Capítulo 10
Tormenta
I
Había silencio en Belén y sus alrededores.
La gente aún se recuperaba de la pérdida de múltiples habitantes, cuando una niebla espesa empezó a cubrir totalmente el lugar.
Zaretino estaba ansioso de que el caballero errante que él y su amigo habían encontrado apareciera entre la niebla con su caballo y Elric, pero lo que se llevó no fue más que la llegada de un par de hombres derrotados y del viejo Galavan, sin rastro de Elric por ninguna parte.
La aldea entró en alarma una vez volvieron los forasteros, pues Galavan no podía dejar de gritar que los niños se escondiesen en sus casas y que toda persona capaz de usar un arma o incluso un palo saliera a defender Belén de un ataque inminente.
—Galavan, tienes que explicarnos inmediatamente qué sucede.
—Un grupo de asesinos viene a quitarnos algo importante —dijo Galavan mientras pensaba en que no debía mencionar que Elric estaba muerto y que la llave azul de Red y sus problemas de forasteros los habían traído a esta situación.
—¡Que vengan! —gritó un imprudente y sediento de violencia Barrett.
—Espera, ¿quitarnos qué? —preguntó una de las mujeres del pueblo.
—No hay tiempo... —respondió Galavan.
—¿Dónde está Elric? ¿Qué les pasó por encima a los dos forasteros?
Estas y un sinfín de preguntas eran lanzadas al pobre anciano.
—Basta, gente, habrá tiempo de responder sus preguntas en otro momento, pero ahora realmente necesitamos dos cosas.
Galavan procedió a entregar una bolsa pesada a Fatuo, el herrero del pueblo, quien posteriormente abrió la bolsa para encontrar un mineral extraño, azul, brillante, pero al mismo tiempo oscuro.
—Debes empezar de una vez, tienes menos de seis horas.
—¿Qué? Eso es imposible, anciano de mierda —dijo Fatuo.
—Si alguien puede hacerlo posible eres tú.
El viejo Fatuo era casi tan viejo como Galavan, había estado tanto tiempo en Belén que era prácticamente el tío de todos en la aldea, panzón, bajo, pero con brazos increíblemente grandes para alguien de su edad y estatura,
y con una barba tan ridículamente larga que prácticamente estaba a punto de pisarla cada vez que caminaba.
—No saldrá barato, eh... —dijo Fatuo, quien luego de hablar soltó un escupitajo en el suelo.
—Claro, ahora ponte a trabajar.
La gente de Belén empezó a formar perímetros, todos con cualquier cosa que sirviera para golpear a alguien en las manos. Eran un poco más de cien personas, las probabilidades no estaban a su favor, pero una vez Red e Ivar recuperaran algo de fuerza probablemente podrían aguantar.
—Gracias por confiar en mí —dijo Galavan, quien por su clarividencia sabía en cierta medida cómo iban a terminar las cosas—. ¿Dónde está Nyx? ¿Alguien la ha visto?
II
Unas horas después, Ivar despertó en el edificio gris del centro de Belén cubierto de tantas vendas que parecía una momia.
Podía sentir que los moretones que tenía en la cara y los brazos se habían ido.
El antiguo comandante se levantó parcialmente y echó un vistazo a la cama del lado donde una mujer en sus veintes, vestida de negro, curaba el chamuscado brazo de Red con una especie de raíces que salían de la palma de su mano.
—¿Elara?... —susurró Red.
La joven de pelo oscuro y ojos azules, pálida como todo habitante de Belén, volteó al sentir la mirada de su paciente y al mirarlo de frente lo trajo de vuelta al presente.
—Haz silencio, forastero, o tendremos que cortarte ese brazo.
—Hmm.
Mientras Red intentaba descansar sus ojos y su cuerpo, escuchó cómo alguien daba pasos rápidos por la madera del piso de arriba, por la intensidad de los pasos ciertamente debía ser un niño.
—¿Dónde está Elric?
Era Zaretino, que buscaba a su amigo desaparecido.
Red interrumpió su descanso y se levantó frente a la mirada molesta de la curandera.
—¡Oye, quédate quieto! —gritó la joven.
—Ya me siento mejor.
Estaba mintiendo.
—¡Díganme dónde está! —gritó Zaretino.
—Elric...
—Lo raptaron unos duendes. No lo consiguió —dijo Ivar, ahorrándole la incomodidad a Red.
Zaretino rompió en llanto, Red intentó consolarlo, pero la ira se apoderó del pequeño que empezó a golpearlo.
Normalmente sus golpes no le dolerían a alguien que completó el examen real en menos de doce minutos, pero el tener un brazo inservible y un cuerpo sacudido por una monstruosidad no viene sin consecuencias.
Con ese mismo brazo negro por el fuego Red apartó al niño que perdió el equilibrio y cayó de espaldas al suelo.
—Ahora vuelve a sentarte —agregó la curandera.
Zaretino salió corriendo a casa, lo único que podía pensar en el camino era en todas las veces que jugó con Elric, todas las veces que nadaron, pescaron o saltaron por los árboles, ninguna de esas veces importaba para él, ya no podría hacerlo de nuevo.
Belén estaba por convertirse en un campo de batalla.
Todos llevaban horcas y antorchas. Los caminos se habían llenado de una niebla que, aunque frecuente, era diferente esta vez.
Mientras el chico lloraba, sus piernas perdieron la voluntad para moverse y antes de darse cuenta cayó al suelo.
