Capítulo 12 #2
—Espera un momento —dijo la cabeza de Damien en el suelo, la cual posteriormente fue recogida por su cuerpo y colocada de vuelta en su lugar—. Gracias por esperar —añadió, lanzándole un guiño a Ivar.
—¿Qué eres?
—Me llaman El vacío.
Inmediatamente, Damien formó una espada de piedra en su mano derecha y, con una velocidad impresionante, atravesó el pecho de Ivar.
—¡Nooooooooo! —gritó un impotente Red, viendo a Ivar enfrentar su final.
Frustrado y sin ninguna posibilidad de evitarlo, Red vio a Damien caminar hacia sus llaves azules, listo para llevarse ambas. Sin embargo, antes de tomarlas, el miembro del escorpión se dio vuelta y empezó a caminar en su dirección.
—Así es, siente rencor, odio, desesperación, miedo, duda, fracaso y pérdida...
Nada me gusta más que ver la caída de un héroe.
Incluso me dan ganas de dejarte vivo para enfrentarme a ti y ver si esto te enseñó algo.
Desafortunadamente, sigo órdenes de mi maestro y debo acabar contigo aquí mismo antes de que vuelvas a retrasar más su visión. Saluda a Lysif por mí.
Nuevamente, Damien formó una espada de piedra para acabar con Red de la misma forma que lo hizo con Ivar, pero al intentar atacarlo, sus golpes se encontraron con una especie de barrera invisible.
—Odio a los entrometidos —dijo nuevamente una voz incorpórea.
—¡Imposible! —exclamó sorprendido Damien mirando en todas las direcciones.
De repente, Damien Astaroth, «El Vacío», desapareció de la escena y la espada de piedra cayó al suelo haciéndose añicos.
Red estaba asombrado. No había palabras para describir lo que acababa de ver.
Ese alguien que lo protegía estaba más allá de la comprensión humana y se alegraba de que estuviera de su lado, pero su atención se centró en el cuerpo inerte de Ivar, quien llevaba colgando ambas llaves que tanta pérdida habían traído.
—No puedes levantarte, no te quedan aliados, lo perdiste todo, pero acabas de ganar una conexión conmigo. Quiero que me busques. Ve a la tierra de Lun en Bearnia y nos pondremos manos a la obra.
—¿Qué eres?
—Un enemigo quizá, un amigo posiblemente, un salvador o un destructor. Todo dependerá de cómo veas las cosas, pero ciertamente ahora mismo soy la «única» opción —dijo la voz con un tono condescendiente especialmente al decir la palabra única.
—Por cierto, te hice un pequeño favor evitando que esos espectros devoraran a unas cuantas personas y a ese caballo gris tuyo. Ahora agarra esas llaves y vete de aquí. El tiempo apremia. Estaremos en contacto.
De repente Red dejó de sentir la presencia de la voz incorpórea, justo a tiempo para que sus ojos observaran a Cenizas caminar por la cubierta del barco que abandonaba el puerto.
—Supongo que perdí el transporte —dijo Red.
—No sería la primera vez.
Sorprendido por escuchar una voz conocida, Red volteó y se encontró cara a cara con nada más y nada menos que Elara.
—Tú... viniste —dijo Red algo sorprendido.
—Lo hice —dijo Elara, agachándose para revisarlo.
—Llegaste tarde como siempre, Elara.
—Eso parece —dijo Elara, apreciando aún cómo varios soldados eran devorados por espectros.
—Qué desastre. Espera... ¿Dos llaves?
—Te contaré después.
—¿Tienes algún plan? —añadió Elara mientras le quitaba el polvo de encima a Red y conjuraba una ligera magia sanadora en su rodilla.
—Te diría que nos fuéramos en mi caballo, pero justo estoy viendo a esos piratas llevárselo.
—Puede arreglarse.
A continuación, Elara cargó a Red en su espalda, guardó las llaves en su mochila y se preparó para dar un gran salto por el aire. Sin embargo, Red la detuvo.
—Espera, dame las llaves.
Elara bajó a Red de su espalda. Su cara mostraba cierto asombro.
Quería ver qué se traía este entre manos.
Vio a Red agarrar las llaves y acercarse al cadáver de un hombre que sostenía una espada de acero enano de muy buena calidad.
Luego de sostener ambas llaves, las cuales a simple vista eran idénticas, Red tiró una al suelo.
