Capítulo 1 #3
Pero los del bosque... creo que... creo que puedo ayudarte.
Los guardias tienen un cuartel a unas horas, al norte de aquí; podrías probar suerte allí.
Muchas veces en esos lugares contratan cartógrafos.
Es la única forma en la que las tropas pueden orientarse en este condenado bosque.
—¿Cómo lo sabes?
—Cuando te trasladan tantas veces como a mí, escuchas una que otra cosa.
—Lo buscaré.
—Seguro que sí. Lilly y yo escaparemos por dónde vienes tú. Si alguna vez sales y visitas el reino de Kala, pregunta por Mary Bauer en el paraje de Orión y te recompensará. Es mi hermana. Espero que... espero que siga con vida.
—Gracias por todo. Espero que salgan con vida.
El antiguo caballero se dio vuelta, pero se detuvo antes de salir.
—Una cosa más.
Red introdujo la mano en su mochila y levantó la llave azul con marcas extrañas, pensaba que no perdía nada con intentarlo.
—Lawrence, ¿conoces este tipo de escritura?
—Deshazte de esa cosa. Es escritura de elfo y ellos solo traen problemas.
—¿Conoces alguno? Nunca he visto uno.
—Ja... Yo tampoco. Los elfos son solo historia desde hace décadas. —Lawrence salió de la jaula y abrazó a Lilly—. No sé nada más, quizá en otro reino alguien sepa leerlo. Te deseo la mejor de las suertes y gracias nuevamente por liberarnos.
Sin más contratiempos, Red tomó el arco que había utilizado para ahuyentar al Scark, lo colocó en su espalda y se despidió. Su próxima parada era el cuartel de la guardia. Sabía que debía encontrar un mapa del bosque y no volverse loco navegando en ese lugar.
Tras horas caminando, cada vez más lento por el cansancio, vio la bandera de Mazavid.
El león dorado, la tela de rojo oscuro sangre, la espada verde azulada, y el sol amarillo en el fondo siempre imponían, pero algo estaba mal, no se escuchaba más que el viento, ni un alma se escuchaba respirar, el olor del aire era el de la misma muerte
Al entrar, Red vio a decenas de guardas del rey y miembros de la iglesia colgando de los árboles. Red no podía saber con exactitud cuánto tiempo llevaban muertos, pero estos últimos fanáticos no le importaban, ni un poco. Continuó adentrándose en el cuartel y encontró aún más cadáveres.
Algo captó su atención. La presencia de varios letreros de runas incomprensibles escritas con sangre que se alzaban sobre las fosas comunes.
Red había escuchado leyendas de los druidas del bosque, un grupo de chiflados que habían sido exiliados al bosque hace siglos y se establecieron en él, pero no tenían la reputación de hacer esta clase de actos atroces.
No podía imaginar que pudieran acabar con tantos guardias de élite, pero debían ser aterradores. Peor que el Scark.
Caminando entre la sangre y los huesos de un incontable número de soldados, Red debía tener cuidado de no pisar muy fuerte y hacer ruido, pero no contaba con que un llanto lo asustara y lo hiciera perder el equilibrio.
Era el llanto de un niño, probablemente un esclavo, pero no había nadie vivo en el tétrico paisaje.
El viento susurraba: Asesinos, miserables, piedad.
Claramente algo malo había ocurrido en este lugar.
Red no era alguien devoto, no era supersticioso, pero el miedo que sentía era real.
Antes de darse cuenta, el miedo lo hizo tropezar y caer al suelo, manchando su túnica con barro y sangre. Al reincorporarse los ruidos cesaron.
—Qué asco... Estoy empapado de porquería —dijo sin hacer mucho ruido.
—¿Hay alguien ahí? Acércate, por favor —dijo un hombre, un sobreviviente con la voz tan baja y apagada que parecía más un susurro.
Era el comandante del cuartel, había perdido un brazo, seguía vivo, pero no duraría mucho tiempo así, había perdido mucha sangre.
—Hoy vi el mal de frente, solo quiero ver a otra persona.
—Déjame ayudarte. —Red se acercó al guardia, pero este alzó su brazo restante y con un gesto lo alejó.
—No, no... olvídalo. Déjame aquí.
—¿Qué pasa? ¿Acaso quieres morir?
—Yo... ya no siento mis piernas.
Red miró al sujeto con algo de lástima.
—¿Eres un esclavo? Vete, eres libre.
—Gracias —dijo Red, siguiéndole la corriente, a pesar de estar en las prendas verdes de la iglesia, la sangre y el barro las habían hecho difíciles de distinguir.
—Es lo menos que puedo hacer, solo quiero que sepas que esto no fue nuestra culpa, no sabíamos lo que hacían en ese sótano, no éramos parte de eso. Pero, igualmente, soy culpable.
En ese momento el grito más espantoso que alguien jamás haya escuchado alcanzó los oídos de ambos hombres.
—Déjame aquí. ¡Vete! ¡Ahora! —gritó el guardia.
Red no podía irse: no tenía lo que estaba buscando. Buscó en una mesa cercana el mapa sin éxito. El techo empezó a caerse; el piso, a temblar.
—¡Vete ya! No mires atrás.
Red obedeció y saltó por la ventana que daba a los establos del cuartel, solo quedaba uno: un caballo, alto, grueso, de pelaje gris argénteo y unas patas peludas, no era como Zio, pero era perfecto, y ahora era de él.
Sin titubear, lo montó, buscó el camino y el caballo y el jinete cabalgaron, alejándose de la espantosa escena mientras los gritos del guardia cuyo nombre no tuvo tiempo de preguntar se apagaban.