El viaje del colibrí Capítulo 3
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Capítulo 3

Los niños del bosque

I

En algún lugar del bosque, en un gran árbol, vivía un niño. No era un árbol común, enano y seco; era un árbol del bosque sagrado de los elfos. Su tronco medía lo de una choza promedio y era tan alto como una mansión del barrio de las luces. En él vivía un niño: Elric.

Elric tenía apenas doce años, medía unos 150 centímetros, tenía el cabello oscuro, lacio y fino y unos ojos marrones atentos y firmes.

La noche eterna era, como de costumbre, fría y aburrida, pero por lo menos en Belén era segura.

Los druidas se habían asegurado de que así fuese al armar los espantaespíritus, talismanes mágicos que producían un sonido casi musical y que permitían a los habitantes olvidarse de que el lugar donde vivían era una bomba de tiempo.

Entre algunos de sus habitantes podían destacarse Mary, una muchacha de unos quince años, de pelo rojo, alta y de buen porte, que se encargaba de cuidar a los niños más pequeños y ayudaba a su abuelo Maxwell a enseñarles en la escuela; Barrett, el carnicero, un hombre tan alto como gordo,

que se encargaba de preparar las comidas y que de vez en cuando también les daba un bocado; Lucio, que cazaba y traía carne para alimentar a la gente; y, finalmente, los cinco constructores: Ak’ lav, Aromer —el hermano mayor de Mary—, Vulkan, Teresa y Justo, que se encargaban de reparar las casas.

La aldea prosperaba, a pesar de las adversidades.

Era grande, pero los planes de expansionismo se habían detenido hacía décadas, cuando murieron dos de los druidas protectores y la fuerza de sus espantaespíritus perdió potencia.

La gente que nacía en este pueblo moría allí, pero Elric era una excepción.

Él terminó ahí porque sus padres fueron acusados de brujería y una monja le permitió escapar con una distracción minutos después de presenciar la muerte de su madre hacía ya varios años, en este mismo bosque, a unas cuantas horas de allí.

Aunque la gente de Belén lo había recibido con los brazos abiertos, debido a la escasez de recursos vivía solo en el árbol cerca del arroyo.

Había hecho amigos y la gente del pueblo le daba ropa y alimento, pero él quería escapar del bosque, quería ver el sol una vez más, ver a su abuela una vez más.

Desafortunadamente para los ancianos, les había implantado ese deseo de escapar a los otros niños de Belén.

Mientras Elric estaba distraído mirando los grandes árboles extenderse hacia el cielo y tapar las estrellas, la niebla ocultaba el horizonte y los espantaespíritus se sacudían con el viento, sonando fuertemente. Entonces, alguien lo llamó.

—¡Elric, baja y acompáñame!

Era Zaretino, uno de sus amigos. Zaretino era un chico de trece años recién cumplidos.

Era muy pálido, como el resto de los locales, medía unos 152 centímetros y siempre se aseguraba de recordarle a Elric que le llevaba dos centímetros de ventaja.

Tenía un cabello rubio muy claro, ondulado pero fino.

El niño bajó rápidamente del árbol con una destreza casi animal, algo que siempre había impresionado a sus amigos.

—¿Qué pasó? ¿A dónde vamos?

—Vamos a salir a explorar.

—¿Qué? —preguntó Elric incrédulo.

—Vamos, ¿qué puede salir mal? —respondió Zaretino muy confiadamente.

Los espantaespíritus dejaron de sonar repentinamente. Las fronteras eran seguras. Era como si la noche le estuviera dando la razón a Zaretino.

—Pero el viejo dijo que esperáramos a que volviera y averiguara qué había sido el ruido de hace unas horas —respondió Elric.

—No sabía que él era tu jefe. Pensé que siempre ignorabas sus órdenes. Igualmente, el ruido fue hace unas diez horas. Sea lo que sea, ya lo habrán resuelto. Ya escuchaste los espantaespíritus; no hay espíritus cerca.

—No puedo creer lo que voy a decir —dijo Elric.

Zaretino estaba emocionado, estaba inclinado hacia delante con los puños apretados de la emoción como hacen los niños en cualquier parte del mundo.

—Vamos, dilo…

—¡Vámonos!

Los dos niños salieron corriendo. Eran ágiles: saltaban troncos, piedras, charcos. Nada mal para su edad.

Adentrándose en la niebla, que había perdido algo de espesor momentáneamente, los niños buscaron aventuras.

Buscaron a Galavan, el anciano druida de la aldea.

A él no le gustaba que salieran a explorar, menos aún ahora que el flujo de personas en la zona estaba aumentando por alguna locura que cometiera la gente de afuera.

Zaretino se tropezó mientras avanzaban.

—¿Estás bien?

—Sí, me tropecé con algo que está en la tierra —exclamó Zaretino mientras se ponía de pie.

Los niños miraron lo que se disponía a sus pies. Era algo largo y brillante; debía medir unos sesenta centímetros.

—¡Es una espada! —gritó Elric con brillo en los ojos.

—¿Una qué? —preguntó desconcertado Zaretino.

—Es un arma. De donde vengo, las usan los guardias y matan a los bandidos.

—¿Sabes usarla? —preguntó nuevamente desconcertado Zaretino.

—Claro que sí.

Elric empezó a mover la espada y a girar de un lado a otro y se le cayó. Ambos chicos rieron tras ver que Elric estaba mintiendo.

—Bueno, no sé usarla, pero puedo aprender —respondió Elric.

