Capítulo 9 #2
—Ja, eso me pareció un desafío —respondió uno de los hombres, el cual tenía el rostro lleno de cicatrices, una barba rubia muy larga y que respondía al nombre de Mirzin.
Ivar no había bajado la guardia ni por un segundo. Sabía que no podía contra seis, pero quizá podría engañarlos para retarlos de uno a uno a duelos.
—¿Quieres enfrentarme?
—Obvio —respondió Mirzin.
—Entonces empecemos, chicos, hagan un círculo —dijo el hombre tuerto.
Los miembros del escorpión se alejaron un poco, formando un círculo para asegurarse de que el hombre que aseguraba ser el mejor espadachín del reino no intentara nada.
—Riga, pásame mi espada.
La mujer que apareció de cuarta tocó el suelo y una especie de agujero negro se abrió. Posteriormente, introdujo las manos y sacó un espadón que le arrojó con esfuerzo al hombre corpulento que presumiendo su fuerza agarró con un solo brazo en el aire como si de un palo de escoba se tratase.
—Empiecen —dijo el tuerto, tomando la palabra nuevamente. Parecía haber tomado el papel de juez del enfrentamiento.
Apenas empezó el duelo, Mirzin se lanzó de frente hacia Ivar, y le hizo sentir sus huesos crujir al bloquear el ataque. Ivar estuvo a punto de caer al suelo.
—¿Demasiado para el mejor espadachín del reino?
Estaba claro que la espada recta de Ivar no podría bloquear muchos golpes del mastodonte que su adversario llamaba espada, por lo que tendría que ser totalmente ofensivo.
Ivar guardó silencio. Era una persona distinta cuando se trataba de duelos.
—Aquí voy otra vez, campeón —dijo Mirzin.
Este golpe fue diferente. Parecía que el primero solo era para ver si Ivar resistía un solo golpe contra él, mientras que el segundo golpe era poder bruto, el cual afortunadamente fue esquivado por Ivar, que por el cansancio acumulado no pudo contraatacar y retrocedió.
—¡Queremos ver acción! —gritaban los espectadores.
—Oye, espadachín... Si no contraatacas en los tres próximos ataques te mataremos —dijo el loco del grupo.
Ivar se paró fuerte, tomó la espada con ambas manos y apuntó a su adversario. Mirzin, por su parte, se acercó igual de rápido que antes, obligando a Ivar a esquivar nuevamente.
—¡Malooooooo! —exclamaron los espectadores mientras abucheaban.
Aquí viene otro golpe, pensó Ivar.
El golpe siguiente era aún más asesino que los anteriores. Ivar nuevamente no tuvo más remedio que esquivarlo.
—Solo te queda una esquiva, qué pena.
—Si este es el mejor del reino, la vara estaba muy baja en Mazavid —dijo la primera mujer en aparecer.
—Si gano, tienen que prometer que no me mataran.
—¿Por qué tendríamos que acceder a tus condiciones? —dijo la mujer.
—Trato hecho —declaró el tuerto.
Tras las palabras del hombre, los demás parecieron estar de acuerdo también. Ivar podía sentir que este era el que estaba al mando.
Mirzin volvió a tener la mirada asesina que había mostrado en los golpes previos, ciertamente este sería el peor.
—Espera un segundo —dijo Ivar.
—¡No aceptamos súplicas! —gritó el loco.
Inesperadamente, Ivar dejó caer su armadura al suelo lleno de barro y sonrió arrogantemente.
— Me estaba entorpeciendo.
Tras lo anterior, Mirzin se lanzó frente a Ivar, quien desvió el golpe y, con un tajo horizontal, cortó la barba del hombre, haciendo a su vez un pequeño corte en el cuello de su oponente.
—¡Maldito!
De repente, Ivar tomó su turno para poner una mirada asesina y empezó una sucesión de tajos, los cuales, al ser desviados por Mirzin, cortaban las ramas de los árboles cercanos.
—¡Increíble, corta el mismo viento!
Mirzin estaba contra las cuerdas. Este hombre al cual habían subestimado verdaderamente era un gran espadachín, pero él sabía que, al no tener armadura, sería despedazado por un solo golpe de su espada «la mata perros.
—Ya sé por qué estás lleno de cicatrices, tu defensa es una porquería —dijo Ivar.
—¡Cállate!
El golpe de Mirzin fue tan fuerte que sus compañeros se apartaron para no recibir la onda expansiva de su ataque. Había una gran línea en el suelo donde se levantó la tierra y múltiples piedras cayeron al vacío.
—Oye, grandulón, la próxima avisa —dijo el loco del grupo.
Pero cuando voltearon a ver el resultado de su ataque, Mirzin estaba arrodillado en el suelo, con cortes en sus rodillas y sin una oreja.
—¿Debemos continuar? —dijo Ivar seriamente.
—Está claro que has ganado, felicidades, no te mataremos —dijo el aparente líder.
—¡¿Cómo que no lo mataremos?! ¡Casi mata a Mirzin! —gritó el loco.
—Silencio, Veroxia. Eso fue lo que se acordó. Nos iremos. Recuerden que vinimos por el que carga la llave. Prepárense para bajar —dijo el hombre que los comandaba.
—Me temo que no puedo dejar que bajen ese abismo.
—¿Te atreves a ponernos condiciones?
—No has dicho quién demonios eres —gritó la mujer que salió entre los tres primeros.
—Soy el hombre que les impedirá robar esa llave.
Ivar empuñó nuevamente su espada.
—Me caes bien. Estás loco y prometimos no matarte. Por respeto, te otorgaré esa victoria —dijo el tuerto.
—Veroxia, no lo mates.
Inmediatamente después, la espada de Ivar fue congelada, lo que lo forzó a soltarla, y por alguna razón dejó de escuchar, luego, un agujero se abrió en el suelo y dos manos salieron para halarlo y hacerlo caer de espaldas.
Finalmente, el loco Veroxia le dio una paliza a Ivar y lo hizo perder el conocimiento.
—Una vez suban prepárense para seguirlos —dijo el tuerto—. Algo no me cuadra.
La banda del escorpión estaba suelta en el bosque y no tramaba nada bueno.
III
Red y Galavan avanzaban en su descenso por el gran hueco.
No habían encontrado amenazas por el momento, solo rocas y heces de felners, pero se estaban acercando.
Algo se los decía, quizá el hecho de que los gruñidos de las bestias eran cada vez más audibles o que la luz azul en el fondo era cada vez más brillante.
—Siento que llevamos bajando más de media hora.
—Puede ser que hayamos subestimado al agujero —dijo Galavan.
—Mientras descendemos podrías contarme qué querría el rey de tus tierras con la vertestita.
—Los autómatas. Supongo que quiere recubrirlos con ella para hacerlos resistentes a la magia.
—Esos son muchos sacrificios.
—Parece que el camino acab... ¡Ah! —exclamó el viejo cuando el camino que transitaba de repente empezó a caerse.
Rápidamente Red estiró su mano y alzó a Galavan.
—Eso estuvo cerca.
—¿Alguna idea de cómo continuar? —preguntó Red.
—No lo sé, ya no puedo ver nada.
En ese instante, una criatura parecida a un lagarto, pero con pelaje, se abalanzó sobre Red y lo tiró por el gran precipicio.
—¡Fuera, bestia! —gritó Galavan.