Capítulo 3 #2
Red ayudó a los niños a montarse en el caballo y, rápida pero sigilosamente, dejaron la escena.
II
En lo profundo del bosque, el caballo sin nombre atravesaba todo obstáculo sin perder velocidad.
Era un espécimen fantástico; parecía incansable.
Red dirigía al caballo por un camino de tierra sin problemas hasta que a lo lejos notó cómo alguien había bloqueado el camino y, antes de darse cuenta, un virote de ballesta fue disparado hacia él desde una distancia media.
Afortunadamente, pasó a pocos metros de su cabeza y se clavó en uno de los numerosos árboles.
Red cambió la trayectoria del caballo y se ubicó detrás de uno de los gruesos árboles del bosque.
—Huyan. Fuera de aquí. Espero que no los hayan visto —dijo Red.
Los chicos se acercaron a un arbusto cercano y esperaron a que fuera seguro continuar.
—No se den vuelta. Regresen a casa.
Zaretino y Elric obedecieron y escaparon ocultándose en los arbustos.
—¡¿Quiénes son ustedes?! —gritó Red detrás del árbol.
—Digamos que somos recaudadores de impuestos —dijo uno de los hombres.
—Entonces puedo irme. Pagué todos los míos —respondió, simulando una actitud descuidada.
—Queremos tus cosas y ese caballo de ahí. Debes cargar buena mercancía. Gracias por facilitárnosla.
Red bajó del caballo y se asomó ligeramente. Eran cuatro hombres. Sabía que no podría con los matones en su estado actual, en especial con el corpulento jefe de los bandidos que se encargaba de hablar por todos. Luego miró su mano izquierda por un segundo.
No, aun no, pensó.
En ese momento, un quinto bandido salió de uno de los extremos del camino. Este en particular olía muy mal.
—Remlin, no encuentro a Zack.
El líder de los bandidos miró al quinto sujeto y respondió:
—Sigue buscando. Si algo lo mató, igual y podemos vender ese cuchillo que siempre andaba meneando. Y tú, vagabundo, no sé qué mierda haces en el bosque. Quizá eres un esclavo que se escapó o algún saqueador de mala muerte. No me importa. Solo tira ese arco y esa espada al suelo; estás rodeado.
Red tiró el arco y la espada como el bandido le indicó y salió con las manos en alto.
—Bien, ahora date la vuelta.
—¿Por qué quieres que me dé la vuelta?
—Hazlo o te mato.
Red se dio la vuelta. Los hombres lo miraron fijamente, casi como si no pudieran creer lo que acababan de ver.
—Jefe, es el de los carteles.
—Ja, ja, ja... Hombre, vas a hacernos ricos. El puto Red Blades, el antiguo lord protector.
Las cosas estaban tomando un rumbo que no gustaba a Red. No esperaba ser reconocido.
Los arbustos empezaron a sonar. Algo se movía y no eran Elric y Zaretino quienes ya estaban a varios metros de distancia.
—Él venía acompañado, en el caballo, creo que eran unos niños —dijo el bandido que apestaba.
—Pensé que te buscaban por matar a la reina, no sabía que tenías esos gustos también.
Los bandidos estaban riéndose de Red, tirándole piedras, bebiendo y pasándose sus pertenencias y el contenido de la mochila de Red como si hubieran ganado el premio de la feria de León de mil monedas de oro.
En ese momento, tirado en el suelo, Red observó unas extremidades largas y peludas moverse de un arbusto a otro.
—Trae las cadenas Lamir. Este vale más con vida.
El hombre jorobado que respondía al nombre de Lamir echó una carcajada y se adentró en uno de los carromatos de los bandidos en busca de cadenas.
—¿Quién es Zack? —dijo Red.
Los bandidos callaron por un momento. La provocación había funcionado perfectamente.
—¿Quién te dijo que podías hablar?
—¿No es un hombrecillo feo, bajo, con una dentadura horrible? Yo lo conozco.
—Bien, Blades, ¿de qué conoces a Zack?
Red se empezó a reír. Su risa era desconcertante; al antiguo protector real no se le conocía precisamente por su risa o sentido del humor.
—Mentí. No lo conozco, lo conocía.
—¿De hace cuánto?
—De hace un rato, cuando clavé la espada con la que están jugando en su pecho.
Los bandidos se miraron unos a otros. El más delgado estaba aterrado, tanto que soltó la espada. Remlin, por el contrario, puso cara de gruñón; luego se echó a reír él también.
—Qué bajo has caído: de protector real a matar ratas.
El sonido de los arbustos cogió más fuerza y, cuando el jorobado salió del carromato, algo lo agarró.
—¡Tiene mi pierna!
Los bandidos se distrajeron, estaba claro que eran novatos.
Apenas escucharon los gritos, se desorganizaron buscando el origen de estos.
Red recogió la espada y en una sucesión de movimientos rápidos cortó las gargantas de todos, excepto la de Remlin, quien se volteó para encontrar al vagabundo cubierto de sangre.
—¿Dónde está el honor que ustedes los de la realeza siempre presumen?
—El honor es para los muertos —respondió fríamente Red.
Remlin y Red pelearon. A diferencia de los otros, el hombre de dos metros que usaba dos cimitarras era un oponente formidable.
El bandido le ganaba en fuerza, por lo cual Red sabía que la pelea sería una de resistencia.
El cansado protector real perdió su espada a mitad del duelo, pero, por primera vez en un largo tiempo, la suerte le sonrió cuando el Scark que le dio la bienvenida al bosque emergió de los arbustos corriendo a toda velocidad hacia él y su contrincante.
La criatura lo había seguido todo este tiempo.
—¿Qué es esa mierda? —exclamó Remlin.
—Un viejo amigo.
Red se arrastró hasta el carro, agarró la antorcha que iluminaba el camino y esperó que el mismo truco funcionara dos veces. Desafortunadamente, Remlin no conocía la aversión al fuego de la criatura, la cual, con un mínimo esfuerzo, lo agarró del brazo.
—Oye, sin resentimientos, ayúdame hombre. ¡Tengo familia!
—Ustedes no son miembros del escorpión, ¿verdad?
—¿Qué?
—¡Responde!
—No, siempre le dije a los idiotas de mis hombres que dejaran de decir esa mierda.
—Entonces no me sirves.
El Scark devoró a Remlin. Red pudo haberlo ayudado, pero no valía la pena. No se sentía mal. Perdió el duelo, pero él seguía vivo y Remlin no.
Sin embargo, ahora tenía un nuevo problema: la criatura no se iba; estaba pendiente, alerta a que el fuego tenue que lo separaba de su presa se extinguiera. Red se movía recogiendo sus cosas rápidamente. Todo estaba en sus manos nuevamente, hasta la llave.
La criatura salivaba profusamente; mientras menos luz había, mayor era el fluido. Cuando la luz estaba por apagarse, Red colocó su mano sobre la llama y esta ardió incluso más fuerte que antes.
—¡Scark! —gruñó la bestia, lanzando zarpazos sin atreverse a entrar en la zona iluminada.
—Tengo unos cuantos trucos —dijo Red al Scark, que, tras mirarlo por varios segundos con resentimiento, escuchó cómo un grupo grande se acercaba y corrió nuevamente hacia los arbustos.
Desafortunadamente para Red, los integrantes de la caravana lo habían alcanzado y habían capturado a los niños.