El viaje del colibrí Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Los soldados vieron cómo de los árboles caían los pequeños niños con ojos negros y garras tan fuertes como para perforar sus armaduras. El comandante quedó aterrado al ver su unidad ser diezmada en segundos.

—Ji, ji, ji.

—¡Demonios!... ¡¿qué creen que hacen?!

La risa de los duendes era terrorífica, pero ver a un montón de niños con colmillos, ojos negros y garras era suficiente para replantearse las decisiones que los habían llevado a unirse al ejército y terminar en el bosque.

Tras intentar alejar a un par de duendes, el comandante fue bajado de su caballo y sus piernas empezaron a ser devoradas.

—¡Aaaaaaaaaaghhh! —gritó adolorido el comandante.

—Ji, ji, ji —rieron los duendes—. Esta vez las risas fueron más fuertes.

En sus últimos momentos el comandante se arrastró hacia la figura metálica y dijo:

—Autómata, mata a estos monstruos.

El autómata real empezó a moverse. Su tamaño y peso superaban por mucho a los de los duendes. Solo bastó con un puño de su mano derecha para reventar las cabezas de varios duendes y, en cuestión de minutos, todos los duendes que habían intentado atacar estaban muertos.

—¡Volver! —gritó uno de ellos.

En una de las ramas de un árbol cercano, Elric, cubierto de sangre, había visto todo.

Quería irse a casa, pero no sabía cómo volver.

Ni siquiera recordaba cómo moverse. Parecía que se hubiera olvidado de cómo escalar un árbol.

Lo único que podía hacer era observar al monstruo metálico disparar decenas de proyectiles a las criaturas que lo habían alimentado y habían jugado con él los últimos dos días.

—Elric —dijo la voz de un niño a sus espaldas.

El chico se volteó y, efectivamente, era Timmy.

—¡Timmy! Es nuestra oportunidad. Volvamos a Belén.

—Iré, una condición.

—¿Cuál puede ser?

—Convertirte en duende.

—Me rehúso.

El monstruo metálico estaba dándose vuelta.

El vapor salía disparado de su espalda. Parecía que siguiera esperando para cumplir la orden de matar duendes, pero, como no veía más duendes, solo caminaba en círculos.

Ningún soldado humano estaba cerca para decirle que dejara de cumplir la última orden que le dieron.

—Tú, ¡¿cómo te atreves?! —gritó el duende mientras lo agarraba a la fuerza y se lo llevaba a otro lugar mediante grandes saltos por las ramas de los árboles.

El autómata sintió el movimiento en las ramas de los árboles y, tras varios minutos dando vueltas, empezó a moverse en línea recta nuevamente.

No mucho tiempo después, «Timmy» llevó a Elric a una especie de pueblo duende rudimentario y lo sentó a la fuerza en una silla de piedra donde por lo menos unos veinte duendes esperaban.

—Elric rechazó convertirse en duende.

El duende que raptó a Elric miró a los ojos al niño y sonrió. Su boca empezó a hacerse más grande y grandes colmillos salieron de ella. Su nariz se hizo más ancha y larga y dejó de parecer un niño de su edad para convertirse en una clase de viejo aterrador con estatura de niño y piel verde.

—Es una pena... Preparen la otra ceremonia.

—¿Puedes hablar de forma normal? ¿Cómo que una ceremonia?

—Claro que puedo hablar de forma normal, niño estúpido. Cuando los niños rechazan unirse a nosotros, usamos un ritual antiguo para transformarlos en máscaras duende.

—Ji, ji, ji.

Todos los duendes presentes rieron.

—¿Máscara duende? —preguntó asustado Elric—. ¿Qué quieres decir?

—Que tu bonita cara se convertirá en una máscara mágica que uno de los nuestros podrá usar para atraer más niños estúpidos aquí.

Los duendes se acercaron a Elric y todos mostraron sus verdaderas formas mientras se reían en la cara del chico, pero, súbitamente, todos se detuvieron al escuchar unos pasos.

—Alto —dijo una voz adulta: un hombre.

Los duendes empezaron a retorcerse y, como si fueran forzados por algo a tomar posiciones rígidas, se arrodillaron.

—Todavía no puedo permitirte hacerlo. No podemos atraer a la presa sin una carnada.

—Sí... mi señor. Solo estábamos... —dijo el líder de los duendes mientras miraba a la figura que estaba detrás de Elric.

—Cállate de una maldita vez.

