El viaje del colibrí Capítulo 7
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Capítulo 7

Consecuencias

I

Los hombres de Belén salieron del agua y arrastraron el cadáver del monstruo a la orilla.

—Parece que ya ha dejado de llover —dijo el viejo Max.

—Sí... —respondió Ivar.

El silencio tras la batalla era incómodo. Lejano parecía aquel ambiente festivo de hace unas horas. En un pueblo acostumbrado a la tranquilidad no era de esperarse una muerte, mucho menos dos, incluyendo a un niño.

—Aromer... hermano —dijo Ak’ Lav en lágrimas.

—Mis condolencias —respondió Red, quien aún sostenía el arco con el cual había acabado con la bestia. Sus manos no dejaban de temblar.

—Ivar, deberíamos ver a Galavan.

—¡Nada de eso! —exclamó el carnicero.

—¿Barry? —preguntó Justo asustado.

—Desde que este par vino a Belén todo se fue a la mierda.

—Es cierto: dos muertos, un niño desaparecido. ¿Qué sigue? ¿Que los espantaespíritus no funcionen? —agregó Ak’ Lav.

Los dos forasteros podían sentir la hostilidad en sus palabras.

—¡¿Cómo se atreven a culparnos de esto?! Solo sigues con envidia de que te ganara en tu puto juego del puerco, ¿eh? —dijo Ivar, encarando al carnicero—. Eres patético, hombre.

—Eso no me importa una mierda —respondió Barrett mientras empujaba a Ivar.

La gente se metió a separarlos antes de que se fueran a las manos.

—Lo que dicen es cierto... —agregó el viejo—. He vivido una larga vida y nunca un señor del río había sido tan resistente y agresivo. No sé qué efecto tengan en el pueblo, pero nos traen mala suerte.

—¡Largo! —gritó Barrett.

—Será mejor que se vayan ya... —agregó Max.

—Hmmm... Sí... es hora de que se larguen de aquí —dijo Ak’ Lav.

—Pues a la mierda con ustedes —respondió Ivar.

—¡Largoooooooooooo! —gritó Barry.

Los gritos de los hombres llamaron la atención del resto de la gente del pueblo.

Pronto todos los ciudadanos de Belén estaban echando al par de forasteros.

Entre el gran grupo que los rodeó se encontraba la madre del niño que fue devorado, ahora con los ojos rojos de tantas lágrimas, la cual se lanzó sobre Red repentinamente.

—¡Devuélvanme a mi hijo!

—¡Los forasteros siempre arruinan todo! —agregó otra mujer en la multitud.

—Aléjense... —dijo Red molesto.

La gente del pueblo no se alejaba. Todo indicaba que las cosas escalarían a algo peor. Los niños, entre los cuales estaban Sarah y Zaretino, solo se preguntaban qué había pasado para que la gente odiara a los hombres con los que habían festejado no hacía mucho.

—Está bien, nos vamos —dijo Red.

—¿Irse? ¡Mátenlos!

—¡Sí! ¡Mátenlos!

Aquellas eran la clase de expresiones que podían escucharse. Los empujones de la multitud, que ascendía a unas setenta personas, no se detenían. Ivar estaba listo para desenvainar su espada y los recuerdos de la noche en la que perdió su honor y su antigua vida salían a flote en la mente de Red.

—¡Aléjense ahora o los quemo a todos, malditos malagradecidos! —dijo un molesto Red con la mano encendida en llamas.

La multitud retrocedió, como si estuvieran hechizados.

—Ivar, veamos a Galavan.

Tras el evento anterior ambos caminaron al interior del salón gris.

—Parece que la liaron allá afuera —dijo el anciano.

—Muy acogedor tu pueblo —dijo Ivar.

—Muy bien, agarren todas sus cosas. Mientras más pronto terminemos, mejor.

—¿Y la llave?

—No la necesitaremos. Fatuo está ocupado estudiándola.

—No, me largo de aquí. Dámela para poder irme de una vez.

—Vamos por la vertestita. Volveremos aquí a forjarla. ¿O acaso la ira te hizo olvidar el plan?

Red miró al druida a los ojos por un momento hasta percatarse de que eso había sido exactamente lo que había pasado.

—Está bien... —dijo mientras apartaba la mirada y bajaba la vista al suelo.

Los tres hombres abandonaron el salón gris camino a los establos.

La mirada hostil de la gente del pueblo no se había calmado ni un poco.

Entre los observadores se encontraban Sarah y Mary, quienes no miraban con odio; era más bien una mirada de tristeza.

Antes de que Red montara todo su equipo en el caballo, Zaretino se le acercó con una solicitud.

—Señor Red.

—¿Qué quieres?

—Mire, no sé qué pasó, pero quiero pedirle un favor.

—¿No ves que estoy ocupado?

—Se trata de Elric, ha desaparecido.

—¿Desaparecido?

—Sí, no lo veo desde hace un par de días.

—¿Y por qué me lo dices a mí? ¿Por qué no se lo dices a alguien más, como al cerdo gordo ese de Barrett, que es el mejor en cualquier estupidez que se le ocurra?

—Nadie quiere salir por lo que pasó. ¡Piensan abandonarlo! Por favor... Solo quiero encontrar a mi amigo.

Red miró al chico a los ojos. Su mirada expresaba una tristeza profunda. No pudo evitar sentir algo de lástima por él.

—Quizá también debas abandonarlo —dijo Ivar mientras se alejaba al portón del pueblo—. Red, apúrate, me muero por irme de este lugar.

—Mira, niño... Zaretino, no sé si pueda hacer algo. Siempre que... intento ayudar... solo hago las cosas peor. No quiero que te ilusiones... pero lo intentaré.

—¡Gracias!

