Capítulo 5 #2
—Todavía no. Tengo que preparar a los espantaespíritus para mi salida. Algo ha estado interfiriendo con ellos últimamente. Tú deberías distraer un poco tu mente, siento tus malas energías. Además, esa magia oscura tuya requiere de una adecuada recuperación.
—Gracias —dijo Red mientras se levantaba de la cama y se dirigía a la puerta.
Sin más remedio que esperar, Red buscó una banca para sentarse y asimilar lo que pasaba. Belén parecía un pueblo acogedor y la decoración de ese tal festival de la pesca con faroles y adornos le daba un tono atractivo y exótico.
Quién lo diría, sí hay gente viviendo en este bosque después de todo, pensó Red.
Poco después de sentarse, vio cómo, a media distancia, Ivar le hacía señas, invitándolo a acercarse. Red se levantó de la banca y caminó hacia él. Debían hablar.
—¿Cómo sigues?
—Entre la paliza y la pelea con los duendes estoy vuelto mierda.
—Sobre eso...
—Lo entiendo. Estabas siguiendo órdenes. No llegas a comandante así como así.
—Ya no soy un comandante. Te ayudé a escapar y eso me hace un desertor.
—Podrías regresar y explicar todo.
—Nah, está mejor así. Si regreso y explico que toda mi unidad fue aniquilada me irá igual de mal. El novato... Mathias... —dijo Ivar, corrigiéndose—. Creía en ti. Así que supongo que yo también empezaré a hacerlo. ¿No te importa que alguien que te capturó te cuide las espaldas?
—¿Por qué harías eso?
—Verás, he vivido toda mi vida siguiendo órdenes.
Digamos que ya estoy harto: primero mi padre, luego mis comandantes y ahora el rey, quien sospecho que eventualmente deseará reemplazarnos por autómatas y dejarnos sin empleo.
Por primera vez en mi vida estoy eligiendo por mí y brindo por ello —dijo Ivar mientras le ofrecía una cerveza a Red.
Lo que parecía una buena amistad acababa de empezar.
El tiempo pasó rápidamente. Una hora se volvió dos; dos se volvieron cuatro.
Con la oscuridad permanente del bosque era difícil saber cómo pasaba el tiempo.
Los dos hombres, ebrios, empezaron a llamar la atención de todos en el pueblo, que, sorpresivamente para un pueblo tan oculto, eran muy hospitalarios.
Pronto y sin saberlo, terminaron bebiendo con extraños.
—Entonces, ¿tú te llamas Ak’ Lav? ¿Y, si es así, por qué sus nombres son más normales? —preguntó un alcoholizado Red a Aromer y Vulkan.
—Te llamas Red, no estás en posición para decir que mi nombre es raro.
Los extraños reían a carcajadas. La estaban pasando bien.
—Ak’ Lav, debo preguntar. Lo que tienen en ese almacén de allá... El olor... ¿Es polvo de humo negro? —preguntó Red.
—Ah, sí, lo agarré de un escuadrón de guardias que ya no lo necesitaban, a unas horas de aquí.
—¿No es peligroso?
—Tampoco es que sea mucho. Solo una bomba. Nos servirá para despejar el camino en una mina cercana.
Los hombres siguieron bebiendo hasta que el inevitable tema salió a flote.
—Oigan, ¿están casados? —preguntó Aromer al par de mazavianos.
—No. Siempre he tenido mala suerte en esas cosas y en todo, prácticamente —dijo Red, pareciendo ocultar algo.
—¿Qué piensas de mi hermana? Es esa que está allá haciendo galletitas.
Aromer señaló a Mary, una muchacha de una belleza deslumbrante. Al verla, Red e Ivar no pudieron evitar preguntarse cómo había terminado en un lugar tan abandonado por Zhonos.
—Es bella, pero parece algo menor para un par de viejos como nosotros.
—¡No creo que eso sea un problema en Zahramar! —gritó Ak’ Lav.
Nuevamente, los completos extraños rieron.
—¿Y tú, Ivar, estás casado?
—Tengo una prometida esperándome en Lerion.
—Vaya, eso sí es una ciudad, no como la concurrida León. ¿Has intentado manejar un carruaje ahí? Es imposible —respondió Vulkan.
Red e Ivar estaban sorprendidos, no pensaron que estos hombres del bosque supieran algo de su reino.
—Espera, ¿tú conoces Mazavid? —preguntó Ivar.
—Sí, muchos somos de afuera. Por algo no tenemos nombres raros.
Todos miraron a Ak’ Lav.
—Eso explica muchas cosas —dijo Red.
—Bueno, como les decía, cuando vuelva al reino, si no descubren que estoy vivo, me fugaré con ella y nos iremos a otro reino, probablemente a Kala, si el loco del rey no la destruye con su ejército de vertestita, y... le daré esto.
Los hombres estaban atentos. Todos pudieron observar cómo Ivar sacaba de su bolsillo un anillo.
Tenía una esmeralda preciosa. Si eso no le gustaba a ella, nada podría hacerlo.
Justo en ese momento, como si de una comedia de las que eran interpretadas en los teatros de Mazavid se tratase, un cerdo gordo pasó debajo de las sillas, hizo tambalear a Ivar y se comió el anillo.
—¡Todos persigan a ese cerdo! —gritó Ivar.
El grupo persiguió al animal hasta que este se metió en una porqueriza tan amplia que parecía una arena de batalla y otros lugareños le cerraron las puertas.
—¡El concurso de perseguir al cerdo acaba de empezar! —gritó Mary.
—Parece que no tenemos otra opción que concursar —dijo Red.
Entre los concursantes se encontraban Ak’ Lav, Aromer, Vulkan, Romdero, Justo, Barry el carnicero y, por supuesto, como participantes improvisados, Red e Ivar.
—Las reglas son sencillas: hagan todo lo posible por atrapar al cerdo sin salir de la porqueriza.
—¿Cuál es el premio por ganar? —preguntó Zaretino junto a sus padres en unas gradas cercanas al asiento donde se encontraba Mary narrando.
—Recuerden que el que atrape al puerco podrá quedarse con él —agregó Mary, recibiendo aplausos de la gente del pueblo.
Red e Ivar estaban armando una estrategia, solo para escuchar cómo a sus espaldas un «experto» decía:
—Esto va a ser lo más fácil que haga, yo soy el mejor de Mazavid en atrapar al puerco.
Era Barrett, el carnicero, el campeón de los dos últimos festivales, quien, a pesar de su gran masa y altura, se las arreglaba para ganar con facilidad.
—Oye, Red, yo atrapo al puerco. Tú distraes a ese gordo.
—¡Empecemos! —gritó Mary, dando así inicio a las festividades.