El duende obedeció y se limitó a inclinar la cabeza.

El chico se quedó quieto. No porque deseara hacerlo, sino porque sentía como si una especie de cuerda lo mantuviera de esa forma.

—Dime, pequeño, ¿te gustan las marionetas? No te preocupes, no es necesario que respondas. ¿Quién no las ama? —dijo el extraño, quien se acercó y, luego de darle unas palmadas en la cabeza a Elric, abandonó el lugar.

III

A unos cuantos minutos del pueblo duende, el grupo formado por Red, Ivar y Galavan había hecho una pausa en el camino para orientarse.

—¿Y bien? —preguntó Red.

—Lo siento cerca —respondió Galavan.

Ivar estaba practicando su tajo horizontal cortador del viento. Llevaba varios minutos repitiéndolo.

—¿Y ese movimiento? —preguntó Red—. Creo que lo usaste en el cuartel contra los duendes, ¿no?

—Es solo un movimiento que me enseñó papá.

—¿Tu padre también es un caballero?

—Sí, aunque yo ya no lo soy.

—Ni yo.

Red bajó del caballo, sacó la espada e intentó replicar los movimientos de Ivar.

—Si quieres replicar el tajo cortador del viento, tus ojos tienen que ser rápidos y tus manos, aún más.

—Creo que sobreviviré.

Ivar comenzó a ir más rápido. Parecía que intencionalmente aceleraba para ver si Red era capaz de realizar su movimiento, y lo era. Estaba impresionado.

—Nada mal, Red. Quizá en unos tres años logres perfeccionarlo, aunque claro que yo ya estaré en un nivel superior en ese tiempo.

—Cuéntame la historia de este movimiento.

—Lo utilicé en un duelo que tuve hace dos años. Mi padre me había dicho que no lo usara en personas. Se molestó cuando se enteró.

—¿Por qué no usarlo en personas?

Tras la pregunta anterior de Red, Ivar tomó una vez más la postura y lanzó el tajo a un árbol cercano. No pasó nada.

—¿Se supone que debía pasar algo?

—Espera...

Unos segundos después, el grueso árbol que había recibido el ataque empezó a caer al suelo, como si el hacha de un leñador lo hubiera atravesado. El druida no pudo evitar fruncir el ceño.

—Increíble —dijo Red asombrado.

En ese momento, se escuchó el sonido de la tierra al temblar y un sonido de chimenea de vapor, fácilmente reconocido por Ivar y Red, resonó con fuerza.

—¡Mierda! —exclamó Red.

—Suena a problemas —agregó el druida.

—El maldito Vlak envió un autómata —dijo Ivar.

—¿Ya lo encontraste? —preguntó Red.

—Sí, está en dirección a ese ruido.

—¿Seguro que son los duendes? —preguntó Ivar.

—Segurísimo.

Tras recorrer unos diez minutos de trayecto, los tres hombres llegaron a una escena bastante peculiar. Los duendes cargaban a Elric en una especie de altar de piedra mientras encendían antorchas y decían una frase en un idioma incomprensible una y otra vez.

—¡Es Elric! ¿Pero qué hace en esa mesa de piedra? ¿Se lo van a comer? —preguntó Red.

—No, es algo mucho más cruel —dijo el druida.

De vuelta en la mesa ritual, el líder estaba salivando. Solo podía pensar en que estaban muy cerca de lograr su objetivo.

—¿Quién lo diría? Dos niños de esa aldea en un año. Son sanos y fuertes. Y quedan más. Su alma nos alimentará por meses.

—¡Yo quiero su cara! —exclamó uno de los duendes.

—Cuando volvamos a raptar niños de la aldea, traigan una niña. Es más fácil atraer gente con esas caras inocentes.

—Silencio, terminemos el ritual.

—¡Avakalenam, ruimon, vertomainum, espectera!

En las cercanías del altar, más duendes llegaron y, al escuchar las palabras, cambiaron a su forma verdadera: mandíbulas puntiagudas, piel verde, dientes aún más afilados, narices grandes, posturas encorvadas.

—¡Avakalenam, ruimon, vertomainum, espectera! —gritaron los duendes mientras bailaban.

Mientras los duendes estaban desprevenidos, el grupo se lanzó desde los árboles y cada uno acabó por lo menos con tres duendes.

—Están muertos, malditos —dijo Ivar.

Y los ojos negros de los duendes se llenaron de terror al ver a sus viejos enemigos del cuartel.