El viaje del colibrí Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Red se dirigió al edificio gris y, al abrir las pesadas puertas, observó a Galavan recitar unos cánticos en un idioma antiguo, desconocido para Red, que por alguna razón lo hacía sentir incómodo. Pero no sabía por qué.

—Galavan, ¿cuánto más debemos esperar? —interrumpió Red.

—No más de medio día. Los espíritus están muy agresivos. Algo malo va a pasar pronto.

—¿Qué puede pasar?

—No lo sé con certeza. Solo sé que, una vez termine aquí, debemos actuar pronto.

—Menuda fiesta tienen armada. Ivar ganó el concurso de atrapar al cerdo. No quiere admitirlo, pero se está divirtiendo.

—Mira, Red, no es que quiera echarte ni nada por el estilo, pero mientras más rápido termine de entonar los espantaespíritus, antes podremos partir. Además, no es bueno que me escuches hablar en esta lengua, así que te pido, por favor, que esperes afuera.

Al sentirse ligeramente regañado, Red salió a esperar como indicaba el anciano. Tras pasar unos minutos solo con sus pensamientos, decidió acostarse y, antes de poder darse cuenta, el cansancio acumulado lo hizo quedarse dormido.

II

Las horas habían pasado rápidamente. Red e Ivar habían aprovechado para descansar a pesar de todo el ruido de los instrumentos que tocaban los lugareños, pero una persona interrumpiría el sueño del antiguo protector real.

—Oye, despierta.

Era una niña de pelo rojizo. No recordaba haberla visto entre la multitud en el evento del cerdo.

—¿Qué? ¿Qué pasó?... ¿Quién eres?

La niña miró al hombre de una forma extraña, como una persona mira a un indigente que duerme en el suelo o, como estaba él, en una banca.

—Oh. No soy un indigente, solo...

—No te desperté por eso. Te estabas moviendo raro al dormir. Parecías tener una pesadilla.

—Oh, está bien, gracias.

—El señor Vulkan me dijo que lo fuera a buscar, ya pronto va a empezar el concurso de pesca.

—Bueno, voy para allá, gracias.

Antes de hablar con Vulkan, Red aprovechó para despertar a Ivar.

Le dijo que lo esperara en el río, ya que iba a visitar los establos un momento.

Red quería hacerle una visita a su nuevo caballo.

En el establo había unos cinco caballos.

Cómo habían terminado ahí le extrañaba. Mientras admiraba a cada uno de ellos, uno de los hombres que participó en el evento de atrapar al cerdo se acercó a mirar los caballos también.

—Hola, eras Romdero o algo así, ¿no?

—Así es, y tú eras el saco de boxeo de Barry. ¿Cómo te llamas?

—Red.

—Bueno, Red, ¿qué quieres?

—Tengo unas preguntas.

—Empieza.

—¿Estás a cargo de los caballos?

—Sí, yo y mi hermana.

—¿Cómo es que tienen caballos aquí? ¿Los roban de las personas que mueren allá afuera?

—Sí, todos excepto este —dijo Romdero, señalando a un caballo marrón oscuro.

—¿De dónde lo sacaron?

—Un tipo viene cada cierto tiempo, un capitán de un barco que comercia con nosotros. Una vez gastó tanto que tuvo que dejar este caballo como pago.

—Me vendría bien conocerlo, quizá me pueda sacar de aquí.

—Pues estás de suerte, creo que va a pasarse por aquí en unos días, es un amigo del pueblo. Ojalá traiga un caballo como aquella vez —dijo Romdero sonriendo—. ¿Este es tu caballo? —agregó Romdero, señalando al caballo plateado que Red rescató.

—Sí, lo encontré en una zona donde ocurrió algo terrible. Realmente no he tenido tiempo de formar una amistad estrecha con él.

—Estás tardando mucho, los caballos son criaturas increíbles, darían la vida por sus amos.

—¿Es eso cierto, chico? ¿Darías la vida por mí? —dijo Red mientras lo acariciaba. El caballo relinchó y pasó su hocico cerca de su hombro, como si le quisiera dar un abrazo al humano.

—¿Lo ves? Se ve que se van a llevar muy bien. ¿Cómo se llama?

Red no había pensado en un nombre para el caballo, pero ya había pasado mucho tiempo diciéndole «caballo». Un espécimen tan magnífico merecía un nombre.

—Cenizas.

Romdero hizo un gesto de aceptación, no sonaba mal.

—Bueno, el destino te ha brindado un buen caballo. ¿Sabes qué? Le equiparé una silla y alforjas que nos sobran como regalo.

—Te lo agradezco.

Tras su breve encuentro con Cenizas, Red se encontró con Ivar y con Vulkan.

—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Ivar.

—Visitando a mi caballo.

—Oye, Vulkan, ¿cuándo empezamos?

—En un par de minutos Mary les va a dar las reglas. —Vulkan hizo una pausa, miró a todos lados y no vio a Elric—. Sarah, despierta a tu amigo el flojo, te mandé a decirle que viniera a ayudar, lleva durmiendo más de diez horas.

—Ya voy a buscarlo —dijo Sarah dirigiéndose al árbol de Elric.

—Bueno, para este evento, el principal del festival, las reglas son simples: tienen que atrapar al señor del río, pero deben usar las cañas de pescar fabricadas por nuestro abuelo, Maxwell. No encontrarán una mejor caña de pescar en todo Belén.

En ese momento Maxwell tomó la palabra.

—El pez no saldrá hasta que preparemos su carnada. Y ahí es donde entran todos: deben pescar tantos peces como puedan. Luego los metemos todos en una red y la colgaremos de ese árbol de allí —el viejo señaló un árbol que se alzaba en la mitad del río.

