El viaje del colibrí Capítulo 2
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Capítulo 2

Brujas de Mazavid

En alguna parte de León, la capital real, pudo escucharse un fuerte alarido y segundos después gritos de celebración.

—Agacha la cabeza —dijo Jeanne.

Elara obedeció a su amiga y se escondió, con lágrimas aún brotando de sus radiantes ojos amarillos.

En la plaza de la ciudad, frente a la gran capilla de Zhonos de la iglesia del sol verde, múltiples piras ardían. En la del centro se encontraba el cadáver calcinado de la maestra, Minerva, y a su alrededor cientos de personas aplaudiendo.

—Tenemos... Tenemos que irnos. —Jeanne se cubrió el rostro con la capucha y le extendió la mano a su amiga.

El sol estaba a punto de esconderse y el plan a punto de ponerse en marcha.

—¿Estás segura de esto? —preguntó Elara—. Han pasado seis meses y la vigilancia sigue tan activa como el primer día.

—Entramos en el cuartel desde arriba, agarramos los artefactos y nos vamos.

Las hechiceras saltaron de un tejado a otro hasta que alcanzaron la cima del cuartel donde el rey Vlak ordenó depositar todos los artefactos mágicos de la escuela de magia de Mazavid.

Jeanne subió el muro de la azotea y luego ayudó a Elara a subir. Una vez dentro, forzó la cerradura y miró de un lado a otro si alguien estaba vigilando dentro.

—¿Quién te enseñó a hacer eso?

—He estado ocupada. He conocido personas en estos meses. Personas que no están muy de acuerdo con el nuevo rey y su forma de gobernar —dijo Jeanne, avanzando agachada.

—Parece que...

—Silencio —susurró Jeanne.

El cuartel tenía cuatro niveles. Sus pisos eran de madera y sus paredes de piedra y en el centro de cada piso había un atrio cuadrado abierto desde el techo hasta la planta baja rodeado de barandillas.

Elara y Jeanne miraron hacia la planta baja, agarrándose de la barandilla, y pudieron observar a un grupo de soldados que estaba siendo regañado.

—Soldados, el rey demanda resultados. Su falta de ellos solo evidencia incompetencia. La paciencia del rey no es infinita.

Era una voz conocida por las brujas.

—Seguimos buscando.

—¿Qué tan difícil es encontrar a un simple hombre?

—Recibimos la noticia de que se escondió en el bosque de los condenados, señor. Ya debe estar muerto. ¿No deberíamos dejar de buscarlo ya?

—Para nada. Refuerza la guardia.

Elara se llevó una mano a la frente, preocupada por lo que acababa de escuchar.

—Señor, disculpe mi sugerencia, pero…

—¿Pero qué?

—¿No podríamos llevar autómatas con nosotros?

—Lo hablaré con el rey. Ahora fuera.

—Pero, señor, ¿qué hay de los refuerzos para la batalla contra Taronia?

—Dije fuera.

El soldado se dio vuelta listo para partir, pero la voz familiar agregó:

—Aguarda un momento. Creo que quiero caminar un poco, le daré la noticia a Carlo yo mismo.

El hombre dio un paso adelante. El suelo de madera rechinaba con cada paso. Ahora, en el centro de la primera planta, el hombre se dejó ver por las hechiceras. Esa armadura gris, esos cabellos blancos… Era Alvier, el mensajero real, mano derecha del rey Vlak.

Las brujas miraron con pánico e ira cómo uno de los encargados de la inquisición salía del cuartel, pero inteligentemente decidieron ignorarlo y seguir con lo que habían venido a hacer.

Siguieron bajando hasta el tercer nivel, buscando la sala de artefactos mágicos.

Era evidente que algo estaba pasando afuera, pues normalmente el edificio estaría lleno de guardias.

La única puerta restante era la del fondo a la izquierda.

El sol ya se había puesto y las sombras estaban a su favor.

Sin embargo, las brujas no contaron con un guardia que sostenía un farol subiendo las escaleras a sus espaldas.

Elara se escondió detrás de un mueble, pero Jeanne continuó forzando la puerta. Era cuestión de tiempo: el guardia las iba a descubrir. Jeanne no se detenía. Estaba empeñada en abrir la puerta. Pero esta cerradura era diferente.

Los pasos del guardia se escuchaban cada vez más cerca. La madera chirriaba. Elara agarró a su amiga y la arrastró detrás del mueble con ella.

El guardia escuchó el ruido y avanzó. Cada vez estaba más cerca. Las brujas se escondían con sus manos tapando sus bocas mientras gotas de sudor descendían por sus frentes.

Cuando el guardia estaba a punto de llegar, otro guardia gritó desde abajo.

—¡Ey, Ewald! ¿Vamos a reunirnos para beber y fumar esta noche?

El guardia, cuyo nombre intuyeron que era Ewald, se detuvo y apoyado sobre la barandilla que daba al atrio cuadrado abierto, dijo:

—Sí, eso creo.

Luego de eso, el guardia se detuvo y bajó con el resto.

Segundos después, Jeanne miró a Elara y dijo:

—Gracias, pero...

Jeanne le mostró la ganzúa a Elara. Estaba rota

—No hay problema. Solo... Ya sé. Robemos las llaves de uno de los guardias —dijo Jeanne. Su cara reflejaba una determinación silenciosa.

—¿¡Qué!? —exclamó en voz baja Elara.

—Piénsalo, es lo único que podemos hacer ahora.

—Jeanne... No somos ladronas. Nos atraparán y nos quemarán. Como a la maestra.

