El viaje del colibrí Capítulo 12
35%

Capítulo 12

La «única» opción

En las delgadas corrientes del río Artus avanzaba a media vela El Corsa, un hermoso bergantín de velas negras.

Al mando se encontraba el capitán Charlos, un hombre carismático, un poco bajo de estatura y piel mestiza.

Se estaba quedando calvo, un detalle estético que encajaba a la perfección con una tripulación igual de poco destacable.

—Amigos míos, ¡canten algo! —exclamó Charlos apoyándose en la baranda de madera.

Sus hombres no esperaron. Las primeras palabras de la saloma surgieron entre carraspeos y el sonido del agua golpeando el casco:

Creí escuchar al viejo decir:

Déjala, Johnny, déjala.

¡Mañana te pagarán

y será hora de dejarla!

¡Déjala, Johnny, déjala!

¡Ooooh déjala, Johnny, déjala!

Pues el viaje es largo y los vientos no soplan

y es hora de que la dejemos...

Oh, el viento era horrible y el mar alto

¡déjala, Johnny, déjala!

Ella lo envió verde y no pasó nada

y es hora de que la dejem...

—¡Capitán Charlos! —gritó Duván, uno de los tripulantes.

Duván era tonto como una piedra, igual en estatura a Charlos, y con una cantidad similar de pelo en su cabeza.

Los marinos dejaron de cantar, algunos porque el trago les llegó al cerebro, otros porque Duván había interrumpido su concentración.

—¡Cállate, hijo de puta! —gritó otro tripulante molesto. Era Ramón, un hombre alto igual de tonto que Duván, quien desafortunadamente sufría una misteriosa enfermedad degenerativa.

—Pero déjalo terminar, hombre —respondió Alfonso, un hombre alto y delgado que era el único miembro de la tripulación con la inteligencia suficiente para ser el segundo al mando.

Charlos bajó las escaleras hacia la cubierta del barco, con una inquietud que lo invadía. Algo no andaba bien.

—¿Qué pasa, Duván?

—¡Escuché unos susurros, la nave está encantada!

Los hombres del barco, cuyas edades en su mayoría no pasaban de los treinta años, se rieron inmediatamente de él.

—Cierren la boca. Ustedes son igual de estúpidos —dijo Charlos seriamente, dejando a la tripulación en silencio.

—No creo que sea un fantasma, Duván... Pero puede que tengamos un polizón —dijo Alfonso.

—Espero que sea una mujer, je, je, je —agregó uno de los hombres.

—Tiene que ser un fantasma. El frío de esta visita es anormal. Quiero que busquen en cada rincón del barco y vuelvan con respuestas —dijo Charlos.

El trayecto por las corrientes del río no fue fácil, especialmente para un navío que transitaba un río tan estrecho, pero en un par de minutos El Corsa llegó a su objetivo, Belén, la aldea del bosque de los condenados.

Al acercarse al muelle, la tripulación soltó el ancla y alistó las armas. La aldea estaba totalmente a oscuras y los edificios destruidos. No podía ser nada bueno.

—Mierda, ¿invadieron Belén? —preguntó Alfonso.

—Eso no es posible. ¿Quién se metería hasta acá, además de nosotros, claro?.

Charlos bajó de su preciado Corsa con un grupo de diez marineros y les indicó a Alfonso y Duván que cuidaran la nave en su ausencia.

El capitán avanzó hacia la aldea y poco después las antorchas se apagaron.

Los hombres empezaron a buscar señales de vida, pero a excepción de un caballo gris no pudieron encontrar más que cadáveres de aldeanos y soldados mazavianos.

Los marineros dieron vuelta atrás, listos para regresar al Corsa cuando el sonido de un artefacto metálico disipó la gélida brisa y una pequeña luz flotante les permitió ver cómo una mujer vestida de negro guiaba a por lo menos una docena de personas a la embarcación.

—Es la hija del druida —dijo Charlos—. Regresemos todos al Corsa. Ella nos dirá qué pasó aquí.

Los marineros agarraron al caballo y se dispusieron a dar vuelta cuando dos destellos azules iluminaron la penumbra y el sonido de las espadas al chocar les hizo girar la cabeza.

Se trataba de dos personas. Un hombre con una espada de acero enano con dos llaves azules colgadas en su espalda y un hombre que llevaba una sombrilla rosa muy familiar para Charlos, colgada en la cintura.

—De todas las personas y lugares... No se acerquen.

—¿Qué sucede, capitán? —preguntó asustado Ramón.

—Mi antiguo... compañero de celda y viejo amigo.

Los hombres de Charlos estaban sorprendidos. El capitán Charlos no solía ser muy abierto a su pasado.

—Sea lo que sea que pasó aquí, no debemos llamar su atención. No tengo ganas de morir aquí.

—Ciertamente, preferiría morir rodeado de un par de tetas —agregó Ramón.

De vuelta en la nave, los marineros, liderados por Alfonso, investigaban la probable presencia del polizón.

—Cuando encuentre al polizón lo destriparé como un pescado.

—Así es, seguramente por eso siempre estamos cortos de provisiones.

—Silencio, ¿escucharon eso?

Alfonso sintió que el ruido venía detrás de unos cajones en la bodega de pólvora. Llamó a los hombres con una seña y susurró:

—Oye, tú, abre esta puerta.

A continuación, uno de los marineros lo miró con una expresión de duda y de molestia.

—Espero que no nos pongas a levantar estas cajas, esas mierdas pesan mucho.

—¿Y esperabas que yo lo hiciera? Ahora levántalas.

