Capítulo 8
Las hojas rojas
La batalla había empezado. Los duendes no eran rivales para el trío. Muchos duendes corrían asustados intentando escapar mientras que otros atacaban irracionalmente al grupo, solo para perder la vida rápidamente.
—Cúbranme las espaldas, voy a agarrar al niño.
Después de decir esto, Red corrió directamente hacia la mesa ritual. Un grupo de duendes empezó a seguirlo, pero Ivar lanzó su tajo horizontal y decapitó a media docena inmediatamente.
—Algo anda mal —dijo el anciano.
—¿Qué cosa? Siento que acabaremos con ellos de inmediato —dijo Ivar mientras asesinaba a otros dos duendes.
—Estas criaturas no son el problema. Es esa cosa de vertestita de allá; su presencia me perturba.
El gran autómata del ejército real estaba quieto. Había acabado con sus blancos. Era como si siguiera esperando órdenes; su simple existencia intimidaba a cualquiera.
—Todo va a estar bien, no hay nadie que le dé órdenes, es como si fuera una estatua… Si no se acercan demasiado.
Red estaba a pocos metros de agarrar al niño, pero el líder de los duendes se interpuso en el medio.
—¿En serio creías que dejaría que te llevaras nuestra cena fácilmente?
—¿Y qué piensas hacer al respecto?
El duende lanzó un fuerte puñetazo que empujó varios metros a Red, que por fortuna alcanzó a bloquear el ataque con su espada.
—Bonita hoja, debo admitir que estoy impresionado, no se rompió con mi golpe.
Red se paró y tomó una postura defensiva. Era el duende más fuerte, eso estaba claro.
—¿Te gusta? Se llama la mata duendes.
—Ji, ji, ji... Ciertamente estaba esperando conocerte.
—¿A mí?
—Mataste a muchos de mis hermanos.
—Ah, ¿eso? No fueron muchos. Unos setenta…, ¿o fueron cien?
Frente a la provocación, el duende saltó sobre Red, quien esquivó el golpe. El impacto del salto sobre el suelo dejó un cráter de varios centímetros en el suelo y Red no pudo evitar pensar que por poco podría haberlo destrozado con ese ataque.
—¡Deja de huir!
A la distancia, Ivar había aniquilado a la mayoría de los rivales y tenía todo controlado cuando pudo escuchar a uno de ellos gritar.
—Haz sonar el cuerno, ¡necesitamos al hombre delgado!
Un duende, particularmente gordo y ligeramente más alto que los demás, corrió al centro del asentamiento y utilizó un cuerno para generar un ruido fuerte.
Inmediatamente, se podía escuchar la risa característica de los duendes, y ver a una gran horda de duendes avanzando por los árboles y por la tierra.
Entre ellos había un grupo de duendes que eran tan grandes como la cría de un troll, no podía ser nada bueno.
—¡Oye, Red, date prisa y mata a ese monstruo! —gritó Ivar al ver que la horda se acercaba.
En el momento en que los duendes empezaron a acercarse al grupo, el autómata volvió a activarse.
Sus sensores eran impresionantes y los golpes que daba volvían papilla a los duendes.
Uno de los duendes grandes empezó a pelear a puño limpio con él y, aunque no le hacía ni un rasguño, bloqueaba los golpes de este como si nada.
—¡Nadie es más fuerte que yo! —exclamó el duende gordo mientras detenía el ataque del autómata.
—Esto no está bien —dijo Ivar.
—¿Por qué? —preguntó Galavan, quien se sentía extraño siendo el que menos sabía sobre algo por primera vez en muchos años—. El terror metálico parece estar de nuestro lado.
—Tuve la oportunidad de combatir en una batalla en la que el rey usó autómatas. Están encantados para fortalecerse mientras su enemigo más se resista. Ese duende lo alterará.
—Entonces es hora de que haga algo —dijo Galavan.
—¿Tú sabes pelear? —preguntó Ivar, extrañado—. Mejor dicho, ¿puedes hacerlo? Parece que tienes como ciento veinte años.
—Pues claro, ¿cómo crees que alguien vive ciento veinte años aquí? —respondió Galavan de forma elegante a la burla.
El druida alzó sus manos y rápidamente las bajó. Era algún estilo de magia antigua. Con ese simple movimiento, múltiples zarzas brotaron del suelo y constriñeron a unos treinta duendes hasta la muerte.
—Vaya que eres viejo —dijo Ivar, que a pesar de no decirlo estaba impresionado.
—¡Alto! —dijo una voz nueva.
—¿Quién está ahí?
Ivar y Galavan empezaron a buscar el origen de la voz. Estaba claro que no era de un duende; era una voz humana.
—¡El pez mordió el anzuelo! —dijo una figura esbelta, alta, de cabello blanco y largo que se alzó sobre la rama de uno de los árboles más altos del asentamiento duende.
El hombre parecía tener menos de treinta años. Vestía una elegante túnica blanca con bordados dorados y su lenguaje corporal exudaba arrogancia pura. No llevaba ningún arma, excepto aquella afilada lengua suya.
—¿Qué? ¿quién rayos es este? —preguntó Ivar.
Los duendes se acercaron a los pies del árbol y se postraron ante la presencia del extraño.
—¡Hombre delgado! ¡Hombre delgado! ¡Hombre delgado! —gritaban totalmente entregados al sujeto, como si fuera un ente divino.
—¡Hombre delgado nos dejará entrar a la aldea humana y darnos un festín!
—No entiendo... Los duendes están alabando a un humano —dijo Ivar.
