Capítulo 13
Me desperté a las seis y diez con una idea perfectamente formada, como si la hubiera fabricado durmiendo: cancelar la cita.
La aplicación tiene un botón para eso. Lo sé porque lo miré antes de lavarme la cara, sentada en el borde de la cama de mi cuarto vacío, con la casa en ese silencio raro de las casas que se han quedado contigo a solas.
"Cancelar cita". En rojo, además, que los diseñadores de aplicaciones saben mucho de la vida.
Tuve el pulgar encima. Lo juro por lo que haga falta: lo tuve encima, y pensé qué alivio, un toque y se acabó, nadie se entera, el hueco de las seis se queda libre para alguna madre con una reclamación de verdad, y yo me voy el lunes de vacaciones con la conciencia planchada.
No lo pulsé. Me duché, me hice un café, y a las siete y media, saliendo hacia el trabajo, ya había reformulado el asunto entero en términos aceptables, que para eso llevo once años redactando correos difíciles: no era una cita, era una tutoría de cierre de curso.
No iba por mí, iba en representación de la familia.
Y no había nada que ocultar, porque el motivo estaba escrito en un formulario oficial, con mi nombre: darle las gracias.
Una gestión. Veinte minutos. Lo dijo Marga, que no iba a pasar nada, y Marga no se equivoca nunca en estas cosas, y si Marga no se equivoca nunca, cancelar sería hacerle un feo a su clarividencia.
Con ese nivel de razonamiento salí yo de casa un jueves a las siete y media. Que conste en acta.
En julio tenemos jornada intensiva, de ocho a tres, y aquellas siete horas fueron las más largas de mi carrera profesional.
Lo intenté todo: cerré pedidos, adelanté las previsiones de agosto, ordené un archivo que no me había pedido nadie.
Inútil. El trabajo me resbalaba por encima como el agua por un impermeable, y debajo del impermeable estaba yo, manteniendo conmigo misma, en bucle, la misma conversación de besugos:
Solo voy a darle las gracias.
Ya. ¿Y cómo?
Pues como se dan las gracias. Con palabras. Gracias por lo que ha hecho por Julia, gracias por lo de los errores, ha cambiado usted esta casa, que tenga buen verano.
Muy bien. ¿Y por qué el vestido?
¿Qué vestido? Yo no he dicho nada de ningún vestido.
Lo pensaste anoche. Lo pensaste esta mañana en la ducha. Llevas pensando en el vestido desde...
Solo voy a darle las gracias.
Y vuelta a empezar. A media mañana me pilló Nuria en plena conversación de besugos, delante de la máquina de café, con el vaso lleno y sin beber, mirando la pared donde está el calendario de prevención de riesgos laborales.
—Jefa. —Chasqueó los dedos, de broma—. Que le hablo.
—Perdona. ¿Qué?
—Que si firmaste lo de Braulio. —Me estudió con la cabeza ladeada—. ¿Estás bien? Tienes cara de... no sé. De examen.
—De vacaciones —dije—. Tengo cara de necesitar vacaciones.
—Eso el lunes se cura solo.
A las doce me escribió Andrés: "Casi firmado.
Los cuñados se miran mucho jaja". Le contesté con normalidad, un beso, qué bien, y la normalidad me salió fluida, entrenada, y ya ni me asusté de lo bien que me sale, que ese susto lo tengo amortizado desde diciembre.
A la una escribió Julia al grupo de familia: una foto de la tele de casa de Alba pausada en un plano de montañas, "2 peliculas vistas quedan 4 socorro" y un muñequito llorando de risa.
Le mandé un corazón. Mi familia entera cabía en aquella pantalla, ordenada, feliz, informada de todo menos de lo único, y yo guardé el móvil en el cajón y estuve diez minutos enteros trabajando de verdad, de puro remordimiento, que es un combustible como otro cualquiera.
A las tres salí. A las tres y veinte estaba en casa. La cita era a las seis; el colegio queda a un cuarto de hora. Una persona normal tenía por delante dos horas y media de sobra.
Tardé más.
Empecé con dignidad, eso sí. Me duché sin prisa, me sequé el pelo como me enseñó Rosa, con la cabeza abajo, y a las cuatro y cuarto abrí el armario con un plan sensato y profesional: el pantalón negro de pinzas, la camisa buena, la americana.
El uniforme de madre seria, el de la primera reunión, simetría perfecta, se abre con madre seria y se cierra con madre seria, redondo.
Me lo puse. Me miré al espejo grande, que llevaba meses esquivando y aquella tarde no había manera de esquivar.
Y la del espejo dijo que no.
No con palabras, que la del espejo no habla, ya nos conocemos.
Lo dijo con la percha entera: aquella ropa era un disfraz, y no un disfraz cualquiera, era el disfraz de octubre, el de la mujer que fue a aquella aula a ganar una discusión y salió temblando, y ponérmelo otra vez era mentir hacia atrás, mentirle a todo el año.
Me lo quité. Probé el vestido azul de las bodas: de invitada.
