Capítulo 13
Arribo a Bearnia
I
—Eso es todo, chicos. Terminamos. Estoy alegre de pisar tierra. Poder oler algo que no sea el hedor a mierda que desprenden ustedes. Aprovechen para buscar un lugar decente donde puedan darse un baño y díganles a esos dos que ya preparamos su caballo y nos veremos en la fecha acordada —dijo Charlos.
—Pero capitán, se fueron hace cinco minutos.
—Ni siquiera se despidieron... ¿Acaso dos meses ya no significan nada?
El puerto de Rúnica era un lugar altamente concurrido.
La cantidad de embarcaciones que pasaban al día superaba la media centena.
En estos tiempos, Rúnica era un paraíso para los turistas, pues se encontraba en el reino de Bearnia, único país del occidente que no se encontraba en guerra, pero últimamente los conflictos entre naciones no eran el mayor problema en el reino.
Una pareja de encapuchados montados en el lomo de un caballo gris llegó al muro de Verstat donde el encargado, Boris, los examinó con una gran cara larga desde los cabellos hasta las botas.
—Mmm, un hombre de cabello negro, corto y rasurado, nada particular, junto a una mujer pálida. Bienvenido a Rúnica. Ahora, no hace falta que me cuenten la historia de sus vidas, solo qué los trae aquí para ver si los dejo pasar.
—Mi nombre es Dal Bredes. Soy un cazador de monstruos. Ella es mi ayudante, Amara —dijo el hombre mientras señalaba a la mujer con el pulgar de la mano izquierda.
—Oh, claro, vienen en servicio de nuestro señor Polroc. Caminos seguros y todo eso...
—¿Y bien? —preguntó Dal—. Escuché que los cazadores de monstruos entran gratis.
—No lo sé, puede que... tenga que revisar sus papeles por lo menos unas cien veces más. El decreto de los cazadores de monstruos entrará en vigor dentro de dos semanas.
Al ver la dirección que tomó el guardia y que en el muro de Verstat las filas eran eternas, Dal se inclinó hacia el guardia y cuidadosamente soltó en su mano una bolsa con cien monedas de plata.
—Sí, sí, señor Dal, escuché que la región de Nygrat está hecha todo un cubil de bichos. Pasen, ya me cansé de ver sus caras.
En los caminos que llevaban al monte Nygrat se encontraban unas pocas aldeas de lo más encantadoras.
Mystat y Campo Verde eran las primeras, un par de asentamientos olvidados por el señor de Bearnia, Polroc, en los que, por causas desconocidas, la actividad monstruosa había incrementado desmesuradamente.
Dal, por supuesto, no era un cazador de monstruos y Amara, los únicos monstruos que había visto eran los humanos, pero sus experiencias en este último año les habían enseñado a defenderse.
—¿Por qué Amara? Es poco original —dijo Elara quitándose la capucha y dejando que el viento la despeinara.
—¿Funcionó o no? —respondió Red riéndose junto a Elara.
Montaron durante horas por los paisajes de Rúnica hasta adentrarse en la región de Nygrat.
No solo los prados eran hermosos: las casas, castillos, montañas, árboles, todo en Rúnica parecía sacado de un cuento de hadas.
Pero, inmediatamente al entrar en Nygrat, algo cambió, la naturaleza seguía siendo bella, pero no se observaba ni una persona.
Estaban frente a una llanura de verde perpetuo con solo un punto de interés, una vieja casa mal cuidada con las farolas encendidas y un pequeño bosque detrás.
—Creo que deberíamos acercarnos a preguntarle a los locales —dijo Elara.
—¿Preguntar sobre qué?
—Si hay algún pueblo cerca.
—Adelántate, una vez termine aquí enseguida voy contigo —dijo Red antes de empezar a alimentar a Cenizas.
Cenizas devoraba la avena incesantemente. Parecía que acabaría con todo su alimento de la semana a este paso.
—Ey, cálmate, cuando comes parece que hasta me fueras a comer a mí después.
El caballo claramente no respondió.
La casa era de dos plantas, rodeada por arbustos y seis grandes árboles, alzada con un mármol de origen incierto y una puerta robusta como un roble que extrañamente estaba entreabierta.
Elara abrió la puerta un poco y, al no ver a nadie, se dispuso a regresar hasta que un extraño ruido, similar al golpeteo de una rama sobre una ventana, captó su atención.
Elara siempre había sido muy curiosa y ante el escenario no pudo evitar mover lentamente la puerta.
La hechicera llegó a la sala y encontró a los dueños mientras eran devorados por una criatura parecida a un perro bípedo con patas de cabra.
¿Qué es esa cosa?, pensó Elara que inconscientemente había encendido una llama en su mano, lista para atacar a la criatura, hasta que pensó en que si decidía hacerlo, también quemaría la casa.
