Capítulo 11
La batalla de Belén
I
No muy lejos de Belén, una gran cantidad de soldados reales se aproximaba a la fuente de un fuego cegador, al mando de nada más y nada menos que el rey Vlak, junto a su legión de autómatas de vertestita.
La cantidad de poderío militar era suficiente para romper la defensa de cualquier fuerte, pero lo que ninguno de los caballeros esperaba era combatir contra campesinos, marginados, espectros o monstruos.
—Sigan el fuego, obviamente sabemos quién lo causó —dijo el capitán Kurno.
Tras levantar su mano derecha todas las tropas avanzaron más rápido, incluso los autómatas. Cuanto más avanzaban, una niebla sombría los engullía y en el suelo, una cantidad ridícula de rocas podía ser observada.
Las tropas empezaron a avanzar en grupos de diez, cada grupo con un autómata. Pero lo alarmante para todos fue la falta de resistencia local. Lo único que encontraron fue un pueblo vacío, lleno de cadáveres agujereados y barro mezclado con sangre.
—Informen al rey. Hubo una pelea en este lugar.
—Me temo que no van a informar una mierda —dijo Mirzin con una sonrisa burlona. Sé encontraba encima del autómata sosteniendo lo que parecía ser una espada, pero era demasiado grande, pesada y demasiado áspera para considerarse una. Era más parecida a una gran losa de hierro.
—¡Fuego!
Inmediatamente Mirzin desvió los virotes a una velocidad impresionante, blandiendo su espadón como si fuera una espada recta.
—¡Imposible! —gritó Kurno.
El autómata movió su brazo para intentar quitárselo de encima, pero Mirzin dio un gran salto para esquivarlo y le quitó la cabeza de un golpe.
Los soldados estaban aterrados. Normalmente, un autómata cambia el rumbo de una batalla y este hombre extraño con una espada gigante había derrotado a uno por su cuenta.
Tras eso, Mirzin fácilmente despachó a los diez hombres, dejando vivo únicamente a Kurno.
El capitán empezó a retroceder hasta que finalmente cayó al suelo solo.
—¿Quién diablos eres?
Mirzin lo miró fijamente a los ojos, posteriormente enterró su espada en el espacio entre sus piernas y le dijo:
—No deberías estar preguntando eso. Deberías estar pensando cómo estos pobres demonios murieron bajo tu mando. Eres una mierda de líder. Quiero que vivas para que recuerdes ese fracaso. Yo no volveré a perder —dijo Mirzin, antes de golpearlo fuertemente en la cabeza y dejarlo inconsciente.
—Qué bueno que encontré un reemplazo, ¿no crees, Riga? —Mirzin blandió la espada.
De repente, una mujer medianamente alta, delgada, rubia y sonriente, vestida de negro de forma bastante provocativa, salió de su sombra.
—El señor Azam dio nuevas órdenes. Debemos irnos de este lugar de inmediato.
—¿Por qué? ¿Qué hay de la llave?
—La recuperaremos otro día. Algo malo va a pasar aquí pronto.
—Bueno, ya sabes qué hacer —dijo Mirzin antes de ser agarrado por Riga y ser transportado en una sombra fuera de Belén.
En el extremo noroeste de Belén, levantándose entre una pila de cadáveres, el anciano Galavan se puso de pie, solo para ver cómo un gran agujero se encontraba en el lugar donde normalmente iría su hígado.
—Esto no se ve nada bien —dijo Galavan adolorido. El anciano colocó su mano sobre la herida y al cabo de unos segundos, la herida se había cerrado y el dolor había desaparecido.
Galavan miró con sus ojos cansados el panorama desalentador: su gente muerta, su pueblo destruido y un gran ejército acercándose, lo máximo que pudo hacer fue curar a Barrett, que sorpresivamente seguía respirando y se encontraba a su lado.
Eso fue muy egoísta, ni siquiera tuve la decencia de morirme yo solo, pensó Galavan, quien inmediatamente empezó a soltar lágrimas.
El gigante Barrett lo miró confundido y dijo:
—¿Galavan? ¿Qué ocurrió? ¿Todavía podemos ganar?
—Aunque matemos a todos, ya perdimos.
Mientras los dos hombres conversaban, observaron a una mujer que salía de las sombras y evacuaba por portales a los miembros del escorpión que los observaban desde los tejados.
—Nos atacaron y ahora están huyendo... ¡Malditos!
Las palabras de Barret llegaron a uno de los agresores, Veroxia, tenaza izquierda del escorpión, a quien no le cayó muy en gracia ser llamado cobarde.
—Aquí estoy —dijo Veroxia saltando frente a ellos.
—¡Largo! —gritó Galavan, dándole un puñetazo muy fuerte, que lo llevó a atravesar varias paredes de hogares cercanos.
El general Carlo de Mazavid se encontraba cerca de la pelea y definitivamente no quería esperar más tiempo, por lo que, de entrada, envió a seis grupos de diez soldados y dos autómatas a acabar el conflicto, pero el druida tocó el suelo y este se abrió en dos,
haciendo que todas las tropas cayeran en un gran foso.
—Tchh —gruñó Carlo, que se vio obligado a entrar en la pelea.
El anciano tomó su bastón y empezó a golpear el suelo con este sin parar y pronto todos en Belén, incluso Red en el extremo sur, comenzaron a sentirlo: un terremoto.
Todos se tambalearon, los soldados se cayeron de sus caballos, las casas dañadas empezaron a caerse a pedazos, Riga salió expulsada de las sombras, todos perdieron el equilibrio, todos menos uno.