De repente una figura extraña con espuelas pasó al lado del pequeño e hizo un gesto de desagrado.
—Por Zhonos, qué aldea de mierda.
Tras el comentario anterior Zaretino alzó sus ojos llorosos del barro para mirar al hombre a los ojos, quien por su forma de expresarse asumió que era otro extranjero.
—¿Quién eres tú? Lárgate de mi aldea, forastero —dijo el chico.
El extranjero medía ciento setenta y seis centímetros, tenía el rostro serio y afilado, cubierto por una barba oscura y bien cuidada.
Su cabello era negro y corto y su mirada era intensa y distante, parecía observar su entorno de forma calculada.
Vestía túnicas negras elegantes con bordado gris y púrpura oscuro y llevaba un cinturón metálico ornamentado en la cintura que, sumado a la capa negra y larga que caía de sus hombros, le daba un porte casi ceremonial.
—Mi nombre es Damien Astaroth... aguijón del escorpión —dijo antes de sentarse en una banca cercana.
Tras su presentación, Zaretino observó cómo Damien aplaudió y empezó a llover, pero no era una lluvia normal.
Al norte de Belén, un grupo dirigido por Vulkan armaba trampas para osos para enfrentar al grupo de asesinos que asediarían el pueblo, no era un trabajo simple pues no podían dejarlas a simple vista.
Además, muchos de los miembros del grupo eran personas que no habían cazado un animal en sus vidas por lo que los más veteranos debían orientarlos.
Un hombre joven se encontraba en ese grupo. Lo único que hacía era hablar, reírse o entorpecer el trabajo de los demás. Eso molestaba mucho a Vulkan, que se acercó a él, lo agarró por el cuello de la camisa y le dijo:
—Quiero saber qué te da tanta risa, mocoso. ¿Acaso no sabes el peligro en el que nos encontramos?
—Por favor, en este pueblo nunca pasa nada, es obvio que el viejo Galavan finalmente perdió la cabeza y nos está arrastrando con él —dijo el joven de forma despreocupada.
—Cierra la boca y ponte a trabajar —respondió Vulkan antes de propinarle un golpe que lo tumbó.
—Maldito viejo.
Todos los miembros del grupo observaron la escena y reaccionaron con caras de disgusto, pero todo cambió cuando repentinamente Vulkan cayó al suelo.
—¿Qué pasó, Vulkan? ¿Nos obligan a trabajar a los jóvenes porque ya ustedes no pueden ni mantenerse de pie?
Vulkan no se estaba moviendo, la gente se asombró al ver lo que parecía ser sangre saliendo de su cabeza, pero no fue hasta que le dieron vuelta y vieron el enorme agujero que había dejado una roca en su cráneo que empezaron a gritar.
El pánico invadió a todos cuando de las nubes que se observaban más allá de los altos árboles de Belén no caían gotas de agua, sino rocas iguales que la que mató a Vulkan.
—¡Busquen refugio inmediatamente! —gritó Justo desde una torre cercana.
Damien observaba la escena con algo parecido a una sombrilla utilizada por una sola clase concreta de la realeza del extinto país de Sicco: princesas.
—Ja, ja, ja, creo que me pasé un poco esta vez.
La lluvia de rocas empezó a atravesar incluso los techos de los hogares donde habían ocultado a los niños. Nadie sabe exactamente cuántas personas perdieron la vida, pero, en menos de un minuto, la población de Belén estaba casi acabada.
—Ya pueden salir a jugar los que importan —dijo Damien.
En el interior del edificio gris Red, Ivar y la sanadora escucharon los gritos de la gente y supieron que el ataque había empezado. Tras haber recibido una gran cantidad de magia de raíz era imposible que no fueran a formar parte de la pelea.
—Gracias —dijo Ivar a la mujer, por sanarlos—. ¿Cuál es tu nombre?
—No es importante —se limitó a responder la curandera.
—Coge tus cosas, Ivar. Iré a buscar al herrero que dijo el viejo. Cuando haya terminado, nos vemos en el río —dijo Red.
Luego de la breve conversación los dos desertores procedieron a equiparse con un nuevo conjunto de armadura otorgado por Galavan.
Una vez listos abrieron la puerta y se encontraron con el espantoso escenario de muerte que la lluvia de rocas había dejado a su paso.
Había sangre por todas partes y ni un alma en pie, solo un hombre con una sombrilla mirándolos fijamente.
—Hola amigos. Díganme... ¿Cuál de ustedes es Red? —dijo Damien, que aplaudió, creando una pequeña corriente de rocas que afortunadamente Red e Ivar esquivaron.
—Vete, yo lo enfrentaré —dijo Ivar, quien, de vuelta en su mejor estado físico, se mostraba confiado y procedió a sacar la nueva espada de un fino acero enano que le dieron.
—Bueno, eso deja claro que tú eres Red.
Señaló Damien con su sombrilla a quien efectivamente era Red.
—Cuando termine de jugar con tu amigo te alcanzaré.
Damien caminó apresuradamente frente a Ivar y sus espadas chocaron, ciertamente era fuerte.
Red empezó a correr al sur de Belén, directo a la forja donde Fatuo se encontraba descifrando los misterios de la vertestita.
Cada golpe de Damien era tan fuerte como los del hombre que enfrentó en el cráter, pero estos eran rápidos, demasiado agresivos, mientras bloqueaba los golpes con su espada podía darse cuenta de que este hombre claramente estaba a su nivel, o incluso por encima.