De repente, la criatura dejó de comer y empezó a oler, había sentido una presencia. La criatura olía algo, algo... sabroso.
—Skarn... ¡Skarn!
Elara salió y se escondió detrás de la puerta, sacó de su bolsa un cuchillo que le había regalado el viejo Fatuo unas semanas antes, lista para atacar a la bestia, pero su valentía se esfumó cuando la criatura se irguió alcanzando el techo que no era para nada bajo.
Elara corrió hacia Red, quien, a su vez, se dirigía a la casa cojeando.
—Espera —dijo una agitada Elara.
—¿Qué? ¿Qué pasó? Parece que hubieras visto un fantasma.
—Una cosa parecida a un perro.
Inmediatamente, el monstruo aulló y reveló su presencia y, como si de poco se tratase, saltó una de las cercas de la casa. La bestia se colocó en cuatro patas y empezó a correr hacia los dos, pero antes de que los alcanzara Red chasqueó sus dedos y la criatura huyó al bosque ardiendo en llamas.
—Tú pudiste haber hecho lo mismo. No entiendo para qué me necesitabas.
—Tienes razón... supongo que no quería quemar la casa.
Elara estaba decepcionada, una parte de ella deseaba, así fuera solo por unos minutos, poder bajar la guardia y ser protegida por alguien más. Pero Red era muy tonto para darse cuenta de ese tipo de cosas.
—¿Lo seguimos?
—No hace falta —dijo Red mientras amarraba a Cenizas en un árbol de la entrada.
—No pude evitar mirar ese andar tuyo, ¿estás bien? Esa rodilla derecha tuya no parece seguir tu ritmo, cojeas bastante.
—Sí, como sea. Busca algo de valor en la casa o información —dijo Red ignorando la preocupación de Elara.
—Te vendría bien distraerte un poco, no evites hablar conmigo —dijo Elara cruzada de brazos.
Red y Elara entraron a la sala de la casa. Elara empezó a buscar algo que pudieran aprovechar y Red examinó los cuerpos de las víctimas. Uno era un hombre delgado de mediana edad y el otro cuerpo era de una mujer que a simple vista no pasaba de los veinte años.
—Puede que hayan sido padre e hija —dijo Red.
Elara miró a Red y, molesta por su indiferencia allá afuera, continuó recolectando comida sin decir nada. No había nada en la cocina o sus gavetas, pero tras insistir encontró una manzana y un saco lleno de avena en un barril que inmediatamente le arrojó a Red.
—Avena.
—El único ganador de hoy ha sido tu caballo.
Red continuó inspeccionando los cadáveres hasta que al tocar los bolsillos del hombre encontró un pequeño libro que parecía ser una especie de diario o bitácora.
—¿Qué encontraste? —preguntó Elara mientras comía la manzana.
—Un diario del viejo. Parece que vivían en Mystat y se fueron porque una banda local se apoderó del barrio donde quedaba su casa hace dos años. Dice que en los últimos días sentía que algo lo acechaba, a él y a su hija.
—Entonces ya sabemos a dónde no ir primero —dijo Elara.
—Gracias Wallace.
—¿Wallace?
—El viejo, ese era su nombre —agregó Red—. Bueno, ya va siendo hora de que nos vayamos.
—¿No los enterramos? Sabes lo que dicen cuando pasan estas cosas.
—No tiene sentido, el perro que viste cavaría las tumbas. Aunque nos duela solo podemos aceptar que son su cena.
—Podríamos cremarlos.
—Muy arriesgado. El humo... Alguien indeseable podría verlo.
Red se colocó junto a ella y le dio una palmada en la espalda.
—No te preocupes. Por alguna razón tengo el presentimiento de que esa bestia recibirá su merecido más pronto que tarde.
—No sabía que ahora veías el futuro.
—Algo me lo dice —dijo Red seriamente, con algo de introspección, antes de sentir algo que no sentía desde hacía meses: el movimiento inquieto del medallón de colibrí que aún cargaba en su bolsillo izquierdo.
Me pregunto quién podría ser, pensó.
—Está bien. Me muero por ver si tu visión se hizo realidad cuando regresemos.
—Así será.
Tras varias horas, Red y Elara llegaron a una bifurcación en el camino donde había una señal de madera que indicaba que Campo Verde se encontraba a la derecha y Mystat, a la izquierda.
—Parece que la decisión es obvia, ¿no?
—¿Y qué tal si encontramos algo peor en Campo Verde? —preguntó Elara.
—Si Mystat está asediada de bandidos, es probable que alguno nos reconozca y no queremos problemas. ¿O tú quieres problemas?
Elara no dijo nada, simplemente agarró ambos extremos de su capa y se abrigó del fuerte viento que soplaba en Bearnia.
—Elara.