El marinero resignado abrió la puerta y, con ayuda de otros tres, empezó a empujar las cajas llenas de bolas de cañón. Luego de empujar una tras otra, llegaron hasta la pared para encontrarse con la sorpresa de que no había nadie.

—¡Sabía que no encontraríamos nada!

—Estaba seguro de que estaba aquí —dijo Alfonso.

Lentamente, una mujer pálida de cabello negro y ojos amarillos, con un vestido gris y una elegante capa negra ornamentada, salió detrás de la puerta y fue descubierta en pleno escape.

—Lo siento, chicos. Gracias por el aventón —dijo Elara.

—¡Es un fantasma!

—No, estúpido. Es solo una puta ladrona.

—Es muy pálida para ser solo una puta ladrona... y mira esos ojos. ¡Es una bruja!

Elara estaba molesta por sus comentarios, pero, sin perder el tiempo, salió corriendo a la cubierta, solo para ser seguida por los marineros, quienes se sorprendieron al ver a un grupo de sobrevivientes ingresando al barco que les impedía el paso.

—Bueno, mejor que esté afuera que adentro —dijo Duván.

—Ni una palabra a Charlos de esto —dijo Alfonso a los otros.

De vuelta en Belén, Red seguía arrastrándose, intentando ignorar el sonido de los soldados siendo devorados por espectros. De una u otra forma parecía inexistente para ellos. Ni siquiera uno se había detenido a olerlo. Parecía que algo o alguien lo protegía.

Finalmente, Red avanzó lo suficiente para presenciar cómo Ivar seguía peleando contra el miembro del escorpión.

—Ciertamente estaban planeando alguna artimaña. Es una lástima que yo estuviera aquí para ver lo que intentaban.

—Puede que tenga que silenciarte —dijo Ivar, quien cambió a una postura ofensiva.

—La verdad, estoy empezando a cansarme. Atácame con tu mejor golpe.

Ivar concentró su fuerza en ambos brazos y cargó hacia Damien con la hoja en mano.

Él cubrió sus puños de rocas y la detuvo.

Al verse en un aprieto, Ivar soltó su espada y posteriormente la agarró durante la caída.

Esto agarró desprevenido a Damien, que, antes de darse cuenta, sintió la hoja atravesar su corazón.

—Ahora vete al infierno, escoria —dijo Ivar antes de ver los ojos de Damien cerrarse y su cuerpo dejar de respirar.

Ivar cayó de rodillas agotado. La victoria le había costado, pero finalmente era suya.

Curiosamente, este había sido su oponente más difícil y, a diferencia de muchas de sus victorias, esta no tenía una medalla, premio, prestigio u honor más que su propia vida.

Mientras respiraba con tranquilidad vio cómo Red y una horda de espectros similares a los que devoraron a Elric se acercaban.

—¿Red? —preguntó Ivar, forzando la vista.

Con Damien abatido, Charlos y Ramón salieron del arbusto cercano donde se escondieron para hablar con Ivar. Los piratas aún estaban sorprendidos por el estado actual del lugar donde venían cada cierto tiempo a comerciar y a tomarse unos tragos.

—¿Quiénes demonios son ustedes?

Ivar empuñó la espada de nuevo.

—Tranquilo, amigo. Solo somos unos marineros que vinieron a comerciar. Soy el capitán Charlos, este es Ramón y ese de allá atrás es mi amado Corsa.

—Charlos, vámonos ya mismo de aquí —dijo un asustado Ramón.

—Te resumiré lo que pasó, pero antes te pediré un favor.

—¿Qué quieres?

—Sáquennos de aquí.

Red observó el triunfo de Ivar a la distancia. La batalla había terminado, pero no hubo ganadores. La cantidad de vidas inocentes que se perdieron no podía ser considerada una victoria. Sin embargo, el momento de alivio no duró mucho tiempo. El cuerpo inerte de Damien se había levantado.

—Hola, Charlos, sabía que nos volveríamos a ver algún día —dijo Damien

—¿Qué mierda? —agregó un horrorizado Charlos.

—Ivar... debo admitirlo, eres fuerte, pero esta pelea no se trata de fuerza. Una persona como tú, ignorante de los secretos del mundo, que pierde todo su tiempo practicando con un pedazo de metal afilado y defiende a los débiles no tiene lo que hace falta.

Ivar estaba sorprendido. Ciertamente, lo que estaba apreciando no era normal. Era algún tipo de proeza física que se escapaba a su entendimiento. Durante toda su vida, siempre había conocido y aceptado que ni la hechicería más efectiva y poderosa podía traer de vuelta a un ser muerto.

—Esta vez sí usaré mi mejor golpe.

Charlos y Ramón empezaron a correr dejando a Ivar a su suerte, por lo que nadie pudo presenciar lo que ocurrió aparte de Red.

Ivar se enfocó y concentró todo su cuerpo en lanzar el tajo horizontal más hermoso que se haya realizado en la historia de Azur y logró decapitar a su enemigo.

—Y esta vez quédate muerto.

Justo cuando Red estaba a punto de incorporarse, observó al cuerpo descabezado de Damien empezar a aplaudir. Con las alarmas internas disparadas, miró a los cielos temiendo una lluvia de rocas, pero nada ocurrió.

—Bravo, eso fue... hermoso. Mmm, me sacó una lágrima y también me sacó la cabeza.

Ivar no sabía qué hacer. Le había propinado múltiples golpes mortales a este hombre, o más bien a este ser, y todo era inútil. Era un hombre enfrentándose a algo más y su expresión lo reflejaba.