—Todos tomen sus cañas y prepárense.

Red e Ivar estaban listos para empezar a pescar cuando, nuevamente, a sus espaldas, una voz conocida dijo:

—Quién más que el mejor pescador de Belén para atrapar al pez más grande.

—Barrett... —dijo Ivar.

—¿Qué pasó, forasteros? ¿Creyeron que me iba a quedar con el sabor de la derrota?

De repente, la gente de la aldea empezó a pescar.

Los locales atraparon muchos peces. Como era de esperarse de un pueblo en el bosque de los condenados, la caza y la pesca estaban fundidas en su cultura.

No había una persona que no atrapara un pez.

Barrett llevaba por su cuenta una docena.

Su espíritu competitivo, que impresionaba a los forasteros, era increíble, pero su nivel de salvajismo era aún mayor.

—¡Ja! Ya gané este año. Vayan a practicar para el próximo, animales de monte.

Tras decir la frase anterior, Barrett dio un mordisco a un pez y lo devoró desde la cabeza hasta el extremo anterior de la cola.

—El único animal aquí eres tú, comiéndote a ese pez crudo —dijo Vulkan.

—¡Por Zhonos! —dijo Mary.

—Digan lo que quieran. Así luce un verdadero hombre. ¡Ja! Sigan pescando, miserables.

—Odio cuando se pone así —dijo Ak’ Lav.

A pesar de la curiosa y algo desagradable escena, todos estaban felices. Al paso que iban, el señor del río caería rápidamente y le garantizaría alimento al pueblo por semanas. Entre la euforia que se vivía, dos personas desafortunadas iban muy por detrás, sin haber atrapado ningún pez.

—¿Qué pasó, Red? ¿A los colibríes no les enseñaban a pescar? —preguntó Ivar.

—Me enseñaron, pero nunca se me dio bien. ¿Qué hay de ti? Escuché que en Lerion practicaban competencias como esta todo el tiempo y aun así llevas cero.

—Mis padres eran ricos, nunca tuve que hacer esto.

Ambos rieron.

En ese momento, la caña de pescar de Red empezó a moverse fuertemente. Era una fuerza arrolladora. No era un pez normal. Era como si Red intentara levantar un gran tronco de madera flotante.

—¿Qué pasó? ¿Mordió alguno? —preguntó Ivar al ver el esfuerzo físico de Red.

—Creo que el señuelo se atascó en algo.

Tras esa declaración, la caña de Red fue devorada por completo por el agua.

—Oye, viejo, creo que el pez gigante se comió tu caña.

El anciano Max miró con duda al forastero. Era imposible. En todos los festivales que había visto, ningún señor del río salía a la superficie tan pronto.

—El forastero torpe simplemente perdió la caña y está inventando cuentos —agregó Barrett en un tono arrogante—. Llevas menos uno.

—Puedes pagar con tu caballo si quieres —agregó Mary, quien tenía una expresión que demostraba claramente que quería un caballo.

Red simplemente levantó una ceja y respondió:

—No es broma, hay algo allá abajo.

La gente de Belén se rio de Red por unos segundos más hasta que se cansaron. Finalmente, Justo, uno de los hombres del pueblo, le pasó otra caña, no sin antes decir:

—Y esta no la pierdas.

Las pilas de pescado crecían. Las cosas se normalizaron.

Diez minutos habían transcurrido desde que Red había perdido su caña.

A pesar de no ser expertos pescadores, en este periodo el par de forasteros logró atrapar media docena.

Era imposible no atrapar siquiera uno con la enorme cantidad de peces que migraban desde Khorvalen hacia Bearnia, para lo cual los peces debían atravesar el río del bosque.

—¿Crees que si seguimos el cauce podamos salir del bosque? —preguntó Red

—Pues tendríamos que cabalgar por días sin parar —respondió Ivar—. Si mi geografía es correcta, este río es una bifurcación del Artus. Nadie navega en estas aguas, solo piratas.

—El hombre de los establos, Romdero, me dijo que un capitán de barco suele venir a negociar cada cierto tiempo y que en un par de días vendrá. Podríamos pagarle para que nos lleve lejos.

—Yo no llevo ni una moneda encima. ¿Y tú?

De repente, una discusión entre una madre y su hijo interrumpió la conversación de ambos hombres.

—Hijo, no te acerques mucho al agua —decía la madre con preocupación y con un ligero tono de sobreprotección.

—Siempre dices lo mismo, madre. Tengo diez años. Ya puedo participar en el festival.

—No quiero que te acerques tanto, ¿y si te lleva el agua?

—Ya sé nadar —dijo el niño, con un tono de rebeldía.

Luego de su respuesta, de las aguas negras, turbulentas y traicioneras del cauce del Artus, el gran señor del río saltó a la superficie y devoró de los pies a la cabeza al pequeño.

—¡Maviroooooon!

La calma se desvaneció en tan solo un segundo. El agua roja y los gritos de desesperación se encargaron de cambiar el ambiente de Belén a uno de terror. Los gritos fueron tan fuertes que llegaron justo a la entrada de la casa del árbol de Elric.

—¿Qué habrá pasado? —preguntó asustada Sarah, a las puertas de la entrada.

Últimamente las noches eran algo diferentes. Los espíritus estaban callados. La brisa era más fuerte. Los días eran más fríos desde aquel día en que se escuchó un gran grito en el bosque y sus amigos salieron a explorar.

—De pronto, ya atraparon al señor —respondió Zaretino.

—Me asustaste —suspiró Sarah.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó el chico.