El hombre misterioso se aproximó a ellos, descendiendo rápidamente del árbol.
—¿Humano? Yo soy prácticamente un dios.
Tras su declaración arrogante, el hombre los miró fijamente, apuntó con el dedo hacia abajo y dijo:
—Siéntense.
—¿Qué?
Ivar y Galavan no sabían por qué, pero no podían resistirse a las órdenes del extraño.
—Ahora disfruten el espectáculo.
El extraño se dio vuelta con la intención de volver a saltar a la rama del árbol, pero algo lo detuvo: el anciano estaba resistiendo su orden.
—Hmmm... ¿Qué tenemos aquí? Eres la primera persona que puede aguantar mi magia de sangre… Primera y última, no me gusta que me reten.
Galavan se movió con una velocidad impresionante y le propinó un fuerte golpe en la mandíbula.
El extraño estaba molesto. Su fachada egocéntrica y arrogante se cayó con solo un golpe, uno fuerte. Quería sobarse con la mano, pero, intentando mantener la compostura, se forzó a no hacerlo y, al contrario, devolvió la mirada al misterioso viejo que lo había retado.
—Eres alguien interesante, viejo. Pensé que la única persona de la cual debía cuidarme sería el sujeto de allá. Estaba equivocado —dijo el extraño señalando a Red, que seguía peleando a los pies de la mesa ritual.
—Largo, peste —dijo Galavan mientras le lanzaba una mirada fría.
—Vamos, empecemos de nuevo. Dime tu nombre, viejo.
—Galavan, solo Galavan para ti.
—Gervel, sexta pata del escorpión.
—Los duendes dijeron que los dejarías entrar a mi aldea... Así que eras tú el que estaba saboteando mis espantaespíritus.
—No debiste dejar entrar a esos dos sujetos —respondió Gervel.
—¿Por qué nos detienes? ¿Qué quieres?
—¿Detenerlos? No me interesa lo que hacen aquí, pero ese hombre tiene un objeto que se me encargó recuperar. Nada personal.
—La llave... —dijo involuntariamente Ivar. Se le había escapado.
—Oh, ¿saben de la llave? Esto se pone mejor.
Ivar seguía sentado. Quería ponerse de pie, pero su cuerpo no respondía. La magia de sangre lo aterraba; lo único que él podía hacer era blandir una espada y había escuchado relatos de hechiceros que podían diezmar ejércitos con simplemente desearlo.
—Desafortunadamente no tenemos la llave —dijo Galavan, que pensó que negar la posesión de la llave solo haría que este misterioso enemigo fijara su atención en Belén y asediara el pueblo.
—Él la tiene... —dijo Galavan, esta vez señalando a Red—. Se rehúsa a soltarla.
Ivar volteó a ver a Galavan y no dijo ni una palabra. No le tomó mucho tiempo entender lo que el anciano estaba haciendo.
—Ya veo, pero ese sujeto tiene buenos movimientos. No tengo intención de enfrentarlo de frente.
—Pensé que eras un dios —dijo Ivar con un tono sarcástico.
—Tú... mejor mantén esa boca cerrada si quieres conservar tu miserable vida—respondió Gervel, señalando con el dedo para reafirmar su presencia.
—No pelearé yo, peleará mi campeón. Los dioses no se ensucian las manos; mandan a otros a hacerlo —agregó el extraño mientras miraba al autómata, que, luego de golpear fuertemente al duende gordo y volverlo papilla empezó a retorcerse.
Finalmente, el autómata se quedó completamente quieto y, tras unos cuantos segundos, empezó a avanzar despacio hacia Red.
—Adiós y, Galavan, sobrevive o estaré muy decepcionado.
Gervel saltó nuevamente al árbol, pero esta vez subió a la cima y gritó a los cuatro vientos:
—¡Criaturas del bosque, consíganme esa llave!
Los duendes restantes también dejaron de pelear con el autómata, parecía que hubieran hecho las paces repentinamente y ahora estuvieran en el mismo bando.
—Sabía que esto era malo —dijo Ivar, quien finalmente pudo ponerse de pie.
—Ve a coger al niño mientras el duende está distraído. Si lo agarramos, podremos huir.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Voy a darles tiempo —dijo Galavan antes de correr directamente hacia el terror metálico.
Junto a la mesa ritual, Red seguía actuando a la defensiva, lo cual lo mantenía con vida, pero empezaba a cansarlo. Por su parte, el duende no perdía ni un poco de su velocidad ni fuerza.
Tengo que atacar, pensó Red.
—Oye feo, ¿qué tal si tomamos un descanso?
El duende ni se molestó en responder a su provocación sarcástica, algo había cambiado, la criatura apestaba a magia de sangre y sus movimientos eran cada vez más erráticos.
Esa voz de antes... Así que enviaron al mismo tipo de ese día, pensó Red, recordando el día en el que la banda del escorpión mató a la reina.
—Llave, llave, llave, llave, llave —repetía incesantemente el duende.
—Verdaderamente eres una criatura lamentable.
Mientras Red seguía esquivando, pudo ver cómo Ivar corría hacia la mesa para agarrar a Elric y a Galavan peleando mano a mano con el autómata. Además, otro tipo de criaturas habían llegado: lobos, perlamos venenosos y sapos muy grandes.
—No me digas que...
En ese momento, un fuerte rugido resonó en el bosque. Era un viejo amigo.
—¡SCARK!
—Maldit…
Antes de terminar de maldecir a la bestia, esta fue directamente hacia él y lo empujó fuertemente contra un árbol.
Red se levantó lentamente apoyándose en el árbol.