Capítulo 2 #3
La verdad es que siempre sentí que pertenecía a otro lugar, que quizá si mi suerte hubiera sido diferente no tendría que ocultarme por lo que soy o sentir lástima por mí misma, pero la verdad es que en todas partes habría sido igual.
Los ojos de la ruina. Parece que finalmente arruiné a todos los que me rodean.
—Nada de lo que pasó tiene que ver contigo. Las hechiceras lo sabemos, fueron esos locos del escorpión.
—Las hechiceras que quedamos...
Hubo un silencio incómodo.
Al día siguiente, Jeanne y Elara desayunaron y Jeanne la escoltó hasta la salida.
Elara ahora vestía un atuendo negro refinado con la capa obsequiada por su compañero. El atuendo le daba un aspecto noble. Llevaba la maleta que Jeanne le organizó y estaba renovada.
—Lucien dice que al mediodía una embarcación partirá al bosque: «El Corsa».
No la puedes perder, no saldrá otra en mucho tiempo porque el rey ordenó que rodearan el bosque.
No es un barco de pasajeros y Vastian cree que son piratas, pero estoy segura de que independientemente de las circunstancias te las apañarás.
—Jeanne, gracias —dijo Elara, dándose vuelta.
—Elara. Te voy a extrañar.
Elara avanzó hacia Jeanne, se quitó el sombrero puntiagudo, se empinó y lo colocó sobre la cabellera pelirroja de Jeanne.
—¿Por qué? —preguntó una confundida Jeanne.
—Ahora algo me ata a este lugar.
Ambas brujas compartieron un abrazo. Lucien vio la escena conmovido en un tejado cercano.
Elara se dio vuelta y subió a un tejado, conjurando plataformas de fuego como si de escalones se tratara, y avanzó evitando las calles.
Una hora después estaba cerca del puerto, pero la vigilancia era abrumadora, un grupo de tres autómatas de vertestita vigilaban el puerto.
Había navíos de todas partes de Azur; Zahramar, Khorvalen, Kala, Tianzhou, Bearnia, entre otros.
En la región este del puerto, Elara vio el barco que la llevaría a su destino, El Corsa, pero antes de bajar al muelle, la hechicera vio a dos personas en una calle del puerto que captaron su interés.
Carlo Duncan, el general del ejército de Mazavid y primo lejano del rey Vlak, un hombre alto de cuarenta años que medía unos 190 centímetros, de pelo castaño rojizo, con patillas y un parche en el ojo derecho.
Carlo caminaba junto a Alvier Holloway, el hombre de armadura gris que había visto el día anterior e iban acompañados de varios guardias.
Carlo lucía un aspecto desinteresado, como si no quisiera estar allí, se limitaba simplemente a asentir a todo lo que Alvier dijera. En un momento, Alvier se despidió del general y se dirigió de vuelta al castillo.
Mientras tomaba su camino de vuelta, Alvier observaba con disgusto a la gente de las calles, mucha gente parecía miserable, no podía esperar para estar de vuelta entre los muros del castillo pues eran sus aliados.
Los muros separaban a los pobres de los ricos y a los enfermos de los sanos.
El privilegiado Alvier no podía entender cómo en la misma ciudad que competía contra Khorvalen en innovación industrial y tecnológica había niños jugando en la inmundicia, bañándose en el lodo, pobres, débiles, desnutridos y analfabetas.
La gente que tosía le asqueaba, al igual que el olor que despedían, la forma en la que hablaban e incluso la forma en la que masticaban con la boca abierta. Alvier era un cretino.
Elara observaba al sirviente del rey. La ira ardía en su interior. Descontrolada, encendió una llama que luego tomó la forma de un arco de fuego y apuntó al hombre de armadura gris.
Cuando Elara estaba a punto de soltar la flecha, un chico de unos quince años corrió hacia Alvier, chocó con él y le robó la bolsa de oro y, en ese preciso instante, un autómata de vertestita se interpuso.
Elara no podía creerlo: lo tenía. La hechicera maldijo al ladrón y se maldijo a sí misma. Enojada, apagó su llama.
—No pasa nada, si no lo mata un miembro de la iglesia del sol verde un día de estos lo matará alguna enfermedad transmitida por mosquitos —dijo Alvier, quien entró a un edificio aparentemente de la guardia.
Elara observó que fuera del edificio había múltiples barriles de polvo de humo negro y pensó que todavía necesitaba una distracción para que la seguridad del muelle se despejara.
Decidió esperar a que Alvier saliera, pero los minutos pasaban y el hombre no salía.
Sabía que tenía hasta el mediodía y cada vez se acercaba más la hora.
Resignada, la hechicera decidió que por lo menos le daría un último susto al sirviente real que tantas brujas y colibríes asesinó.
Encendió nuevamente una llama la lanzó a los barriles, ocasionando un ruido estruendoso y un incendio.
Inmediatamente, los autómatas del puerto llegaron acompañados de guardias, quienes con esfuerzo empezaron a intentar apagar el fuego.
La bruja de fuego aprovechó el caos, agarró su maleta, conjuró plataformas de fuego para bajar del techo y, una vez que estuvo en el muelle, dio un salto a la popa del Corsa.
Luego del incendio, Alvier lucía estresado. El hombre gritaba, dando órdenes a sus guardias. La paranoia lo consumía.
—¿Atraparon a la bruja? —preguntó Alvier.
—No encontramos a ninguna persona que encaje en la descripción, señor.
—Tiene que ser ella. ¡Maldita sea! Solo hay dos personas que usen magia de sangre de fuego que puedan haber sido y el otro maldito estoy seguro de que no está aquí. ¡Aumenten el perímetro!
En ese momento, y como si la suerte le estuviera jugando una broma, un cartel de «se busca» de Red arrastrado por el viento golpeó su rostro.
Alvier nunca supo qué vio el rey Lobok en él, pero sabía algo: le tenía envidia. Tras estar distraído pensando en ello, volvió en sí mismo, convirtió el cartel en una bola de papel arrugado y la lanzó a la calle.
—Encuentren a la bruja, hagan que pague por sus pecados.
Alvier alzó la voz y se dirigió a la guardia real.
—El antiguo protector real tiene amigos que saben usar magia de sangre y que viven en nuestra ciudad. Lo único que logran con estos ataques es darle la razón al rey, pronto no habrá magia en este reino. ¡Todo este drama debe acabar pronto! —exclamó Alvier con ira.
—Señor Alvier, todo está bajo control, pronto estará lista para arder en la hoguera —dijo uno de los guardias, el capitán Kurno.
—Más les vale, no querrán haberle fallado al rey cuando vuelva de su próxima salida.
—¿Su majestad planea salir?
—Así es, y será muy pronto.
—¿A dónde?
—Al bosque de los condenados, a poner orden en persona.
En el interior de la bodega del Corsa, escondida, Elara planeaba su próximo paso.