El vestido verde Capítulo 13 #2
94%

Capítulo 13 #2

Entonces me vinieron las imágenes del segundo sueño, sin historia, yo desnuda en una cama, él desnudo, mirándome, su cuerpo esculpido por los dioses, musculoso, moreno, se ponía encima de mí, me levantaba una pierna, la lamía, la bajaba, seguía lamiendo.

Mi vientre, mis pechos, subía a mi boca.

Yo jadeaba sintiendo la lengua de G. Lastra por todo mi cuerpo, sus manos fuertes, yo quieta dejándome hacer, los orgasmos me venían, gritaba...

Joder, debería dar la vuelta pensé, no, no va a pasar nada. Me quedaba poco para llegar, eran las seis menos cinco, iba a llegar justa, o tarde. ¿Qué estaba haciendo?, me sentía húmeda, acalorada, estaba cerca del colegio, no iba a pasar nada, es lo que me repetía una y otra vez.

Y entonces el último sueño, el que más me ponía, me había tocado varias veces recordándolo aunque no lo hubiera escrito.

Era un secreto hasta para mí. Entraba en el aula hecha una furia, le gritaba, ¿quién te crees que eres?

eh, pero entraba con el vestido verde botella, sin sujetador, los pezones duros, el coño empapado, así entraba y Lastra, no me contestaba, se pegaba a mí, quieto, inmóvil.

Mi furia enmudecía, él miraba mi cuerpo, deslizaba los tirantes por mis hombros despacio y mi vestido caía al suelo, quedándome solo con un tanga negro mojado de pie frente a él.

Ahí las imágenes en mi cerebro se confundían, pero me veía claramente de rodillas comiéndole la polla al profesor de mi hija, y vaya si se la comía, se la devoraba.

Me veía claramente a 4 patas siendo follada duramente mientras él me tiraba del pelo y me ponía el culo más rojo de lo que me habría imaginado jamás, me escuchaba gritar, gemir sin parar, jadear, y correrme, correrme como nunca me había corrido.

Y me corrí. Mi mano había apretado mi entrepierna justo al aparcar, y me había corrido en el parking del colegio.

Las 18:00, no daba crédito a lo que estaba pasando, y no lo pensé.

Salí del coche, no cogí la chaqueta y caminé por los pasillos vacíos, no vi al conserje, no había nadie. Y entré.

Entré en el aula de Gabriel Lastra, el tutor de Julia, a la que había ayudado más que nadie, mi hija que había cambiado y ahora era una niña casi extrovertida y alegre.

Y entré como en mi sueño. Con los pezones duros, notándose a través de la fina tela de mi vestido verde botella, con la cara roja, con mi entrepierna empapada, y con gotas de mis fluidos resbalando por mis muslos. Así iba a darle las gracias.

—Buenas tardes, señora Ferrero.

Y con esas cuatro palabras volví a mi cuerpo, de golpe, como se vuelve de un portazo.

El aula estaba a medio desmontar. Cajas de cartón en las mesas del fondo, los pósteres de anatomía enrollados con gomas, la pecera vacía y seca en su esquina con el pulpo de peluche sentado al lado, jubilado de verdad esta vez.

En la pizarra, borrada entera, quedaba solo la esquina de siempre, intacta en su marco de tiza.

Y él estaba de pie detrás de su mesa, con una caja abierta delante, la camisa remangada, exactamente igual que siempre, mirándome a los ojos exactamente igual que siempre, solo a los ojos, y me señaló la silla con la mano.

—Siéntese, si quiere. Las sillas se van las últimas.

Me senté. Bendita silla. Crucé las manos sobre el regazo como en la catequesis y me oí hablar con una voz que salió de algún archivo de emergencia, la voz de coordinadora, planchada, serena, mientras por dentro todo era humo.

—No le robo tiempo. Venía solo a... —Respiré—. Mi hija ha cambiado muchísimo este curso. Para mejor. Muchísimo. Y una parte grande de eso es suya, y me parecía que había que decírselo en persona. Gracias.

—No hace falta que me dé las gracias. —Cerró la caja, sin prisa, con aquellas manos—. Es mi trabajo. Julia ha hecho lo difícil. Ustedes, lo demás. Yo puse dos frases y un lápiz.

—Aun así. —Y entonces me salió lo otro, lo que no traía preparado, o lo que llevaba preparado desde octubre sin saberlo—: Y quería pedirle disculpas.

Por la primera reunión. Vine hecha una furia, dispuesta a llevarme la razón por delante, y usted...

Tenía usted razón. En todo. Me ha costado el curso entero decir esta frase, para que vea.

Se quedó un momento callado, con esa manera suya de administrar los silencios, y por primera vez en todo el año me pareció ver algo parecido a una sonrisa, una milésima, en la esquina de la boca, aunque a lo mejor me la inventé, a esas alturas yo ya no era testigo fiable de nada.

—Las madres que vienen hechas una furia —dijo— son las que vuelven a dar las gracias.

Es estadística de aula. Las otras no vuelven.

—Recogió un taco de folios, lo metió en la caja—.

Dígale a Julia que no suelte el lápiz. Y que en septiembre, aunque yo ya no le dé clase, el certamen se convoca otra vez.

—Se lo diré.

Me levanté. Me tendió la mano por encima de la mesa y se la estreché, una mano grande, seca, caliente, un apretón de dos segundos exactos, el primer contacto físico en nueve meses de este hombre con mi vida entera, y dijo "buen verano, señora Ferrero", y yo dije "buen verano", y salí del aula andando derecha, despacio, con la espalda descubierta ardiéndome bajo su mirada o bajo la idea de su mirada, que a efectos de mi nuca era lo mismo.

Crucé los pasillos vacíos. Empujé la puerta. Fuera hacía todavía calor y una luz dorada de las siete menos veinte, y me quedé un momento en la escalera de entrada, respirando, con las llaves del coche en la mano.

Veinte minutos. Todo puesto y sin tocar nada. Había ido.

Y me fui.