El niño puso una gran sonrisa en el rostro y se dio vuelta.

Red terminó de cargar su equipo en los lomos de Cenizas. El caballo intentó acercar su hocico con un gesto cariñoso al pecho de Red.

—Oye, calma. —Red rio internamente.

De repente, cayó en cuenta de que seguía vistiendo la túnica con capucha de la iglesia del sol verde, aunque esta ya no parecía la misma prenda de ropa.

El tal Robert al que se la quité no se habría imaginado que su túnica se volvería color marrón y llena de agujeros, pensó Red.

Tras ese momento de calma solo con sus pensamientos, Red se reunió con Galavan e Ivar.

—¿Y bien? ¿Ya nos vamos? —preguntó Ivar.

—Sí, vamos.

—Un momento, necesito saber qué te dijo el chico —dijo Galavan.

—Me pidió que buscáramos a Elric. Dice que no lo ve desde hace días.

—¿Está desaparecido? —preguntó Galavan.

—Pero es imposible encontrar a alguien aquí —dijo Ivar.

—Y no conozco ningún método o magia que me ayude a rastrearlo —respondió Red.

—Pues claro, tu magia solo sirve para matar —agregó el druida con una mirada de molestia—. Maldita sea, si no hubiera estado tan concentrado en la llave, me habría dado cuenta.

—Para ser honesto, ha pasado casi un día. He visto hombres más duros morir en horas en este bosque. No puede estar con vida. Deberíamos...

—No abandonamos a los nuestros —dijo Galavan, interrumpiendo al caballero—. Vuelvo pronto.

Galavan se dirigió al árbol donde vivía el niño y empezó a subir a la cima.

—Qué difícil es subir hasta acá. Estoy viejo para esto.

El árbol hueco en su interior estaba intacto, ciertamente no parecía que el chico hubiera sido atacado por una criatura, pero Galavan podía sentir otra presencia.

—Un duende... ¿Pero...? ¿Cómo se metió aquí? —dijo Galavan en voz alta—. Creo que debemos partir de inmediato.

Tras el pequeño contratiempo, Galavan volvió junto a los forasteros. Tenían un largo trabajo por delante y apenas empezaba. Los caballos estaban listos. Finalmente partieron.

II

En otra parte del bosque, Elric estaba comiendo sentado en una mesa de piedra junto a dos duendes. Las uvas del festín eran deliciosas. Se estaba divirtiendo mucho. Los duendes no parecían ser para nada malos.

—Duende, no me has dicho tu nombre.

—Elric, lo dije. Nombres tienen poder. Solo decimos a otros duendes.

—Sí, pero pensé que ya éramos amigos.

—Es por bien, pero no importa. Sigue disfrutando. Nos gusta que tú aquí.

—Creo que debería volver. La verdad, quería ver el festival. Ya habrán pescado al señor del río y no estuve ahí.

—No, tú quedarte, amigo.

—¿Por qué no van al pueblo? Podríamos ser todos amigos, no tiene por qué haber problemas entre humanos y duendes.

El duende repentinamente cambió su expresión alegre.

—Voy a dormir.

¿Qué le pasa?, pensó Elric.

El hogar de los duendes parecía sacado de los cuentos que solían contar en las escuelas del reino. La libertad podía sentirse en el aire. No había adultos, pero nunca faltaba la comida. Elric quería que los conflictos entre humanos y duendes acabaran, pero también quería respuestas.

—Espera, ¡duende!

—¿Qué pasar?

—No te vas a librar tan fácil de mí.

El duende lanzó una sonrisa, sin mostrar sus afilados dientes.

—Está bien, juguemos.

Los duendes tenían una rutina extraña. Todo lo que hacían era cazar, comer, jugar y dormir. Parecía que no sabían decir que no a un juego.

—Jugar peleas —dijo el duende.

—Pero me destrozarías —respondió Elric.

—Tú convertirte en duende entonces.

La forma con la que el duende lo dijo le dio escalofríos. Podía ver en los ojos totalmente negros del duende que hablaba en serio.

—Todavía no sé si volverme un duende.

En ese momento las caras de todos los duendes que estaban jugando se voltearon a ver a Elric.

—Pero si duendes ser perfectos —dijo uno de los duendes, quien posteriormente derribó un árbol de un puñetazo.

—Amarás vivir con duendes —dijo otro duende mientras golpeaba fuertemente a otro que jugaba a las peleas.

—¿No creen que juegan un poco brusco?

—¡Duendes curarnos rápido!

—¡Pelea duende!

—¡Pelea duende!

En el lugar en el que se encontraban, los duendes empezaron una pelea masiva. Muchos salían volando por los aires con los golpes de otros. Fue entonces cuando Elric fue empujado fuertemente por la espalda.

—¡Oye, más cuidado!

Lo que el chico vio lo dejó asombrado.

—No puede ser… ¿Timmy?

El duende lo miró extrañado.

—Timmy, vuelve a Belén, Sarah está preocupada por ti.

—Yo ser duende. Estar en casa.

—Pero Sarah...

—¡Traer a Sarah y convertirla en duende!

De repente, el duende salió corriendo. Habían pasado varios meses desde que Elric había visto a Timmy.

—Elric, ¡venir!

El duende que lo había secuestrado lo llamó.

—Enemigos acercarse. Tú esconderte.

—¿Quiénes podrían ser?

—Monstruo, suelo tiembla, grande.

Todos los duendes tomaron posiciones elevadas, listos para saltar encima del enemigo. El monstruo era metálico. Sus pasos resonaban en el bosque. Junto a él, un pelotón de soldados de Mazavid trotaba y una hilera de vapor salía de su espalda.

—¡Matar! —gritó uno de los duendes.