El viaje del colibrí Capítulo 5
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Capítulo 5

Un lugar seguro

De vuelta en Belén, Galavan y los niños fueron recibidos por todos. Habían llegado justo a tiempo para el festival.

—Niños, qué alegría verlos bien —dijo Barrett el carnicero, alegre.

—No vas a creer lo que vimos hoy, Barry. ¡Un ejército de duendes!

—Les dije que eran reales. Yo soy el mayor conocedor de criaturas mágicas que hay.

—Deja de vanagloriarte y sigue moviendo esas mesas, Barry. Y no olvides traer las manzanas. Y ustedes, me alegra que estén a salvo, pero no debieron desobedecer a Galavan —dijo Teresa, la esposa de Barry.

—Y oye, Zaretino, tus padres estaban preocupados. Deberías ir a verlos.

—Nos vemos luego, Elric —dijo Zaretino despidiéndose.

Elric volvía a estar solo. Fue a su árbol para echar un vistazo a Belén.

Las luces de los faroles iluminaban el ambiente.

Se sentía cálido a pesar de ser una noche cualquiera en el bosque.

Estaba triste, en casa nadie lo esperaba.

Elric quería escapar del bosque y ver a su abuela, la única familia que le quedaba con vida en el reino de Khorvalen, pero mientras los años pasaban, la esperanza de juntarse con ella se desvanecía.

Quizá ya estaba muerta o lo estaría para cuando él llegara.

Caminó hacia su casa y se le pasó un poco el pesimismo.

Miró por la ventana cerca del edificio gris ubicado en el centro de Belén y pudo notar cómo Galavan e Ivar cargaban a Red adentro.

Luego miró a todas las familias organizando mesas y riendo hasta que inesperadamente un aroma a carne de res bien cocida y puré de papas llegó hasta su casa.

—Huele muy bien —dijo Elric.

—¿Verdad que sí?

El asustado niño, quien estaba sentado, cayó de espaldas de la silla de madera que lo sostenía.

—Calma, soy yo, ¿quién más podría ser?

Una pequeña niña, de once años, con cabello rojo como su hermana Mary, se rio de la cara de terror del niño.

—Sarah. Debí saberlo —respondió Elric.

—Estaba preocupada. ¿Dónde estaban?

—Fuimos de aventura, pero las cosas salieron un poco peor de lo que pensábamos.

—¿Estás herido?

—No, yo estoy bien, aunque tengo mucha hambre. Podría comerme uno de esos cerdos del festival.

—Sabes que no son para comerse, son para jugar —respondió Sarah, con un tono regañón.

—Lo sé. No estoy bien. Tino tiene una cortada en la cara… pudimos morir.

La niña estaba impactada, pero también algo emocionada por escuchar más de la aventura de su amigo.

—¿Y quiénes son esos tipos que están con Galavan?

—Nuevos amigos, supongo. Uno es un soldado desertor muy bueno matando duendes y el otro nos capturó, pero supongo que es un buen tipo si ahora está aquí.

—¿Duendes?

La expresión de asombro y emoción en Sarah cambió por una de tristeza.

—Lo siento —agregó apenado Elric.

—Está bien, no pasa nada.

—¿Mi hermano no puede ser una de esas cosas, verdad?

Elric no sabía qué responderle. La conversación se volvió incómoda. Sarah lo notaba y decidió que era momento de terminarla.

—De todos modos, te esperaba para decirte que debes ayudar con el festival. Duerme un poco y, al despertar, busca a Vulkan.

—Nos vemos después.

—Y Elric... date un baño. Apestas.

Elric estaba listo para dormir, haciendo caso omiso de la indicación de su amiga de tomar un baño, hasta que un ruido extraño sonó en el techo de su casa en el árbol.

—¿Quién está ahí? ¿Sarah?

—¿Entrar puedo?

Era una voz, un niño. Su voz era suave, pero apagada. Elric no recordaba haber escuchado una voz igual en todo Belén y conocía a todos.

—¿Quién eres?

—Abrir por favor. Estoy solo.

La voz sonaba asustada, él sabía lo que era estar solo.

—¡Ah! —exclamó Elric, impresionado al ver al niño de ojos negros—. ¡Eres un duende!

—No gritos, por favor. No ser malos. Queremos ayuda.

—¿Cómo pides ayuda después del horror que causaron en ese cuartel?

—Nosotros no querer herir humano. Hombre delgado nos obligó.

—¿Hombre delgado?

—Con sus manos, nos hizo hacer su voluntad. Venir conmigo. Yo explicar.

—¡No! Espera.

Con una fuerza mucho mayor que la de un adulto, el duende agarró sin su permiso a Elric y saltó entre árboles que agarraba con una mano mientras sostenía al chico con la otra.

Este no pudo hacer más que maravillarse de lo cerca que podía ver la luz de la luna y preguntarse cuál sería su destino y si iba a estar a salvo.

Varias horas después, en Belén, el festival empezaba a coger forma. Los cerdos estaban listos, las cañas habían sido armadas, los puestos de bebida y comida armados y las frutas servidas.

En el edificio central de la aldea, Red finalmente abrió los ojos.

—Ey, tú, finalmente estás despierto —dijo Ivar.

El dolor se había ido, lo único que prevalecía era la sensación extraña de estar en un sitio desconocido, despertando junto a un soldado que antes había intentado matarlo.

—¿Dónde estamos?

—Según el viejo y los mocosos, en un lugar seguro, un pueblo llamado Belén.

—¿Y mis cosas?

—No te preocupes, están justo aquí conmigo —dijo el anciano.