Luego, registró los bolsillos del hombre y agarró lo que parecía ser un par de anillos de compromiso.
—Red... ¿qué significa esto? ¿Quién es ese?
—No te preocupes, esta es la nuestra —dijo Red en un tono serio mientras le extendía la llave con la mano a Elara.
—Deberías agarrar esa espada de ahí. Podríamos necesitarla.
La cara de Red mostró cierta incomodidad mientras negaba con su cabeza.
—No. Déjala con su dueño.
—Está bien.
Con un gesto amable, Elara invitó a Red a subirse en su espalda nuevamente.
Luego dio un gran salto y conjuró plataformas llameantes por el aire que le permitieron alcanzar el barco de Charlos, quien los recibió a ambos con toda la tripulación empuñando sus armas. Estaba claro que no eran bienvenidos.
—Ustedes dos, realmente no quiero dos personas que apestan a problemas en el Corsa.
—Tal vez, si no se hubieran robado a Cenizas, no te pediría que me llevaras —dijo Red señalando al caballo que de repente alzó las orejas, sacudió las crines y lanzó un relincho.
—¿Este caballo es tuyo?
—Así es.
Red miró la cubierta y pudo reconocer a varios habitantes de Belén entre los presentes.
—Sobrevivientes...
—No gracias a ti —dijo un niño que se encontraba a bordo del Corsa, Zaretino.
—No debería subir a bordo —dijo Mary.
—Silencio, es la voluntad de Galavan que viva y cumpla su misión —habló la mujer.
—Pero, Nyx, todos los que perdimos.
—No es particularmente de mi agrado, pero voy a respetar la decisión de mi padre.
Zaretino, molesto, agregó:
—Galavan fue el que nos metió en esto. Esa llave no era nuestra pelea. Si tan solo nunca hubieras llegado aquí...
—Zaretino —dijo Nyx.
—A la mierda Galavan y a la mierda el forastero. Me rehúso a viajar con él. He decidido quedarme y reconstruir nuestro hogar. Quienes tengan algo de valor en sus corazones síganme y dejen a este lunático solo.
—No creo que sea una buena idea, niño —dijo Duván.
—Y otra cosa, Red: algún día saldré allá afuera y te mataré.
—Te estaré esperando y hablaremos cuando llegue el momento —dijo Red, lo que hizo que el niño se molestara aún más.
Zaretino se lanzó a las heladas aguas del río Artus y, para sorpresa de la tripulación del Corsa, todos los oriundos de Belén, excepto Nyx y el viejo Fatuo, lo siguieron.
—Están dementes —dijo Caín.
—No los detengan —agregó Fred, el artillero del Corsa.
—Tener dos mujeres en el barco es de mal agüero, capitán —dijo Ramón.
—Mientras paguen de alguna forma, tomaré el riesgo.
Elara ayudó a Red a sentarse cerca del caballo y al darse vuelta se encontró a los marineros que previamente la habían encontrado en la bodega de pólvora.
—Ehh... mucho gusto, muchachos. Me llamo Elara Lordien —dijo con una reverencia sutil.
—Deberíamos encerrarte en un barril.
Mientras Elara seguía disculpándose, Charlos se acercó a Red y lo miró con algo de duda.
—¿Cuál es tu nombre?
—Red Blades.
—La señorita de allá me prometió una gran suma por llevarte a tu destino, así que dime: ¿a dónde te llevo? —dijo Charlos, señalando a la misteriosa Nyx.
—Vamos a Bearnia.
—No será un viaje corto. Tendremos que hacer varias paradas, evitar bloqueos...
—¿Cuánto nos tomará?
—Está por verse.
Y de esa forma el Corsa dijo adiós a Belén y al bosque antiguo de los elfos.
De vuelta en las ruinas de Belén, Vlak miraba fijamente su mano izquierda, ahora sin el dedo anular y el meñique tras intentar evitar que un espectro le arrancara la cara, cuando escuchó a Carlo y Alvier acercarse.
—Su majestad, la tenemos.
El rey agarró la llave y la inspeccionó de arriba hacia abajo y de un lado a otro.
Era el tesoro familiar. Inconfundible. Pero algo no parecía estar bien.
¿Y qué había ocurrido con el ladrón? ¿Acaso algún espectro lo había devorado?
La mente de Vlak Avid estaba inquieta por tantas dudas. Necesitaba a un experto.
—Se la llevaremos a Lurwyn.
Acto II