa noche ambos durmieron en la misma cama.
Debían descansar bien: mañana tenían que preguntarles a los locales sobre la dichosa «tierra de Lun».
Sin embargo, Red despertó en la madrugada para ver cómo estaba abrazando a su amiga.
Sigilosamente quitó el brazo con algo de vergüenza y, luego de varios minutos intentando volver a dormirse sin éxito, se sentó en una silla que tenían en la habitación donde encendió una vela.
—Mañana una mujer te prometerá una fortuna si matas a un monstruo. Sé lo que estás pensando, pero eso no saldrá como tú crees —dijo la voz incorpórea que no escuchaba desde aquella vez en Belén.
Red miró en todas las direcciones, pero no había nadie y, tras unos minutos, volvió a la cama y eventualmente se quedó dormido.
II
Al día siguiente, luego de comer un trozo de pan con huevo y agua, Red y Elara se encontraban en un callejón cerca de la plaza.
—¿Estarás bien si me voy a caminar un rato sola?
—Elara, por favor —dijo Red con un tono arrogante y sarcástico—. ¿Por quién me tomas?
—Por alguien que tuve que rescatar medio muerto hace unos dos meses.
—Estaré bien. ¿Recuerdas aquella vez hace tres años? «Yo no puedo morir, nada puede derribarme» —dijo con una sonrisa y una pose segura imitando sus palabras de aquel entonces.
—Más te vale.
Red vio a Elara alejarse lentamente y no pudo evitar pensar que la capa le quedaba muy bien, le daba clase, pero tapaba sus atributos. Elara se había convertido en una doncella muy bella.
Cenizas relinchó.
—¿Qué pas...?
Antes de terminar, Red notó la presencia de otra mujer, una mujer sumamente hermosa de pelo castaño y ojos grises que lo miraba con interés y que, a diferencia de las otras mujeres, no parecía estar embarazada.
—Hola viajero.
—Déjame adivinar. Vienes a ofrecerme que me quede en tu posada.
—¿Qué?
—Pensé que era la moda aquí.
La mujer puso ambas manos en sus caderas y puso una cara de duda.
—Lo ideal es que un caballero se presente a una dama primero —dijo la mujer mientras sobaba el hocico del caballo.
—Es lo ideal, pero yo no soy un caballero —dijo Red antes de sacar un tarro de la alforja y empezar a beber.
En ese instante Cenizas empujó la mano de la mujer con el hocico.
—Qué lástima, cómo ha caído en desgracia Campo Verde. Dime, qué eres entonces, si no tienes la decencia de presentarte por caballerosidad, al menos hazlo, considerando que eres solo un visitante aquí.
—Está bien. Dal Bredes, veintiocho años. Mucho gusto.
La mujer soltó una carcajada.
—Entonces, Dal, ¿qué te trae a ti, un no caballero, a Campo Verde?.
—El trabajo —mintió Red.
—¿De qué trabajas?
—Lo ideal sería que ahora tú me dijeras tu nombre.
—Ah, claro, disculpa. Me llamo Lylia. Soy... sastre —dijo la mujer, también mintiendo.
Red notó cómo la mujer le hablaba de forma seductora, había escuchado de una estrategia de asalto de las mujeres en estos tiempos: embriagaban al hombre, lo llevaban a la cama y le quitaban hasta la última moneda.
—Lylia, ¿de cuántos años?
—Es grosero preguntar la edad de una dama.
—Solo quería asegurarme.
—Ahora sí, dime, tu trabajo... —dijo Lylia, evadiendo la pregunta.
—Cazo monstruos.
Lylia miró a Red de arriba abajo y luego al caballo.
—Estás algo falto de equipo.
—No creas, tengo todo lo que necesito.
—No pareces alguien que haya matado muchos monstruos.
—Estás ante el asesino de cien duendes.
—Un duende. Necesitas un palmarés más imponente que eso.
—Oye, dije cien.
