El viaje del colibrí Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—Vine a buscar a Elric, la pregunta es: ¿qué haces tú aquí?

—Yo también vine a buscarlo.

—El señor Vulkan dijo que no había aparecido para ayudar a preparar el festival. Debe estar durmiendo en algún otro árbol cerca.

—No lo creo.

—¿Por qué? —preguntó Sarah.

—Porque no estuvo en el evento de atrapar al cerdo. Él jamás se lo perdería. Le encanta.

—¿Entonces crees que se escapó?

—O quizá algo se lo llevó.

A la distancia, nuevamente, los gritos, acompañados de suspiros, llegaron a los oídos de ambos niños.

—Deberíamos ir a ver qué está pasando.

—¿Y qué tal si son los forasteros que te hicieron ese corte?

—Me encargaría de ellos.

Con una mirada confiada, casi rozando el punto de la arrogancia, Zaretino sacó de su cinturón un cuchillo con la esperanza de provocar alguna reacción en Sarah; quería impresionarla, pero la pequeña no era muy impresionable. Simplemente lo miró fríamente y dijo:

—Guarda eso, o podrías hacerte otro corte.

—Vamos —dijo un apenado Zaretino.

De vuelta en el evento, el gran señor del río se movía rápidamente.

Las mujeres y los niños habían sido evacuados de la orilla y la pobre madre había sido llevada a su casa.

Las otras madres se acercaron para brindarle consuelo, pero ella estaba fuera de sí misma, no se pertenecía.

Era la primera vez que un señor del río salía tan rápido a la superficie.

Max no podía creerlo. Algo ciertamente había cambiado en el bosque. Este festival no era como los pasados.

—Voy a matar a ese pez hijo de puta —dijo un molesto Aromer.

—¡Me lo voy a comer vivo! —gritó el carnicero.

—Sé que todos están conmocionados por lo que pasó hace poco, pero, para garantizar la seguridad del río los próximos meses, debemos acabar con ese monstruo. Voy a preparar la carnada —agregó el viejo Max.

—Forasteros, es hora de que hagan algo —dijo seriamente Ak’ Lav, ofreciendo a Red e Ivar unas lanzas de acero afiladas que finalizaban en una fuerte cuerda y que eran más bien unos arpones.

Ivar miró la curiosa arma con algo de recelo y no pudo evitar dudar si podría penetrar las escamas de la criatura.

—¿Seguro que esto funcionará? —preguntó Ivar.

Red miró alrededor y sus ojos se fijaron en el almacén de antes, donde Ak’ Lav mencionó que guardaban el polvo de humo negro.

—¡Ak’ Lav! —gritó Red para llamar su atención—. ¿Qué hay de la bomba? ¿No podemos usarla?

—¿Con toda esa agua? No servirá.

—¿No tendrás un arco? —preguntó Red—. Podríamos dispararle la bomba en una flecha, directo a la boca.

—Bum... —dijo Ivar.

—Hace años intentamos pescar uno así. No funcionó. Su interior de por sí es bastante fuerte y este... este no es como los otros. Simplemente se la tragará —dijo Ak’ Lav.

—Podríamos darle en los ojos primero y luego lanzarle la bomba dentro de la órbita, amarrada a una flecha —dijo Red.

—Estás loco si crees que...

—Podré darle.

—¿Y cómo la vas a encender?

—Tendrás que confiar en mí.

Ak’ Lav lo miró con algo de duda tras la declaración, pero al verlo a los ojos supo que hablaba en serio.

—Aquí tienes. No es mucho y solo tenemos tres flechas. No creo que con una sola baste. La bomba la puedes agarrar tú solo.

Antes de dar inicio a la caza, Max tomó la palabra para motivar a los pescadores.

—Hombres de Belén, visitantes, hoy no matamos a esta bestia como motivo de júbilo. Hoy lloramos la pérdida de un miembro del pueblo. Hacemos esto en su honor... —Max hizo una pausa—. Matemos a este pez.

Dicho lo que debía decirse, el viejo Max se dirigió al árbol que se encontraba en la mitad del río.

Los hombres ya no estaban en la orilla. Era necesario ensuciarse.

Una parte de la gran cantidad de peces que obtuvieron, alrededor de cien, fue necesaria para que el señor del río considerara volver a salir.

Con un esfuerzo grupal, los hombres colgaron la malla con la gran cantidad de peces en la rama del árbol y se dispusieron a esperar a que mordiera el anzuelo.

Justo después, Red agarró la bomba de polvo de humo negro, cruzó a la otra orilla del río y escaló uno de los árboles para esperar el momento oportuno.

Los minutos pasaron, pero el señor del río no salía. El tiempo empezó a empeorar y pronto el sonido del agua encontró un acompañante perfecto en la fuerte lluvia que caía sobre sus cabezas.

—Señor Vulkan, ¿qué pasó aquí? —preguntó Sarah

—¿Qué hacen aquí, niños? Le dije a Mary y a Teresa que metieran a todo el mundo en sus casas.

