Capítulo 2 #2
Las brujas escaparon con el bastón de Minerva saltando de azotea en azotea.
Enfrentar a un autómata era una sentencia de muerte.
No podía ser diferente: eran el último vestigio de magia de Vlak Avid y el único que el rey quería conservar en sus tierras Eran una maravilla técnica y arcana: máquinas energizadas por runas, con corazas creadas a partir de vertestita pura, el mineral más raro del mundo.
Antes habrían sido llamados golems, pero el rey, otrora un gran inventor, rechazaba otorgarles un nombre tan poco creativo.
Un par de horas después, en el límite entre la ciudad y la zona silvestre, y con la luz de la luna iluminando el paisaje, ambas brujas estaban en el escondite que Jeanne le mencionó a Elara.
—Me dijiste que era un buen lugar y luego me muestras esto —dijo Elara, extendiendo los brazos con las palmas hacia arriba.
—Espera a que lo veas por dentro.
—Es una alcantarilla.
Jeanne abrió la tapa de la alcantarilla y guio a Elara a través de un túnel oscuro iluminado solamente por una llama pequeña conjurada en la mano por Elara.
—Jeanne... ¿Crees que pudimos haber hecho algo en la plaza?
—No...
El túnel era justo como Elara lo imaginaba: sucio, oscuro, claustrofóbico y con aguas turbias corriendo bajo una larga rejilla que se encontraba en todo el suelo.
Varios minutos después, la hechicera pudo ver ratas grandes que no le daban la mejor impresión del lugar y una pila de palos de madera acomodados sobre barriles viejos.
—Enciende esto —dijo Jeanne, extendiendo un trozo de madera a Elara.
Elara encendió una llama en la mano con la cual prendió fuego a la madera. Con la antorcha improvisada, Jeanne guio a Elara hasta una pared con una cadena colgante en el lado derecho. Tras accionar la cadena, la pared se abrió. Era una pared falsa.
—Te va a gustar, te lo prometo —dijo Jeanne antes de tocar la robusta puerta de madera detrás de la pared falsa y tirar la antorcha improvisada al agua bajo las rejillas.
—Contraseña... —dijo una voz masculina tras la puerta.
—Diez gotas de sangre y dos de vinagre.
La puerta robusta empezó a moverse y una cara desconocida por Elara saludó a Jeanne con una sonrisa. Era un hombre delgado vestido con el atuendo del gremio que aparentaba unos treinta, pero que, a pesar de ello, lucía un cabello gris.
—La urraca escarlata regresa sana y salva del cuartel de los buscadores. Esa es una verdadera hazaña. ¿Te apuntas al golpe a la casa de cuentas entonces? —dijo el extraño.
—Ya te dije que no quiero que me coloquen ningún sobrenombre —respondió Jeanne con tono cansado mientras entraba a la guarida, seguida por Elara.
La guarida del gremio de los ladrones de Mazavid era una caverna transformada en palacio subterráneo.
Estaba tallada en roca viva y reforzada con madera negra y vigas de hierro.
Las paredes estaban cubiertas con tapices robados de templos, castillos y casas nobles, muchos de ellos aún con los sellos intactos.
Grandes lámparas colgantes de cristal solapado con fuego fatuo bañaban el lugar en tonos ámbar y verde botella.
En el centro del lugar se extendía una sala abovedada de unos treinta metros de largo con columnas ornamentadas de oro y estatuas de gárgolas deformes, cada una esculpida con la cara de un enemigo del gremio.
El suelo era de piedra pulida con patrones que mostraban dragones dorados y figuras humanas con manos cortadas.
En una de las esquinas se podía apreciar una fuente de agua clara, probablemente encantada para filtrar la podredumbre de las alcantarillas, rodeada de plantas raras que solo crecían en la oscuridad: raíces de Azur.
Las habitaciones privadas estaban cerradas, pero a lo largo de la guarida podían apreciarse múltiples miembros del gremio caminando o descansando sobre montones de oro, artefactos mágicos, pergaminos y tablillas robadas de bibliotecas de todo el mundo.
Era el lujo llevado al extremo: opulencia sin moral.
—¿Vas a presentarme a tu amiga? —preguntó el hombre.
—Elara, él es Theon Vellgrave, espía del gremio.
—Theon, ella es Elara Lordien, hechicera como yo.
—Encantada —dijo Elara.
—Igual. Estaba claro que era una hechicera con ese sombrero tan... puntiagudo.
Elara tocó el sombrero recordando que aún lo tenía puesto. El movimiento le dio mayor visibilidad a su rostro y la expresión de Theon cambió inmediatamente.
—¡No! ¡No! ¡Jeanne! —Theon se colocó las manos en la cabeza y empezó a frotarse la cara y luego a despeinarse presa de la frustración—. ¿En qué estabas pensando?
Elara simplemente se quedó callada, con una expresión seria.
—Silencio... —susurró Jeanne, acomodando el sombrero de Elara para que tapara sus ojos.
—¡Es la bruja de ojos amarillos! —susurró también Theon—. Tienes... ¿Tienes idea de cuánta gente la está buscando? ¡La guarida va a estar rodeada por la mañana con ella aquí!
Mientras Jeanne convencía al ladrón, tal y como Red o ella acostumbraban, su atención se centró en un cuadro que reposaba junto a un montón de oro de la reina Lysif.
El cuadro era una visión de nobleza y fuego.