—¿Qué?
—Lo siento.
—Lo sé...
Red miró a Elara y, por un momento, pensó que venir acá por una voz que escuchó era una completa locura. Los últimos dos meses le habían hecho pensar en un futuro en el que tiraba la llave y escapaba con ella, y sabía que era tan débil que, de presentarse la oportunidad, la tomaría.
II
Ese mismo día, varias horas después, un hombre alto y atlético de unos cuarenta y tantos años llegó al puerto de Rúnica.
El hombre era blanco, pero tenía la tez bronceada de un trotamundos.
Su pelo y barba eran de un color rubio sucio y múltiples canas le daban un aire de experiencia.
Usaba un sombrero de cuero ennegrecido con forma puntiaguda y asimétrica, el cual le tapaba medio rostro y una indumentaria de tonos principalmente marrones, excepto por la coraza metálica de placas de color negro que cubría su tronco,
la cual era cruzada por correas de cuero que rodeaban el torso en diagonal y ayudaban a que tanto la coraza como el extraño palo alargado y el hacha plateada que el sujeto cargaba en la espalda quedaran bien fijadas.
—¿Tienes salvoconducto? —preguntó el vigilante de la puerta.
—¿Y para qué necesito uno? —dijo el extraño antes de sacar de su bolsa un pergamino entregado por la jurisdicción de Kala con una inscripción que decía:
Cazador de bestias, demonios y otros espantos.
El vigilante hizo una mueca con la boca, desvió la comisura de sus labios en todas las direcciones y respondió:
—Muy bonito el papel, pero sin salvoconducto no puedes pasar, marrano, vuelve al final de la fila y compra un salvoconducto. Solo te costará unas quinientas monedas.
—¿Y qué pasa si no quiero? —dijo el hombre con una cara de piedra.
—Entonces tienes cincuenta formas de resolver esto.
—Muy gracioso, ahora me dejarás pasar. Los anuncios dicen que los cazadores de monstruos entran gratis.
—Eso era hasta hace unos días, cuando cambió la ley.
El extraño podía sentirlo: el guardia estaba mintiendo y su sentido del honor no podía permitirle dejar que este idiota abusara de la gente.
—Leí el nuevo decreto que empezó a regir desde ayer y no dice nada, imbécil.
—Compañeros de la guardia, tenemos a un atrevido que quiere hacerse el listo, no importa que sea tan grande, no podrá con todos.
El hombre empujó al guardia y lo envió en dirección a la gran puerta. La multitud de personas en la fila no se metió. Solo observó.
Inmediatamente, todos los guardias sacaron sus armas: espadas, lanzas, arcos y ballestas. Todos, en todos los pisos de las murallas de la gran puerta, apuntaron al agresor misterioso.
—Solo he venido aquí por mi trabajo, déjenme en paz y no habrá heridos.
El silencio reinó por unos segundos en Rúnica hasta que uno de los novatos, por error, disparó su arco y acertó una flecha cerca del hombro izquierdo del extraño.
—Ya veo —dijo el hombre al ver la sangre brotar.
Todos los soldados estaban atentos a ver cuál sería el próximo movimiento del extraño, que, inesperadamente, se limitó a avanzar hacia Boris y lo levantó solo para tirarlo al lado opuesto.
—Así no estorbas.
El vigilante, humillado, miró al hombre con desprecio y dijo:
—¡Disparen a este maldito!
Los guardias soltaron una lluvia de flechas. La multitud de la fila empezó a sentir nervios ante la escena que estaba presenciando. Pero para sorpresa de todos los presentes el extraño esquivó con gran velocidad el ataque.
—Nunca me gustaron los arcos ni las ballestas. Afortunadamente, se han quedado obsoletos —dijo el hombre antes de agarrar el palo alargado de su espalda y, en un movimiento veloz, disparar a las siete cadenas que sostenían la puerta.
—Les presento el futuro, cortesía de Khorvalen.
Se llama rifle —dijo el hombre caminando hacia la puerta que ahora estaba entreabierta, pero un grupo de cinco guardias armados con lanzas intentó embestirlo solo para ver cómo el hombre agarró su hacha, cortó las puntas limpiamente,
dio un paso al frente y sacó de su bolsillo un medallón con forma de colibrí que alzó en el aire.
Los guardias se miraron unos a otros y, asustados, dieron tres pasos hacia atrás.
—¿Qué hacen? ¡Mátenlo! —gritó el vigilante de la puerta de Verstat, pero ninguno de los guardias obedeció.
Con la vía libre y aún sangrando, el extraño caminó hacia la pesada puerta y en un gran esfuerzo físico la movió.
—¡Imposible!
—No me sigan. La próxima vez no seré tan amable —dijo el extraño antes de alejarse caminando y desaparecer en el horizonte.