Galavan era un anciano de pelo y barba gris, medía unos 180 centímetros.

Su rostro era arrugado, pero tenía una vibra etérea.

Era pálido. Sus ojos eran marrones. Llevaba una túnica gris de seda y por debajo vestía una camisa negra de algodón.

En su cuello podía apreciarse un collar de plata que parecía tener una forma de medialuna.

Su edad era difícil de calcular, pero estaba claro que llevaba mucho tiempo en el bosque.

—Mi nombre es Galavan. No nos habían presentado formalmente. Tú no me conoces, pero yo a ti sí, Red. Arrastré tu trasero junto a los chicos y este hombre del cuartel al pueblo. Por tu caballo no te preocupes, está siendo cuidado cerca del arroyo.

—¿Puedo tener la llave de vuelta?

—Claro, pero antes tengo unas preguntas —dijo Galavan.

—Que vengan las preguntas entonces.

—¿Quién te dio esa llave?

—Mi... la reina Lysif Avid.

—¿Y por qué?

—Me dijo que se había enterado de lo que quería su hermano y me pidió que lo detuviera.

—¿Tienes idea de lo peligrosa que es?

—¿Usted la tiene?

—Sí, algo... Mis amigos y yo leímos algo de élfico hace varias décadas. El objeto es muy antiguo, por lo que su escritura precede incluso a los elfos.

—¿Puede entender lo que dice?

—No mucho, solo una cosa: el vacío.

Ivar había estado escuchando toda la conversación sin tener ni una pista de lo que estaban hablando, por lo que empezaba a aburrirse.

—Oye, viejo, ¿qué puede tomar uno en este lugar para pasar el rato? —preguntó Ivar.

—Pues tienes suerte, la gente del pueblo está organizando el festival.

—¿Y qué hacen? No me sorprendería que fueran a comerse a algún monstruo diabólico.

—No es así. Hace unos treinta años, cuando estábamos en un proceso de expansión, nos dimos cuenta de que durante esta semana un tipo especial de pez salía a la superficie, uno de mis difuntos amigos era adicto a la pesca.

Lo nombró señor del río y, para distraer a la gente que llegaba al bosque y se quedaba en Belén, decidimos hacer una semana de festividades.

Pueden salir a disfrutar. Sería mejor hacerlo ahora, ya que percibo algo en nuestro futuro.

—¿Qué percibes? —preguntó curiosamente Ivar.

—Digamos que algo... desafortunado.

—Oye Red, cuando termines de hablar con este brujo, ven a verme afuera. Deberíamos hablar.

Ivar no perdió el tiempo. Se levantó, algo molesto por las heridas de sus pies, y fue a ver qué ofrecía este pueblo llamado Belén.

—Galavan. ¿Puedo saber quién o qué eres? No parece que seas un anciano común y corriente —preguntó Red.

—Soy lo que llaman un druida. Vivo en comunión con este santo bosque. Es por eso que te quiero fuera de aquí.

—Claro, apenas pueda me iré.

—Te irás y yo te ayudaré. Esa llave altera los espantaespíritus. No la quiero en Belén.

—Las cosas van a ponerse peores, Galavan. Soy un hombre buscado por nada más y nada menos que el rey, quien sospecho que, luego de lo que pasó en el cuartel, está más cerca de encontrarme. La reina quería que abriera lo que sea que abra la llave. No puede ser mala.

—Quizá su potencial para el bien o el mal dependa de la persona. He escuchado cosas sobre este rey Vlak, la mayoría malas.

—No sé dónde pueda estar la cerradura y no quiero que caiga en las manos equivocadas. Por eso necesito esconderla.

—Eso será difícil.

—No hace falta que me lo digas.

Galavan miró la llave fijamente, casi cautivado por la belleza de esta Estaba claro que era de algún tipo especial de vertestita azul; recordaba perfectamente dónde había visto una igual.

—Asumo que tú eres el culpable del cuartel de guardias destruido y lleno de cadáveres, ¿no es así? —preguntó Galavan, mirando a Red a los ojos.

—Ah, eso, no. Yo solamente pasé cuando ya estaba así. ¿Qué clase de monstruo crees que soy?

—Entonces es eso —respondió Galavan con una mirada reflexiva.

—¿Qué cosa?

—La vertestita reacciona a la muerte tomando ese hermoso color azul. ¿No la viste en el cuartel? ¿Estás ciego?

—Estaba bastante ocupado huyendo de la presencia más aterradora que jamás había sentido. Así que no tuve tiempo.

—Mmmm.

Galavan estaba pensando, pero no tenía una respuesta definitiva a este misterio. Red era una caja de misterios que, a su avanzada edad, ya no resultaban un placer para el anciano.

—Encontrar vertestita azul... —dijo Galavan frotándose la frente— es lo único que se me ocurre.

—¿Qué planeas?

—Tenemos que volver a ese cuartel —dijo Galavan levantándose y acercándose a una mesa llena de mapas—. Si nos hacemos con esa vertestita, podría decirle a Fatuo, el herrero, que nos haga una igual. La esconderemos haciéndole pensar al rey que la tiene en sus manos.

—No creo que...

—Fatuo es un herrero enano. Un maestro del arte. Hará una idéntica. Luego solo haremos que tu rey se lleve la réplica y piense que se salió con la suya.

—¿Y qué tal si la nueva llave le permite abrir lo que sea que abra?

—Así no funcionan las runas élficas, Red. Llevan una clase de bloqueos y condiciones que las personas del presente no entendemos. Algo sin la misma antigüedad o condiciones de creación no podrá abrir la misma cerradura.

—¿Cuándo nos vamos? —preguntó Red convencido.