El viaje del colibrí Capítulo 4
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Capítulo 4

Aliados inesperados

—Alto en nombre del rey —gritó el comandante de los guardias.

El comandante era un hombre de unos treinta años de complexión robusta, medía aproximadamente 180 centímetros.

Tenía la piel curtida por el sol y el aire de los caminos.

Su cabello era castaño, denso, ondulado y de longitud media, y enmarcaba un rostro de facciones marcadas y una barba castaña bien poblada que ocultaba a medias su expresión arrogante.

Vestía una armadura de placas de acero oscurecida por el uso sobre una túnica de cuero acolchado y una cota de malla pesada, y sobre los hombros llevaba una capa de lana gris asegurada por un broche del león del estandarte mazaviano.

Red miró la forma en la que este sujetaba la espada y supo que en su estado no tendría ninguna oportunidad contra él.

—Me rindo, mátenme, pero estos niños no tienen nada que ver, me los encontré aquí peleando con un monstruo...

—...

—Antes de que vayas a decir algo como que bajo has caído, prefiero que simplemente me mates.

—Tú, el gordo, interroga a los niños, haz que hablen.

—Me llamo Fred, señor.

—No me importa, obedece o te quedarás sin cena —respondió el comandante.

—Sí, comandante Ivar.

—A Blades lo interrogo yo mismo.

A diferencia de los niños, a Red lo encerraron en un carruaje, le pusieron una bolsa en la cabeza y no desaprovecharon la oportunidad para darle una paliza.

El caballo plateado de Red no se dejó atrapar. Cuando estaban a punto de amarrarlo, se alejó rápidamente.

—Maldita sea, estoy seguro de que pude haber sacado por lo menos unas cien monedas por él —dijo uno de los guardias frustrado.

El resto del camino al cuartel no fue muy distinto.

Ivar siempre pensó que todo lo que se dice del bosque de los condenados no era más que mentiras que se dicen para asustar a los pobres para que no cometan crímenes.

Estaba aburrido. Caminar de noche y con niebla no daba miedo; no era algo como la guerra.

La mejor forma de pasar las horas era hablando con alguien.

—¿Alguien sabe por qué traen a los esclavos aquí? —preguntó el aburrido Ivar abiertamente a sus hombres.

Uno de los soldados le respondió:

—Algunos dicen que Su Majestad los pone a extraer vertestita, y los demás dicen que para sacrificarlos a dios.

Ivar chasqueó los dedos y dijo:

—Así es, la vertestita es importante para los autómatas del rey.

—Otra pregunta: quien la responda come carne hoy.

Los hombres de Ivar estaban entusiasmados, la carne era prácticamente un lujo en estas épocas.

—¿Quién es el prisionero que llevamos hoy?

—Es el antiguo protector real, Red Blades.

—Incorrecto. Incompleto.

Los hombres se quedaron pensativos, sabían que la respuesta era correcta, pero también sabían que no era lo que quería escuchar el comandante Ivar. Uno de los guardas, un recluta, respondió inseguro:

—Un colibrí.

Ivar levantó la ceja. Estaba sorprendido: uno de sus hombres parecía saber algo además de blandir la espada.

—Así es, ¿Cómo te llamas, soldado?

—Mathias de Ravania.

—¿Qué sabes tú acerca de ellos?

—La verdad, señor, antes de que su majestad los desmantelara, quería unirme a ellos.

—No sabía que hubiera gente tan joven entre ellos —agregó uno de los guardias.

—Los colibríes eran unos soldados de élite, entrenados para ser los mejores.

No eran unos simples brutos con espadas como ustedes; debían aprender todo tipo de cosas.

Eran una orden de caballeros que tenía como única misión proteger a la familia real descendiente del rey Mazav el Grande.

Luego de que la reina Lysif muriera, la orden fue desmantelada.

Sin embargo, algunos todavía siguen ahí afuera. Este hombre es uno de los últimos.

—Imagínenlo, tener todo y luego despertar un día y decidir traicionar a tu reino —dijo uno de los guardias.

Quizá encontró algo más divertido que ser un simple guardaespaldas, pensó Ivar.

En el interior del carruaje que lo contenía, Red podía oír todo lo que conversaban. Los recuerdos dolorosos volvían a él. Su nombre estaba manchado, pero lo único en lo que pensaba era si saldría de esta.

El viaje continuó. Los guardias hablaron de sus vidas, sus sueños, sus esposas, muchas cosas. El dolor no le impidió a Red conciliar el sueño**. Pronto** llegarían a algún cuartel en el bosque.

—Aguarden un momento, tengo que mear —dijo uno de los guardias.

—Falta poco muchachos. Creo que todavía tenemos tiempo para una historia —dijo otro de los hombres de Ivar.

—Cuenta la leyenda de que en este bosque habitaban dragones, pero que Mazav El Grande con la ayuda de los elfos logró convencerlos de mudarse a las montañas de Bearnia para proteger un gran tesoro.

Había un culto de brujas que odiaron esto y se dice que lanzaron una maldición al rey para que perdiera la cordura.

El rey vivió sus últimos días encerrado en su cuarto y terminó acabando con su vida, pero en los pasillos del castillo de León todavía se pueden escuchar sus pasos.

—¿Y qué pasó con los elfos? No es justo que solo le haya tocado lo malo al rey.