Su cabello de un tono rojo profundo y natural caía en ondas suaves hasta más allá de los hombros, enmarcando un rostro de porcelana delicado y determinado bajo una corona de oro; sus ojos azules, serenos, observaban el mundo con calma y su ropaje denotaba riqueza.
Llevaba un corpiño azul celeste bordado con hilos dorados en forma de vegetales que trepaban por el busto como parte de un jardín encantado y lucía una capa dorada con un tejido dorado sobre los hombros, pero desde allí cedía paso a un color carmesí profundo que fluía hasta el suelo.
Era la imagen viva de la realeza. Lo era.
—¿Pasa algo? —preguntó un hombre de piel negra con múltiples cicatrices en el rostro.
—Están haciendo mucho ruido —agregó otra persona, una ladrona de mediana estatura y pelo negro.
—Vastian, Esmeralda, tenemos un problema.
Theon levantó el sombrero a Elara, mostrando los ojos amarillos a sus compañeros del gremio, quienes tuvieron una reacción similar a la de Theon.
—No me importa que seas la protegida de Lucien, tu amiga no se puede quedar aquí. Maldición, Jeanne. ¿No has visto cuántos carteles hay de ella? —dijo Esmeralda. Acto seguido, dio vuelta a una mesa cercana y le mostró uno de los carteles con un dibujo de Elara.
Se busca:
Elara Lordien
Edad aparente: aproximadamente 25 años
Altura aproximada: 165 centímetros.
Complexión: delgada.
Piel: pálida.
Cabello: color ébano
Ojos: color de la ruina, amarillo radiante.
Por crímenes contra la corona de Mazavid y por conocimiento y uso de magia de sangre prohibida.
Todo aquel que contribuya a información que lleve a su captura será enormemente recompensado.
—Normalmente pienso que estas cosas son pura mierda, pero esta vez sería mejor no arriesgarnos.
Cuando venía hacia acá, vi un desfile de guardias mecánicos.
Cada día se observan más hileras de vapor salir disparadas por los cielos, cada hilera es un nuevo guardia y los problemas que dan son un dolor en el culo —dijo Vastian Noren.
—No puedo dejarla allá afuera, es mi culpa que esté en la ciudad. Si no fuera por ella, me habrían atrapado esta noche y me estarían quemando en la plaza por la mañana. Estoy segura de que si le explico a Lucien.
—¿Si me explicas qué? —preguntó un hombre de complexión atlética y cabello rubio oscuro que aparentaba unos treinta y tantos, el cual apareció silenciosamente detrás de todos los presentes como si de un fantasma se tratase.
—Lucien...
El hombre silencioso, Lucien Manto gris, uno de los ladrones maestros, se agarró el bigote curvado rubio y se acercó a Jeanne, le tocó el rostro y luego le dio un beso en los labios. Minutos después de explicarle, Lucien respondió.
—Jeanne, sabes que soy flexible... En varios sentidos, pero no puedo poner en peligro al gremio.
—Lucien hizo una pausa y agarró unas uvas de un mueble cercano—.
Belethor en prisión, Izen de viaje con Khessa, Renzo y el novato...
Y ni me hagas mencionar el lunático en el trono mandando esas piezas de chatarra a patrullar día y noche —agregó Lucien antes de llevarse varias uvas a la boca.
—Nadie ha encontrado la guarida jamás, si ella se queda y no sale —respondió Jeanne.
—No me quedaré. Nada me ata a esta ciudad ya —dijo Elara para sorpresa de todos.
—No, Elara, no puedes irte ahora. Piénsalo, los autómatas patrullan cerca de aquí. Será mejor que te escondas un par de días —agregó Jeanne, algo triste por las palabras de Elara.
—Puede quedarse por esta noche —dijo Lucien—. Dormirá contigo... Pero espero que me lo compenses más adelante —dijo ahora con una sonrisa.
Los otros miembros del gremio visiblemente decepcionados salieron y entraron a sus cuartos.
Elara siguió a Jeanne a un cuarto elegante y organizado.
Jeanne habló con Elara sobre el pasado y sobre el futuro y durmieron en la misma cama como hacían años atrás.
Jeanne sabía que su amiga, a la que siempre vio como una hermana menor, se iría y que no podía hacer nada para evitarlo.
Siempre le molestó cómo era discriminada, odiada por el simple color de los ojos, pero no podía hacer nada al respecto, no podía luchar sus batallas, no importaba cuánto la quisiera.
Esa noche Jeanne le organizó una maleta llena de ropa. Elara insistió en que estaría bien, pero Jeanne insistió en que el mantel gris harapiento que usaba y que tenía forma de un vestido de plumas de cuervo levantaba demasiadas sospechas.
Elara se dio un baño con agua fría y regresó con Jeanne. Hablaron de su relación con Lucien y de lo que Jeanne tenía planeado hacer con Aurora. Luego de alistarse para dormir, Jeanne finalmente preguntó:
—¿A dónde irás?
—Voy a buscar a Red, tengo el mal presentimiento de que se metió al bosque.
—No puedes estar hablando en serio.
—Red sigue allá afuera, yo debí haberme reunido con él en las puertas de Vharkol, pero pensé...
—¿Qué pensaste?
—Pensé que podía estar contigo.
—Elara...
—No te culpes... Sé que tú quieres que esté aquí y lo aprecio mucho, pero no me van a aceptar y estoy cansada de este reino...