El viaje del colibrí Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Su recuento de muertes de duendes rápidamente alcanzó una veintena.

Los duendes, por su parte, empezaron a atacar sus pies y, tras sacrificar varias vidas, lograron penetrar su armadura y propinarle un mordisco en cada tobillo.

El comandante atravesó el tronco del duende que lo mordió y este se convirtió en un ser de piel verde más arrugada que la de una pasa.

No se distrajo: avanzó hacia los dos duendes restantes y acabó con ellos antes de que pudieran escapar.

Luego de acabar con ese último grupo, decidió refugiarse en la mazmorra, pero la situación que encontró dentro no fue de su agrado.

El prisionero estaba libre. Los niños lo habían liberado y el recluta, quien seguía con vida, no se lo había impedido.

—Vuelve a la celda ahora mismo, Blades —dijo Ivar con la espada en la mano.

Red hizo caso omiso, miró a Ivar cojear y pudo notar que había estado peleando.

—Viste lo que pasa ahí afuera... ¿Prefieres ser leal a tu rey o vivir?

Ivar no quería morir. Sentía que su vida había sido aburrida. Era un buen soldado, pero solo se había unido a la guardia porque su padre lo obligó cuando era más joven.

—Tienes... razón —Ivar guardó la espada—. Considéralo una tregua.

Mathias se acercó a Red y le dio lo que llevaba encima cuando lo capturaron.

Red no perdió el tiempo, agarró la mochila con recelo y la colocó en su espalda.

Luego sostuvo el arco, pero consideró que no sería muy útil para pelear contra múltiples enemigos.

Lo anterior fue notado por Zaretino, quien se acercó y le dijo:

—Use la mata duendes.

Aquella era la espada que Red había usado para matar al bandido, pero no podía entender por qué el niño la había llamado así.

—¿La mata duendes? —preguntó confundido Red.

—La que usó para salvarnos del duende grande que intentó matarnos.

Red había armado las piezas del rompecabezas. Los niños pensaban que quien los atacó era algún tipo de duende. Esto le causó algo de gracia. Empuñó la espada con orgullo, listo para hacerla un arma legendaria. Era una buena hoja, no muy pesada, de un buen acero enano.

—Ante todo, no he tenido la oportunidad de presentarme. Mi nombre es Red Blades.

—Yo soy Elric.

—Y yo, Zaretino.

—¿Cuál es su nombre, señor? —preguntó Elric a Ivar.

—Eh... me llamo Ivar De Lerion —respondió Ivar menos tenso.

—Señor Red, un amigo nos espera con su caballo allá afuera —mencionó Zaretino mientras señalaba a la ventana que daba un vistazo a los establos.

De repente la puerta empezó a ser golpeada fuertemente por los duendes.

Un motivado y descansado Red pateó la puerta y, junto a Ivar y Mathias, juntó su espalda para establecer un perímetro contra los duendes, su defensa era perfecta, los duendes no parecían representar un problema tan grande como esperaba,

o quizá era simplemente que estaban enfrentando a un maestro espadachín, a un colibrí y a un soldado de Mazavid.

Pero los duendes eran ingeniosos y, al ver su inminente fracaso, cambiaron de estrategia. Habían empezado a escupir.

—¡Mi espada se derritió! —gritó Mathias.

—Tranquilo novato —dijo Ivar, entregándole una daga que siempre cargaba encima.

La frecuencia de los escupitajos aumentó. Los fluidos de los duendes eran ácidos, mortales. El grupo empezó a enfocarse en esquivar y rápidamente decenas de duendes corrieron hacia ellos.

Los niños se movían por los tejados del cuartel hasta que alcanzaron al druida que los esperaba junto al caballo, listo para huir sin mirar atrás.

—¿Cuántos llevas? —preguntó Ivar.

—Conté unos treinta —respondió Red.

Ivar esperó a que se acercaran tres duendes y cuando vio sus verdaderas caras al alcance lanzó un tajo horizontal perfecto que asustó a los otros duendes.

—Treinta y tres —dijo Ivar.

El grupo siguió avanzando hacia el punto de encuentro. Mathias no lo hacía nada mal.

Se convertirá en un excelente guerrero, pensó Ivar. Desafortunadamente, un par de duendes a sus espaldas escupieron desde el tejado y el arma del joven guardia nuevamente se había derretido.

Ivar y Red se dieron la vuelta por un momento. Red lanzó una flecha que atravesó el corazón del duende de la derecha e Ivar lanzó un cuchillo arrojadizo que atravesó el entrecejo del duende de la izquierda.

—Me debes una buena daga nueva...

Mathias había caído de cabeza y estaba dolorido. Uno de los escupitajos había acertado en algo más que el arma. Le había dado de lleno en la espalda. El acero de su armadura se había fundido en su espalda. No quería morir, pero por alguna razón sabía que su momento había llegado.

—¡Cúbreme! —gritó Ivar. Le dio la vuelta a Mathias e intentó levantarlo, pero el dolor no se lo permitió.

—Señor... comandante, dígale a mi familia que fui valiente... que los... —Mathias se ahogaba en sangre y era difícil entenderle—... que los amo.

Ivar levantó a Mathias apoyándolo en su hombro. El trío seguía avanzando, Red cubría la retaguardia. Finalmente, Mathias se soltó y un duende semejante a una niña de cabello dorado lo agarró por las piernas.

Los tobillos cansados de Ivar empezaban a tambalearse. Sabía que era el siguiente. Los duendes habían dejado de escupir, sabían que no era necesario para acabar con sus dos presas. Los duendes restantes bajaron del techo y empezaron a avanzar despacio.

—Fuiste un buen aliado, Blades. Quizá si nunca hubieras traicionado al reino, seríamos amigos.

Red miró su mano y dio un paso al frente.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Ivar.

—Sacándonos de aquí.

Red alzó su mano izquierda y el cadáver de Mathias explotó. La sangre se prendió en llamas y quemó a los enemigos, y la sangre de los enemigos ardió también, prendiendo todo el lugar en una tormenta de llamas. No se salvó ningún duende.

Ivar se dio vuelta para hablar con Red, pero este yacía en el suelo, había sucumbido al cansancio y lágrimas de sangre brotaban de sus ojos que habían tomado un aspecto hemorrágico.

—Por Zhonos... magia de sangre —exclamó Ivar, quien no recibió respuesta por parte del desmayado Red.

Los establos estaban sorpresivamente bien, el fuego había espantado a los caballos, pero Galavan había logrado juntar al caballo de Red y a otro caballo de la guardia.

—¿A dónde nos llevas? —preguntó Ivar.

—A un lugar seguro —respondió Galavan.

Mientras el grupo se alejaba de la zona y el cuartel se caía a pedazos, el rey Vlak pudo sentir cómo la magia de sangre de fuego ardía en el bosque élfico, haciéndole saber que estaba cerca.