Capítulo 9
Escorpión
I
Habían transcurrido unas horas y la moral del grupo estaba por los suelos.
Ninguno decía una palabra. El galopar de los caballos era lo único que sonaba sin interrupciones Ivar nunca había sido de los que se quedan callados.
Estaba acostumbrado a hablar hasta por los codos, pero tenía que medir bien sus palabras o podría causar problemas.
—Así que...
—Cállate —dijo Galavan antes de que pudiera formular una oración—. Lo mejor que pueden hacer es guardar silencio.
—Lo siento, es solo que...
—Solo que nada.
El silencio volvió a reinar una vez más. Unos minutos después, Galavan bajó de su caballo.
—Red, baja el cuerpo del niño.
—¿Por qué?
—Los espectros nos huelen. No he dejado de sentir sus malditos ojos en la espalda todo este tiempo. Es necesario que lo dejemos aquí.
—¿Y qué le harán si lo dejamos aquí?
—Probablemente devoren hasta el más mínimo hueso.
—No puedes hablar en serio. Deberíamos enterrarlo cerca del pueblo —dijo Ivar.
Tras el último comentario, varias voces siniestras soltaron carcajadas. Se reían de Ivar... No, se reían de ellos.
—¡Carneeeeeeeeeee!
—¿Qué demonios son esas cosas? —preguntó Ivar.
—Son espectros... Seres del abismo más allá de nuestro entendimiento.
Podría decirse que son tan viejos como este bosque.
Mi mentor decía que fueron humanos que perdieron sus cuerpos en sacrificios y por esa razón están tan desesperados por encontrar un nuevo sitio en el cual habitar que ni siquiera les importa si el cuerpo respira o no. Ahora hazme caso. Baja al niño.
Red bajó el cadáver de Elric, a quien habían cubierto con una sábana blanca, y con cuidado lo tendió en el suelo.
—Descansa en paz, Elric.
Las palabras de Red volvieron visibles la ira en la cara de Galavan, quien se había puesto rojo como un tomate. No podía contener el dolor y el resentimiento un segundo más.
—Si tan solo hubiéramos estado en Belén.
Podría haber hecho algo. Perdóname, hijo, te he fallado —dijo el druida antes de darse vuelta y apuntar un cuchillo afilado hacia Red quien no dio un paso atrás—.
Esos asesinos del escorpión... Se lo llevaron para sacarte del pueblo, para atraerte...
Todo esto se trata de ti y de esa maldita llave...
Dime... ¿Qué me impide ser yo quien te mate ahora?
... Así no tendremos más problemas, no habrá más muertos, todo será como antes.
—Yo... yo soy lo que te lo impide —dijo Ivar, apuntando su espada a Galavan en respuesta.
—Carneeeeee —susurraron las voces espectrales, recordándole al trío que no tenían todo el tiempo del mundo.
Los hombres corrieron a los caballos dejando el cuerpo de Elric en medio de la nada. Ninguno miró hacia atrás. No querían ver por accidente cómo su cadáver era profanado.
—Red, lo siento —dijo Galavan—. Si esos lunáticos están dispuestos a hacer eso, el daño que puede ocasionar esa llave a gran escala...
—Lo sé —dijo Red, calmado.
El resto del viaje fue bastante normal, todo estaría bien mientras nadie hablara de lo que pasó.
—Necesitamos saber algo si queremos sobrevivir la próxima vez que nos enfrentemos a un loco del escorpión como el tal Gervel —dijo Galavan—. Dinos todo lo que sepas de ellos.
—Son un grupo de degenerados que usan magia de sangre y se dedican a desestabilizar naciones. Nadie sabe quién los dirige. La cabeza aún no ha decidido mostrarse.
—¿Qué podemos esperar? ¿Qué les has visto hacer?
—Hace seis meses, los guardias del castillo empezaron a pelear entre ellos al atardecer.
Fue perturbador, gritaban que no querían morir, pero no podían controlar sus cuerpos.
Yo había tenido un... desacuerdo con la reina, a quien debía proteger.
Estaba a punto de irme cuando todo pasó.
Me apresuré de vuelta a ella, tuve que acabar con varios de ellos para abrirme paso.
Finalmente, llegué a las escaleras de la torre solo para ver a una figura vestida totalmente de negro salir del suelo.
La atravesó con un puñal por la espalda y la lanzó escaleras abajo.
Corrí a sostenerla y al mirar hacia arriba, el asesino ya no estaba.
—Magia de sangre de portales —dijo el druida—. Por Zhonos... —susurró sorprendido.
—Así que llegaron y te vieron sosteniendo a la reina muerta y ataron los cabos —dijo Ivar.
—Tú lo has dicho.
—Esa magia de los portales es problemática. Podrían aparecerse ante nosotros en cualquier momento.
—Todas sus magias son problemáticas. Cuando yo uso la magia de sangre, siento que me drena completamente, pero la de ellos parece no tener ninguna contra.
—Yo he escuchado algo de ellos. Dicen que vienen de Mugre y que han robado riquezas a las personas más influyentes de Azur por muchos años, desde Taronia hasta Tianzhou —dijo Ivar.
—Un amigo de la orden combatió con dos en Khorvalen. Tuvo que salir corriendo para contarla.
—¿Cuáles eran sus habilidades? —preguntó Ivar.
—Uno podía tirar hielo y el otro sabotear tus sentidos.
—¿Los sentidos?
—Sí, tu olfato, vista, tacto, oído y gusto.
—Aunque el último no tiene mucha utilidad en una pelea.