—Elara, mírame. El bastón de la maestra está aquí. Ella habría querido que cualquiera de la escuela la tuviera. No estos brutos —dijo Jeanne, apuntando al piso de abajo con la cabeza.

Elara guardó silencio durante unos segundos, pero finalmente dijo:

—Está bien.

Las brujas bajaron a la primera planta donde, en la habitación junto al patio, los guardias estaban sentados en una mesa jugando a las cartas.

En las paredes, múltiples cabezas disecadas de animales decoraban el lugar y, del techo, un elegante candelabro colgaba y le daba a la escena un tono distintivo.

—Debiste verlo Schuff, eran imponentes y de color verde claro. Te juro que medía por lo menos unos cuatro metros.

—Rion tiene razón, estoy seguro de que el puño de uno bastaría para noquear al oso más grande del reino.

—Y si es así, ¿no deberíamos tener miedo?

—¿Por qué? Están de nuestro lado —dijo el guardia Rion.

—¿Pero por cuánto? —El guardia Schuff se llevó la botella de alcohol a la boca.

—Ay, por favor, como si el rey fuera a perder el control de esas cosas —dijo el guardia Ewald.

Los guardias continuaron su partida de cartas. Schuff tenía una buena mano; la suerte estaba de su lado. Al día siguiente regresaría a casa con su esposa con la buena noticia de que no había perdido todo su dinero apostando esta vez.

—Me retiro.

—Yo también.

Rion estaba pensando si continuar o no. Su mano era igual de buena.

—Oye, ¿cuántos años dijiste que tenía tu hermana? —dijo Rion, mirando a Schuff confiado.

—Piérdete.

Rion movió su oro hacia adelante, pero de repente un humo violeta llenó completamente la habitación y uno a uno los soldados cayeron al suelo.

Jeanne entró cubriendo su cara con la capa y agarró el manojo de llaves de los guardias. Inmediatamente después, salió de la habitación, cerró la puerta y respiró profundamente.

—Una bomba con temporizador llena de magia de sueño... ¿A quién conociste en estos meses, Belethor Cromwell?

—No durará mucho. será mejor que nos demos prisa —respondió Jeanne.

Las hechiceras subieron a la tercera planta y abrieron la puerta.

La habitación era espaciosa, pero estaba abarrotada de objetos extraños. Había algunos colocados en estanterías, pero parecía que, tras un tiempo, los guardias se habían cansado y habían decidido tirarlos todos al suelo. Elara se acercó a las estanterías para echar un vistazo.

En la primera estantería reposaba una linterna con una llama verde: «La llama de Nareth».

Esta llama no arde, pero canta un idioma antiguo si se le escucha con atención, la mentira.

Al lado de la estantería se encontraba un velo gris que flotaba suspendido dentro de una urna dorada sellada: «Velo de Irelia».

Cubre al portador con una ilusión de belleza o de terror, dependiendo de sus pensamientos más íntimos.

En la segunda estantería se encontraba una campana de hierro blanca: «Campana de Orimund».

Esta campana no suena al tocarla, pero, al agitarla en sueños, llama a alguien o algo.

Los objetos eran demasiados para mirarlos todos. Algo llamó la atención de Elara: dos objetos faltantes.

«Coraza de Valghros» y «Talismán de Lunavel». La descripción de los objetos estaba borrada.

Jeanne y Elara seguían buscando el bastón de Minerva, pero con tantos objetos era difícil.

Las brujas registraban la pila de objetos. Jeanne estaba concentrada, sabía que no tenían tiempo. Unos minutos después, agotada, se dio vuelta y encontró a Elara ensimismada, sosteniendo una capa negra con un ornamento dorado.

—¿Qué hace esto aquí? —dijo Elara.

—Elara, no tenemos tiempo para eso. Concéntrate.

Elara sostuvo la capa y recordó aquella noche hace dos años. Aquella noche en la que Red se la regaló. La tela de la capa seguía igual que siempre, impoluta.

—Ya, está bien —respondió Elara, colocándose la capa.

Minutos después, en el fondo de los objetos, Jeanne encontró lo que habían venido a buscar.

Era un bastón blanco hermosamente decorado con ornamentos dorados en forma de raíces trenzadas que daban la impresión de estar vivas y en lento crecimiento.

En la parte superior del bastón, una joya ámbar latía como si tuviera un corazón propio.

—Aurora —dijo Jeanne, de pie, sosteniendo el báculo.

Elara estaba visiblemente decepcionada. Jeanne lo había notado.

—¿Qué pasa muñeca?

—Te encargaste de las puertas, de los guardias, de encontrar el bastón. Pudiste haber venido sin mí y nada habría cambiado.

—Claro que no. Casi me atrapan antes y tú me salvaste, ¿recuerdas?

—Supongo...

Jeanne agarró un sombrero alto, puntiagudo y ligeramente torcido del suelo de la habitación y se lo colocó en la cabeza a Elara, quien no podía evitar pensar en lo familiar que era.

—Salió bien, todo salió bien. —Jeanne sonrió.

—¿Qué hace esto aquí? No puede ser el mío, ¿o sí?

—Quizá lo dejaste en la academia cuando la saquearon.

En ese instante, un perro comenzó a ladrar.

Sus ladridos provenían de la segunda planta.

Luego de esos ladridos otro perro comenzó a ladrar.

Las hechiceras subieron a la última planta por donde ingresaron y vieron múltiples hileras de vapor por los cielos.

A lo lejos, podían escuchar cómo la salida de vapor coincidía con sonidos de pasos estruendosos.

Lo anterior solo podía significar algo: autómatas.