—Deberíamos aprender, así nos podríamos defender de los duendes.

—¿Duendes?

Esta vez el desconcertado fue Elric.

—Sí, Barry me dijo que vio uno, y Sarah me dijo que su hermano menor desapareció porque los duendes se lo llevaron.

Elric, ligeramente asustado con solo imaginar a los duendes saltando por los árboles y emboscándolos, cambió su expresión.

—¿Le crees a Barry? Él siempre quiere asustarnos —dijo algo más tranquilo.

—Eso pensé, pero ¿y Sarah? Ella siempre es muy seria.

—¿Qué puede hacer un duende igualmente?

—Dicen que saltan muy alto, que son fuertes y pueden hacerse invisibles. Aunque eso último lo dijo Barry, así que no estoy tan seguro... Sería genial tener poderes así, ¿no crees, Elric?

—Pero no quiero ser enano —respondió Elric.

—¿Qué harías si tuvieras esas habilidades?

—Saltaría hasta la cima de estos árboles gigantes y vería qué camino puedo tomar para escapar de este bosque.

—El bosque no es tan malo.

—¿No quieres ver el sol?

—Sí, pero…

En ese momento, de un arbusto salió un hombre bajo. Medía unos 150 centímetros, tenía una cabellera greñuda y su dentadura dejaba mucho que desear.

—¿Qué mierda hacen unos mocosos aquí? —El hombre sacó un cuchillo.

—Me temo que esa espada es mía. A ver... —El hombre extendió la mano, esperando que los niños se la entregaran.

—El que se la encuentra se la queda —dijo Zaretino.

—No les conviene hacerme enojar...

—¿Para qué quieres una espada de todos modos? Ya tienes un cuchillo —dijo Elric.

—Me viene bien para el negocio. Me dedico a vender las pertenencias de los pobres demonios que se mueren en este bosque de mierda.

Los niños se miraron mutuamente y, envalentonados por empuñar un arma, le respondieron:

—Fuera de aquí duende. Esta espada es nuestra.

—Maldito niño. ¿Cómo me dijiste?

El hombre, iracundo, se acercó a ellos, pero la oscilación de la espada empuñada por Elric le produjo un ligero corte en la cara.

—¡Pequeño hijo de puta! —gritó el hombre, quien ya no tenía paciencia para soportar a los niños.

Con una postura seria, se acercó nuevamente.

El movimiento torpe de la espada de Elric no bastó esta vez y fue fácilmente esquivado por el asaltante, que luego le propinó una fuerte patada a Zaretino en el abdomen y desarmó con facilidad a Elric.

—Nos rendimos, llévate la espada y no nos mates.

—Digamos que van a pagar por esta cicatriz que me hicieron.

El hombre agarró fuertemente su cuchillo y le dio un corte en la cara a Zaretino. La mejilla izquierda del chico estaría marcada para recordar la noche en la que quisieron vivir una aventura.

Adolorido y sangrando, viendo como este «duende» estaba a punto de hacerle lo mismo a Elric, Zaretino se acercó rápidamente y saltó dispuesto a morder en el cuello al pequeño hombre, pero en el momento en el que iba a saltar, el hombre volteó,

lo agarró firmemente por el cuello y esta vez procedió a amarrar a los chicos para llevarlos con sus amigos con la intención de venderlos como esclavos.

—Mocoso, te falta mucho para poder escabullirte en las narices de un ladrón. Jamás pensé que podría tener menos paciencia que la que tengo ahora. ¡No te metas con la banda del escorpión! —exclamó el hombre.

El «duende» agarró la espada y, cuando iba a fijar el último nudo a Zaretino, una flecha le atravesó la cabeza, clavándose desde su nariz hasta su nuca. En sus últimos momentos en el mundo de los vivos pudo ver cómo se bajaba de un caballo plateado una figura encapuchada que sostenía un arco.

El extraño se quitó la capucha, dejando su rostro al descubierto. Era un hombre joven de pelo oscuro largo y una barba mediana y descuidada que miró al hombre con furia y se acercó lentamente.

—¿Así que eres del escorpión? No te preocupes, no estarás solo mucho tiempo... Te estaré mandando compañía constantemente al abismo. Tú solo diles que el colibrí te envió —dijo antes de escupirlo.

En sus últimos momentos «el duende» se volvió a levantar para ensartar el cuchillo en la garganta del desconocido, pero fue inútil.

Antes de procesar lo que pasó, la espada por la cual se metió en este embrollo atravesó su corazón.

Un frío sepulcral le recorrió el cuerpo y, antes de que pudiera terminar su última blasfemia, su vida se había apagado.

Red desamarró a los niños y se dirigió hacia el caballo plateado. De repente, el sonido de los cascos de múltiples caballos se escuchó no muy lejos de la zona.

—Niños, salgan de aquí. Las cosas se van a poner muy feas —dijo antes de montarse en el caballo.

Zaretino corrió hacia el cadáver del hombre y agarró el cuchillo de este, planeando usarlo para defenderse de ahora en adelante.

—¡Espere! —gritó Elric—. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Va a enfrentarse a ellos?

—De hecho… Estaba pensando en huir.

—¿Por qué no viene con nosotros? —preguntó Zaretino.

Red lo pensó dos veces. Si veían a estos niños con él, algo malo podría pasarles, pero luego recordó que llevaba dos días sin comer y cambió de parecer.

—Sí... No suena nada mal. Ustedes señalen el camino.