—Fuimos a buscar a Elric. No está —respondió Zaretino

—Tenemos otro problema entonces, primero Maviron y ahora esto.

—¿Qué le pasó a Maviron?

—Lo devoró el señor del río —respondió Aromer sin maquillar su respuesta—. Vete a casa con Mary ahora, Sarah. Es una orden.

Ambos chicos fueron acompañados a casa por Vulkan. Los adultos del pueblo no querían que ocurriera otro suceso desafortunado.

—Creo que quizá debiste ser más reservado con tu respuesta —dijo un preocupado Justo.

—Y yo creo que tal vez tú deb...

Antes de siquiera terminar su frase, Aromer fue engullido por el pez.

—Atrapen al desgraciado.

Barrett, Justo, Maxwell, Ak’ Lav e Ivar tiraron sus arpones. La fuerza del pez empezaba a ceder. A estas alturas, llamar al señor del río «pez» era una falta de respeto para el animal. Tenía todo para clasificarse como un monstruo.

—¡Tiren del maldito! —gritó Ak’ Lav.

—¡Eso hago! —exclamó Barrett.

El viento soplaba fuertemente. Los hombres pudieron ver cómo la bestia se alejaba y se resistía a ser atraída.

Ni la descomunal fuerza de Barrett podía inmutar a la criatura.

El viento soplaba fuertemente. Los hombres pudieron ver cómo la bestia se alejaba y se resistía a ser atraída.

Ni la descomunal fuerza de Barrett podía inmutar a la criatura.

—¡Se está burlando de nosotros! —exclamó Ak’ Lav.

—Va a volver a salir, preparen arpones...

El señor del río volvió a emerger y esta vez devoró de un bocado la carnada que habían reunido.

—¡Disparen! —gritó Max.

Los hombres volvieron a lanzar los arpones con toda su fuerza. La criatura empezaba a ceder. El agua estaba roja, pero esta vez era su sangre.

—¡Ahora, amarren las cuerdas alrededor del árbol!

Todos hicieron lo que Max decía. El viejo no era fuerte, pero era el mejor pescador que conocían.

—¡No puedo creer que cazaran uno de este tipo cada año! —gritó incrédulo Ivar.

—¡Normalmente se mueren de tres arpones, y este maldito lleva unos quince! —respondió Barrett agitadamente.

El señor del río ya no se estaba moviendo. No podía sumergirse. Los arpones empezaban a escasear. Estaban en un punto muerto.

—Vamos a jalarlo a la orilla —dijo Max.

De repente, la bestia recobró sus fuerzas y empezó a retorcerse para evitar ser arrastrada.

—¡Quiere escapar! —gritó Ak’ Lav.

Ak’ Lav y Justo cayeron. Barrett e Ivar eran la última línea en pie. Si el pez escapaba, estaría acechando en el río. No podrían lavar su ropa cómodamente, los peces escasearían y la gente de Belén tendría menos alimento.

—¡Red, dispárale de una vez!

Red recibió la indicación y dejó ir la flecha que tenía tensada, la cual se insertó directamente en el ojo derecho del gran pez.

El monstruo se retorció y empezó a halar más fuerte.

—Eso no funcionó —dijo Ivar.

—¡Maldita sea! ¡Solo lo enojaste más! —gritó Barrett.

—¡Manténganlo quieto! —gritó Red.

—¡Arrastren! —indicó el viejo Max.

El señor del río haló con tal fuerza que Ivar y Barrett se tambalearon.

Red preparó la otra flecha mientras temblaba. La fuerte y fría lluvia hacía que el arma se le resbalara.

—¡Dispara! —gritó Max.

La flecha salió desviada por la brisa y, de no ser por un esfuerzo sobrehumano del carnicero al levantar al pez, no habría dado en el blanco.

El monstruo se retorció cuando la segunda flecha penetró la flecha anterior y le estalló el globo ocular.

La sangre salía disparada a chorro. El señor del río se disponía a retirarse a las profundidades nuevamente.

La fuerza de este fue tan grande que Ivar y Barrett estuvieron a punto de soltar los arpones, hasta que un retornante Vulkan agarró otro arpón y empezó a halar.

Ak’ Lav y Justo se reincorporaron y empezaron a tirar. Incluso el viejo Max aportó algo de su fuerza.

Red preparó la última flecha, a la cual había amarrado la bomba de humo. El último movimiento sería crítico.

La flecha salió disparada. Los hombres sostenían firmemente al pez; sin embargo, la resistencia no duró mucho.

El señor del río haló con fuerza y todos los hombres cayeron al agua.

En ese último instante, antes de que el señor se sumergiera, la flecha llegó al ojo derecho y penetró las flechas anteriores.

El monstruo empezó a retorcerse y Red, sin perder el tiempo, hizo a un lado el arco y lanzó una llama de la punta de su dedo índice izquierdo.

Esta encendió el polvo del humo negro, que le explotó media cara al monstruo y terminó así con su vida.