El rey desprendía un aura amenazante, sus pasos eran firmes y mientras todo su ejército hacía el ridículo, él salió por su cuenta.
—¡Su majestad! —gritó Alvier, incapaz de levantarse.
—Debo ir solo —dijo Vlak antes de tirar al suelo su capa real, saltar del carruaje y dirigirse al sur donde el fuego aún ardía.
Entre los temblores incesantes ocasionados por Galavan, alguien más consiguió ponerse de pie, un humillado Veroxia Estelar, impotente por no poder rivalizar con la magia del anciano del bosque.
—¡Riga! ¿Qué es esta magia?
—No lo sé, pero no está usando su sangre —respondió una perpleja Riga.
—Vámonos —dijo Riga antes de llevarse a Veroxia en un portal.
Galavan sabía lo que iba a lograr con todo el caos que estaba generando: centrar toda la atención del ejército en él para que nadie encontrara la llave.
Con una enorme parte de las tropas que Vlak llevó al bosque diezmadas, todo parecía indicar una gran victoria para el druida Galavan, pero inesperadamente una voz resonó con la intensidad de un trueno en toda la aldea.
—¡Levántense! ¿Acaso no son soldados de Mazavid?
De manera inexplicable los soldados destrozados, llenos de moretones y fracturas empezaron a levantarse renovados.
Galavan dejó de golpear el suelo y exhaló al sentir que todo estaba perdido.
El general Carlo llegó y extendió su espada al cuello de Galavan, listo para dar el golpe de gracia, pero al momento de dar la puñalada se detuvo.
—¿Qué sucede, general?
—¡Vamos, señor Carlo, acábalo!
Galavan solo podía permanecer quieto mientras veía la figura delgada de pelo blanco observarlo desde un árbol en la distancia, quien, después de un breve contacto visual, le guiñó su ojo derecho.
—¡No puedo moverme! —gritó Carlo.
—Sí puedes o, mejor dicho, yo puedo moverte —dijo el hombre de pelo blanco.
Luego de terminar la frase, Carlo cambió la dirección de su espada cortándole la cabeza a tres de sus hombres mientras lágrimas brotaban de sus ojos.
—¡Me estoy moviendo solo!
—¿Qué significa esto, general? —cuestionó uno de los soldados.
—Yo tampoco puedo controlarme —exclamó otro soldado que empezó a mover su maza indiscriminadamente.
¿Serán acaso ciertas sus palabras?, pensó Carlo al ver cómo nadie podía controlarse a sí mismo, igual que en el relato del traidor Red sobre el día en que murió la reina.
Todos los soldados habían empezado a pelear entre sí.
—Gervel... —dijo Galavan con un tono desaprobatorio.
—Ni creas que iba a partir de este bosque sin acabar contigo yo mismo, anciano.
II
Reencuentro
En el interior de su forja, a pesar de todo el escándalo, el ruido y el terremoto, Fatuo golpeaba el mineral azul con todas sus fuerzas.
—¡Vamos! Déjame conocer tu secreto —dijo Fatuo, pensando en voz alta—.
¡Ningún metal se ha resistido a mi mano y tú no vas a ser el primero!
—exclamó antes de hacer una pausa y rascarse la cabeza—.
¡Podrás ser todo lo élfico y antiguo que quieras, pero no eres nada para mí! —agregó antes de reír a carcajadas.
El herrero estaba tan concentrado en su arte que no escuchó la puerta a sus espaldas abrirse.
—Enano... ¿Está lista?
—Emm, ¿qué?, ¿Quién mierda eres tú?
Red lo miró con indiferencia y respondió:
—Tranquilo, anciano, soy el extranjero que trajo la llave. Galavan debió mencionarme.
—No lo hizo —dijo el enano, que olvidó completamente el hecho de que Galavan sí lo mencionó—. Y no, no he terminado, pero me falta muy poco.
En ese mismo instante ambos pudieron escucharlo:
—¡Levántense! ¿Acaso no son soldados de Mazavid?
Red se quedó pálido e inmóvil por un segundo. Luego, un torrente de emociones negativas se asentó en su mente y le dio una idea no muy inteligente que se desviaba del plan original.
—¿Cuánto te falta para terminar?
Fatuo descubrió la mesa de trabajo para revelar una copia exacta de la llave de vertestita, luego miró a Red con una cara amargada y le respondió:
—Estoy grabando los últimos detalles. Es un proceso complejo...
El enano empezó a mirar la vertestita de una forma extraña, como si el brillo del mineral en la nueva llave lo estuviera hipnotizando.
—Este azul es... hermoso, pero a la vez desprende un aura que me asusta. Podría perderme en este azul permanentemente. ¿Cómo un orejas de cuchillo podría hacer semejante preciosidad?
—¿Cuánto necesitas? —preguntó Red, mirando al enano a los ojos de forma fría, y logró sacarlo del trance con sus palabras.
—Veinte minutos.
Red desenvainó su espada y se dirigió a la puerta con una gran sed de sangre.
—¿A dónde crees que vas?
—No te distraigas, anciano. Te daré esos veinte minutos.
El colibrí se dirigió a una vieja torre hacia el centro del pueblo y se encontró cara a cara con la persona que lo estaba buscando.
—Hmm. Veo que sigues arrastrándote por ahí —dijo el rey Vlak.
Red no dijo ninguna palabra.
—¿Y bien? ¿Dónde está mi llave?
Tras este comentario, Red corrió velozmente, dispuesto a empalar a Vlak, pero el rey simplemente lo esquivó.
—Eres patético, solo valías algo cuando trabajabas para mí.