—Por lo mismo no te quitará ese.
Mientras la conversación seguía, los tres se acercaban cada vez más al cuartel que Red vio en su primera noche en el bosque.
El cuartel estaba igual que aquella vez, con una diferencia: ya no había cuerpos, no había ni siquiera un hueso.
Estaba «limpio», pero había algo nuevo: un agujero que ocupaba todo el espacio que correspondía al patio.
Galavan se asomó al fondo y lanzó una roca que, tras varios segundos, hizo el sonido de un objeto cayendo al agua. No era posible ver el fondo, pero con algo de esfuerzo se podía apreciar un brillo particular, de color azul, como el de cierta llave.
—Nuestros enemigos creen que tienes la llave, Red. Será mejor que siga siendo así o Belén correrá peligro.
Red asintió.
—Bajaré a recoger la vertestita azul y tú vendrás conmigo. Necesito a alguien que ilumine allá abajo.
—¿Qué hay de mí? —preguntó Ivar.
—Protege a los caballos y mantén la boca cerrada sobre la llave esta vez.
—¿Qué? ¿Quieres que me quede aquí expuesto a toda esta mierda sobrenatural?
—¿Si alguien mata a los caballos, cómo volveremos?
Ivar levantó su mano empuñada y la usó como soporte para su nariz y el mentón. Estaba pensando en sus alternativas.
—Está bien, solo no intenten matarse ahí dentro mientras yo estoy aquí —agregó Ivar entendiendo el razonamiento del druida.
Galavan apartó la vista y bajó la cabeza. La presencia del abismo en el gran agujero lo asustaba más de lo que quería confesar. Red se acercó al caballo marrón de Galavan, sacó una antorcha de las alforjas y la encendió sin mucho esfuerzo.
El colibrí y el druida empezaron a descender por el agujero. El clima era húmedo, el olor horrible y el suelo inestable. Les tomaría aproximadamente media hora llegar al fondo.
—Sabes, cuando estuve aquí antes escuché un grito más ruidoso que un trueno.
—No hace falta ser un druida para saber que en este lugar ocurrieron cosas perversas. Le llaman piedra de la muerte a la vertestita azul. Solo puede conseguirse imbuyendo la vertestita normal en almas vivas. Me imagino que el loco del rey enviaría a la gente a ser sacrificada aquí.
—Está... minando vertestita azul.
Red estaba sorprendido de la crueldad de Vlak. Pensaba que no podía ser peor de lo que ya era, pero enterarse del propósito de estos campos de purificación de la iglesia del sol verde le hizo pensar que solo era el comienzo.
—Alto —dijo en voz baja el druida mientras detenía a Red con los brazos.
—¿Qué pasó?
—Un nido de felners.
¿Qué rayos es un felner?, pensó Red
II
Ivar de Lerion
De vuelta en la cima del abismo, Ivar estaba afilando su espada.
Sabía que pronto la usaría, pero más que nada lo hacía para distraer su mente.
Ivar no era una persona callada, por lo que estar solo en el bosque era algo incómodo, además, la noche era inexplicablemente fría y su armadura estaba prácticamente despedazada, lo cual lo hacía sentir menos seguro.
Lo único que podía hacerlo sentir fuerte era saber que era el mejor espadachín del reino.
Tras finalizar, se sentó en la rama de un árbol mediano para descansar un poco sin dejar de vigilar el perímetro.
De repente, escuchó un soplido fuerte.
Más vale que no sea el autómata que nos atacó antes, pensó para sí mismo. Intentó volver a recostarse, pero la inquietud le impidió volver a descansar en paz. Bajó del árbol y sintió que hacía más frío, como si el invierno hubiera llegado al bosque.
Sorpresivamente, tres sombras salieron de los arbustos, dos hombres altos y una mujer de mediana estatura. Todos eran pálidos y de cabello oscuro. No llevaban armas, pero el aura asesina que tenían hizo que instintivamente Ivar desenvainara su espada.
—Vaya, tres personas mucho más fuertes que tú aparecen frente a ti y lo primero que haces es recurrir a la violencia —dijo la mujer.
—Es un idiota. Ja, ja, ja.
—Silencio, es un hombre valiente —mencionó el más corpulento del grupo.
Ivar no respondió, estaba listo para atacar al primero que diera un paso.
—¿Y a quién tenemos aquí? —dijo una cuarta persona, otra mujer, antes de salir a la luz.
—Una oveja perdida en el bosque —mencionó una quinta persona, un hombre.
—¿El gato te comió la lengua, rata? —preguntó un sexto hombre.
—Déjame adivinar qué son... —dijo Ivar antes de ser interrumpido.
—El escorpión. —completó la frase un último hombre calvo y sin un ojo.
—Sí, ibas a adivinar, somos nosotros, aunque no todos, ¿Y tú eres?
—Un vagabundo del bosque.
Los seis miembros de la banda se miraron mutuamente, con sonrisas arrogantes en cada uno de sus rostros.
—Es un poco tonto que te hagas el valiente, así que será mejor que respondas.
—Soy el espadachín más hábil del reino. Les agradezco la compañía. Estaba empezando a sentirme solo —dijo Ivar, respondiendo con una sonrisa burlona a sus enemigos.
—Ja, ja, ja, ¡Me encanta!... Mirzin, ¡Dice que es el mejor del reino! ——respondió uno de los miembros, un hombre alto de cabello castaño y ojos verdes con un tatuaje de escorpión en el antebrazo izquierdo que parecía el más inestable del grupo.