—Nadie sabe qué les pasó, pero dicen que las brujas conjuraron el vacío perpetuamente en este bosque como venganza, volviéndolo potencialmente inhabitable por un tiempo. Como pueden ver el conjuro aún tiene algo de efecto. No quisiera imaginar cómo fue en ese entonces.

—Tuvieron que irse... —dijo Mathias.

—Pero entonces el bosque está libre de peligros, ¿no? —preguntó otro guardia.

—Dicen que hay un grupo de niños asesinos por estos lados, espectros y Dios sabe qué más.

—Los fantasmas me aterran, pero… ¿Niños? Si un niño me atacara lo vencería fácilmente.

—No, no lo harías, no son niños comunes, son duendes, se supone que los traviesos bastardos saltan alto y son fuertes. Lo suficiente para que un golpe te partiera en dos.

—Oye, ¿crees que los niños que llevamos son duendes?

—Basta, estamos próximos a llegar —dijo Ivar.

El cuartel de la guardia no era como el otro con el que Red se cruzó. Este era mucho más grande y organizado; la muerte no había llegado a este lugar. Los soldados no perdieron el tiempo: bajaron al prisionero a la mazmorra y llevaron a los niños a una sala a ser interrogados.

—Me lo van a contar todo. No se guarden nada, que puede ser peor para ustedes —dijo el guardia Fred a los niños, intentando sonar amenazante.

—Elric ya le dijo en el camino. No sabemos nada. Salimos de nuestra casa en el árbol y nos encontramos un monstruo. El señor que atraparon le disparó y nos ayudó. Eso es todo.

—Nuevamente se están haciendo los difíciles. Díganme qué ocultan.

En ese momento alguien tocó la puerta del cuarto de interrogaciones. La voz perteneciente a un anciano dijo:

—He venido a relevarte por órdenes del comandante.

Fred no tenía conocimiento de que se le fuera a relevar. Se acercó a la puerta para ver quién era y, justo al abrirla, un viejo con una barba gris y larga posó su mano en su frente. Fred se desplomó.

—¡Galavan! —gritaron emocionados los chicos.

—Silencio. Voy a sacarlos de aquí. Nos vamos a casa. Tenemos mucho de qué hablar cuando vuelvan.

—Galavan, cogieron preso a un señor, él nos salvó de un bandido hace rato.

—También es la razón por la cual están aquí.

—Él nos salvó, debemos ayudarlo —mencionó Elric.

—Intentaré hacer lo que pueda.

—¿Cómo llegaste tan rápido?

—Me encontré un caballo plateado... Me dijo lo que pasó.

El anciano y los dos niños caminaron a cuclillas. Zaretino recuperaría las pertenencias del hombre, Elric robaría las llaves y Galavan prepararía dos caballos para escapar. Antes de ponerse en marcha, el anciano advirtió a los niños.

—Zaretino, Elric, siento que un peligro se acerca, debemos ser rápidos.

Mientras tanto, en la mazmorra, el recluta Mathias le llevó algo de comida al prisionero.

Quería conocer la verdad. Quería que Red le contara cuál era el motivo de todas las desgracias de los últimos meses, pero el cansado y encadenado Red no estaba de humor para escuchar sus palabras hasta que una de esas lo despertó.

—No parece el tipo de persona que rompa una promesa.

—No lo soy —respondió tras minutos de silencio.

El recluta miró al hombre con algo de duda. Este hombre era un héroe. ¿Acaso faltaba una pieza en la historia que se contaba en el reino acerca de los colibríes?

—Mi promesa con el rey... No, mi promesa con el reino... sigue en pie. Por eso necesito que me ayudes. Te contaré todo cuando salgamos de aquí.

Ivar y los hombres estaban tomando un descanso.

Por lo menos, unos treinta hombres estaban durmiendo y otros treinta vigilaban.

Estaba esperando instrucciones del ayudante del rey Alvier Holloway.

Al ser el encargado del puesto, no podía dormir sin importar cuánto sueño tuviera.

Era una lástima, la noche estaba callada… estaba.

—Ji, ji, ji.

—¿Quién está ahí?

Las risas que escuchaba eran infantiles. Los arbustos sonaban. Venían de muchas partes. Ivar siempre había menospreciado las historias sobrenaturales, pero estas risas fueron suficientes para despertarlo y ponerlo alerta. Inmediatamente sacó su espada y se puso en guardia.

—¡Fred!, ¿Dejaste escapar a los mocosos?

Ante la falta de respuesta de Fred, Ivar se adentró en el cuartel. Había estado descansando en un campamento a las afueras de este. Movió él solo las pesadas puertas de madera para observar algo aún más raro.

—Ji, ji, ji, ji.

Los hombres se habían ido. El cuartel estaba solo.

—El rey Vlak va a pedir sus cabezas, malditos desertores.

Ivar estaba molesto.

Quizá hayan ido a flojear todos en los barracones, pensó.

Cuando el comandante bajó las escaleras a las habitaciones de sus hombres todos estaban ahí, pero no estaban vivos. Un grupo de niños pequeños llenos de sangre de la cabeza hasta los pies los estaban devorando.

Ivar no podía creerlo, los dichosos duendes eran reales. Corrió a la superficie, solo para encontrarse rodeado de más pequeños demonios, sus dientes eran grandes, sus uñas eran garras, sus ojos eran totalmente negros, eran niños, pero no del todo, eran aterradores.

—Muy bien malditos, acérquense. Acabaré con todos ustedes.

Ivar no solo era un gran maestro de la espada, sino que cualquier cosa le bastaba para acabar con sus enemigos.