La falda con la blusa blanca: de notaría.
Los vaqueros buenos con la camisola: de sábado.
Fui dejando la cama sembrada de mujeres descartadas, una capa de Elenas posibles encima de la colcha, y el reloj de la mesilla iba dando las cinco, y las cinco y cuarto, y yo allí de pie en ropa interior en mitad de mi cuarto, cuarenta y tres años, la piel aún tirante de la cera, sin nada que ponerme en un armario lleno, que es la frase más antigua del mundo y aquella tarde fue literal, porque lo que no había en aquel armario era una ropa que dijera la verdad y la escondiera al mismo tiempo.
Bueno. Sí había.
Sabía que estaba desde el principio, no me hago la sorprendida ni conmigo: llevaba todo el día, llevaba semanas, esperándome en su percha, al fondo a la izquierda, con la paciencia de las cosas inevitables.
El vestido verde botella. El del arrebato de hace dos años, el que toqué medio segundo en diciembre y solté como si quemara.
Lo saqué. Lo tendí en la cama encima de todas las descartadas, y el vestido, tan tranquilo, hizo lo que llevan haciendo dos años todos sus congéneres en todos los armarios del mundo: quedarse ahí, siendo exactamente de mi talla.
Tiene la espalda como la tiene. Quiero decir: abierta.
Un escote por delante razonable, discreto casi, y luego te das la vuelta y la espalda baja hasta donde una ya no da explicaciones.
Con sujetador no se puede, no hay ingeniería que lo salve, lo supe cuando lo compré y por eso mismo llevaba dos años colgado: no había tenido dónde llevarlo, o no había tenido valor, que en mi armario son la misma percha.
Me lo puse sin pensarlo, que era la única manera.
La tela cayó de una vez, fría un segundo y luego mía, y debajo dejé lo que decidí anoche a las tantas y no pienso discutirme a estas alturas del cuaderno: nada arriba, y abajo una cosa mínima, negra, comprada en abril en aquella época de darle al cuerpo lo que se le podía dar, estrenada hoy, para nadie, que quede claro, para nadie, igual que la cera, igual que todo, para nadie y por mí, que ya son ganas de mentir, a las cinco y media de la tarde, delante de un espejo.
Porque la del espejo, esta vez, no dijo que no.
Se quedó mirándome con las mejillas encendidas y el pelo suelto y aquel verde que me pone los ojos más grandes, la espalda blanca al girarme, la tela moviéndose medio segundo después que yo, como una escolta, y no me encontré ridícula, que era mi miedo, ni magnífica, que era mi otro miedo: me encontré verdadera.
Una mujer de cuarenta y tres años vestida de lo que le estaba pasando.
Y entonces, naturalmente, me entró el pánico.
Fue llegar al recibidor y verme en el espejo pequeño de la entrada, de refilón, con las llaves ya en la mano: la espalda, el escote, las seis menos veinticinco, y la voz de servicio interior gritando pero adónde vas así, Elena, por Dios, que es el tutor de tu hija, que es un colegio, y ya estaba media vuelta dada, ya iba camino del cuarto a quitármelo todo y a rescatar de la cama a la madre seria, cuando me vi la mano hacer una cosa más lista que yo: coger la chaqueta vaquera del perchero.
La chaqueta encima, cerrada. Vestido anulado de cintura para arriba, espalda tapada, una señora con una chaqueta y una falda verde, normalísima, apta para todos los públicos.
—Vas correcta —le dije en voz alta al espejo pequeño—. Vas con chaqueta.
Y salí de casa antes de que ninguna de las dos contestara, con las llaves mordiéndome la palma, escaleras abajo a un ritmo que la señora del tercero comentará hasta Navidad, calle, calor de julio a las seis menos veinte, el coche ardiendo por dentro de toda la tarde al sol.
Abrí las cuatro ventanillas. Me senté, y el asiento quemaba a través de la tela fina, y ajusté el retrovisor que nadie había movido, y en el retrovisor me encontré los ojos, los bocazas, que me miraron medio segundo y no dijeron nada, que ya estaba todo dicho.
Arranqué.
En el primer semáforo me quité la chaqueta, hacía demasiado calor y no quería llegar sudando.
Tenía 15 minutos de camino por delante y a mi cerebro solo se le ocurrió, bendito él, rememorar los sueños.
Sí, esos sueños. Avanzaba entre el tráfico viendo su camisa remangada, sus antebrazos, su mirada fija en mí, sin hablar. Cálmate, Elena, cálmate.
Por mi mente el primer sueño, yo entraba en el aula y hablaba tranquilamente con él, nos íbamos a tomar un café a su casa, su casa llena de cosas de exploraciones marinas, una cama baja, y allí me tomaba, con pasión, y yo me dejaba hacer, me veía con mis piernas envueltas en él, en su culo duro que había estado agarrando mientras él me embestía.
Noté los calores en mi cuerpo, entre las piernas, en el pecho, en la cara, estaba roja al volante. Cálmate, Elena, joder. No va a pasar nada.