—Uno, cien... No es la cantidad, es la calidad.
—Claro, lo que digas. ¿Y qué quieres, Lylia?
—Deberías tomar el contrato por el Vile vine.
—Un monstruo local de Bearnia, supongo —respondió Red, pensando en las palabras que escuchó durante la noche.
—Correcto, señor Dal. Se inclinó y le colocó un dedo encima a Red. —Ve afuera de la casa del regente para más información, seguro que alguien como tú podría jubilarse con semejante recompensa.
Inmediatamente Red volvió a amarrar a Cenizas, no sin antes sacar la llave azul de sus alforjas y guardarla en su mochila. Volteó a mirar a Lylia, que, tras ver la llave, lo miraba como si se le derritieran los ojos.
—¡Lylia!
—¡Disculpa! —dijo la mujer, saliendo del trance.
—Te quedaste en blanco.
—No fue nada... Dime, ¿qué necesitas? —dijo la mujer nerviosa.
—Te pregunté cuál era la casa del regente.
—La más grande, es de ladrillos, imposible perderla —respondió Lylia.
Red llegó a la casa indicada, pero no encontró al regente, en su lugar había una anciana con una mirada perdida y un abrigo que cubría sus manos y pies.
—Oh, un visitante. ¿Qué necesitas?
—Yo, eh... vine a buscar al regente.
La anciana sonrió y dijo:
—¿Qué tal? Mucho gusto, jovencito. Me llamo Marie, la regente.
—Otra mujer. No es que tenga algo en contra de eso, pero pensé...
La anciana alzó su dedo índice y, con un gesto, calló a Red.
—Pensaste mal entonces. Ahora dime a qué vienes o podría echarte del pueblo por machista.
La expresión de la anciana cambió a una de molestia.
—Perdón, señora... Es solo que no he visto ni un hombre en su pueblo. Es... extraño.
La anciana se puso de pie. No podía medir más de metro y medio y, con una expresión nuevamente alegre y con ambos ojos cerrados, le respondió.
—Ah, claro. Es por eso. —Marie se acercó a un estante y agarró una jarra y dos vasos—. Toma asiento.
Red obedeció a la anciana y se sentó en una silla, la casa tenía una sala amplia con una gran mesa, la cual pudo haberse utilizado para celebrar festividades. Estaba hecha de ladrillos rojos y en sus paredes podían verse trofeos de distintos animales.
—Preséntate, joven.
—Me llamo Dal Bredes. Soy un cazador de monstruos.
—Oh, genial, nos caes como anillo al dedo.
La anciana luego procedió a sentarse junto a Red. Puso sus codos en la mesa y entrelazó sus manos, las cuales tenían todos los dedos ocupados de anillos. Luego ambos bebieron del líquido de la jarra, que era una especie de licor con sabor a manzana, extremadamente dulce.
—Respecto a los hombres del pueblo...
—No te preocupes, querido. Volverán, tienen que hacerlo. No van a dejar a sus mujeres y a sus niños aquí.
—Pero ¿y dónde están? —dijo Red luego de un sorbo de la dulce bebida.
—Se fueron a cazar el Vile vine. Volverán en cualquier momento.
Nuevamente la anciana le dio esa expresión alegre con ojos cerrados a Red y guardó sus dedos anillados en el abrigo.
—¿Vile vine? Nunca había escuchado de uno. Asumo que se trata de un monstruo local. ¿Cuánto pagan por él?
—Dos mil monedas de oro.
Red intentó disimular su cara de asombro y volvió a la realidad. Se trataba de una criatura que desconocía y a la cual todos los hombres del pueblo habían salido a enfrentar, y, por su brillante ausencia, probablemente ya estarían muertos.
—Dos mil quinientos —respondió Red.
—Ni en sueños.
—Está bien, entonces. Si ni en mis sueños tendré lo que pido, tendrás que seguir teniendo pesadillas con esa cosa. Gracias por la bebida.